Ir al contenido principal
Maurice Armitage

Los merecidos

Tengo una preocupación rondando mi cabeza últimamente: que, sin darme cuenta, mis nietos se acostumbren a solventar sus necesidades fácilmente, sin luchar mucho. Tal como les pasa a los merecidos, esos personajes que nunca tienen que llorar para pedir tetero porque siempre hay alguien a su lado para dárselo inmediatamente, lo cual hace que crezcan dentro de una burbuja, como lo escribí hace tres semanas.

No me malinterpreten: hay merecidos que son magníficos seres humanos. El problema de quienes lo han tenido todo desde que nacieron es que pueden llegar a creer que esa abundancia es un derecho inalienable. Por eso les recomendé a mis hijas que pusieran especial atención a esta parte de la educación de mis nietos: que lograran que fueran jóvenes sanos, educados y, lo mas importante, que tuvieran conciencia social; que entiendan las necesidades del otro y no se sientan superiores por su condición económica. Porque en Colombia, desafortunadamente, sobran los merecidos.

Ellas saben muy bien a qué me refiero porque no son así, pues les tocó verme luchar constantemente para salir adelante. Cuando estaban pequeñas me vieron coger bus para movilizarme, notaron mis angustias cuando no tenía para pagarles el colegio o me veía a gatas para cancelar el arriendo, e incluso presenciaron lo desalentador que puede llegar a ser que unos funcionarios lleguen a la casa con una orden para embargar las pertenencias familiares.

No hay nada más duro para un padre que sentir que velar por su familia es una lucha cuesta arriba. Considero que un candidato que no entienda la preocupación de un padre para llevar comida a su casa, que no haya sentido esa zozobra cerca o que no haya desarrollado esa sensibilidad social, jamás podrá dimensionar la gravedad de los problemas sociales de este país.

Por eso creo que el requisito más importante para cualquiera que pretenda llegar a la Casa de Nariño es entender la pobreza, sentir la pobreza. Saber lo que significa para un padre de clase media que le corten los servicios públicos porque no tiene con qué pagar la luz o el agua, o lo que pasa por la mente de un obrero que no tiene con qué hacer mercado porque perdió su trabajo.

En mi opinión, haber sentido esas angustias es primordial para gobernar con justicia social, porque eso otorga autoridad moral para abordar los problemas que tanto aquejan a la clase media, a la clase trabajadora y a los menos favorecidos.

Conozco muchos que tienen más cartones que un tugurio pero que carecen de esa conciencia social. Me parece estar escuchándolos ahora mismo cuando les dije, como alcalde de Cali, que iba a establecer comedores comunitarios para alimentar a la gente que se acostaba todos los días con hambre. Me respondieron que cómo se me ocurría, que eso era asistencialismo. Yo no les hice caso y monté 476 comedores para darles de comer a 57 000 personas diariamente.

De esta anécdota se desprende otro requisito importantísimo para involucrarse en lo público: que hay que preocuparse más por los demás y menos por uno mismo, un rasgo que no abunda entre los merecidos. Y bastantes presidentes merecidos hemos tenido.

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir en redes sociales