
No todas las batallas que salvan un país aparecen en la foto final
A todos nos enseñaron la Batalla de Boyacá.
A casi nadie, la de Pienta.
Tal vez por eso miramos la historia —y también la política— con el mismo error: creemos que todo se decide en la escena grande, en el puente famoso, en el día señalado, en la foto que después se vuelve símbolo.
Pero muchas veces un país se decide antes.
En una batalla más pobre.
Más desigual.
Más ingrata.
El 4 de agosto de 1819, en Charalá, Santander, las tropas realistas de Lucas González intentaban avanzar para reforzar a José María Barreiro antes de Boyacá. En el río Pienta se encontraron con una resistencia improbable.
No estaban allí los soldados más experimentados.
Estaban los que quedaban.
Y esa frase, tal vez, contiene toda la grandeza de Pienta.
Los que quedaban.
Mujeres, labriegos, civiles, muchachos, viejos según la memoria popular; gente armada como pudo, con piedras, garrotes, machetes y herramientas de trabajo. No iban camino a la estatua. No tenían ventaja. No tenían relato. No eran un ejército.
Eran un pueblo.
Perdieron la batalla, si se mira desde el parte militar. Fueron masacrados. Pero resistieron lo suficiente para retrasar a quienes iban a reforzar al Ejército realista.
Y a veces la historia no cambia porque alguien derrota al poder de frente, sino porque alguien impide que el poder llegue a tiempo.
Eso fue Pienta.
No la batalla famosa.
La batalla que hizo posible la batalla famosa.
Ahí está la lección.
También las elecciones se deciden antes del día del voto. No solo en el tarjetón. No solo frente a la urna. Se deciden antes, en la conversación que aceptamos, en la mentira que reenviamos, en el insulto que celebramos, en el miedo que dejamos crecer, en la rabia que confundimos con lucidez.
Antes de Boyacá fue Pienta.
Antes del voto está la conciencia.
No escribo esto para decirle a nadie por quién votar. Esa no es mi tarea ni mi lugar.
Escribo para hacer una pregunta más difícil: ¿desde dónde vamos a votar?
Porque no siempre vota nuestra razón.
A veces vota nuestro miedo.
A veces vota nuestra rabia.
A veces vota nuestro cansancio.
A veces vota nuestra necesidad de castigar.
A veces vota una herida que no hemos querido mirar y que, disfrazada de criterio, termina escogiendo por nosotros.
Y un país que vota desde la herida puede confundir fácilmente firmeza con crueldad, carácter con grito, liderazgo con humillación, autoridad con desprecio y esperanza con promesa fácil.
La rabia tiene una forma peligrosa de parecer claridad.
El miedo tiene una forma convincente de parecer prudencia.
El resentimiento tiene una forma seductora de parecer justicia.
Por eso elegir bien no significa elegir perfecto.
No hay candidatos perfectos.
No hay ciudadanos perfectos.
No hay pueblos puros.
Elegir bien significa mirar algo más profundo que la consigna, el video, la encuesta o el aplauso de los nuestros.
Elegir bien es preguntarse quién respeta límites.
Quién puede ganar sin sentirse dueño del país.
Quién puede perder sin incendiarlo.
Quién entiende el poder como responsabilidad y no como revancha.
Quién sabe decidir sin humillar.
Quién puede gobernar sin necesitar enemigos todos los días.
Porque el poder no cambia a las personas.
Les quita el disfraz.
Por eso no deberíamos mirar solamente lo que alguien promete hacer cuando llegue al poder. Deberíamos mirar qué revela de sí mismo mientras lo busca.
Cómo habla del que piensa distinto.
Cómo responde cuando lo contradicen.
Cómo usa la verdad cuando la verdad no le conviene.
Cómo mira las instituciones: como límites necesarios o como obstáculos personales.
Ahí se ve el poder antes del poder.
Ahí empieza nuestra Pienta.
Porque una democracia no se pierde solamente cuando alguien autoritario llega al gobierno. Se empieza a perder antes, cuando una sociedad justifica lo injustificable porque le conviene a su bando.
Cuando el insulto parece valentía si viene de los nuestros.
Cuando la mentira parece estrategia si golpea al adversario.
Cuando la crueldad parece carácter si castiga a quien queremos castigar.
Cuando el voto deja de ser una decisión sobre el futuro y se convierte en una venganza íntima.
Eso es lo que tenemos que detener antes de que llegue al puente.
Ese es el refuerzo que no podemos dejar pasar.
El miedo.
La mentira.
La rabia.
El cinismo.
La idea de que Colombia solo puede gobernarse desde el odio.
Pienta no es solo un hecho histórico.
Es una forma de responsabilidad.
Es hacer, antes de la hora decisiva, el trabajo que casi nadie ve y que, sin embargo, sostiene el resultado. Es poner el cuerpo cuando no hay aplauso. Es sostener la raya cuando lo fácil sería retirarse. Es impedir que nuestros peores impulsos lleguen a reforzar nuestras decisiones.
Todos somos Pienta cuando hacemos eso.
Cuando no reenviamos una mentira.
Cuando no convertimos la política en desquite.
Cuando no confundimos hablar claro con incendiar.
Cuando no dejamos que la rabia piense por nosotros.
Cuando entendemos que la democracia también se cuida antes del día en que se vota.
Colombia vuelve a estar frente a una elección importante. Pero antes de escoger presidente, tenemos que escoger qué parte de nosotros va a llegar a la urna.
¿La parte herida?
¿La parte furiosa?
¿La parte que quiere castigar?
¿La parte que cree que el fin justifica cualquier medio?
¿O una parte más serena, más adulta, más responsable, capaz de entender que ningún proyecto político vale la destrucción moral de un país?
No siempre nos toca ser Boyacá.
A veces nos toca ser Pienta.
No siempre nos toca aparecer en la foto final.
A veces nos toca comprarle tiempo a lo correcto.
Porque el tarjetón se marca en horas.
Pero las consecuencias de votar desde la oscuridad pueden durar años.
Antes de Boyacá fue Pienta.
Antes del voto está la conciencia.
Y antes de elegir quién va a gobernar Colombia, tal vez deberíamos preguntarnos si todavía somos capaces de gobernarnos a nosotros mismos.
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