
Ha pasado mucho tiempo, más de tres cuartos de la vida, desde que nos conocimos en el colegio, en la primaria. Muchos de los recuerdos que están fijados en la memoria han sido contigo en distintos momentos. Crecimos juntos, jugamos, estudiamos, fuimos a cine y recorrimos muchos lugares de Bogotá que ya no existen. Cada reencuentro, de alguna forma, es un ejercicio de reconstrucción de esos lugares y momentos que nos pertenecen. Siempre hemos sido amigos a pesar de que desde esa infancia era evidente que teníamos distintas sensibilidades y, ahora lo entiendo mejor, diferentes miradas del mundo. Sin embargo, son tantos los instantes compartidos que el afecto y las lealtades a todo eso que vivimos terminaron imponiéndose.
Siempre fuiste competitivo, incluso un poco ventajoso. No soportabas perder, ni en los juegos de mesa, ni en los de campo, ni en las tareas escolares. Y no importaba tomar el atajo o el camino fácil si con eso lo lograbas. Eso te hacía un poco insoportable y me acostumbró, desde entonces, a que muchas veces ciertas amistades son un acto de lidiar con un competidor que te echa en cara que es mejor y que tiene mejores cosas y más altas metas. En las pocas veces en que pude ganarte en franca lid en algún juego o exposición del colegio, antes de felicitarme me decías que fue porque estabas cansado, enfermo o sencillamente que me habías dejado ganar para ponerle emoción a dicho juego. En fin, como diría la poeta Gloria Fuertes: “Recordar que los ovnis / —como ciertas amistades no / vienen a lo nuestro / sino a lo suyo”. Con los años comprendí que necesitabas un amigo más débil que te validara todo el tiempo, reafirmara tu competitividad y resolviera tus soledades e inseguridades. Mucho tiempo después, Héctor Rojas Herazo me regaló unas de las máximas de mi vida: “Cuídate de las personas que te roban soledad y no te dan compañía”.
Recuerdo bien a tu padre cuando yo iba a tu casa para estudiar o para tus fiestas de cumpleaños. Él era robusto, un poco seco y cortante en el primer contacto y le gustaba jugar contigo y tu hermano de una forma brusca, pero era un buen hombre. Echaba muchos chistes flojos, algunos racistas y hablaba duro. Sabía de todos los temas y opinaba en extensos monólogos de política, deportes, religión, economía, ciencia e historia. No recuerdo escucharlo hablar de arte o de libros, pero de lo demás sentaba cátedra y era incontrovertible. Siempre le encontraba el defecto a la película o al partido de fútbol y sonreía con un aire de superioridad. Todo lo anterior no le quitaba su generosidad y simpatía con todos los que íbamos a su casa. Ahora creo que fue por él que comencé a comprender que mi hogar era distinto porque la vehemencia con la que hablaba de ciertos temas evidenciaba que mi familia y mis padres eran diferentes. No mejores o peores, sino diferentes. Comenzando porque los míos estaban separados y eso era una novedad para la época. Mientras yo veía a mi padre condenar la represión que había en Chile de los años ochenta, el tuyo decía con voz recia y golpe en la mesa que “Colombia necesita un Pinochet”. Alguna vez, en 1986, mientras armábamos unas casas en Estralandia, llegó con publicidad política de la campaña presidencial de Álvaro Gómez Hurtado y comentó de la necesaria mano dura que vendría en su eventual gobierno. Era muy probable que ganara. Al final ganó Virgilio Barco. En mi casa había panfletos y afiches de un candidato que de antemano nadie conocía en mi colegio y que, con seguridad, iba a perder: Jaime Pardo Leal. Yo acompañaba a mi padre a los festivales de Voz Proletaria y la estética de mi vida venía cargada de otros símbolos y colores. Había canciones, poemas y una fraternidad insospechada. Mi padre me traía de la Unión Soviética escudos y juguetes rusos que yo llevaba al colegio ante la mirada sospechosa de todos. Por supuesto, tu padre me hacía algunas veces preguntas que me hacían sentir en un interrogatorio policial: ¿Por qué tu papá va a Rusia? ¿En qué trabaja él? Hasta que un día lanzó la pregunta atragantada tanto tiempo: ¿Tu papá es comunista?
No supe que responder porque sí lo era, pero tenía conciencia de que era una respuesta equivocada en un lugar inapropiado. Le dije, con algo de intuición infantil: “No, es liberal”.
Pero insisto: tu padre, a pesar de sus formas duras y bruscas, era generoso. Te daba suficiente dinero para que fuéramos a cine y a jugar maquinitas a DiverPlay y luego a Presto a comer hamburguesas o a la Pizza Nostra. Pero parecía obsesionado con armar una guerra. Hablaba con obsesión, en los días de las negociaciones con la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, de que había que bombardear Casa Verde y acabar con toda esa plaga. Insistía en lo de Pinochet. Tu hermano soñaba con irse a vivir a los Estados Unidos y al final lo logró. Después de haber entrado como turista estuvo trabajando en oficios varios sin su documentación al día. De eso se hablaba poco en su casa. Finalmente se casó en Las Vegas y legalizó su estatus, se hizo residente y, con los años, ciudadano. No fue fácil. No hace mucho vi un estado suyo en las redes sociales y fotos de él con gorra roja de ‘Make America Great Again’. Era un trumpista declarado. Su post decía algo así como que debían perseguir a todos los inmigrantes ilegales (preferiré siempre decir irregulares) porque él “no los iba a mantener con sus taxes”. Era el clásico arribismo del que logró llegar al ‘sueño americano’ y no quiere que nadie más de su misma procedencia lo consiga.
En tu casa vi el primer computador Apple y los primeros televisores gigantes con control remoto, aunque no había una biblioteca como en la mía. En mi casa siempre hubo libros de muchos temas y siempre en mi habitación tuve mi biblioteca personal que ya empezaba a formarse con los libros que me apasionaban. En la de tu casa había un par de enciclopedias, la Lexis 22 y algunas que venían en fascículos de El Tiempo que se empastaban después. Y estaban los libros de texto tuyos y de tu hermano de toda la vida escolar. Algún atlas y una inmensa biblia ilustrada. No leían a García Márquez porque era “izquierdoso”, pero les llamaba la atención que sus libros le dieran tanta plata. Yo te enseñé a buscar palabras en el diccionario y alguna vez en el techo de mi casa te expliqué las constelaciones y el tema del cometa Halley.
En realidad, nunca peleamos. Tan solo un par de veces hubo roces fuertes jugando futbol que generaron alguna discusión, pero nunca en la infancia tuvimos distancias. Ya en la adolescencia sí. Empezábamos a tener opinión propia y el carácter de nuestros hogares distintos empezó a relucir. Un día, jugando Sabelotodo, salió una pregunta sobre la guerra de Vietnam y yo solo dije que la respuesta del juego era equivocada porque Estados Unidos la había perdido. Ese día, con burla e ironía, dijiste que yo era un comunista y que siempre estaba del lado de los malos y perdedores. Quizás era cierto. Unos años atrás habíamos visto juntos Rocky IV y yo quería que ganara Iván Drago. En la infancia todo era risa y juego, pero en la adolescencia pasaban otras cosas y varios amigos de mi padre los habían asesinado o salieron al exilio. Y todos ellos habían hecho parte de mi historia y de mi mundo. Era cierto que mi mundo era distinto y que había crecido entre adultos y gente grande, pero también empezaba a ser consciente del privilegio de haber conocido personajes inolvidables que hacían parte de la cultura, la política y el periodismo del país.
Llegaron también los días de la caída del Muro de Berlín y el desplome soviético. Era otra derrota en mi historia de vida. Te volviste a burlar y yo sentía detrás de esas bromas la voz de tu padre hablando en entrecasa. Era como si hubieras ganado una vez más en uno de los tantos juegos de la niñez. Pero a mí me dolía y tanta burla, tanto chiste, empezaron a formar una herida que poco a poco nos fue separando irreversiblemente. Todavía terminábamos el bachillerato y me entusiasmé con liderazgos nuevos como los de Bernado Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro, pero para ti eran unos guerrilleros. Y así, en medio de las minitecas de rock en español, mientras cantábamos a todos pulmón El baile de los que sobran, nos empezamos a distanciar. Comencé a imaginar que una canción como Por qué no se van, de Los Prisioneros, era un mensaje para familias como la tuya, pero igual mi corazón no se permitía sentir algo feo después de tantas experiencias compartidas.
Alguna vez, ya en grado once, regresé a tu casa para hacer algún trabajo en grupo y tu padre fue igual de generoso, aunque conservaba algo de ironía en sus comentarios. Ese día él llevaba el folleto del Acuerdo sobre lo fundamental de Álvaro Gómez. Los tiempos cambiaban y se aproximaba una Asamblea Nacional Constituyente en nuestro país. Ya Pinochet no estaba en el gobierno en Chile, pero el discurso de tu padre no cambiaba: “Colombia lo que necesita es un Fujimori” y “No entiendo cómo el Ejército de los Estados Unidos no invade Cuba”. Creo que esa fue la última vez que fui a tu casa. Para esos días, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés ya eran parte fundamental de mi educación emocional.
Llegó la vida universitaria y me metí de lleno en la poesía. Publiqué mi primer libro y fuiste a la presentación en el bar Famas & Cronopios con algunos de los compañeros de promoción. Aquel bar siempre te pareció un poco guerrillero porque tenía afiches del Che Guevara y de Salvador Allende, pero la amistad trascendía y allí estabas. Luego nos encontrábamos en una que otra celebración de aniversario de la promoción y cumpleaños de amigos en común, eventos que se fueron distanciando más y más con el paso del tiempo. Nos hemos hecho adultos y vamos envejeciendo, echando los mismos chistes y recordando las mismas anécdotas cuyo relato va variando al compás de los caprichos del tiempo y de la memoria. Pero era inevitable que los caminos escogidos nos habían alejado.
Después llegaron las redes sociales y por supuesto nos agregamos a Facebook como una forma de estar más cerca y allí te alegrabas de mis logros literarios y personales. Yo también me alegraba mucho de los tuyos. Ahora te veo con tu esposa y tus hijos convertido en lo que siempre quisiste ser: el mejor de tu área y una prolongación de lo que viste en tu casa y cómo te formaron. Me emocionó mucho verte en la presentación de mi reciente libro y ver que con orgullo habías comprado varios ejemplares que querías que los firmara para unos familiares de tu esposa afectos a la literatura. Como siempre, nos despedimos con un fuerte abrazo de oso. Al final, nuestra mitología fundacional fue la misma.
Por alguna razón, más allá de la cercanía en la redes, en los años del Gobierno de Uribe estuvimos más lejos que de costumbre. Yo organicé en 2006 una reunión de líderes culturales con el candidato presidencial Carlos Gaviria y su fórmula vicepresidencial, Patricia Lara. Sabíamos todos que perderíamos, pero habíamos ganado un par de figuras para la oposición y la izquierda. Yo también seguía siendo fiel y leal a mi propia historia.
En 2014, después del triunfo de Colombia 3-0 ante Grecia en el mundial de Brasil, fue la segunda vuelta presidencial que ganó Juan Manuel santos ante Óscar Iván Zuluaga. Por esos días Iván Cepeda no dudó en apoyar a Santos para defender los diálogos de paz de La Habana. Ese día escribiste un lánguido trino a propósito del partido y de las elecciones: “Ganó Colombia, pero perdió el país”. De igual forma, en el Plebiscito por la Paz de 2016, defendiste posturas que nunca pude comprender e hiciste eco de noticias falsas y de las cadenas de WhatsApp. En algún momento te pedí que no me reenviaras esas cadenas y te mandé la evidencia de que eran noticias falsas y me bloqueaste un tiempo de tus contactos. Ahí comprobé que, a pesar del afecto, vivíamos en dos países distintos siempre.
Defendiste a Duque y el uso desmedido del ESMAD contra los jóvenes. Cuando tu padre murió, después de la pandemia, te acompañé un rato en la funeraria y asistí a las exequias. Fue un buen hombre, fiel a sus convicciones de derecha. Creo que solo un par de veces se cruzó con mi padre en alguna entrega de notas. Se saludaron con cordialidad y prudente distancia. Me dolió, de verdad, mucho su muerte, pero no puedo dejar de imaginarlo en estos días diciendo: “Colombia necesita un Bukele”.
Hace rato no sé de ti, pero sé por tus redes por quien votarás en estas elecciones. Tú tampoco tendrás ninguna duda de por quién votaré yo y, una vez más, ratificaremos que siempre vivimos países distintos y distantes. Ojalá la amistad hubiera podido, en una mínima y simbólica medida, acercar esos países que alguna vez fueron uno solo en algunos pequeños momentos de la infancia. Nos quisimos mucho, fuimos cercanos, cómplices de travesuras infantiles y eso no se borrará nunca, pero hoy hay un muro muy grande entre los dos. Podremos discutir y debatir de política como lo hemos hecho toda la vida, pero a estas alturas no quiero en mi vida alguien que defienda posturas que atenten contra la dignidad humana. Estoy de acuerdo en que nunca valdrá la pena perder amistades por tener posiciones políticas diferentes. Me formé en el respeto a la diferencia y a que el otro pueda defender sus ideas. Pero el plebiscito de hace diez años y estas elecciones sí me han recordado a quienes no quiero tener en mi vida y son a todos aquellos que promuevan el odio, el racismo, la homofobia, la xenofobia y cualquier forma de discriminación.
Hermano, extrañaré siempre las tardes de tareas con tu Lexis 22 y tu computador Apple. No creo que vuelva a las reuniones de los compañeros del colegio. Siento que las pocas cosas que nos siguen uniendo se desvanecen en el tiempo. En el presente nos separa todo: la visión de mundo, del país, de la realidad social y la mirada del futuro. Los tiempos cambiaron y los chistes de pasillo que eran normalizados en los días del colegio hoy me molestan. Seguro también he cambiado y ya no soy el mismo. Yo voté SI hace diez años y ahora no dudo en dar mi voto a Iván Cepeda. Tú votaste NO y ahora lo harás por Abelardo.
Quizás la verdadera lejanía de esa amistad no sea que termináramos pensando distinto, al igual que lo hacíamos de niños. Al contrario, hoy tengo varios amigos con los que tenemos divergencias y disensos, pero coincidimos en asuntos éticos innegociables. Eso nos permite vivir un mismo país y transitar una misma calle así estemos en aceras opuestas. Durante años creí que esa era también nuestra historia, pero me di cuenta de que las fronteras de nuestros dos países no residen en lo político sino en algo más profundo que involucra elementos que van más allá de las convicciones.
Por eso, nuestra amistad no se apaga porque votes distinto ni porque defiendas causas que yo no comparto. Decido estar lejos porque es lo más sano para ambos. Con los años comprendí que no vale la pena perder amigos por sus opiniones, pero sí por aquello que están dispuestos a tolerar y defender en nombre de ellas. Esos son los límites de una larga conversación que no quiero continuar.
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