
En el boxeo existe un ejercicio fundamental: “pelear con la sombra” o “shadow boxing”. La idea es simular un combate con un rival imaginario, lanzando golpes, esquivando ataques y desplazándose rápidamente ante uno mismo, frente a un espejo o contra la propia sombra proyectada por una luz a las espaldas. La idea es imaginar a un oponente agresivo al cual hay que atacar, utilizando combinaciones de golpes y movimientos.
Algo parecido podría estar ocurriendo en la política colombiana, porque Iván Cepeda parece estar enfrentando a una sombra, sin poder darle siquiera un golpe a su verdadero contrincante.
En la noche de la primera vuelta dejó una imagen que, entre la euforia de los ganadores y la contrariedad de los derrotados, pasó casi inadvertida porque —entre otras cosas— desde hace tiempo hace parte del paisaje. Mientras Abelardo de la Espriella celebraba una victoria que pocos anticipaban con semejante magnitud, Iván Cepeda volvía a hablar de Álvaro Uribe. Días antes había anunciado a Iván Velásquez como una de las figuras centrales de un eventual gobierno. Nada de eso tendría nada de extraño si no fuera porque ambos nombres —el de Cepeda y el de Velásquez— remiten a una batalla que ha marcado la política colombiana durante más de dos décadas: la pelea contra Uribe.
La discusión que puede iluminar el camino es si esa sigue siendo la batalla que se está librando. Y parece que no, que Cepeda está peleando con un espejismo.
Durante años, la política colombiana se organizó alrededor de un eje sencillo y predecible: uribistas y antiuribistas. Unos votaban por Uribe. Otros votaban contra Uribe. Unos explicaban el país desde sus aciertos y otros desde sus errores. En buena medida, Gustavo Petro llegó a la Presidencia porque entendió mejor que nadie esa división, la profundizó por años con disciplina y coherencia, y en 2022 —adicionándole algunas maromas electoreras— logró convertirla en una mayoría electoral.
Iván Cepeda también construyó una parte importante de su trayectoria pública dentro de ese escenario. Mucho antes de que el país conociera los detalles de la larga confrontación judicial entre ambos, Cepeda ya era una figura respetada en sectores de izquierda por su trabajo en derechos humanos, memoria histórica y construcción de paz. Pero sería torpe desconocer que fue precisamente su enfrentamiento con Álvaro Uribe el que terminó proyectándolo al centro del debate político nacional. Esa confrontación lo convirtió en protagonista de una de las disputas más intensas, prolongadas y simbólicas de la vida pública colombiana reciente.
Y quizás ahí está el problema. Los políticos suelen terminar prisioneros de las mismas narrativas que les dieron relevancia. Petro llegó al poder enfrentando a Uribe y Cepeda, a su vez, alcanzó una enorme visibilidad enfrentando a Uribe. Y con los años, esa estrategia tomó tracción, sin duda. Sin embargo, lo que las urnas parecen estar diciendo ahora es que el escenario ya no es igual. Porque antes de enfrentar a la izquierda, Abelardo de la Espriella había pasado de largo por el uribismo.
Paloma, la candidata respaldada por Álvaro Uribe, por el Centro Democrático y por buena parte de la dirigencia tradicional de la derecha, terminó ampliamente superada. El dato que reflejan los votos por ella es mucho más importante de lo que parece porque indica que una parte considerable del electorado de la derecha decidió expresarse a través de otro vehículo político.
La explicación más fácil, lo simple, sería concluir que Abelardo es simplemente una nueva versión de Uribe. Pero esa lectura queda atrapada en categorías que pertenecen más al pasado que al presente. Por supuesto existen coincidencias doctrinarias en temas como seguridad, autoridad o crítica al petrismo por su fracaso en salud, paz, política internacional o lucha anticorrupción. Pero las diferencias son igualmente evidentes. Uribe, por ejemplo, construyó una fuerza política alrededor de un partido. Abelardo construyó una fuerza política alrededor de su propia imagen, expresada en la figura del tigre. Uribe surgió en la Colombia del conflicto armado. Abelardo —aunque la violencia continúa— surge en la Colombia de los algoritmos. Uribe organizó cuadros políticos mientras que Abelardo se enfoca en organizar audiencias. Álvaro Uribe representó durante años la autoridad institucional, mientras que Abelardo interpreta una autoridad emocional que se expresa a través de redes sociales, comunidades digitales y una relación directa con ciudadanos que desconfían cada vez más de los intermediarios tradicionales.
Hay además un elemento que ayuda a entender por qué muchos analistas no alcanzaron a ver el fenómeno a tiempo. Abelardo construyó buena parte de su campaña atacando justamente aquello que durante décadas ha definido la política colombiana: los partidos, las maquinarias, los acuerdos burocráticos y la dirigencia profesional. Su discurso insistió una y otra vez en presentarlo como un outsider y no como el heredero de una estructura política existente sino como alguien que llega para desafiarla.
Ese matiz es fundamental. Mientras Paloma Valencia aparecía respaldada por expresidentes, congresistas, directorios partidistas y figuras tradicionales de la política, Abelardo se presentaba como alguien que no le debía su candidatura a ninguna organización política tradicional. Y el resultado indica que millones de colombianos se siente cómodos con ese mensaje.
Por eso resulta interesante y revelador un detalle que pasó relativamente inadvertido durante la campaña. Cada vez que tuvo la oportunidad de hacerlo, Abelardo reivindicó a Álvaro Gómez Hurtado como uno de sus principales referentes políticos e intelectuales. Y esa no es una referencia cualquiera. Y a su lado, como jefe de debate, aparece Enrique Gómez Martínez (sobrino de Álvaro), quien durante años ha liderado la lucha contra la impunidad luego del asesinato del líder conservador, caso en el cual aparecen indicios de participación de ese “establecimiento político” colombiano. Si Abelardo hubiera querido presentarse simplemente como heredero político de Uribe, le habría bastado con decirlo. Pero escogió otra genealogía para identificarse.
Álvaro Gómez fue conservador, sin duda. Pero reducirlo a esa condición sería insuficiente. Lo que hizo de Gómez una figura singular fue su permanente crítica al llamado “régimen”, esa estructura de poder que, según él, había terminado alejándose de los ciudadanos y funcionando para sí misma. Por eso, la referencia tiene una carga política mucho más profunda de lo que parece. Cuando Abelardo reivindica a Gómez no está diciendo solamente de dónde viene, sino señalando exactamente contra quién está peleando.
Su adversario no sería únicamente la izquierda: su adversario es el establecimiento. Lo que Milei llamó “la casta”, es decir los partidos, la clase política, el sistema.
Y eso ayuda a entender por qué se conecta con ciudadanos que no necesariamente se sienten identificados con el uribismo tradicional, pero sí con la idea de que el modelo político tradicional dejó de responder a sus expectativas.
Durante años, Petro construyó una narrativa extraordinariamente eficaz: de un lado el cambio; del otro, el uribismo. Esa idea le permitió llegar a la Presidencia y organizar buena parte del debate público nacional.
El problema es que los gobiernos pueden terminar atrapados por las mismas categorías que los llevaron al poder. Mientras Petro y Cepeda seguían leyendo el país a través de la confrontación con Uribe, una parte creciente de los colombianos comenzó a reaccionar frente a otros factores: la inseguridad, el desgaste institucional, la incertidumbre económica, la crisis de la salud, la corrupción oficial, la polarización permanente y la sensación de que el Estado estaba perdiendo capacidad de respuesta. Y entonces ocurrió algo que ni el petrismo ni buena parte de sus contradictores parecieron advertir a tiempo. El rival que emergió no fue Uribe. Fue otra cosa. De ahí que resulte llamativo que, después de la primera vuelta, una parte importante del discurso oficialista de izquierda haya vuelto a girar alrededor del expresidente, como si el país siguiera atrapado en el mismo libreto político de hace veinte años. Y no fue así.
Los resultados de primera vuelta mostraron que Uribe ya no estaba en el centro del cuadrilátero y que Cepeda está boxeando con una sombra. Y si llegara a darse cuenta de eso, quizás ya sea demasiado tarde.
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