
A mí me ha tocado vivir diecinueve elecciones presidenciales. Y por más que hago memoria, no logro recordar una más agresiva que la que estamos viendo actualmente, donde al cierre de la primera vuelta los finalistas se dijeron de todo en sus discursos. Por un lado, pusieron en duda la legitimidad de los resultados; y por el otro, respondieron que los harían respetar por la razón o por la fuerza. Cada quien le dijo tantas ofensas al otro, que pareció como si ambos hubieran leído un prontuario criminal. Solo les faltó declararse la guerra, aunque ya creo que eso fue lo que realmente hicieron entre líneas.
Yo puedo entender que el fervor del día electoral haya caldeado sus ánimos. También que estuvieran con los nervios de punta, pues la segunda vuelta está doblando la esquina. Incluso que ambos candidatos representen orillas completamente opuestas, por lo que algunos roces son hasta inevitables. No se trata de que piensen igual. Se trata de que no se destruyan por el solo hecho de no estar de acuerdo. Para triunfar no es necesario hundir al otro. Se supone que son unas elecciones presidenciales, no una reyerta. Y lo anterior aplica para todos, incluyéndonos a los que ahora estamos viendo los toros desde la barrera.
En esta recta final, los candidatos deben volver a hablar de la vida y las necesidades de la gente. Uno de ellos será el próximo presidente de la República, y tendrá que gobernar para todos, no para los de su propio bando. En ese sentido, hay asuntos más importantes que los colombianos queremos ver en los medios y las redes sociales que las pullas que se están tirando. No puede ser que las noticias del día sean lo que uno le dijo al otro en vez de sus propuestas. Puede que las hayan repetido hasta el cansancio en el último año, pero, a diferencia de los meses anteriores, en los que había un exceso de candidatos, ahora solo quedan dos. Mucha gente está a la expectativa para definir su voto y están las cámaras y los micrófonos a disposición para difundir sus ideas sin distracciones, pero lo único que han ofrecido desde el pasado domingo son provocaciones y faltas de respeto.
Ahora, más que nunca, Colombia necesita tranquilidad. Lo sé, porque si algo he hecho en la vida es trabajar por la paz: estuve en La Habana como víctima del conflicto por haber sufrido dos secuestros; y mientras tres exguerrilleros que me mantuvieron en cautiverio en el primero están empleados en la fábrica, a la persona que me entregó en el segundo le pagué un abogado para que saliera rápido de la cárcel y rehiciera su vida; en mi Alcaldía les dimos una segunda oportunidad a 1.500 jóvenes en riesgo vinculándolos como gestores de paz en un programa de prevención social de la violencia, y en las empresas distribuimos utilidades para valorar la mano de obra, incrementar la productividad y reducir la desigualdad. La paz siempre dará réditos. La violencia, jamás. Por eso creo tener la autoridad moral para llamar la atención y pedir que reflexionemos sobre la importancia de aprender a convivir civilizadamente entre distintos.
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