Ir al contenido principal
Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

El ataque a Yerry Mina: el progresismo con el látigo en la mano

Si hay alguien de quien se puede decir que es un bacán, una gran persona y un buen profesional, es Yerry Mina. El gigante marcador central de la selección Colombia de fútbol se ha hecho famoso en el mundo por su manera de jugar, por la alegría que muestra en la cancha con su fútbol, su baile para celebrar victorias y como si fuera poco porque ya anotó tres goles en la Copa Mundial de la FIFA, logrando un récord importante: es el primer defensor que ha marcado tres veces de cabeza en un mundial. Yerry y sus compañeros de equipo ya están en Estados Unidos, listos para debutar en el torneo más importante del planeta. Viajaron junto con la ilusión de todo un país que espera verlos ganar y jugar bien. Sin embargo, sus redes sociales amanecieron este fin de semana manchadas con frases como estas: “¿Te soltaron los grilletes, esclavo”, “Negrito esclavo del amo”, “Lo tratan como esclavo de los años 1600”, “¿Dónde dejó al patrón?”... Todo porque el presidente Petro, en uno de sus acostumbrados ataques de rabia y amargura, publicó un agresivo e innecesario comentario en X que decía: “Dignidad o nostalgia de hidalgos esclavistas”, mostrando una foto de Mina sonriente en una visita a Álvaro Uribe, y otra de un saludo serio a Petro durante la despedida de la selección Colombia. De inmediato, las hordas que siguen al mandatario se desataron contra Yerry ultrajándolo con insultos bajos y estúpidos, armados con dosis variadas de racismo y fanatismo. 
 
Maradona lanzó alguna vez una frase inolvidable: “La pelota no se mancha”. Y Petro no solo la manchó. La escupió, justo antes del mundial. 
 
Yerry Mina nació en Guachené, un pequeño municipio en el norte del Cauca, habitado en su mayoría por comunidades negras humildes y trabajadoras. Según la Defensoría del Pueblo allí existe un “accionar permanente del Frente Dagoberto Ramos, del Bloque Occidental Comandante Jacobo Arenas del EMC, así como diversos grupos de delincuencia organizada”. La Defensoría reporta 49 homicidios en 2025 y en 2026 ya se han registrado masacres, asesinatos selectivos y confinamientos. La crisis humanitaria en Guachené y sus alrededores afecta especialmente a “niños, niñas y adolescentes, con más de 80 estudiantes fuera del sistema educativo, lo que configura una vulneración estructural del derecho a la educación”, agrega el informe de la Defensoría. Y resulta que Yerry Mina, con la fundación que creó hace 11 años, acoge niños entre los 6 y 16 años. Alberga a 350 de ellos que de lunes a viernes reciben formación en deportes, danza y cultura; actividades que les permiten avanzar en su formación y al mismo tiempo protegerse de los abusos y del reclutamiento forzado de los terroristas que campean en esa región. El Estado, que Petro encabeza, no aparece. La Defensoría le pide al Gobierno ayuda para la gente, y particularmente “la adopción de medidas urgentes para prevenir la deserción escolar y proteger la niñez y la adolescencia”. El Estado que Petro encabeza no lo hace, no cumple con su deber. Y Yerry Mina, que se encarga de ayudar a los niños pobres de Guachené, queda expuesto al odio de Petro y sus seguidores por cuenta de los oscuros caminos por los que transitan la mente y el corazón del mandatario. Y algo muy grave: posiblemente, la fundación donde Yerry trabaja por los niños pobres podría estar ahora en la mira de los terroristas de las disidencias de las FARC. Si algo le sucede a su familia, funcionarios o a los niños que apoyan, habría que mirar al propio presidente por haberlo señalado injustamente en su injustificado ataque de furia. 
 
El ataque a Yerry Mina rompió algo profundo y delicado. Pero la identidad de ese ataque no es nueva. En 2024, durante la posesión de la defensora Iris Marín, el presidente Petro le dijo a Gerson Chaverra, el primer afro que presidía la Corte Suprema: “…Poco entiendo de por qué los hombres negros pueden ser conservadores…”. En 2025, en un inolvidable consejo de ministros, afirmó: “… A mí nadie que sea negro me va a decir que hay que excluir a un actor porno (del Gobierno)…”.  Luis Gilberto Murillo, excanciller de Petro, dijo en una entrevista que a Francia Márquez, vicepresidente afro, “la matonearon”. De hecho, Francia, quien apareció como uno de los símbolos más fuertes de la inclusión de las comunidades negras, terminó aislada y apartada de las decisiones importantes del Gobierno nacional. Ella misma, Francia, hizo referencia a una especie de racismo estructural del que no escapan las altas esferas del Estado. El despido en público de Rosero ministro afro del Ministerio de la Igualdad para darle cabida a Florian, el actor porno blanco, se suma a esa actitud que se nutre de expresiones racistas que finalmente aterrizan en un patrón político que ahora es bien reconocible: la noción de que las personas afrocolombianas tienen una especie de obligación política y moral de ubicarse en determinado lugar ideológico. Y cuando no lo hacen, dejan de ser ciudadanos autónomos para convertirse en esclavos, peones o instrumentos de alguien más. Y lo peor, merecedores del señalamiento, el maltrato y la estigmatización que el progresismo rechaza de dientes para afuera. Cuando el presidente cree que que un afrocolombiano no hace lo que él quiere, aparecen las descalificaciones: ya no es un ciudadano libre: es un vendido, un peón, un sirviente, un esclavo. Aplica de la misma manera para magistrados de la Corte, ministros o futbolistas.

La verdadera igualdad comienza cuando una persona negra puede pensar, votar, opinar, equivocarse y discrepar exactamente igual que cualquier otro ciudadano, sin que nadie y mucho menos el presidente de Colombia le recuerde, con el látigo en la mano, los tiempos de los amos, los patrones y los esclavos.

Finalización del artículo

6 comentarios

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales