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Luis Alberto Arango
Puntos de vista

El consejo que un país siguió y otro archivó

En 1973, Lauchlin Currie —el economista que dirigió la primera misión del Banco Mundial en Colombia y se hizo colombiano— escribió para la ONU un documento titulado Qué puede aprender Colombia de Singapur. Medio siglo después, la isla que era casi igual de pobre que nosotros es, por habitante, el país más rico de la Tierra. ¿Qué marcó la diferencia?

Por: Luis Alberto Arango

En marzo de 1973 aterrizó en Singapur un septuagenario nacido en Nueva Escocia, formado en la London School of Economics y en Harvard, antiguo asesor de Franklin D. Roosevelt en la Casa Blanca y, para entonces, colombiano. Se llamaba Lauchlin Currie. Había llegado a Colombia en 1949 como jefe de la primera misión integral de país del Banco Mundial; se había quedado para ayudar a ejecutar sus recomendaciones; en 1954 se casó con Elvira Wiesner, una diseñadora colombiana; y en 1958, ya arraigado en el país, recibió la ciudadanía colombiana de manos del presidente Alberto Lleras Camargo. Quince años después, no viajaba solo a Singapur: lo acompañaba Rafael Villate, director de Planeación de Bogotá. No iban de turismo ni a dictar cátedra. Iban a estudiar el país. 

Currie quería entender cómo una pequeña isla de recursos naturales escasos, separada de Malasia apenas ocho años antes, estaba resolviendo al mismo tiempo tres problemas que Colombia seguía tratando como compartimentos separados: la vivienda, el ahorro y el crecimiento.

De ese viaje salió un documento para Naciones Unidas cuyo título, leído hoy, produce una mezcla de asombro y de vergüenza: What Colombia (and other developing countries) may learn from SingaporeQué puede aprender Colombia de Singapur—. Está fechado en 1973. 

La pregunta que hoy repetimos en foros, congresos y campañas tiene, pues, más de medio siglo. Hoy no estamos descubriendo a Singapur. Llevamos 53 años aplazando la tarea.

Conviene recordar el punto de partida. En 1960, Singapur y Colombia eran casi igual de pobres: unos 430 dólares de ingreso por habitante allá, unos 260 acá. Ni el doble de diferencia. Hoy, medida en paridad de poder adquisitivo —la medida más justa para comparar niveles de vida, porque corrige las distorsiones del dólar y del costo local—, la brecha es de siete veces: Singapur supera los 130.000 dólares por habitante; Colombia ronda los 18.500. Dos países que arrancaron la carrera casi juntos; uno llegó a la meta y el otro sigue en la línea de partida, discutiendo el reglamento y buscando a quién culpar por no haber arrancado.

"La pregunta que hoy repetimos en foros, congresos y campañas tiene, pues, más de medio siglo. Hoy no estamos descubriendo a Singapur. Llevamos 53 años aplazando la tarea".

¿Qué es hoy el Singapur que Currie estudió cuando era apenas una promesa? Es, para empezar, el gobierno mejor pagado del planeta. Y lo es por diseño: el primer ministro gana alrededor de 1,6 millones de dólares al año —el líder de gobierno mejor pagado del mundo— y los sueldos de los ministros se calculan con una fórmula atada a lo que ganan los profesionales mejor remunerados del sector privado, con bonificaciones ligadas al desempeño del PIB. 

La lógica es brutal y simple: si el Estado paga como una multinacional, atrae el talento de una multinacional y le quita el incentivo a la corrupción. Y la fórmula sí funciona: Singapur ocupa el tercer lugar entre 180 países en el Índice de Percepción de Corrupción. El ciudadano y la empresa son tratados como clientes, no como trámites que el Estado tolera: una compañía se crea en internet en máximo 24 horas, una queja de un empresario se trata con criterios de eficiencia y efectividad, los impuestos son bajos y parejos —IVA del 9 por ciento, renta corporativa plana del 17 por ciento, renta personal que llega máximo al 24 por ciento y cero impuesto a las ganancias de capital o al patrimonio— y a la inversión extranjera se le atrae con una agencia estatal dedicada exclusivamente a eso desde 1961. 

La marca más destacada del modelo económico es la existencia de agencias técnicas especializadas, blindadas del ciclo electoral, cada una dueña de un objetivo estratégico de largo plazo. Por ejemplo, la Junta de Desarrollo Económico recluta inversionistas; la Junta de Vivienda construye los apartamentos donde vive cerca del 80 por ciento de la población; el Fondo Central de Previsión administra el ahorro obligatorio que financia pensión, salud y vivienda; la Autoridad Monetaria cuida la estabilidad de la moneda; Temasek y GIC invierten los excedentes de la nación como fondos soberanos. Los resultados se ven desde el mar: el puerto de Singapur movió en 2025 una cifra récord de 44,7 millones de contenedores, el segundo del mundo después de Shanghái —más de diez veces lo que mueven todos los puertos colombianos juntos, en una isla más pequeña que Bogotá—.

El resultado se ve en el bolsillo: su ingreso por habitante es hoy el cuarto más alto del mundo en dólares corrientes y el primero del planeta en paridad de poder adquisitivo. La aldea de pescadores que expulsó Malasia en 1965 es hoy, por habitante, el país más rico de la Tierra.

“…el primer ministro gana alrededor de 1,6 millones de dólares al año —el líder de gobierno mejor pagado del mundo—“. 

¿Pero rico para quién? Esa es la pregunta que cualquier colombiano haría, y la respuesta es lo más llamativo de la historia: esa riqueza no se quedó arriba. Singapur nunca repartió pobreza; se dedicó seis décadas a crear riqueza y a repartirla, pero no en forma de subsidios mensuales sino de patrimonio. El instrumento inicial fue la vivienda: gracias al fondo de ahorro obligatorio que financia la cuota inicial y la hipoteca, cerca del 90 por ciento de los hogares son propietarios de su casa, quizás la tasa más alta del mundo. Lee Kuan Yew, el fundador del Singapur moderno y su primer ministro durante tres décadas, lo expresó con claridad: quería que cada familia tuviera algo que perder, una participación en el país. 

La pobreza extrema prácticamente desapareció, y el Estado redistribuye con decisión —a los hogares más pobres les entrega, por persona, más del doble de ayudas que al hogar promedio—, pero las condiciona al trabajo y al estudio: el lema allá es workfare, es decir, protección social ligada al empleo, no welfare, entendido como subsidio permanente sin contraprestación.

El resultado es medible: la desigualdad después de impuestos y transferencias cayó en 2024 a su nivel más bajo en lo que va del siglo, comparable ya con varios países europeos. Singapur no es un paraíso —el costo de vida es feroz y la desigualdad antes de transferencias sigue siendo alta—, pero la secuencia es inequívoca y es la lección que Colombia no ha querido aprender: primero crear la riqueza, luego repartirla, y repartirla en forma de casa propia, ahorro y educación, que son las únicas transferencias que no se agotan al gastarse.

¿Qué vio Currie en 1973? No vio el Singapur de los rascacielos y la Inteligencia Artificial, pues todavía no existía. Vio algo más útil: un país todavía pobre que en una década había reacomodado a una tercera parte de su población en ciudades nuevas y compactas, en torres de diez y veinte pisos con buen acceso a transporte, escuelas y empleo. Y vio el mecanismo que lo hacía posible: aportes obligatorios de trabajadores y empresas a un fondo nacional que servía para la pensión, pero también para la cuota inicial y la hipoteca. La vivienda era en Singapur la potente máquina que convertía el ahorro de la gente en ciudad y en patrimonio familiar. De ahí extrajo su mayor aprendizaje, aunque casi una herejía para el debate colombiano de entonces: construir y exportar no son rivales que se disputan los recursos; son complementos, siempre que la construcción se financie con ahorro real y no con emisión inflacionaria.

Currie no se quedó en la admiración de lo que observó y aprendió en su viaje. Intentó traducirla: el Plan de las Cuatro Estrategias de 1971 puso la construcción y las exportaciones como motores gemelos del desarrollo para Colombia, y el UPAC nació, de su mano, para canalizar ahorro privado hacia crédito hipotecario de largo plazo; y la ciudadela El Salitre, en Bogotá, tuvo en él a uno de sus promotores conceptuales como una “ciudad dentro de la ciudad”. Y aquí está el detalle más doloroso de esta historia: Colombia sí aplicó buena parte de la receta. Funcionó, generó empleo y vivienda durante años, y luego la fuimos desmontando o cambiando a punta de decisiones políticas, regulatorias y judiciales. Nuestro problema nunca fue de ignorancia. Fue de incapacidad para sostener o mejorar lo que estaba funcionando.

Vendrá la objeción obvia: Singapur es una ciudad-Estado de seis millones de habitantes en 730 kilómetros cuadrados; Colombia tiene 53 millones de habitantes en 1.1 millón de kilómetros cuadrados, tres cordilleras y más de medio siglo de conflicto. Y también vendrá la objeción política: allá gobierna el mismo partido desde 1959, con prensa vigilada y oposición simbólica; nadie quisiera querer importar eso a Colombia.

Cierto lo uno y lo otro. Pero lo que Singapur prueba no es que el autoritarismo funcione, sino que la constancia rinde frutos y funciona; y la pregunta es por qué nuestra democracia, que sí puede cambiar de gobierno, no ha sido capaz de no cambiar de rumbo. Currie, por lo demás, ya había abordado estas objeciones: nunca propuso copiar un país, sino aprender sobre sus mecanismos exitosos y adaptarlos. Tampoco idealizó Singapur: criticó, por ejemplo, el espacio privilegiado que en su momento otorgaban al automóvil o que no se hiciera lo suficiente por cobrar impuestos sobre el uso de la tierra.
Hay una simetría en esta historia que parece escrita por un novelista. Singapur también tuvo su Currie: se llamaba Albert Winsemius, un economista holandés que llegó en 1960 al frente de una misión de Naciones Unidas y se quedó como asesor económico del jefe del gobierno durante más de dos décadas, hasta 1984. Fue él quien recomendó la industrialización, la apertura a las multinacionales, la vivienda pública masiva y la apuesta por convertir la isla en centro financiero. 

“Singapur nunca repartió pobreza; se dedicó seis décadas a crear riqueza y a repartirla…”.

Dos países pobres, dos extranjeros brillantes enviados por organismos internacionales, dos diagnósticos lúcidos formulados casi al mismo tiempo. La diferencia está en lo que cada país hizo con su asesor. Currie amó tanto a Colombia que se nacionalizó colombiano, y Colombia oyó sus ideas a ratos, las aplicó a medias y las desmontó después. Winsemius nunca dejó de ser holandés —viajaba a Singapur apenas dos veces al año—, pero Singapur le hizo caso durante 23 años seguidos, lo condecoró, le puso su nombre a una calle y a una cátedra, y Lee Kuan Yew lo señaló, a su muerte, como coautor del milagro. A uno lo adoptó el país; al otro lo adoptaron las políticas. Y resultó que lo segundo era lo que importaba.

Esa es la reflexión que quisiera poner sobre el escritorio del próximo presidente de Colombia y del equipo de gobierno que se posesionará en agosto. Pero la reflexión no solo es para él, es también para los tres o cuatro gobiernos que vendrán después, porque la verdadera lección de Singapur no es ninguna política en particular sino la continuidad. 
 

““A uno lo adoptó el país; al otro lo adoptaron las políticas. Y resultó que lo segundo era lo que importaba”.


Allá sostuvieron las mismas apuestas —vivienda masiva, ahorro obligatorio, planeación técnica, foco en sectores económicos estratégicos, disciplina fiscal, Estado eficiente, puertas abiertas a la inversión extranjera, incentivos fiscales, apuestas serias por la educación, etcétera— durante seis décadas, a través de crisis petroleras, recesiones globales y tres relevos generacionales en el poder. 

En Colombia refundamos el modelo cada cuatro años, como si el desarrollo fuera una bandera de gobierno y no un propósito de nación. Y lo notable es que el ejemplo de Singapur no tiene por qué etiquetarse con una ideología: le ofrece a la izquierda vivienda popular, movilidad social y un Estado que redistribuye de verdad; y a la derecha, ahorro, propiedad privada, impuestos bajos y estabilidad macroeconómica.

Es, por definición, una política de Estado que debería ser una identidad nacional. La pregunta correcta, entonces, no es si Singapur es replicable en Colombia, sino por qué un país que conoce estas lecciones desde hace 53 años —porque se las escribió, con nombre propio, el economista que mejor nos conoció— no ha sido capaz de convertirlas en propósito nacional.

Currie murió en Bogotá en 1993; Winsemius, en La Haya en 1996. Ninguno de los dos alcanzó a ver el Singapur de hoy ni la Colombia de hoy. Pero uno imagina la conversación que tendrían: dos viejos economistas comparando notas sobre dos países que recibieron, en la misma década, dando consejos parecidos. Y uno de esos países los siguió con decisión y disciplina. El desarrollo, dirían los dos, no ocurre por discursos de plaza pública: ocurre cuando las instituciones convierten, año tras año y gobierno tras gobierno, el ahorro, el suelo y el trabajo de la gente en bienestar tangible. Esa tarea lleva medio siglo sobre el escritorio. Señor presidente —el próximo y los que vengan—: ya está hecho el diagnóstico, seguramente necesitará ajustes. Lo que Colombia nunca ha ensayado es la constancia.

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