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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

La alegría ya viene

En estos días volví a ver la película No de Pablo Larraín sobre el plebiscito chileno de 1988 y me volvió la misma emoción de la primera vez que la vi y fue terminarla con la alegría y esperanza de que siempre es posible, incluso cuando parece imposible. Hoy la veo con la misma mirada maravillada, pero también como una advertencia para los días que vivimos. Una de las tantas enseñanzas que nos deja la película, además de la insistencia y persistencia, es la de promover la alegría y vincularla a la política a través de la imaginación. Uno culmina la película y termina tarareando durante varias horas el jingle ‘Chile, la alegría ya viene’ que fue tan controvertido al interior de la campaña del No. Nos recuerda la cinta que los sectores más ortodoxos y radicales de la izquierda chilena estuvieron en desacuerdo con hacer una campaña festiva cuando había tantos muertos y desaparecidos durante la dictadura y que eso era lo que había que mostrar en los quince minutos diarios de la franja televisiva. Sin embargo, el personaje principal, el publicista René Saavedra interpretado por Gael García, impuso su idea del colorido y la alegría para llegar a las nuevas audiencias de finales de los ochenta después de casi dos décadas de censura. La vieja guardia pretendía ganar las elecciones con una estética militante de los años setenta y con un discurso centrado en el dolor y la denuncia y, por el contrario, René proponía una publicidad mucho más pop acorde con la estética de finales de los ochenta. Él sabía que para derrotar a una dictadura no bastaba con recordar el horror, sino que había que ofrecer una imagen de futuro.

Fue inevitable comparar aquel plebiscito chileno y la campaña del No con las elecciones presidenciales de Colombia en este 2026. Hay una campaña que siempre nos vende miedo y nos habla con rabia, y agravia e insulta.  Hay otra que invita a la conversación y acude a las canciones, los colores, el teatro, el humor y la poesía entre tantas otras formas de expresión. El lenguaje festivo contrasta con el del miedo y la agresividad y, al igual que en el Chile de Pinochet, era difícil pero no imposible. La alegría y la imaginación eran la mejor forma de enfrentar una dictadura con su estructura y represión.

De alguna forma siento que la política que propone la derecha mundial hoy, al igual que hace tantas décadas, se ha ido convirtiendo poco a poco en una gran industria de la indignación y la rabia que ha sabido leer realidades que viven los ciudadanos bajo cualquier gobierno o sistema.  Eso pasó ayer y sigue pasando hoy y los discursos de miedo permanecen. Responder con el mismo miedo o rabia es ponerse en el mismo asfalto de pelea callejera y allí siempre nos llevarán ventaja. Por eso lo mejor es responder con el arte y la imaginación para crear comunidades y desde ahí proponer esas nuevas conversaciones necesarias para imaginar el porvenir de muchas maneras.

Quizás por eso la experiencia chilena de 1988 resulta tan reveladora para nuestro presente colombiano. Hoy asistimos a la confrontación de dos imaginarios políticos y dos países totalmente diferentes. En los últimos meses hemos visto cómo alrededor de la candidatura de Iván Cepeda han aparecido expresiones inesperadas de creatividad juvenil. Este reciente fin de semana hubo actividades culturales en todo el país, en varias localidades de Bogotá y en muchas capitales. Conciertos, recitales, exposiciones, creación plástica colectiva, estampados de camisetas, etc. Eso ha impregnado de un tono diferente y de un aire de fiesta a la campaña electoral y eso ya es un triunfo.

Dentro de algunos años tal vez nadie recuerde las encuestas, los insultos de campaña, ni los videos fabricados por Inteligencia Artificial que hoy ocupan los titulares de la prensa. Lo que sí permanecerá será la emoción con la que muchos decidimos imaginar el país. Porque también esto ha sido esta campaña de Iván Cepeda: un carnaval de ideas alrededor de imaginar un país. 

Eso fue lo que entendieron los chilenos en 1988 cuando se atrevieron a responderle a una dictadura con canciones, colores, poesía y esperanza. Y esa sigue siendo la lección más urgente para nuestro tiempo. Frente a quienes quieren convencernos de que el miedo es inevitable, conviene recordar que la alegría también es una forma de la política y de las transformaciones sociales. Y esas canciones quedarán en la memoria colectiva como símbolos y testimonio de un tiempo. Por eso voto por Iván Cepeda y Aída Quilcué el próximo 21 de junio, porque además de su programa de gobierno, su campaña se ha llenado de jóvenes que nos han enseñado a imaginar ese país desde las artes y la fiesta porque, como lo recuerdan Edson Velandia y Adriana Lizcano, “Ay, tierra mía, vas a ver que nace otro país de tus entrañas”. Colombia, la alegría ya viene.

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