
El viernes antes de las elecciones grabé un video.
Me puse la camiseta de Colombia.
No lo hice como guiño a ningún candidato. No era una contraseña. No era un mensaje cifrado. No estaba diciendo: “soy de estos” ni “voto por aquellos”.
Me la puse por una razón más sencilla: porque pocas cosas nos recuerdan con tanta fuerza que, antes de discutir como bandos, seguimos siendo un país.
Estábamos cansados.
Yo también.
Cansados del ruido, de la pelea, del cinismo, de la sospecha permanente.
Pero precisamente por eso había que salir a votar.
No como soldados de una campaña. Como ciudadanos de una democracia.
El domingo vi muchas camisetas iguales.
Al comienzo me alegró.
Después entendí que para muchos ya no significaban lo mismo. La amarilla había empezado a funcionar como un signo de pertenencia política. Como santo y seña. Como manera de decir: soy de los míos.
Y entonces ocurrió lo que en Colombia parece ocurrirnos con casi todo: lo que podía unirnos empezó a dividirnos.
Después vino la controversia.
Luego el comunicado de la Federación Colombiana de Fútbol. Y ahora una decisión judicial que, de manera cautelar, ordena que un candidato no use la camiseta de la Selección en actividades de campaña.
Las decisiones judiciales se respetan.
Ese debería ser el punto de partida en cualquier democracia seria.
Pero respetar una decisión judicial no nos impide pensar en lo que esa decisión revela. Y lo que revela es triste: llegamos al punto de judicializar una camiseta porque la política fue incapaz de tratar con cuidado uno de los pocos símbolos afectivos que todavía nos quedaban.
La camiseta de la Selección no es, en sentido jurídico, un símbolo patrio. Los símbolos patrios son la bandera, el escudo y el himno. Pero hay símbolos que no necesitan decreto para existir en la piel. La camiseta de Colombia es uno de ellos.
Quienes la hemos usado fuera del país sabemos lo que carga.
Quienes hemos oído el himno nacional en un estadio mundialista sabemos que no es una prenda cualquiera.
Uno no se pone solo una camiseta.
Se pone memoria.
Se pone infancia.
Se pone familia.
Se pone derrota.
Se pone esperanza.
Se pone un gol gritado con desconocidos.
Se pone una forma simple, imperfecta, a veces excesiva, de decir: pertenezco.
Puede ser un nacionalismo fácil. Puede ser emocional. Puede ser superficial por momentos.
Pero en un país al que le cuesta tanto encontrarse, también ha sido uno de los pocos idiomas comunes que nos quedan.
Por eso hay que cuidarla.
Y cuidar la camiseta no significa prohibirla como reflejo automático.
Tampoco significa capturarla como estrategia electoral.
Una cosa es que un ciudadano se ponga la camiseta de Colombia porque quiere recordar que pertenece a un país. Otra muy distinta es que una campaña, cualquiera que sea, la convierta en uniforme de bando.
Una cosa es vestirse de Colombia.
Otra es pretender que Colombia se vista de uno.
Ahí está el límite.
La camiseta no debe ser de derecha ni de izquierda. No debe ser del Gobierno ni de la oposición. No debe ser de un candidato, ni de sus seguidores, ni de quienes se indignan cuando otros se la ponen.
La camiseta de Colombia no se prohíbe como identidad ciudadana.
Pero tampoco se expropia como herramienta de campaña.
No me la quita nadie.
Tampoco se la regalo a nadie.
Ese es el punto.
Si una campaña logra apropiarse de la camiseta, perdemos todos. Si la reacción a esa apropiación es sospechar de todo ciudadano que la use, también perdemos todos.
Porque entonces la política habrá conseguido algo devastador: convertir un símbolo común en una contraseña tribal.
Y una democracia se empobrece cuando ya no puede compartir ni sus símbolos más simples.
La urna no debería preguntarnos qué camiseta llevamos puesta. Debería preguntarnos con qué conciencia llegamos.
Una camiseta no reemplaza el criterio.
Un color no reemplaza la responsabilidad.
Un símbolo no absuelve a nadie de pensar.
Pero tampoco deberíamos acostumbrarnos a un país donde ponerse la camiseta de Colombia obligue a dar explicaciones políticas.
Yo no voy a borrar ese video.
Precisamente porque no era de una campaña. Era una invitación a votar. A salir. A participar. A no quedarnos mirando cómo otros deciden por nosotros.
Me puse la camiseta porque, con todos nuestros dolores, Colombia sigue siendo más grande que sus candidatos.
Más grande que sus campañas.
Más grande que sus rabias.
Más grande que sus trincheras.
Y ojalá siga siéndolo.
La decisión judicial de estos días podrá resolver una conducta concreta de campaña. Pero el problema de fondo no lo resuelve un juzgado. Lo tenemos que resolver nosotros: candidatos, partidos, ciudadanos, medios, empresas, líderes, familias.
Tenemos que aprender a no apropiarnos de lo que nos pertenece a todos.
Tenemos que aprender a no sospechar automáticamente de todo lo común.
Tenemos que aprender a diferenciar entre usar un símbolo nacional y convertirlo en instrumento de facción.
Porque el verdadero riesgo no es solo que alguien se ponga la camiseta.
El verdadero riesgo es que un país deje de reconocerse en ella.
Que nadie nos obligue a entregar la camiseta.
Que nadie la convierta en trinchera.
Que ningún colombiano tenga que explicar por quién vota para poder vestirse de Colombia.
La camiseta no tiene dueño.
La camiseta es Colombia.
Y precisamente por eso, hoy más que nunca, tenemos que cuidarla.
Lea los comentarios









