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Juan David Correa
Puntos de vista

La piedra esférica y el ojo del tigre

Ha sido una campaña maravillosa esta que terminó el pasado domingo para la primera vuelta presidencial. Como nunca, la izquierda y el progresismo colombianos lograron 9.600.000 votos, una cifra histórica por donde se le mire. Es cierto que había esperanza y un gran optimismo de la voluntad por lograr la victoria en primera vuelta por parte de Iván Cepeda y Aida Quilcué, y muchas y muchos de nosotros nos persuadimos de que así sería: lo declaramos una y otra vez. El pesimismo de la razón no nos nublaría mientras pudiéramos crear una promesa: nadie sale a la cancha dudando de que puede ganar. Y eso, creo, hicimos millones en este país: caminando, reuniéndonos, hablando, pintando, escuchando discursos, festejando ser quienes somos: un pueblo diverso que tiene un gran orgullo.

En frente teníamos dos opciones: la más conocida, y donde se enfocaron todas las energías, era el de Álvaro Uribe. Él, que siempre ha sabido cómo jugar sus cartas marcadas, entendió que debía ponerse como el blanco ideal, y con el pasar de los días, debilitar su propia fuerza política histórica, eligiendo una mujer que iba a hacer lo imposible por agradar a liberales y uribistas, tarea imposible, habida cuenta del plebiscito de Santos que para los más radicales constituye la máxima traición. Uribe entendió, poco a poco y con el paso de las semanas, que Paloma era el bluff, según el póker. Y entonces la operación De la Espriella se puso en marcha. Como en otros países, desde Italia a finales de la primera década de este siglo, cuando eligieron a Beppe Grillo como figurante del movimiento 5 Estrellas, hasta los Estados Unidos de Trump, la atención cognitiva era el as bajo la manga y buena parte del escenario electoral se dirime en un casino digital.

El dispositivo tiene un funcionamiento muy calculado, que no es definitivo, pero que cada vez consigue penetrar mucho más en nuestras sociedades hiperconectadas. Desde los días de Cambridge Analytica, la gran operación de perfilamiento de bases de datos de Facebook, usada por los cerebros detrás de Donald Trump, Steve Bannon y Robert Mercer, entendieron que la captura de los datos para entender sus emociones o gustos era determinante para dirigir el mensaje político acudiendo a mentiras o a verdades a medias entendiendo las inclinaciones de los usuarios: en buena parte así se cocinó la receta del primer presidente de Estados Unidos que ha sido condenado por treinta y cuatro delitos.


En Colombia, la operación ha llegado en las dos últimas elecciones copiando el mapa del plebiscito de 2016: la campaña de Abelardo, con Uribe como demiurgo, y su estructura partidista como sustento, calcó el mapa de dicha votación y se empleó a fondo en una estrategia digital que ha sido denunciada por medios como Cuestión Pública.

Esta estrategia no significa, por ahora, que la mayoría de la votación provenga de este tipo de manipulación, sino que los márgenes que se necesitan para crecer y ganar se suman a lo que en política se conoce como las bases. Así, el uribismo sabía que tenía una base de unos seis millones de votos, contando alianzas. Esa estructura hizo la campaña de calle, las reuniones políticas, el trabajo más duro. Con Paloma desgastada, Uribe entendió que debía poner al servicio de De la Espriella ese capital. Los votos de Paloma, en su mayoría, según mi hipótesis, provinieron del centro convocado por Oviedo, y por ella misma, según la apuesta de clase que hubo en algunos sectores. No son votos endosables pues la ultraderecha pura sangre, como se llaman ellos a sí mismos, se fue con De la Espriella.

El domingo llegué a Corferias a las siete de la mañana para ser jurado de votación. Me correspondió una mesa en la sección masculina, con edades muy similares a la mía. Lo que empecé a ver desde las ocho comenzó a nublar mi ánimo. Aunque no podía estar seguro, supuse que muchos de estos hombres que nos pedían ayuda para votar, pues lo hacían por primera vez como nos lo confesaban, ya casi a los cincuenta años, eran votantes de Abelardo de La Espriella. No los juzgaba por su apariencia, sino por una especie de dubitación que todos tenían, que es poco frecuente entre los votantes más convencidos del Pacto Histórico. Sé que especulo, pero esa también es la función de quien opina y trata de pensar en voz alta. 
 

A medida que pasó el día, comprobé que, en las mesas aledañas, no había habido votos numerosos. Pero en la nuestra, la cifra era particularmente alta. Fueron 229 votos. No es una cifra exagerada, por supuesto, pero en Corferias, donde votamos quienes no hemos inscrito nuestra cédula en ningún lugar, me hacía pensar en el artículo de Cuestión Pública, y en la serie de advertencias que han hecho medios independientes colombianos e internacionales sobre la intromisión electoral por parte de grandes capitales tecnológicos como Palantir, una empresa de software e Inteligencia Artificial estadounidense, fundada hace veinte años, con capital de la CIA, y el tecnomagnate Peter Thiel.
 

Palantir, como todo el universo que han creado los tecnofeudalistas, agrupados y aupados por gobiernos como el de Donald Trump, Javier Milei o Daniel Noboa, ha entendido que los fraudes ya no se hacen manipulando tarjetones, sino conquistando conciencias a través de redes como WhatsApp. A través de la captura de bases de datos públicas, y privadas, la campaña de De la Espriella llegó a nuevos votantes a través de cadenas de WhatsApp, copiando, a su vez, la estrategia de las llamadas empresas multinivel, como la célebre DMG, cuyo cerebro, David Murcia Guzmán, fue estafado por este candidato.

Sin embargo, la campaña de De la Espriella desatendió un elemento central en una estrategia de este tipo: no protegió adecuadamente su base de datos, captada a través de un formulario publicado en su página oficial, que conoció el medio Cuestión Pública. Cuando el usuario llenaba el formato, quedaba inscrito y se le pedía acceder a un grupo de WhatsApp. En este grupo, la campaña actuaba como lo hacen las ‘multinivel’ que ofrecen esquemas piramidales según el número de referidos que traiga cada usuario. “Las personas que más referidos acumularan puntos, es decir, que lograran registrar datos a través de su enlace, en un principio, al parecer, tres premios: uno, un viaje a México con todo pago para ver el

Mundial; dos, por asistir al cierre de campaña del candidato en Barranquilla, con permiso para ingresar al camerino y, por último, pasar un día con él”, siempre según Cuestión Pública.
Los premios, no obstante, no son la única explicación por la cual actuaron un millón cuatrocientos mil usuarios más sus referidos que contiene esta base, y de los cuales no se sabe si fueron ingresados por quienes están allí, o por terceros. El medio digital encontró que muchos de los registros provenían de bases de datos públicas, con dominio gov.co, de entidades como la fuerza pública, la Gobernación de Risaralda, la Secretaría de Educación de Armenia, la Secretaría de Educación de Caldas, la Alcaldía de Medellín y la Secretaría de Educación de Atlántico.

Con bases de datos se cargaron, en un solo día, 40.000 usuarios. Y de ahí en adelante, la operación piramidal comenzó a crecer hasta constituir una fuerza nueva de quienes podrían votar gracias a mensajes dirigidos a su sensibilidad: ese país que tiene temor a los fantasmas que han sido renovados por Uribe y los suyos: el comunismo, la inminencia de una falacia como la expropiación de la propiedad privada, la amenaza de una subida constante del salario mínimo que haría inviables a las pequeñas y medianas empresas, o los deseos que ha sabido capitalizar De la Espriella y que tienen asidero en grandes porciones de una población aspiracional que no se debe menospreciar, tras cuarenta años de cultura neoliberal en nuestro país: camionetas blancas Toyota, fantasías veraniegas de Miami, y una serie de imágenes que activan desde hace unos años, lo que se ha dado a llamar la manosfera, o machosfera, que puede verse en uno de tantos documentales como el realizado por el periodista Louis Theroux, Dentro de la machosfera, en Netflix.

La estrategia entonces ha comenzado a mostrarnos la verdadera capacidad de estas corporaciones de Inteligencia Artificial y manipulación que están al servicio de una política que desprecia la vida por completo. Sé que no es suficiente con el relato del mal que encarna Abelardo de la Espriella, pero quizás es bueno educarnos en los desafíos de nuestro tiempo: Daniel Noboa, hoy presidente de Ecuador —quien apoyó abiertamente a De la Espriella—, por ejemplo, ya suscribió un acuerdo con Palantir Technologies, y su principal promotor, Alex Karp, para “convertir integración de datos en inteligencia de guerra”.

Mientras no entendamos que Colombia supone la posibilidad de crear un gran experimento social, como ya ocurrió con el neoliberalismo y el uribismo a través del Plan Colombia, a través de la captura de nuestros datos, que hoy contienen información sobre nuestras filias, fobias, hábitos de consumo, fragilidades, contradicciones y profundas convicciones, además de una organización mucho mayor que en otros países, gracias a la presencia nacional de un uribismo organizado, con estructuras y cuadros en todas las regiones del país, estaremos pensando de manera equivocada. El despojo y la masacre ya no serán las únicas armas de estos tecnomagnates: será el control inmenso pues estaremos constantemente vigilados y controlados.

Iván Cepeda consiguió lo imposible a través de una campaña austera, ciudadana y vital; hizo acuerdos políticos y movió emociones que ahora son criticadas de manera oportunista por quienes se siente profetas del pasado: creo, al contrario, que sus lecciones son cruciales para oponerse a lo que viene. Con esas herramientas se acercó a los diez millones de votos, es decir, el mismo escenario del plebiscito de 2016, cuando triunfó el ‘No’.

Iván y Aida nos dieron un sentido, un lugar, una voz. Nos hablaron de la ética como práctica social, como horizonte de posibilidad, pues saben que nada distinto puede oponérsele a esta manipulación que no es inexorable mientras seamos humanos. No creo que la idea sea ahora, cuando advertimos el advenimiento de esta criatura mítica, salida de El señor de los anillos — Palantir es la piedra vidente que inventó Tolkien en su universo, con la cual “podría verse de lejos todo”—, empeñarnos en condenar su estrategia. Pero ante la piedra esférica que no vimos, y que el martes por fin destapó que Trump era el segundo ojo del tigre, con un trino de apoyo directo y una intromisión que puede indignarnos pero que ha hecho costumbre para gobernar América Latina, corresponde entender que vendrá la realpolitik, y que la estrategia ahora cambiará y tendrá que entender que el desafío es de millones contra quienes cumplirán las promesas que ya hemos visto en Argentina, Bolivia, Ecuador, Honduras, El Salvador, Chile y Estados Unidos: una oferta que crea un deseo inmediato, un disfrute de la obscenidad, de cruzar límites sin pensar y cuya recompensa será el arrasamiento de cualquier libertad y derecho. 
 

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