
El 21 de junio votaré en blanco. Personas de la derecha nos dirán a quienes tomamos esa decisión que le ayudamos al candidato “comunista”. Y los de la izquierda nos acusarán de apoyar al candidato “fascista”. Ambas críticas son equivocadas. Explico las razones por las que me inclino por esa opción, que así no les guste a muchos, es legítima en una democracia (como lo es abstenerse de votar).
No votaré por Abelardo de la Espriella ante las abundantes evidencias (relaciones con Saab, manejo caso DMG, vínculos con parapolíticos, etc.) de que no tiene el ingrediente esencial del liderazgo: la integridad. Además, es populista, agresivo e irrespetuoso. Por sus posiciones radicales dividiría aún más a nuestra ya muy polarizada sociedad, lo cual minaría su gobernabilidad y por ende su capacidad para lograr acuerdos mínimos que permitan sortear los muchos y complicados obstáculos que impiden el avance nacional. Adicionalmente, no tiene experiencia ni conocimientos para dirigir los complejos asuntos del gobierno. Y su perfil como líder reúne los peores defectos de Bukele, Trump y Milei.
No votaré por Iván Cepeda por tres razones. La primera: soy defensor de la Constitución del 91 (no creo que sea necesario ni conveniente una Asamblea Constituyente para responder con eficacia a los retos nacionales: basta con cumplir con la ya previsto en la actual carta fundamental), y el senador no descarta esa nociva iniciativa del presidente Petro. La segunda: creo que sus ideas en materia económica le dan excesiva importancia al papel del Estado y poca a la iniciativa privada —que a mi juicio debe ser el motor del progreso económico y social de Colombia. Y la tercera: Cepeda cree que la actual administración ha acertado en cuestiones económicas y sociales, mientras que yo pienso que ha sido un muy mal gobierno cuyas peores consecuencias se sentirán en los próximos años.
A lo anterior hay que sumar que los discursos de ambos del domingo en la noche fueron incendiarios, y les faltaron grandeza e ideas. Ojalá que en los próximos días se serenen y discutan con altura las soluciones a los graves problemas que enfrenta Colombia en materia de seguridad, corrupción, finanzas públicas, salud y energía.
Votar en blanco no significará aislarme del debate sobre los grandes temas económicos, sociales y políticos. Por el contrario, opinaré siempre con respeto, ánimo constructivo y argumentos sólidos, sobre las discusiones que se deben dar para encontrar las mejores respuestas a los complicados interrogantes del presente y del futuro. Sin importar quién sea el presidente, criticaré aquello que me parece inconveniente y apoyaré lo que creo que beneficia a los colombianos —en especial a los menos favorecidos.
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