
Esta frase se la atribuyen a Spinoza, el gran filósofo holandés del siglo XVII, pero creo que le cae como anillo al dedo al Pacto Histórico y a su candidato presidencial, Iván Cepeda. Ya pasó, ya la nueva derecha llegó, ya está de salida el expresidente Uribe, ya estamos en el post-uribismo, ya ganó la primera vuelta Abelardo de la Espriella: el nuevo líder de esta corriente, con otra vida, otro pasado, otra energía, otras referencias. Ahora estamos de cara al populismo de derecha encarnado en Donald Trump, Milei o Bukele, para solo hablar de este hemisferio.
Y para enfrentar y ganarle en segunda vuelta a Abelardo de la Espriella y a la nueva derecha, el progresismo necesita un nuevo Iván Cepeda más libre, más audaz; respetuoso, pero firme; abierto a nuevas y complejas alianzas; lanzado a los medios y a las redes sociales. Necesita entender la nueva realidad, sin velos, sin lamentos: solo descifrar el nuevo contradictor, dejar atrás el viejo rival, duro, serio, adusto, mil veces más astuto y más profundamente vinculado a la historia de este país. Este es más liviano, quizás fanfarrón, más dado a hablar, más dado a insultar, a amenazar, más al aire del Caribe; no al aire de los paisas, más callados, más taimados, con algo bajo la ruana.
Esta es una batalla por la democracia, así sin calificativos, por las instituciones democráticas, por la prensa libre, por las reformas sociales contra la pobreza y la desigualdad en concertación con los empresarios del país; por una política de seguridad y paz que protege a la ciudadanía de los violentos y la delincuencia y, a la vez, respeta sin ambages los derechos humanos y el Estado de derecho; por la diversidad étnica y sexual, contra el racismo, la homofobia y la misoginia; por la protección del planeta contra los negacionistas del cambio climático; es una batalla por la dignidad y los derechos de los migrantes contra la persecución, las cárceles y el trato criminal a que están siendo sometidos en Estados Unidos; por la defensa de un orden internacional concertado, por el multilateralismo y el fortalecimiento de los organismos de consenso en el mundo, contra la intervención abusiva en los países que no son afines a las políticas de Donald Trump; por la protección de la paz en América Latina y contra el genocidio y las guerras en Medio Oriente y Ucrania; es una batalla por los valores civilizatorios construidos con tanto esfuerzo después de la Segunda Guerra Mundial. Es una batalla política y cultural, y el candidato Iván Cepeda y la coalición de fuerzas progresistas del país deben dar un debate serio, respetuoso: no se pueden dejar arrastrar por la vulgaridad, los ataques personales, las noticias falsas y la promoción del miedo. Es una batalla por la esperanza y por la reconciliación del país.
Petro, que fue capaz de derrotar políticamente a Uribe en el 2022, e Iván Cepeda, que fue capaz de derrotarlo judicialmente en el 2025, deben confiar en que serán capaces de derrotar a Abelardo de la Espriella, un contendor de menor peso que Uribe, en el 2026; pero primero deben aceptar al nuevo rival, saber que ahora es él quien representa a diez millones de colombianos, y deben descifrarlo, entender por qué tanta gente, en tan corto tiempo, lo escogió como el hombre para enfrentar al progresismo.
Entender que la segunda vuelta es otra campaña, otra búsqueda de alianzas, otra búsqueda de electores. Digo esto no sin rubor, porque ellos saben más de política que yo, pero aprovecho que miro desde afuera para decir cosas. Debo, además, fatigar a quienes me leen con datos que todos conocen.
Las cosas quedaron así en primera vuelta: ganó Abelardo de la Espriella, ganó una nueva derecha que desplazó y absorbió al uribismo, ganó con 10.341.548 votos, el 43.73 por ciento de la votación; quedó en segundo lugar Iván Cepeda, el progresismo, con 9.683.743 votos, el 40.91 por ciento de los votos: una gran votación, más alta que la que obtuvo Petro en la primera vuelta del 2022. Abelardo de la Espriella arranca con una ventaja de tres puntos y está a menos de siete puntos de lograr el triunfo, y en cambio Cepeda tiene que arañar un poco más de ocho puntos si quiere ganar. Nada está dicho. Serán veinte días intensos de campaña.
Escribo esta columna en el segundo día después del cierre de las urnas y del preconteo de los votos. Al momento acompañan a De la Espriella la excandidata Paloma Valencia, el expresidente Álvaro Uribe y cinco partidos de los diez con asiento en el Congreso: el movimiento de Salvación Nacional, el Centro Democrático, el Partido de la U, el Partido Conservador y Cambio Radical. Es decir, todos los partidos tradicionales que dice rechazar De la Espriella; a Iván Cepeda lo acompañan el Pacto Histórico, la coalición Alianza por Colombia y el movimiento indígena, en cabeza de Aida Quilcué.
No han definido posición Juan Daniel Oviedo, fórmula vicepresidencial de Paloma; Sergio Fajardo y Claudia López, competidores de primera vuelta y que se sitúan en el centro del espectro político. Tampoco han definido oficialmente su posición los partidos Liberal y Ahora Colombia. No se ha pronunciado el expresidente Juan Manuel Santos, al que Abelardo de la Espriella le amenaza abiertamente su legado de paz. Aquí están las fuerzas y sectores que definirán el triunfo en segunda vuelta.
El que se gane el centro mediante alianzas y propuestas ganará la segunda vuelta. Ocurrió en el 2018, cuando competían Duque y Petro y Duque ganó el centro; ocurrió en el 2022, cuando competían Petro y Rodolfo Hernández y Petro se ganó el centro. En el 2026, Abelardo de la Espriella tiene la ventaja de tres puntos —que no son poco—, pero Cepeda tiene mayores posibilidades de atraer a su lado a los líderes y a los electores del centro. Pero debe soltar amarras y abrirse a acuerdos programáticos y políticos. Tiene que barajar de nuevo y no tiene mucho tiempo para hacerlo: por mucho esta semana.
Es necesario aceptar y descifrar al nuevo contrincante. No es Uribe, al que aprendimos a conocer en la política y en los estrados judiciales, como presidente y como imputado. Ahí está el primer punto. Ahora De la Espriella es un rival político, no un imputado, y es un hombre que representa una parte del país. Deben aceptarlo así y tratarlo como tal: esta es una contienda política y él representa a la nueva derecha arropada en nuevas ideas. Esta no es una controversia judicial. Tiene desde luego muchos cuestionamientos éticos y una vida poco decente —ahí se puede ahondar un poco—, pero no es lo más importante: no se puede personalizar el debate, aunque él se meta en ese campo.
Iván está obligado a realizar, además, cambios fundamentales en el equipo de campaña. Debe integrar rápidamente otro equipo que incorpore a los aliados, poniendo en sus manos la jefatura y la gerencia de campaña, así como cambios drásticos en la estrategia de comunicaciones, inversión en redes y en plataformas digitales, y poner a funcionar a tope los algoritmos.
El presidente Petro ha cumplido su papel fundamental: le ha transferido sus logros, su popularidad y sus votos a Iván Cepeda; Iván ha recibido con humildad este gran legado. Petro es el jefe natural de la izquierda, el que ha llegado más lejos y el que abrió el camino para el cambio. Tiene que seguir dando luces y ayudando a movilizar el electorado. Pero Iván Cepeda ya recibió en sus manos, con su nombre, la generosa votación de cerca de diez millones de personas y el respaldo del principal partido del país y de otros partidos aliados: tiene alas para volar, hay que dejarlo volar.
El progresismo necesita un nuevo Cepeda lanzado a buscar el centro, a los jóvenes, a las mujeres, a consolidar el Caribe y reconquistar electores en Bogotá.
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