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León Valencia
Puntos de vista

Pilar Rueda Jiménez, la compañera de Iván Cepeda

Les pido comprensión a mis lectores y a la revista CAMBIO por esta inusual columna. Se trata de un perfil de Pilar Rueda extraído de mi reciente libro: Iván Cepeda, una vida contra el olvido. Edición de Penguin Random House. Veo pocas referencias periodísticas a Pilar y creo que este acercamiento a su vida puede ser útil en este tramo final de la campaña

Por: León Valencia

Tenía referencias de Pilar Rueda, la esposa de Iván Cepeda, antes de participar junto a ella, en un evento sobre paz y derechos humanos, en Washington, hace nueve años. Me decían que era una mujer de mucho carácter y templanza, que no era fácil enfrascarse con ella en una discusión, que había un dejo de ironía difícil de manejar. Algo de eso sentí en algunos encuentros tangenciales que tuvimos a lo largo de los años. Pero, en Washington, pude ver de cerca al ser humano.
En el segundo y último día del evento coincidimos en la cena. En la mesa estaba también María Victoria Llorente, la directora de Ideas para la Paz, una reconocida Organización no Gubernamental del país. La noche se fue yendo entre vino y vino y hubo un momento en el que, empujado por la nostalgia, empecé a hablarles de mi niña de meses. Acaba de recibir varias fotos de ella en los brazos de su madre en la fría noche de la lejana Bogotá. Les mostré las fotos y les conté el impacto que estaba teniendo en mi vida esta experiencia de padre a los sesenta años. Les dije que estaba en una nube y no me quería bajar de allí. En fin, me deshice en notas sentimentales y al final les comenté que, a la mañana siguiente, debía ir a comprar algunas ropas y juegos para mi bebé.

Pilar y María Victoria me acompañaron. Estaban muy lejos los días en que había hecho esta tarea para mis hijos mayores. Ellas lo supieron rápidamente. Sus recuerdos eran más cercanos, su sensibilidad para con las niñas era mayor. Tomaron en sus manos la escogencia de los trajecitos y algunos juguetes. Me dejé llevar por ellas y disfruté viéndolas echar una y otra cosa en el carrito de compras. No paraban. Al principio se esmeraron por escoger atuendos para la edad, pero después se soltaron y empezaron a pensar en su primer año y se fueron hasta el segundo y levantaban un short que seguramente le quedaría divino cuando traspasara el primer año y una blusita y un mameluco: en fin, el carro se fue llenando y yo pensaba en mis ahorros, pero no me atreví a parar la fiesta.

Llegué a la casa con la maleta de regalos para mi niña y durante varios meses disfruté oyendo a mi esposa contando la proeza que había hecho de comprar ropas hermosas y perfectas para mi hija. Le había escondido la gran compañía que había tenido en esa labor. Casi me mata cuando le conté el engaño.

Ese fue un cierre feliz de nuestra visita a Washington, y también había sido una maravilla el evento. Estábamos emocionados con el acuerdo de paz que, después de mil dificultades, se había firmado, en el Teatro Colón de Bogotá, entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC. De eso habíamos ido a hablar en la capital de los Estados Unidos invitados por entidades del Gobierno y de la sociedad civil.

Pilar, al igual que Iván Cepeda, había jugado un papel novedoso y muy importante en ese proceso de paz. Había sido asesora en el enfoque de género en la construcción del acuerdo de paz, al que se le dedicó más de cuatro años yendo y viniendo de La Habana en un proceso lleno de dificultades y controversias, apoyada por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) de las Naciones Unidas.

No fue nada fácil incluir la perspectiva de género en el acuerdo de paz y Pilar dio una batalla enorme en esto campo: las implicaciones no eran menores y la falta de referentes en este campo hacían más difícil el trabajo. Significaba reconocer que hombres y mujeres han vivido el conflicto armado de maneras diferentes y con impactos distintos; que las mujeres —y otros grupos como las poblaciones LGBTI— han sufrido violencias específicas y tienen necesidades particulares; que para construir la paz, esas experiencias diferenciadas deben ser reconocidas, reparadas y transformadas.

Como se ve, esta perspectiva no se limita a las mujeres, sino que busca transformar desigualdades estructurales basadas en roles tradicionales y discriminaciones, promoviendo la igualdad real de derechos y oportunidades.

Se necesitó de una gran presión de las mujeres y los movimientos sociales durante las negociaciones. La mesa estuvo inicialmente dominada por hombres. Esto llevó a que mujeres y organizaciones feministas colombianas exigieran su participación y la inclusión de un enfoque de género. Como resultado de esa presión se creó una Subcomisión de Género paralela a la mesa principal, encargada de analizar todos los puntos de la agenda desde una óptica de género. Fue el primer organismo de esta naturaleza en el mundo. Fue un hecho histórico: jamás antes un proceso de paz global había institucionalizado un mecanismo de este tipo con esa trascendencia.

Al tenor de esta subcomisión se elaboró un acuerdo que establece igualdad de derechos y trato y garantiza que todos los programas de implementación contemplen condiciones de igualdad entre hombres y mujeres y adopten medidas afirmativas que promuevan esa igualdad.

Se acordó promover la participación política de las mujeres, disminuir su exclusión histórica y apoyar su presencia en cargos de toma de decisión y políticas públicas relacionadas con la paz. Se acordó, igualmente, reconocer que mujeres y grupos como personas LGBTI han sufrido impactos diferenciados del conflicto —incluyendo violencia sexual— y requieren medidas específicas de reparación, protección y garantía de no repetición. Se dijo que en los crímenes de violencia sexual no aplican las amnistías automáticas, y que estos deben ser tratados de forma específica en la justicia transicional.

El documento se ha convertido en un referente internacional por el volumen y profundidad de las cláusulas de género integradas en un acuerdo de paz, más que cualquier otro proceso hasta entonces. Sin perspectiva de género, muchas violencias, tanto físicas como simbólicas, que afectaron de forma particular a mujeres y a otros grupos, hubieran quedado sin reconocimiento ni reparación. La participación activa de las mujeres y los grupos organizados no solo enriqueció el texto, sino que amplió la agenda, por ejemplo, en propiedad rural, participación política y reparación integral, incorporando necesidades sociales que no estaban explícitas desde el inicio.

La perspectiva de género en los acuerdos no solo fue una cuestión de justicia social, sino un factor clave para la sostenibilidad de la paz: sin abordar las desigualdades más profundas que alimentan la violencia, es más difícil consolidar una paz duradera en nuestro país.

Pilar Rueda no sólo participó en el reto de darle una perspectiva de género al acuerdo de paz, sino que también se ha convertido en una incansable luchadora porque el Estado honre el acuerdo. Lo ha hecho desde la Unidad de Investigación y Acusación de la Justicia Especial para la Paz (JEP) como asesora del director de esta unidad, Giovanni Álvarez Santoyo.

Iván Cepeda y Pilar Rueda se hicieron amigos cuando Pilar trabajaba en la Defensoría del Pueblo. En medio de la amistad saltó la chispa de la atracción, pero Pilar estaba en un proceso de separación nada fácil con Gustavo Gallón, el ahora embajador ante la ONU en Bruselas. Dejaron de verse por un tiempo, hasta que una amiga común se encontró a Cepeda y le contó que Pilar se había separado definitivamente de Gallón. Fue la ocasión para volver a verse. Se casaron al poco tiempo y le pidieron a la amiga que había propiciado el reencuentro que les sirviera de madrina. Me perdí ese matrimonio austero, pero feliz, porque andaba en esos días en Brasil no me acuerdo haciendo qué.

Ha sido una pareja muy unida desde el primer momento, pero no siempre han vivido en la misma casa. Durante largo rato vivían en distintos lugares de la ciudad, pero cuando Iván enfermó de cáncer se trasladó con sus bártulos y sus perros al refugio de Pilar.

Pilar no ha sido, solamente, la compañera de un hombre expuesto a la controversia pública, a los debates encendidos del Congreso y a los procesos judiciales más complejos de los últimos años. Ha sido una conciencia, una interlocutora lúcida y una mujer cuya propia trayectoria intelectual y profesional ilumina y sostiene. También una amorosa cuidadora en los momentos en que la enfermedad le ha jugado malas pasadas a Iván.

Antropóloga formada en la Universidad Nacional, militó en el movimiento estudiantil y fue cercana en algún momento al M-19. Decidió formarse, estudiar, comprender más profundamente las raíces del conflicto. Viajó al Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Notre-Dame, donde cursó una maestría en Estudios Internacionales de Conflicto y Paz con énfasis en derechos humanos, justicia y género.

Ha trabajado en la Jurisdicción Especial para la Paz como asesora en género de la Unidad de Investigación. Allí se ha enfrentado en uno de los dramas más dolorosos y complejos del conflicto armado colombiano: la violencia sexual. Antes ganó experiencia como consultora externa y experta internacional en la Organización Internacional para las Migraciones, así como su labor como defensora delegada del Pueblo para las mujeres, consolidaron un perfil coherente: el de una profesional comprometida con los derechos humanos, con la justicia de género y con la protección de quienes han sido históricamente silenciadas. Dignificar a las víctimas ha sido una tarea permanente.

Pero la dimensión pública de Pilar no eclipsa la fuerza íntima de su presencia. Quienes la conocen saben que ha sido un soporte decisivo en los años más duros: en medio de los debates parlamentarios, del proceso contra Álvaro Uribe, del desgaste emocional que implica vivir bajo la lupa constante. Conversan largamente sobre el país, desde las distintas orillas de sus profesiones: ella desde la antropología y los estudios de paz, él desde la filosofía y la política.

En 2017, cuando Iván fue diagnosticado el cáncer de colon, Pilar estuvo allí, firme, acompañando cada etapa del tratamiento. Su fortaleza fue constante. Ella fue sostén, serenidad, compañía sin condiciones.

Y también ha sido la arquitecta silenciosa de la cohesión familiar. Tras las muertes de Yira y Manuel, Iván y María, su hermana, se convirtieron en un núcleo cerrado, marcado por el duelo. Pilar abrió puertas. Propició encuentros, reuniones, celebraciones. Reconstruyó puentes con la familia materna, con los hermanos de Yira. Comprendió que la política y la justicia son importantes, pero que la familia es el primer territorio de encuentro. Ha sido fundamental para que la familia vuelva a reunirse, a conversar, a reconocerse.

¿Qué hará Pilar Rueda si es que Iván Cepeda llega a la Presidencia en el 2026? No cabe duda de que estará al lado de Iván jugando un papel político, quizás con algún parecido a Berta Hernández de Ospina Pérez. Será en todo caso, la primera dama más atípica de la historia del país. Pensadora y activista de derechos humanos y derechos de las mujeres. Feminista, aunque no le gusta nombrarse de ese modo. 
 

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