
Más de mil niños sin clase: un año de aulas vacías en El Catatumbo
Ilustración: Jorge Restrepo
El recrudecimiento del conflicto en El Catatumbo dejó más de mil niños sin clases durante un año. Escuelas convertidas en trincheras, maestros amenazados y menores expuestos al reclutamiento forzado configuran la crisis educativa más grave del país. Este año pinta aún peor.
Por: German Izquierdo
El pesado helicóptero MI 17 del Ejército se elevó lentamente, sacudiendo a su paso las copas de los árboles. Mientras ascendía, Zulay Pérez Chacón y sus dos hijos se alejaban de su parcela, en la vereda La Neiva, en La Gabarra. Conforme ganaba altura, el pasado quedaba atrás, haciéndose más pequeño: las tardes de pesca de guabinas y capitanejos en el río Catatumbo; el cultivo de patilla, yuca y auyama; los pavos y las gallinas que andaban libres por el pedazo de tierra. Y el recuerdo de su esposo, José Luis, asesinado un día antes, el 19 de febrero de 2025, en la carretera hacia el casco urbano de La Gabarra.
—Hay un cadáver en la vía —le dijo un hombre esa noche—. Venía en una motico.
—¿Cómo es la moto? —preguntó Zulay.
—Es una MD, venezolana.
—¿Y de qué color es? —replicó Zulay, repitiendo en su mente: que no sea roja, que no sea roja.
Pero era roja.
Entonces presintió por qué su esposo no la había recogido esa noche en la tienda donde trabajaba. Un rato después lo encontró boca abajo, con medio cuerpo entre el rastrojo. Muerto.
La vida no sería la misma para Zulay ni para sus tres hijos. Todos estudiaban en la escuela de la vereda, pero desde el 16 de enero de 2025, cuando el conflicto en El Catatumbo se recrudeció como nunca antes, por la guerra sin tregua entre el ELN y las estructuras disidentes de las FARC-EP (Frente 33), no pudieron volver al colegio. Como ella, decenas de miles de familias huyeron. En el último año, la violencia ha desplazado a más de 100.000 personas en la subregión, una cifra que vació veredas enteras.
Hace unos días, tras meses sin entrar a la casa, la mamá de Zulay regresó a la finca. Al abrir la puerta, tras los muros de tablas y bajo las tejas de zinc, advirtió que los comejenes habían avanzado en silencio: royeron las camas, las sábanas, la ropa y los cuadernos de estudio, en cuyas hojas, sobre los apuntes y los dibujos de los niños, quedaron marcadas las rutas de los insectos.

Como los hijos de Zulay, al menos 1.100 niños de unos 15 colegios llevan más de un año sin clases en la región del Catatumbo. Mañana, 19 de enero, debería comenzar el calendario escolar, pero las aulas seguirán vacías. El horizonte para 2026 es aún más incierto: la Secretaría de Educación de Norte de Santander calcula que unos 5.000 niños no se matricularán en los colegios del Catatumbo.
“Aquí las escuelas se convirtieron en campos de guerra”, cuenta Carmen García, una mujer de valentía infatigable que ha rescatado a más de 400 niños del reclutamiento forzado con la fundación Madres del Catatumbo. Por su cuenta, ante el subregistro de muertes, ha recorrido las tres funerarias de Tibú para contar a los muertos que no figuran en las cifras oficiales. Todos los días, dice, aparece un joven menor de 28 años asesinado; cada semana, un menor de edad. “De cada cuatro o cinco jóvenes asesinados por semana, uno es menor de edad. Entonces dígame usted, ¿cómo no sentir ese dolor?”.
A ese dolor por las muertes se suma un miedo que espesa el aire, como ocurre en Oru Bajo, corregimiento de El Tarra. Allí, entre unas pocas casas de material, otras de bahareque y varias forradas con costales, la guerra se ha ensañado con fiereza. Las 14 sedes de su colegio, donde estudian unos 800 alumnos, retratan la magnitud del problema educativo: los caminos hacia la escuela están minados, drones con explosivos sobrevuelan la zona, hay enfrentamientos armados y el reclutamiento forzado es una amenaza constante para los menores.
“Los estudiantes están traumatizados porque viven la guerra al rojo vivo”, dice Giovanny Quintero, quien fue profesor en una de las sedes de la escuela. Así lo corrobora Lina Mejía, coordinadora de DDHH y DIH en Vivamos Humanos, quien trabaja en la región desde 2013. Mejía dice, sin titubeos, que en El Catatumbo: “el calendario escolar lo impone la guerra”.
Es un calendario trastocado: días de encierro en casa y aulas vacías donde el bullicio de los niños ha sido reemplazado por el retumbar de las balas. En esa realidad deformada por la guerra, los niños del Catatumbo han aprendido a distinguir los drones antes que a reconocer las letras: por el zumbido saben cuáles cargan explosivos y viven con los oídos en vela, de día y de noche. Las cicatrices son tan profundas que muchos pierden el control de esfínteres, como pudo comprobar Luis Fernando Niño, alto consejero para la paz y la reconciliación de Norte de Santander, en los albergues habilitados en Tibú, Cúcuta y Ocaña: “Escuchaban un ruido fuerte, un alarido, y de inmediato todos se orinaban”.

Cada uno carga con su herida: presenciar el asesinato de su padre, la violación de su hermana, la tortura de un vecino. Muchos, como cuenta el profesor Giovanny, se topan con muertos camino a la escuela. Entonces cierran los ojos, aterrados, se cubren la nariz y aceleran el paso como queriendo borrar lo que han visto. Las consecuencias aparecen después. Unos sufren insomnio crónico; otros, ataques de ansiedad; otros más, delirios postraumáticos. “Eso no lo midió nadie”, dice el comisionado Niño.
A esos traumas se suma otro obvio, el desplazamiento, que, a juicio del profe Giovanny, “deja a los niños sin escuela y sin estabilidad”. Solo en la última semana, explica Niño, hubo 2.100 desplazados en el Catatumbo, de los cuales 297 son niños y niñas. Entre quienes tuvieron que abandonar su tierra está Zulay Pérez Chacón, que dejó La Gabarra rumbo a Cúcuta. Allí, enfrentando las dificultades de ser desplazada y sin título de bachiller, logró montar una pequeña papelería que a duras penas le da para pagar el arriendo y que llamó Variedades y papelería Mis Tesoros, en honor a sus hijos. Los menores, de 5 y 11 años, viven con ella en el barrio Ospina Pérez de Cúcuta y lograron reiniciar sus estudios en el colegio Juana Rangel de Cuellar. “Queda pasando la calle —cuenta Zulay—. Eso me da mucha tranquilidad”.
Niños en la mira del reclutamiento
“La iglesia, la Defensoría y mi persona hemos denunciado desde agosto, con el riesgo que eso supone, el aumento del reclutamiento forzado en un 212 por ciento de menores. Por cada diez niños, 8 están siendo reclutados”, cuenta el defensor Niño. Mientras tanto, Carmen García explica que “los chicos se están matando todos los días, y estos grupos necesitan más para poder seguir peleando y tener sus estructuras bien equipadas. ¿Y quiénes están más expuestos? Los jóvenes. Por eso, sus padres y ellos mismos prefieren quedarse en casa antes que caer presa de los actores armados”.
Para los menores del Catatumbo, vivir de puertas para adentro, como atados a sus casas, se convirtió en la única opción para no terminar con un fusil al hombro, pues, como afirma el profesor Giovanny: “Un niño en la guerra, es un niño muerto”. En esa situación, salir de la casa al colegio se convirtió en un peligro latente, más cuando las secretarías municipales y la propia Secretaría de Educación de Norte de Santander anunciaron que no podían garantizar condiciones de seguridad para los estudiantes. Ante esa realidad, ante el desamparo, los padres de familia del Catatumbo prefirieron no enviar a sus hijos a estudiar.
Daños colaterales
Todas las violencias posibles, concentradas en un mismo escenario, configuran la crisis educativa más grave de la historia reciente del país. Los esfuerzos de los profesores para que los estudiantes no se queden rezagados son vanos. Como en la pandemia, los colegios han vuelto a las clases virtuales, casi una quimera en un lugar donde la conectividad es muy limitada. Lina Mejía cuenta que en lugares como Campo 6, Bertrán, Versalles y Filo Gringo le decían: “Doctora, ¿yo cómo hago si tengo tres hijos y un solo celular?”.
“El Catatumbo Vive Digital: lo logramos”, decía una valla publicitaria que el anterior gobierno instaló entre la vía que va de Convención al Catatumbo. “Suena tan bonito —dice el profe Giovanny antes de lanzar un suspiro—. Ojalá fuera verdad”. Lo cierto es que los niños suelen caminar hacia los lugares altos, tratando de que les aparezca una rayita en la pantalla del celular, como un milagro.
Los estudiantes del Catatumbo, muchos de los cuales estudiaron en la pandemia y ahora en medio de la guerra, serán examinados con los mismos parámetros en las Pruebas Saber, a pesar de estar en desventaja. La brecha, dice el profe Giovanny, seguirá ampliándose entre los colegios de las ciudades del departamento y los rurales. “Muchas personas no entienden que una cosa es dirigir la educación desde un escritorio; otra muy distinta, intentar sostenerla en medio de un conflicto armado. Dar clase mientras se vive el rigor de la guerra, con niños pequeños que no dejan de pensar que su hermano mayor está en un bando o en el otro y que cualquier día puede caer”.
Profesores bajo fuego
En febrero del 2025, mientras miles de personas salían del Catatumbo, decenas de profesores vivían el rigor de la guerra. Uno de ellos es Eduardo, un maestro de una escuela rural, muy remota, de Tibú. Allí, todas las noches, como por turnos, el ELN y las Farc usaban la escuela de trinchera. Eduardo, que dormía allí mismo, soportó varias noches los bombazos, las ráfagas que hacían castañear el techo de zinc. “Le rezaba a todos los santos”, contaba el profesor luego de que, desesperado, se armó de valor y se presentó a la secretaría para contar que no podía seguir en esa escuela.

A la fecha, según datos de la alta consejería para la paz y la reconciliación de Norte de Santander, se han registrado 157 profesores amenazados de muerte, entre ellos 5 rectores. A esta situación se suma otra: si abandonan su puesto pueden perder la plaza de nombramiento. Por eso, muchos de ellos han preferido renunciar.
El Catatumbo ha sido históricamente escenario de guerra, como la violencia paramilitar de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) a comienzos de los 2000 y las sangrientas confrontaciones entre el ELN y el EPL de 2018. Desde 2025, la guerra ha vuelto, acaso más fuerte que nunca, y su fin no parece cercano. “Cuando caiga el último hombre que estaba en pie de alguno de los dos bandos esta guerra finalizará. Porque esto es a sangre y fuego. Así lo sabemos, de corazón, los catatumberos”. Mientras eso ocurre, los salones del Catatumbo seguirán vacíos.
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