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Otto de Greiff
Otto de Greiff. Foto: Colprensa.

El inolvidable Otto de Greiff

Ya se cumplieron 30 años del fallecimiento de Otto de Greiff, figura de la mayor importancia para el desarrollo de la cultura musical en el país y maestro de muchas generaciones en diversas disciplinas. Si bien hay numerosos escritos en homenaje a su memoria o dedicados a él durante su vida, este es un recordatorio personal de su valioso legado.

Por: David Feferbaum

Otto de Greiff (Noviembre 7, 1903 – agosto 31, 1995), “don Otto”, como se le decía, fue objeto de reconocimientos incontables no solo por su gran aporte como comentarista de música —que a muchos les permitió aproximarse a la música y amarla—, sino por su labor como maestro de cálculo, por su trayectoria de más de 50 años como profesor, decano, secretario y rector de la Universidad Nacional, por su infatigable respaldo a la Orquesta Sinfónica Nacional en sus varias denominaciones, por sus incomparables traducciones de la poesía incorporada a obras musicales, por sus propias creaciones líricas, por sus programas radiales sobre historia de la música, así como por sus notas semanales en la prensa escrita durante más de 70 años.

Además, para quienes tuvimos el honor y placer de su amistad y sus enseñanzas, por su solidaridad y apoyo. No había libro, disco o escrito que no estuviera dispuesto a compartir.

A todo esto se suma —cosa que no he visto mencionada— su afición al fútbol. Acompañado a menudo del recordado pianista Giacomo Marcenaro, maestro, entre otros, de Rafael Puyana, don Otto no perdía partido. Pese a nuestras diferencias sobre equipos, recuerdo la vez en que, sentados juntos durante un concierto en el Teatro Colón, oímos en transistor apartes de un partido, cada uno pegado a un extremo del audífono…

Pero se trata aquí de exaltar su participación en el medio musical, desde 1920, que hizo de su paso por nuestras vidas un hecho especial.

Dado el nivel de la comunicación cultural en el país, quisiera que aquello de que “los que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”, fuera realidad, pues al menos, al hablar del legado de Otto, podríamos recuperar algo de un pasado irrepetible, algo que el olvido nos veta.

Aprovechando que he podido vivir el ambiente musical de país, en especial el bogotano, por más de 70 años, vale la pena darle una mirada a lo que ojalá se repitiera, ya que no parece haber sucedido. Mis primeras experiencias tal vez se iniciaron con la temporada 1947 de los Conciertos J. Glottmann con la Orquesta Sinfónica Nacional en el Teatro Colombia, hoy Jorge Eliécer Gaitán. Además de una programación con obras “populares” de la música académica, el evento incluía un presentador que siempre lograba captar la atención del joven público. Desde ese entonces, pese a mi corta edad, tengo el recuerdo imborrable de ese presentador que incentivaba mi curiosidad musical: Otto de Greiff.

Programa J. Glottmann

¿Fue suerte haber tenido esa positiva experiencia musical a tan corta edad? Sin duda, pero una cosa es la suerte y otra la oportunidad. Sin esta, la suerte no se manifiesta. Si pensamos que la Bogotá entonces apenas tendría 400.000 habitantes, que la capacidad del teatro (si mi memoria no falla) superaba los 1.300 puestos y que, hasta donde recuerdo, siempre estaba lleno, entonces no pude ser yo el único motivado. Claro que no: somos muchos los que le debemos nuestra relación con la música a Otto de Greiff. Y aquí habría que agregar a su hermano León, el poeta, que también fue presentador en los Conciertos Infantiles de Guillermo Espinosa en el Teatro Colón, a fines de los años 30, que no me tocaron. El punto, como en tantos casos, es: ¿qué deberíamos tener hoy a 12 años de cumplirse un siglo de tal actividad?

Ahora, si bien una golondrina no hace verano, un concierto tampoco te hace músico o melómano. Se requieren complementos propicios: medios, información y oportunidades para estudiar, vivir y degustar la música.

Comencemos con el medio radial en los hogares del país cuando no había televisión. La audición de programas en familia era corriente, ya fuesen radionovelas —como el recordado _El derecho de nacer_— o conciertos y recitales trasmitidos en vivo, en los que ya destacaba (para los años 50) un Oriol Rangel en la Emisora 1020, que contaba con auditorio de acceso gratuito, o la Radiodifusora Nacional de Colombia con sus conciertos de la mañana, el mediodía y la tarde, su recital de la semana (con intérpretes locales o visitantes) y sus charlas y ciclos sobre historia, folklore, música y compositores. En la tarde del sábado había radioteatro.

Ahora bien, entre los colaboradores de la Radiodifusora Nacional que aún recuerdo, el primero es obviamente Otto, junto a su hermano León,y también a Guillermo Abadía, a Julio Sánchez Reyes, a Hjalmar de Greiff (su programador por casi 30 años) y a Hernando Salcedo Silva, que cada semana hablaba de cine. Entonces, si ya la música te había picado, con los conciertos en vivo y la Radiodifusora Nacional había para rato y convertirse en un melómano real no era difícil. Debemos recordar que, hasta mediados del siglo, una revista como Cromos publicaba semanalmente partituras originales, o Mundo al día (1924-1938), que traía gran colección de partituras originales, así como las empresas o individuos que comisionaban obras o auspiciaban concursos, como el Premio de Composición Ezequiel Be Radiodifusora Nacional, que existió hasta 1939.

Aquí se debe mencionar un factor fundamental de esta vivencia musical: el Boletín de la Radiodifusora Nacional de Colombia, ejemplo incomparable, no solo local sino mundial, que traía todo lo necesario sobre la programación: resumen de las óperas y obras de teatro que se iban a emitir, sus elencos, el autor de la versión radiofónica, a más de artículos sobre música, teatro, artes escénicas y folklore. Bastaba con anotarse en la Radiodifusora Nacional para que gratuitamente llegara a la casa cada mes.

A partir de 1950 se suma a este increíble ambiente la hoy desaparecida HJCK, de Álvaro Castaño y Gloria Valencia. Y Otto siempre presente.

Puede decirse que a partir de los años 40 y hasta comienzos de los 70 del siglo pasado, acceder a la cultura, oír los compositores preferidos o seguir los programas históricos, era cuestión de mover un botón y ajustar el dial. En 1954, la llegada de la TV amplía la oferta. En un principio, esta hereda y complementa actividades al potencializar su propia Orquesta de Cámara, el Coro de la Televisión, el Recital de la Semana, el Teatro Semanal (en directo) y las charlas de música con Otto de Greiff, de arte con Marta Traba o de ciencia con Enrique Uribe White.

Otto de Greiff y su máquina
Otto de Greiff y su eterna máquina de escribir, donada a la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

El Boletín publicaba ahora la programación de ambos medios. Por esta época, medios como El Tiempo y El Espectador tenían columnas regulares de comentarios musicales. Otto de Greiff se inicia con la que se identifica como su primera publicación, una nota en la Revista Universidad (N° 5) del 14 de abril de 1921 sobre el concierto de grado de la señorita Elvira Pardo. Esta actividad, como testigo y comentarista musical, continuará por 70 años en Bogotá y otras ciudades. Para mí, como melómano, era importante leer sus ‘Comentarios Musicales’ en El Espectador, y luego en El Tiempo, porque la existencia de un ambiente cultural sostenido demanda una crítica periódica sobre el acontecer. En Colombia, tal vez el mejor ejemplo sea el de Marta Traba, entre los años 50 y 70, cuyos aportes en la academia, en publicaciones o en charlas en la televisión promovieron radicalmente la plástica nacional.

En la actividad musical posiblemente no se dio un actor tan crítico. Sin embargo, por esa misma época, la divulgación comentada de la actividad musical fue mucho más significativa que en la plástica o la literatura. Tal el caso de un Manuel Drezner, que ya completa más de 70 años continuos de columnas sobre la actividad musical en El Espectador, o el de Hernando Caro Mendoza, que escribió tanto en El Espectador como en El Tiempo, como los más destacados, y a quienes podemos sumar más adelante los nombres de Richard Chotzen o Emilio Sanmiguel, entre otros.

Pero, volvamos a la intención de rendir homenaje a Otto de Greiff, para seguir recordándolo. Tuve oportunidad de conocer un monumental álbum suyo, con miles escritos de prensa en más de 70 años, buena parte columnas semanales, pero no logro calcular cuántas serían las notas para conciertos o recitales y pienso que son imposibles de conseguir. El Instituto Colombiano de Cultura, en su colección de Autores Nacionales, publicó en 1975 sus Versiones Poéticas, y en 1997 la Universidad de Antioquia sus Grafismos del grifo grumete. Hay textos imprescindibles, como los escritos para el bicentenario de Beethoven, pero nada comparable a sus 200 programas en la Radiodifusora Nacional, publicados en 14 volúmenes, de 4 casetes cada uno, como Historia ilustrada de la música. Si bien todo esto lo ubica como pilar de la cultura musical en Colombia, aún queda recopilar su infinito humor y sus malabarismos con el lenguaje.

Versiones poéticas de Otto de Greiff.

Pero, si el agradecimiento y el recuerdo son tan grandes, ¿podemos decir que conocemos la historia y que seguimos hacia adelante?

Hoy día, la prensa escrita apenas tiene columnas ocasionales sobre el acontecer musical. Una radio cultural o una televisión comparable a lo recordado, no existe. De pronto, con reservas, podemos mencionar el significativo esfuerzo de las emisoras universitarias. En la disponibilidad de la información global, los influencers y los pódcasts han reemplazado los profundos ciclos que en su momento presentaran, además de Otto de Greiff, Julio Sánchez Reyes o Carlos Barreiro en la Radiodifusora Nacional, para no hablar de lo que debería ser secuencia de los mencionados conciertos infantiles.

Entonces, si no conocemos la historia, parece que tampoco siquiera la repitamos. En su lugar aparecen proyectos con nombres rimbombantes que más parecen ser anuncio de productos que de políticas culturales.

Otto de Greiff en su casa
Otto de Greiff en el patio interior de su casa en el barrio Santa Teresita de Bogotá. Foto: Colprensa.

Gracias Otto por esa obra, por esa presencia en todos los que amamos la música y por lo que fue tu sencillez y tu inmenso ejemplo de humanidad.

*_David Feferbaum es un pionero de la música electrónica en Colombia, además de compositor y gestor cultura_l.

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