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Jorge Velosa: el regreso del Carranguero Mayor

Jorge Velosa

Tras casi una década fuera de los escenarios y quince años desde su último disco, Jorge Velosa regresa a la música con un nuevo álbum y una formación renovada: Velosa y Los Carrangueros del 25. A los 76 años, el maestro sigue construyendo su legado. Habló con CAMBIO sobre su regreso a los escenarios, la grabación del disco y la manera en que el campo sigue inspirando sus canciones.

Por: German Izquierdo

“Jorge Luis Velosa Ruiz”. En 1968, El Tiempo publicó la lista de admitidos a la Universidad Nacional, y allí, entre los primeros, apareció impreso su nombre. La noticia lo sorprendió en el Batallón de Infantería Nº 17 Domingo Caicedo, en Chaparral, Tolima, donde prestaba servicio militar. Era un “soldadito de la Patria”, como escribiría después en una de sus canciones. Tenía 19 años y vestía un camuflado verde y marrón, como si luciera un paisaje boyacense. Pensaba en ser abogado, acaso para cumplir el deseo de su padre, que solía decir con humor: “Yo quiero que el Jorge sirva, aunque sea pa’ presidente de la República”. 

Una semana después viajó a Bogotá para aplazar el semestre: aún le faltaban varios meses de servicio. Llegó una mañana y, por casualidad, entró a la Nacional por la puerta equivocada. A partir de ahí, su destino cambió pues, en lugar de ingresar por la calle 45, lo hizo por la 26. Allí se topó con la facultad de Veterinaria. “Yo me conmoví al ver todos esos animales, las vacas y los perros que estaban en consulta”, recuerda Velosa. En ese instante regresó a su tierra y el corazón se le volvió murmullo de arroyo, canto de toche, crepitar de leños y aguacero en las montañas. La tierra lo llamaba y él se dejó llevar. Al rato, en el formulario donde había anotado “abogacía” —como se llamaba antes la carrera de derecho— aparecía, sobre un borrón grisáceo, la palabra “veterinaria”.

En los inicios de los años setenta, Velosa participó activamente en el movimiento estudiantil que reverberaba en Colombia y Latinoamérica. Fue en el campus de la Nacional donde su conciencia social empezó a tomar forma. Allí, se convirtió en el primer artista en presentarse en el Auditorio León de Greiff. Lo hizo cuando el espacio estaba en obra gris, sobre un escenario de cemento y ante un recinto con graderías sin bancas. “Fui el primero en subirme en esa tarima. Fue en un acto cultural. Antes de que bautizaran el teatro con el nombre León de Greiff, pues nosotros le decíamos auditorio Che Guevara”, cuenta Velosa.

Aunque terminó la carrera de veterinaria, sus años en la Universidad Nacional transcurrieron lejos del expediente académico. Los pasó entre las clases de sociología y el conservatorio, donde fue alumno de Guillermo Abadía y de Eduardo Carrizosa. Con este último grabaría, más de treinta años después, el disco Carranga sinfónica. En tanto que su amor por los animales no se tradujo en sanarlos, sino en algo más duradero: darles voz, convertirlos en personajes y hacerlos canción.

El niño que leyó maravillado El libro de la selva, de Kipling, y El viejo y el mar, de Hemingway; el que recitaba coplas para espantar el miedo cuando la noche lo envolvía en el campo; el que se lanzaba al río Dulce y veía la dulzaina como un objeto mágico, terminó convirtiéndose en el gran cronista musical del campo colombiano: “el carranguero mayor”.

Las cosas, después de todo, vuelven a la vida cuando se las nombra. Y mucho más si se las nombra cantando, como lo ha hecho Velosa por casi medio siglo: el camino a la vereda, la gota de agua, el mirlo, el sol sabanero, el cagajón, el sembrado de papas, la mariposa, la cucharita de hueso y la ruana de un rey cuyo escudo son “las alas del corazón y sus criados: dos gallinas y un turpial”.

“Cuatro palitos” —el tiple, el requinto, la guitarra y la guacharaca— y la voz de Jorge Velosa le dieron forma a una música nueva que también narraba las alegrías y pesares del campesino. “Carranga” se llamaba, en algunos pueblos de Boyacá, a la carne que se revendía de las reses muertas sin sacrificio; carranguero era quien hacía de estos restos su oficio. La palabra cargaba el peso de lo áspero y lo necesario. Convertida en metáfora —devolverle vida a lo que estaba por perderse— pasó a nombrar una música campesina. Jorge Velosa, Javier Apráez, Javier Moreno y Ramiro Zambrano se hicieron llamar Los Carrangueros de Ráquira. Así empezó una leyenda.

Vendrían después Jorge Velosa y los Hermanos Torres, y luego Velosa y los carrangueros. Desde 1980, cuando una canción llamada La Cucharita se puso de ruana el campo, propiciando lo que el maestro llama “el cucharitazo nacional”, Velosa ha escrito más de 200 canciones, ha grabado 21 discos y se ha presentado en más de la mitad del país y en el 90 por ciento de los pueblos de Boyacá. Ha recibido dos títulos honoris causa: uno de la Universidad Nacional y otro de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja. Dos especies de ranas fueron bautizadas por el científico John Lynch en su honor: Pristimantis jorgevelosaiEleutherodactylus carranguerorum. Ha escrito cuatro libros. Los tres últimos, publicados por Editorial Monigote —Historiando mi cantar, Abuelo de pájaro y El convite de los animales—. Sobre este último, el periodista musical Juan Carlos Garay escribió: “es lo más bello que le ha ocurrido a nuestra literatura popular”. Hoy, en el Congreso, avanza una ley que busca declarar la música carranguera patrimonio cultural de la nación.

La barba negra de los tiempos mozos ha dado paso a las canas, y su espalda ha sufrido los embates de medio siglo en los escenarios. Este año que acaba de terminar, el maestro volvió con un disco de nuevas canciones tras 15 años. Además, regresó a la tarima, de la que se había bajado hace casi una década. Este fin de año estrenó disco, A campo traviesa, con un nuevo grupo, Velosa y Los Carrangueros del 25, integrado por Marco Villareal (multiinstrumentista, productor y coarreglista), Angélica Fonseca (tiple) y Gabriel Chaparro (guitarra).

En 2025, Velosa y Los Carrangueros del 25 se presentaron en el Teatro Colón, el Teatro El Ensueño y el Movistar Arena. Para 2026, el maestro tiene preparadas nuevas presentaciones en otras ciudades; todas en teatros o espacios cerrados. Desde que Jorge Velosa Ruiz apareció por primera vez en la prensa, en aquella lista de estudiantes aceptados en la Nacional, ha ocupado cientos de titulares. A sus 76 años, sacó un tiempo para hablar con CAMBIO sobre su retorno: una ruana sin cardar sobre los hombros, el ala del sombrero inclinada sobre la frente y la guacharaca firme en la mano. Que suenen los ríos, las montañas y los animales. Que el campo entero despierte y pare oreja: Velosa ha vuelto.

Portada del disco de Jorge Velosa
Portada del disco de Jorge Velosa y Los Carrangueros del 25.

CAMBIO: Maestro, el 4 de octubre pasado, después de una pausa muy larga, usted volvió a presentarse al público. Cuéntenos qué sintió al regresar al escenario, cómo fue ese momento previo al concierto en el Teatro Colón de Bogotá…

Jorge Velosa: fue como volver a casa, luego de casi diez años. ¿Qué sentí?, un poco de la coscojina de siempre. Ese volver “estaba en el radar”, pero escalando escenarios cerrados, solo que, por el nuevo disco y malabares de santa Serendipia, nos llamaron del Teatro Colón, y finalmente, todo salió que ni por encargo. ¿Qué hicimos antes de subir al escenario? Probar sonido, repasar el programa, los puntos y coplas a resaltar, reafinar los palitos, meditar un poco, y yo, sobarme la barriga.

CAMBIO: ¿Y cómo se conformaron Velosa y los carrangueros del 25, la cuarta agrupación de su carrera?

J.V.: El cuento fue así. Yo conozco a Marco Villarreal desde que era muy muchachito. Él fue creciendo con la carranga. Estudio en la Distrital. Ha sido profesor de varias universidades. Hace unos cinco años, nos topamos en una reunión de familia y se nos ocurrió grabar de nuevo una canción, Donde te encuentres, pero con una voz femenina. Es un parlamento entre una persona que le tocó estar en el campo y una mujer que está en la ciudad. Yo tenía una estrofa de esa canción que me había quedado volando y no había sido incluida en la primera grabación. Y después, Marco me convenció de sacar algunas maquetas de composiciones que yo tenía grabadas. Él, además, era quien conocía el trabajo de Angélica Fonseca, la tiplista; como también a Gabriel Chaparro, el guitarrista. Cuando ensayamos fue “ensamble a primera oreja”. Estos muchachos tienen identidad con lo carrango. Quieren esta música. También es de resaltar que hace mucho tiempo yo había querido que una mujer formara parte de la agrupación. Pero en la etapa de antes no se pudo porque estábamos muy establecidos. Llevábamos muchos años juntos. 

Jorge Velosa
Jorge Velosa es conocido como uno de los pioneros de la carranga

CAMBIO: ¿Cuál es el sello de Velosa y Los Carrangueros del 25?

J.V.: “Es lo mismo, pero distinto”. Por la composición del cuarteto –resaltando la presencia de una mujer–, por la sonoridad, ya que, si bien mantenemos los instrumentos clásicos de la carranga –requinto, tiple, guitarra y guacharaca–, por el estilo, el golpe y la voz de cada tocante, el “cocinao sonoro” tiene su propio sabor, y, finalmente, por la puesta en escena. Es un proceso que ha cuajado, pero que nunca termina; en cada ensayo, en cada toque, siempre hay algo nuevo. También nos arropa, y nos arrejunta más, tener unos objetivos comunes no negociables, y eso, 

Como dijo don Vicente,
a la hora de tocar,
no se ve, pero se siente.

CAMBIO: Si tuviera que describir este último disco, cómo lo haría. ¿Qué lugar ocupa en su carrera musical?

J.V.: Me autopirateo con la sextilla de presentación:

Velosa y los carrangueros del veinticinco 
comparten estas catorce semillas, 
para seguir nuestro viaje
pregonando las querencias
del campo y sus personajes.

CAMBIO: Si uno le pusiera un paisaje a su vida y a su forma de verla, ¿cuál sería? 

J.V.: Lo pintaría con escenas de alguna de mis canciones, por ejemplo, de Canto a mi vereda:

Mi vereda parece ir de fiesta
su vestido está lleno de luz,
de luz verde, amarilla, violeta,
en veces rojita y en veces azul,
porque el trigo, el maicito, la papa,
el fríjol, la alverja y los rayos del sol,
van tejiendo telas de colores
de las mesmiticas que luce mi amor.

CAMBIO: ¿Qué lecciones de vida nos han dejado los campesinos (muchas no las hemos aprendido) en un mundo cada vez más conectado por pantallas y más apegado a lo material?

J.V.: El campo es el campesino; ha dado hasta la vida por él. Por eso, como dice otra de nuestras canciones:

¡Que vivan los campesinos
y que los dejen vivir!,
que el campo sin campesinos
existe sin existir.

CAMBIO: Las ruanas pueden ser de dos tipos: la cardada, cuyas fibras se peinan con cardos para hacerla más suave y uniforme, y la sin cardar, que mantiene la textura natural, más áspera y compacta. ¿La suya siempre se hace sin cardar?

J.V. Siempre, pero abrigante, querendona, orgullosa de ser lo que es y de lo que representa.

CAMBIO: ¿Qué recuerdo de todos estos años de música, de presentaciones, conjuga el sentimiento carranguero?

Recuerdos brotan a diario
como espigas de un trigal,
entre ellos, ser pregonero
de lo que hoy es carranguear,
un modo de tejer sueños,
con el arte popular.

Jorge Velosa 1
Jorge Velosa regresó después de 10 años de estar alejado de los escanarios.

CAMBIO: Me gustaría que me hablara de qué siente de que nuevas generaciones sean tan fanáticas de la carranga. ¿Por qué cree que sigue tan vigente?

J.V.: Siento alegría y compromiso, y que habrá carranga para rato. En cuanto a la vigencia, porque una vez que se consolida como género, su “corpus” se torna atemporal, y se ha ganado la querencia de tres generaciones, que se reconocen en ella, en un espacio de libertad y regocijo.

CAMBIO: Los animales, el campo, el medio ambiente, atraviesan toda su obra. ¿Ha cambiado en algo su manera de abordarlos, de escribirles, de dimensionarlos?

J.V.: Mi respuesta se puede topar en el libro El convite de los animales, por ser un libro reciente (2023), con más veras. Ahí están mis pareceres a su pregunta, en boca y alma de todos y cada uno de ellos. Lo que noto con preocupación y pesadumbre es que animales, campo y medio ambiente, están llevando del bulto cada día más; mejor dicho, “que en vez de echar p'elante, echamos p'atrás”.

CAMBIO: ¿Siente que ese campo que usted pinta en canciones está desapareciendo, o las costumbres y los rituales siguen siendo los mismos?

J.V.: Le respondo con un fragmento de Planeta Tierra, una de nuestras canciones, y con una copla terrenal:

Qué culpa tienen los pajaritos, la gota de agua, el amanecer, de que las penas y las penitas, las grandototas y las chiquitas,nos queden grandes pa' resolver; que culpa tiene la mariposa, la garza, el viento o el arrayán, de que nos ganen las ambiciones, y se nos tuerzan los corazones en el momento'e partir un pan.

El hombre hiere la tierra con su afán desaforado, y ella le devuelve en frutos todo el dolor que le ha dado, y ruega porque le escuche su clamor y su agonía, cuando le dice vivamos, vivamos en armonía. (Copla carrango-tradicional).

De sobernal le cuelgo este dato muy preocupante, por decir lo menos: según El Espectador de marzo de 2024: en la otra Colombia se tala el equivalente a diez canchas de fútbol por minuto, es decir, 26.000 hectáreas por mes, que equivalen a 312.000 hectáreas por año, mejor dicho, 3.120 kilómetros cuadrados al año. ¡Lo que es el área de departamentos como Santander o Nariño… ¡Ayayay!!!

CAMBIO: ¿Nos podría contar un par de historias que inspiraron canciones de su último disco?

J.V. : El velorio del compadre tiene su “cuota inicial” hace más de treinta años, cuando les escuchaba a mi mamá y a otros veredales la copla que dice:

Comadrita, comadrita,
que el compadre se murió;
Si mi marido está muerto,
la culpa no tengo yo. 

Algún día, caminando por la vereda recordé la copla, y se me ocurrió agregarle una sextilla festiva de velorio. Como en otras oportunidades, ese texto me empezó a resonar y,

Como hay un juego que me gusta 
y me llena de emoción, 

y es jugar con la memoria, 
a inventarnos una historia, 
y volverla una canción.

Me puse en la tarea, hasta que, meses después, trabajando en las maquetas del proyecto discográfico con Marco Villarreal, surgió la idea de iniciar la obra a capela, estilo cantaoras del Pacífico, y mirando mi pareja de viejos acordeones dos carriles, uno nos hizo un guiño, y se ganó la titular como instrumento invitado, aprovechando que Marco es afiebrado al acordeón. Lo demás fue el montaje con el grupo.

Otra de las canciones, Soy hijo de campesinos, por más de diez años fue un poema que compuse en una tarde caminera pensando en mi crianza veredal y en mis andares artísticos; como tal, lo grabé en video, circuló en las redes, y a veces lo recitaba en conferencias. De ese poema, la gente tomó la última estrofa, para expresarse en distintas actividades (marchas, actos culturales, etc.). La estrofa, que ya cité, dice:

Que vivan los campesinos y que los dejen vivir, que el campo sin campesinos existe sin existir.

El poema me pedía que lo arropara musicalmente, y cuando vino el proceso de las maquetas para el disco, abrí “mi tienda” de ideas melódicas, y buscamos la que más camporinamente fuera su ropaje. Luego vino ensamblarla con el cuarteto.

Jorge Velosa 3
Velosa y Los Carrangueros del 25.

CAMBIO: ¿Tiene más canciones esperando ser grabadas?

J.V.: Sí; ya tenemos las maquetas básicas de otro proyecto que por ahora llamamos “carranga andina”, con bambucos, pasillos, torbellinos y guabinas, todas letradas. En hibernación reposan otras obras; ya veremos “si el lazo alcanza, y la burra arrima” para publicarlas.

CAMBIO: ¿A los 76 años, qué es lo que más lo alegra, maestro?

J.V.: Estar vivito y sonando, 
escribiendo y creando.

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