
‘El relojero de la catedral’, o cómo darle cuerda a una saga de familia
Pablo Navarrete quiso contar la historia de Joaquín Rodríguez, su bisabuelo, quien durante muchos años estuvo encargado de darle cuerda al reloj de la Catedral Primada de Bogotá. Para contarla, investigó la historia no solo de su antepasado relojero sino de cinco generaciones de su familia.
Por: Eduardo Arias
Un testigo silencioso de grandes episodios de la historia colombiana ha sido el reloj de uno de los campanarios de la Catedral Primada de Bogotá. Durante muchos años ese reloj ha medido el ritmo del paso del tiempo en el corazón de la ciudad. Es un reloj que, además, ha marcado la vida del escritor y periodista Pablo Navarrete porque lo instalo su tatarabuelo materno Elías Rodríguez, y su bisabuelo Joaquín heredó la responsabilidad de mantenerlo en funcionamiento. Cada semana subía a la torre para darle cuerda.
Es por esa razón que el título de su novela que acaba de publicar con la editorial Mediapluma se llama El relojero de la catedral. Pero la obra va mucho más allá de contar la vida de sus dos antepasados. Se trata de una saga familiar que abarca cinco generaciones de una familia de clase media. Personajes reales que a Navarrete le permiten plasmar un gran lienzo marcado por los ires y venires de sus parientes y antepasados que deben hacerles el quite a las amenazas de caer en la pobreza.
Es un libro tejido como una colcha, una sumatoria de 151 capítulos de muy pocas páginas que no siguen ninguna trayectoria cronológica, sino armados de tal manera que a medida que se avanza en la lectura se develan misterios familiares de esos que es mejor callar y se explora la psicología de varios de los protagonistas. Al final, unas fotografías de álbumes familiares ayudan al lector a darles un rostro preciso a algunos de los personajes.
Pablo Navarrete es un escritor y periodista colombiano en cuya pluma se combinan el periodismo narrativo, la crónica y la novela. Además, su conocimiento del lenguaje le han permitido ser tallerista, asesor de proyectos editoriales, y ser profesor de escritura creativa y de construcción de historias en el Instituto Departamental de Bellas Artes (Valle del Cauca) y en la Universidad Javeriana. Ha escrito los libros Nina Pizarro, la pirata blanca (Planeta, 2021) y Plegarias del pueblo muerto: El Aro (Planeta, 2023).

Una deuda con la memoria
Con esta indagación de las vidas de tantos familiares de su pasado y de su vida Pablo Navarrete quiso saldar una deuda que traía desde niño porque en su familia siempre flotó la sensación de que existía una deuda profunda con la historia de Joaquín. “Yo crecí con esa idea y, de alguna manera, siempre supe que iba a intentar contarla”.
La indagación comenzó hace seis años, con entrevistas, con la reconstrucción de recuerdos y documentos. Pero hubo un momento que lo cambió todo: la muerte repentina de su abuela Mercedes. “Ahí entendí que ya no podía seguir postergándolo. El impulso de escribir nace de ese cruce: la deuda y la pérdida. Pero también de una necesidad más íntima, que es intentar comprender. Comprender a Joaquín, el relojero, el papá, el abuelo y el bisabuelo… entender su vida, su dolor, su dimensión humana. Y, al mismo tiempo, entender a mi abuela Mercedes, y entenderme a mí dentro de esa historia. Encontrar mi lugar como bisnieto de Joaquín y como nieto de Mercedes”.
Ese proceso empezó con entrevistas. Larguísimas conversaciones con su abuela Mercedes, la hija del relojero de la catedral, y con sus tíos. “Ahí aparecieron las primeras capas de la historia. Tal vez el mayor reto fue el propio Joaquín. A pesar de haber tenido muchos hermanos, se había alejado de ellos y había construido un mundo aparte, lejos de todos, entre la casa de Fontibón y la casa de la calle 69, en el barrio Colombia. Esa distancia hizo más difícil reconstruirlo”.
Para lograrlo rastreó toda suerte de documentos, entre ellos recibos de pago –como el que aparece en el libro, firmado por los curas de la catedral–, actas de bautismo, no solo de él sino de varios de los personajes. “No se trataba únicamente de reunir información, sino de intentar construir una dimensión más completa de Joaquín y, sobre todo, de entenderlo como uno de los ejes literarios de la novela”.
Navarrete agrega que construir los distintos universos de la novela no solo le implicó una indagación documental rigurosa, sino también un ejercicio de inmersión más íntimo. “Por ejemplo, leí el recetario de mi bisabuela Elizabeth y la libreta de apuntes de mi bisabuelo Juan. Esos materiales no eran solo documentos, eran formas de entrar en sus maneras de ver el mundo”.
Navarrete, narrador y reportero
Al mismo tiempo, llevó a cabo un trabajo periodístico para intentar abarcar la dimensión completa de cada uno de ellos. “De Juan, de Elizabeth y de Jaime había mucho material. Muchísimo. Mi abuelo, de hecho, llevaba agendas. Aunque muchas se extraviaron con el tiempo, yo conservaba en la memoria fragmentos de esas notas”. También en sus propias libretas –que lleva desde niño– había copiado apuntes que alcanzó a ver, incluso en la última agenda que revisé cuando él murió. Esas agendas son, para mí, otro documento vital”.
Pero el mayor reto lo encontró en Joaquín, su esposa María y en Mercedes (hija de ambos), personajes que, desde el punto de vista documental, tenían grandes vacíos. “Eran profundamente introspectivos, silenciosos, con zonas opacas, difíciles de penetrar. Había en ellos una especie de espesura, una manigua que no se dejaba atravesar fácilmente. Entrar en ese territorio fue doloroso. Desentrañar el mundo de María y de Joaquín, sobre todo, fue uno de los desafíos más grandes de la novela. Y aunque siento que algo quedó inevitablemente incompleto, también creo que, en ese intento, en ese borde, se logró algo esencial”.
La inmersión documental también implicó escuchar mucha música de todo tipo: desde Garzón y Collazos hasta Joao Gilberto, desde Vivaldi hasta Louis Armstrong. La música lo ayudó a construir el mundo estético de la novela, que es apéndice de todo el conjunto narrativo. “Esa indagación de documentación estética me llevó a entender algo fundamental de la novela: imaginarla como una fragmentación cinematográfica. Esta novela es sumamente cinematográfica”. Para alimentar el universo del libro revisó por telenovelas como Doctor Mata, que dirigió Sergio Cabrera y protagonizó Enrique Carriazo y repasó clásicos de Charles Chaplin como La quimera de oro; vió Dogville y Birdman; series como The Crown “y gozarme el mundo de Tim Burton, que fue vital para la construcción de la novela. Esos ejercicios de indagación hacen parte, finalmente, de la recolección documental”.
Una protagonista permanente y silenciosa es la ciudad. Aunque el título se refiere a un edificio emblemático, la lectura transcurre ante todo en lugares de la ciudad que no son los a veces previsibles La Candelaria y el Centro, Chapinero o Teusaquillo, sino partes de la ciudad que miles de personas atraviesan a diario sin saber el nombre del barrio por donde están pasando. Podría pensarse que es una novela de algunas de las otras Bogotás. Pero Navarrete lo ve de ora manera. “La novela, más allá de poner ante el lector la existencia de otra Bogotá, plantea la posibilidad de que unos y otros se reconozcan en la complejidad de una ciudad. Es decir, en las desigualdades, en la pobreza, en la marginalidad… en los mundos que siempre se están cruzando. Pero esta novela es la historia de un país narrado a través de una familia, cuyo punto de encuentro es Bogotá, y en ella convergen asuntos como la memoria, las herencias, el dolor y, obviamente, el tiempo”.
Por tratarse de una novela, de un ejercicio literario, es inevitable preguntarse como lector en qué momentos la dicción toma el relevo de los hechos corroborados. Aunque Navarrete cada vez se desplaza más hacia el ejercicio del novelista, no pierde de vista que viene del periodismo. “De alguna manera, siempre seré periodista. Creo firmemente que todo escritor debería pasar por ese lugar, aunque sea por un tiempo. El periodismo enseña algo fundamental: aprender a escuchar. Eso fue lo que me dejó. La escucha”. Y agrega que fue justamente desde esa práctica, desde esa lógica de reportería, que comenzó a recoger la memoria oral que terminó convirtiéndose en el universo de la novela. “Horas y horas de conversaciones, de testimonios, de versiones que se iban armando en la voz de otros”. En ese sentido, el libro está profundamente anclado en la memoria oral.
Pero también hay momentos en los que aparece la ficción. “Me doy ciertas licencias, sobre todo en fragmentos muy puntuales, especialmente en torno a la muerte de los personajes. Y ahí la razón es muy simple: yo no estuve en la muerte de ninguno de ellos. Ni en la de mi abuelo Jaime, ni en la de mi abuela Mercedes, ni en la de mis bisabuelos. Ese es un territorio al que no tuve acceso directo. Entonces, la ficción aparece como una forma de acercamiento, para intentar imaginar, desde otro lugar, ese instante final. Es, si se quiere, una manera de completar, o de rozar, con la memoria de la muerte”.
El relojero de la caedral en la Feria Internacional del Libro de Bogotá
Viernes 24 de abril
6:00 pm
Stand Mediaplima Editorial
Pabellón 3
Conversación con Juan Sebastián Sabogal
Sábado 2 de mayo
Hora por confirmar
Stand El Espectador
Pabellón 16.
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