
Los pasos del libro. Conversación con Giuseppe Caputo y Sebastián Martínez sobre el oficio de escribir
Giuseppe Caputo y Sebastián Martínez. Créditos: Archivo particular/ Lina Castaño.
Escritoras, ilustradores, impresores, editoras, libreros y lectoras conversan con Amalia Tapiero sobre una pregunta nuclear: ¿Qué significa crear un libro en Colombia? En la tercera entrega de nuestro especial de la FILBo 2026 respondieron los escritores Giuseppe Caputo y Sebastián Martínez.
Esta segunda entrega recoge las conversaciones de dos escritores colombianos que reflexionan sobre el oficio de escribir: Sebastián Martínez y Giuseppe Caputo.
Sebastián Martínez (Pereira, 1996) es un joven poeta que, de no dedicarse a la escritura, habría sido cineasta, artista visual, bailarín, cellista o gimnasta (en ese orden). Es autor de dos obras editadas por Pre-Textos: Tener un cuerpo es mala poesía (2025) —Premio Internacional de Poesía Emilio Prados (2024)— y Coordenadas de un plano irrealizable (2021) —Premio de Poesía Joven RNE–Fundación Montemadrid (2021) y finalista del Premio Nacional de Poesía en Colombia (2023)—. Su obra ha cobrado forma en espacios creativos como la Fundación Antonio Gala.
Hoy día está leyendo Las cabras, de Pilar Asuero; Crisálida, de Fernando Navarro; los poemas de Emily Dickinson, y unos cuentos de Amy Hempel. También quisiera leer pronto El ruido y la furia, de William Faulkner, así como sus cuentos. En este momento se dedica a escribir un cuento que no sabe si sobrevivirá e intenta comenzar una novela que desarrollará en un máster en Escritura Creativa en Iowa.
Giuseppe Caputo (Barranquilla, 1982) es autor de La frontera encantada (2025), Estrella madre (2020) y Un mundo huérfano (2016), novelas publicadas por Random House. Y si no hubiera sido escritor, de cualquier modo, estaría involucrado en las artes.
Formado en Escritura Creativa en Nueva York y Iowa, su trabajo y las traducciones de este han sido reconocidos internacionalmente. Fue director cultural de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FilBo) entre 2015 y 2018, y en 2017 fue seleccionado por el Hay Festival como uno de los 39 mejores escritores de ficción menores de 39 años en América Latina. Actualmente, es docente y coordinador académico de la maestría en Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo.
Hace poco compró la poesía completa de Ernesto Cardenal, pero no la ha abierto. Está leyendo Gestos mínimos, de María Cristoff, a quien admira y entrevistará pronto. Y trabaja —con dificultad— en un poema largo, enfrentándose al ritmo y a los cortes del verso.
El primer capítulo de una larga trayectoria
Dos generaciones, dos trayectorias distintas, dos formas de relacionarse con la escritura… Pero ambas conversaciones inician con la misma pregunta: ¿cómo comenzó su relación con la escritura y la lectura? Para ambos, la respuesta remite a una atracción original por la belleza, que derivó en la poiesis y en el deseo de creación y expansión ante lo deslumbrante del mundo. ¿Cómo se forma esa relación? ¿Qué la suscita? ¿Qué la sostiene?
El inicio para Giuseppe está en la biblioteca ecléctica de su padre, un autodidacta. Hijo de la posguerra italiana, se trasladó a Barranquilla a los veinte años. Y como no terminó la primaria, le urgía que sus hijos completaran su educación: por eso reunió en la casa una biblioteca tan amplia como diversa, “desde clásicos de la literatura adaptados para niños en forma de cómic hasta libros de mercadeo y administración de empresas: una mezcla rara”, recuerda Caputo. Entonces empezó a leer, con títulos como Cuento de Navidad, de Dickens.
Letras prohibidas: la vieja tentación de censurar libros en Colombia
Esa iniciación lectora —que revisitaría en La frontera encantada— lo devuelve a una escena de infancia en el Caribe que, sin duda, define su forma de relacionarse con los libros: el último regalo del Niño Dios que lo esperó sobre su cama fue la franja amarilla de la colección Torre de Papel, de Ediciones Norma.
“Recuerdo ese impacto al llegar a la casa y preguntarme si un Dios había pasado por ahí; entrar al cuarto y ver los libros sobre la cama les daba un carácter doble: por un lado, íntimo […]; por otro lado, distante, como si vinieran de muy lejos, de muy atrás, de otra vida”. Justo en esa escena se instala una tensión entre afuera y adentro, una constante de su obra. “Muchos de esos libros eran leyendas y mitos […]. Y si trato de pensar qué quedó de todo eso en mi escritura…: la aventura, para siempre histórica, de cruzar hacia afuera la puerta original. Y de perderse: o sea, la tensión entre la casa y el extravío”.
Por su parte, para Sebastián, el origen de la lectura no tiene nada de solemne: “Sé que quería leer para parecer interesante. Me acuerdo de que en el colegio me gustaba alguien que leía”. Entonces, libro grueso en mano, empezó a caminar por los pasillos para intentar llamar su atención: “La pose fue una de las raíces”. Pero en algún punto, esa actitud dejó de ser apariencia y se volvió práctica: “Comencé a leer […]. Después, la escritura vino en cadena”.
Escribir con otros: la relación con la tradición y los autores que admiran
Esa entrada casual a la lectura de Martínez desembocó en una relación similar con la tradición literaria: “A veces robo, y a veces imito, y a veces me burlo, y a veces rechazo, y a veces ignoro: lo que más le sirva al texto”. Así lo dice en uno de sus poemas: “Pienso en lo que he leído como una mano sobre mi mano, curvándome la motricidad hacia caligrafías del pasado”. Para él, más que un índice externo, la tradición se vuelve una fuerza que interviene directamente en el acto de escribir: “Pienso en mis referentes literarios; me comparo. Pienso que aquí ya les he robado a dos autores, por lo menos. Pienso en robos legales, como este. No pienso en robos ilegales. Ahora sí. Ahora no. […] Pienso en la originalidad como fuente y como obstáculo. Pienso que la originalidad es como descubrir un dragón en este siglo”.
Pienso en la originalidad como fuente y como obstáculo. Pienso que la originalidad es como descubrir un dragón en este siglo
Giuseppe dice que “no hay escritura sin tradición”, incluso cuando no se reconoce como una influencia consciente; se escribe con lo leído y también con lo olvidado. Antes de escribir, copiar; antes de decir, repetir. Transcribir lo que deslumbra: “Me emocionaban momentos específicos de los libros y yo los copiaba en la parte de atrás de mis cuadernos”. Esos primeros actos fueron la forma de acercarse a una primera voz propia “copiando literalmente esos párrafos que me gustaban tanto”, recuerda, aludiendo a lecturas como El tambor de hojalata. Era una respuesta casi automática para reproducir la belleza: “La belleza provoca un deseo de creación”.
Este impulso mutó con el tiempo —en la cita, en el fragmento compartido, en la memoria de lo leído— hasta trazar su entrada en la tradición. Primero lo hizo desde el asombro, ante una biblioteca marcada por la literatura fantástica anglosajona (Peter Pan, Alicia en el país de las maravillas, El mago de Oz y Narnia); luego, desplazándose hacia un segundo descubrimiento: “Dentro de la alegría que ha sido leer, yo descubrí una alegría dentro de esa alegría que fue la literatura latinoamericana”.
Dentro de la alegría que ha sido leer, yo descubrí una alegría dentro de esa alegría que fue la literatura latinoamericana
Así, entre los escritores fundamentales en su camino, Giuseppe destaca a Felisberto Hernández, Rodolfo Fogwill, Sergio Chejfec, Juan José Saer, Diamela Eltit, Sylvia Molloy, Pedro Lemebel y Reinaldo Arenas, una constelación latinoamericana se abre tras su paso por el mundo editorial y la maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York. Sebastián, por su parte, nombra a Miguel Hernández, Clarice Lispector, José Watanabe, Samanta Schweblin y Flannery O’Connor, pero enseguida amplía la lista: Hera Lindsay Bird, Gina Saraceni y Alice Munro, como si esa constelación no pudiera cerrarse del todo.
Sobre la enseñanza de la escritura
Esa relación abierta y estelar con la tradición la extiende también a la enseñanza de la escritura. Aunque escribir siga cargando con el mito del genio (es decir, con la idea de que no se puede enseñar), la práctica pedagógica de Giuseppe parte de lo contrario y privilegia la búsqueda por encima de la transmisión de fórmulas. Así, se distancia de los talleres prescriptivos y de los manuales con esquemas replicables —“fábricas de salchichas”, diría Juan Cárdenas—; en cambio, propone “que cada estudiante piense no solo su propia constelación de autores, sino unas leyes de creación propias”. Se trata de preguntarse qué es la literatura y qué quiere hacerse con ella. En ese marco, la escritura no reproduce el mundo ni “lo reitera, sino que también puede provocar reimaginaciones”.
Para Sebastián, la formación implica juntarse con otros que escriben —en talleres, universidades, circuitos editoriales—, lo cual le ha permitido entender que existe una comunidad que sostiene esa práctica: “Estar rodeado de gente que está pensando en la escritura […] me ha hecho pensar que esto sí tiene cabida en el mundo”. De ahí vienen también sus primeros lectores y la conciencia de que escribir exige pensar en formas de sostenerse que no dependan únicamente de la publicación, como la docencia: “Hay maestrías en Escritura Creativa que te dan el título para ser profesor en la academia, y esto es importante porque uno tiene que encontrar otras formas de subsistencia que estén aliadas con la literatura, pero que sean más estables que ser un escritor”.
Ambos celebran la expansión nacional de la formación en Escritura Creativa, impulsada mayormente por la academia: “Hay varios programas en el país: en la Universidad del Norte, en Barranquilla; en EAFIT, en Medellín; y en Bogotá, en la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad Central, la Pontificia Universidad Javeriana y el Instituto Caro y Cuervo. A eso se suman talleres dictados por autores en librerías y espacios independientes como los que ha promovido la distribuidora La Diligencia, que también funcionan como laboratorios de creación”, resalta Giuseppe. Asimismo, destaca iniciativas estatales como la Red Relata y los talleres de Idartes, aunque insiste en que “siempre se podría hacer más”.
Sebastián introduce un matiz: esos esfuerzos existen, pero no se distribuyen de manera equitativa. “Universidades, librerías independientes, colectivos o escritores sí hacen esfuerzos por crear espacios de creación y circulación”, reconoce, pero advierte que el movimiento se concentra en Bogotá y que, a veces, es muy cerrado entre los mismos de siempre. Como evidencia, argumenta que en ciudades como su natal Pereira hay iniciativas —como el Festival Internacional de Poesía Luna de Locos, al que fue invitado—, pero no a la misma escala ni con el mismo presupuesto. El problema, entonces, es estructural: “El centralismo brilla”, afirma con vehemencia sobre la oferta cultural y las posibilidades de formación, circulación y trabajo. Por eso insiste en que el Estado debe fortalecer los estímulos y la industria editorial y cultural, “una de las más precarias y endogámicas del país”.
Consejos para escribir (y cómo seguir haciéndolo)
El consejo de Sebastián para quienes empiezan no es complaciente. Para él, escribir es, ante todo, “una cuestión de resistencia”: el rechazo es constante y obliga a aceptar que “el texto falla” o “no encaja”, hasta que las correcciones lo llevan a su mejor versión, sin ceder ante los estándares comerciales. En la práctica, insiste en persistir —incluso enviando manuscritos a la vez a premios, editoriales o agentes— y en distinguir bien entre cuento, novela, poesía y ensayo, tanto a la hora de escribir como de entender sus implicaciones en la circulación. “Y si hay algún escritor que esté leyendo esta entrevista y que me quiera aconsejar, mi pregunta sería: ¿cómo cautivar a un agente literario con un libro de cuentos?”, indaga Sebastián.
Como si buscara responderle, Giuseppe propone, ante todo, separar la escritura de la publicación. Más que apresurarse a terminar —esa “ansiedad por publicar” y por cerrar los libros—, insiste en entregar el mejor libro posible. En lo práctico, apuesta a tender puentes: generar espacios donde los manuscritos más avanzados puedan ser leídos por editores o escritores, como lo hacen en la maestría en Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo, donde se involucra a editores en la lectura de tesis y la evaluación de disertaciones. La clave, en el fondo, es acercar los buenos textos a quienes pueden hacerlos circular.
La relación con los editores
Sebastián y su editor en Pre-Textos, Manuel Borrás, tienen una amistad basada desde el inicio en la afinidad: “Yo creo que esa es una de las cualidades de muchas relaciones que se gestan por la literatura. Como se trabaja con sensibilidades, los afectos se trafican rápido. Es decir que la literatura me regala mis amigos más queridos”. En la práctica, sus libros casi no se han modificado —en parte porque llegan directamente a una premiación—. Pero el verdadero trabajo editorial ocurre desde antes, durante años de lectura con talleres y lectores: “Mi propósito es que el lector pueda crear imágenes en su mente. Emocionarlo […] entonces, los lectores me sirven como un radar”. Escucha y ajusta, pero no cede en todo: “Yo también soy un lector […]. Uno aprende a filtrar opiniones con el tiempo”.
Mi propósito es que el lector pueda crear imágenes en su mente. Emocionarlo […] entonces, los lectores me sirven como un radar
Por su parte, Giuseppe describe su vínculo con su editora en Penguin Random House, Salomé Cohen, como fluido y de gran intimidad emocional e intelectual: él entrega los libros ya “muy cerraditos”, para ajustes muy puntuales, pues trabajó como corrector de estilo. Escucha y discute los comentarios, pero la negociación más visible ocurre en el lenguaje y las formas: “Hay palabras caribeñas […] que a veces toca explicar, pero yo las mantengo”, además de que —confiesa entre risas— “los correctores de estilo tienen una lucha contra el gerundio”. Destaca también el cuidado editorial del objeto libro; en su caso, existe un trabajo atento a los detalles materiales y visuales, tanto suyo como de Salomé, a quien considera una experta en el tema.
¿Qué valor tienen los premios literarios?
Para Sebastián, los premios son un asunto práctico, “un incentivo para que la gente siga escribiendo”, aunque no todos cumplan esa promesa. Algunos “le restan más al autor de lo que le dan” si no ofrecen visibilidad, circulación, prestigio o dinero. Cuando sí funcionan, operan como una carta de presentación: validan la obra, facilitan la entrada a catálogos editoriales y pueden marcar la diferencia al acceder a becas, residencias o agentes. Pero esa validación no es neutra, ya que también hay premios atravesados por lógicas de mercado o dinámicas institucionales que terminan por olvidar al autor.

Ahora bien, Sebastián describe una paradoja de los premios que ha ganado: el reconocimiento internacional no garantiza visibilidad en el país. Tras recibir el primero en Madrid, volvió a Colombia con una sensación extraña: “Era como Michael Jackson si hubiera sido criogenizado, despertara 500 años después, saliera a la calle y nadie lo reconociera”. Ahí entendió que un premio no le iba a cambiar la vida de repente. Con el segundo, dice, sí hubo más atención —notas de prensa, invitaciones a recitales y festivales—, pero con una diferencia: las editoriales en Colombia pueden promocionar mejor a sus autores residentes, mientras que una española como Pre-Textos no tiene la misma facilidad. “En ese sentido, sí me siento un poco escondido. Y también tengo la sensación de que en España me conocen más que aquí”.
A lo anterior, Giuseppe añade otro cariz: más allá de operar como un sello de consagración, los premios son el resultado de una lectura atenta contraria a la recomendación rápida y superficial. Como jurado del Premio Finestres de Narrativa en castellano, insiste en la rigurosidad y en el carácter deliberativo: “Una conversación alrededor de las diferentes obras”. Para él, los premios pueden visibilizar un manuscrito, pero jamás sustituir a la crítica: leer no es solo decir de qué trata un libro, sino atender a su forma y a su densidad.
El efecto de las redes sociales y las pantallas en la escritura
¿Sirven las redes sociales al mundo del libro? Sirven, claro. Permiten que un libro circule, que un evento exista y que una comunidad se articule. Pero también imponen una presión: estar, aparecer, decir. “No hay que confundir la literatura con la creación de contenido”, advierte Giuseppe.
Sebastián sitúa la tecnología y las redes en un lugar concreto: “Cuando leo poesía, siento una mayor conexión […]. Me paro en un verso, lo leo, lo releo, leo en voz alta, repito el poema”. En un momento en el que leer le cuesta por su relación con las pantallas —la llama “una adicción epidémica”—, la poesía aparece como una forma de recuperar la concentración y no como evasión. Se trata de “un dispositivo para aterrizar y despertar”, capaz de devolver al lector una relación más intensa consigo y con el mundo, explica Sebastián, sonriendo.

Inteligencia artificial: escribir con máquinas (y contra ellas)
Sobre herramientas como ChatGPT, Giuseppe es claro. No se trata de prohibir, sino de hacer consciente su uso: “Hay que transparentar el procedimiento” y evitar que la investigación se limite a la IA o se convierta en “una forma de experimentación perezosa” que esquive el pensamiento propio, la búsqueda formal y la pregunta político-estética. La clave, insiste, es preguntarse para qué se usa: si forma parte de un dispositivo dentro del texto, si funciona como contraste o si simplemente reemplaza un proceso que debería ser del escritor.
En el fondo, la discusión no es técnica sino temporal. “Leer es tiempo y escribir es tiempo” —cita a la escritora Laura Ortiz Gómez—, y sostener ese tiempo hoy resulta casi contracultural, pues implica mantenerse en la incomodidad, en lo no resuelto, en el problema. Ahí se juega la escritura.
Leer es tiempo y escribir es tiempo
“La complejidad de un texto literario tiene que ver más con el proceso que con el resultado”, dice. Y remata: “La obra es la sobra del proceso”, una idea popular que —como él mismo señala— aprendió de Laura Ortiz Gómez. “Si ese proceso se salta, con inteligencia artificial o no, pues no existen ni obra, ni goce ni pregunta”.
Sebastián lleva esa defensa a un terreno más visceral. Frente a la idea de que quien no use IA se va a quedar atrás, responde con escepticismo: “No sé si en algún momento la inteligencia artificial logre hacer buena literatura, y ojalá que no, pero sé que no va a reemplazar el acto de escribir. Yo escribo por necesidad”, dice, y describe ese estado en el que nada más importa, donde algo aparece que antes no existía. Ahí establece el límite: la tecnología puede asistir, pero no puede experimentar. “Es como si quisieran que una máquina sintiera sed por nosotros […] ¿Y nosotros? ¿Cuál es el punto de privarse de la experiencia? Yo sé que estas preguntas parecen lógicas, pero luego entra a la ecuación el dinero y lo desploma todo”. La pregunta no es retórica; apunta a lo que se pierde al delegar el proceso.
Los vinilos de Gaitán: ¿cómo la ciencia y el arte lograron rescatar la voz de un caudillo?
Incluso si la IA llegara a producir textos convincentes, no reemplazaría ese núcleo de la escritura como vivencia: “Y creo que sí, debería regularse, pero no sé cómo. Me imagino que los gobiernos van a empezar a hacerlo cuando haya una crisis laboral en múltiples sectores”, sentencia Martínez.
Escribir es tomar posición
Giuseppe no da lugar a la ambigüedad: todo arte es político. En un presente atravesado por la violencia, “hay que usar la voz para no naturalizar el fascismo” y, más aún, “hay que enunciar posturas como ciudadanos sensibles con una sensibilidad política ante los vulnerables”. Lo que ocurre en Palestina, advierte horrorizado antes los más de 72 000 civiles asesinados por el Estado de Israel en la Franja de Gaza desde el 7 de octubre, no puede volverse paisaje: “Es verdaderamente grave”. Y ese riesgo de normalización se extiende: “Me aterra cómo unas personas han naturalizado el exterminio”, dice. Aludiendo incluso a discursos en los que la amenaza se vuelve espectáculo: “La amenaza de Trump al régimen iraní no es un ultimátum […]; es una amenaza nuclear contra toda la humanidad”.
La amenaza de Trump al régimen iraní no es un ultimátum […]; es una amenaza nuclear contra toda la humanidad
Y extiende esa misma exigencia a otros frentes. Critica la persecución de migrantes en Estados Unidos y cuestiona a quienes se desentienden con “posturas convenientes”. Frente a Venezuela —presente en sus impresiones sobre Caracas en La frontera encantada—, formula una inquietud: cómo decir sin que el dolor sea “instrumentalizado”. Por eso insiste: “El dolor propio […] casi siempre es un dolor social, colectivo, histórico”. Esa advertencia aparece también en el terreno político cuando figuras como María Corina Machado legitiman liderazgos como el de Trump —aun con gestos simbólicos como regalarle su Nobel—, lo que detecta como una operación que desdibuja las violencias en juego y reorganiza el sentido del conflicto. Así lo dio a entender en su reciente renuncia a participar, junto con otros intelectuales, en el Hay Festival de Cartagena, debido a la convocatoria a Machado.
Su alerta también abarca las luchas LGBTIQ+, particularmente cuando hoy son absorbidas y, por ende, neutralizadas por los políticos. Señala la cercanía entre Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo en la campaña presidencial de 2026 como una instrumentalización de la disidencia sexual, donde —dice— se terminan “naturalizando” ciertas violencias al vaciar la lucha de su potencia crítica. En contraste, reconoce la coherencia en el activismo de Greta Thunberg: no separar la crisis climática de la violencia política es entender que todo forma parte de una misma estructura.
Asimismo, retoma una idea clave de Simon Critchley: hay que ver la cosa, no la mirada propia sobre la cosa. “Usar la voz para no naturalizar” implica también no “despolitizar” ni “individualizar las heridas”. Porque callar, estetizar o despolitizar también es tomar partido. Por eso, para Giuseppe, la escritura tiene que intervenir, incomodar y desnaturalizar. En un mundo donde se destruye el medio ambiente, las civilizaciones como Irán son blanco nuclear y sintonizamos tranquilos el exterminio de lo que nos incomoda, el silencio no es neutral.
FilBo: el acontecimiento del libro en Colombia
Para Giuseppe, la FilBo no solo es central, sino también “verdaderamente convocante”: no por nada la visitaron 570 000 personas solo el año pasado. Se trata del momento cultural más masivo de Colombia, en el que la ciudad, en todas sus clases sociales, se vuelca en torno al libro. Pero su alcance no es solo cultural; también es político. Por eso, Caputo recuerda cómo, cuando era director cultural en 2016, la feria, en su calidad de espacio en diálogo con el contexto nacional, acompañó el proceso de paz de La Habana. En ese sentido, la FilBo confirma algo clave: la literatura y el arte no son ajenos al mundo; siempre toman posición.
Por su parte, Sebastián lo aterriza desde la experiencia: “Es probablemente el evento del libro más importante en Colombia”. Para él, la feria funciona también como una plataforma concreta de visibilidad, un espacio de socialización y encuentro con otros escritores y actores del sector. La presencia de invitados internacionales, además, amplía ese alcance: “La FilBo pone a Colombia en el mapa”. Ambos coinciden en que este espacio masivo celebra el libro y le permite circular entre públicos amplios.
Los invitamos a participar de la FilBo, que se lleva a cabo en Corferias del 21 de abril al 4 de mayo. Allí los esperan los libros de Sebastián y Giuseppe, así como los de tantos otros autores que escriben hoy día en nuestro país. Y los que no puedan asistir, recuerden: su librería de confianza, una de las casi 500 en Colombia, está cerca y abre los doce meses del año.
Comentar este artículo
Aún no hay comentarios




