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Salomé Cohen, Camila Rocca y Diego Garzón

Los pasos del libro. Conversación con Salomé Cohen, Camila Rocca y Diego Garzón sobre el oficio de editar (parte I)

Los editores Salomé Cohen, Camila Rocca y Diego Garzón. Créditos: archivo particular

Escritoras, ilustradores, impresores, editoras, libreros y lectoras conversan con Amalia Tapiero sobre una pregunta nuclear: ¿Qué significa crear un libro en Colombia? En la cuarta entrega de nuestro especial de la FILBo 2026 respondieron el editor Diego Garzón y las editoras Salomé Cohen y Camila Rocca.

Por: Amalia Tapiero Barreto

Ya en la primera entrega de este especial nos referimos a la etimología de la palabra editorial: “dar a luz”, “sacar”, “publicar”. Hasta ahora hemos conversado con quienes crean en los pasos del libro —ilustradores y escritores—, y conviene desplazarnos ahora hacia quienes permiten que los manuscritos encuentren su forma y su lugar en el mundo. Porque ningún texto llega solo al lector. Entre la escritura y la publicación está el editor: quien lee, selecciona, decide y ordena, pero también acompaña, afina y, a veces, sostiene el proceso. A eso se dedican Salomé Cohen, Camila Rocca y Diego Garzón.

Salomé Cohen (Bogotá, 1992) es editora de literatura en los sellos Random House, Penguin Clásicos y Reservoir Books, de la filial colombiana de Penguin Random House. Es el trabajo editorial con el que siempre soñó. También ha sido editora de ficción en Planeta y de literatura contemporánea en Laguna Libros, así como tallerista y profesora de edición en el Instituto Caro y Cuervo. Politóloga de la Universidad de los Andes, supo desde muy joven que no quería dedicarse a ese oficio y cursó una maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Madrid.

Lee todo el tiempo, aunque no siempre termina lo que empieza, apelando al derecho a no terminar libros consagrado por Daniel Pennac en su decálogo de los derechos del lector. No ha logrado acabar Moby Dick; quiere volver a La Odisea; leer La Ilíada, que no ha leído nunca, y terminar Don Quijote, que dejó a la mitad. Como a cualquier lectora ávida, no le incomodan los clichés. Por eso admite, sin reservas y sonriendo con admiración, que su libro favorito es Cien años de soledad —que ha leído varias veces— y que sus autores favoritos son Gabriel García Márquez, Idea Vilariño y Wisława Szymborska.

No disimula el orgullo de haber editado a María Ospina Pizano, ganadora del premio Sor Juana Inés de la Cruz en 2023 y del Premio Nacional de Novela en 2024 ni a ninguno de sus autores. Sueña con entablar el diálogo largo y profundo de la edición con figuras como Alejandro Zambra y Samanta Schweblin (y la intuición, acaso profética, de sus aspiraciones no falla, pues nuestra conversación ocurrió antes de que esta autora ganara el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana).

Camila Rocca (Bogotá, 1990) es directora de proyectos editoriales de Taller de Edición Rocca y también ejerce su representación legal. Allí pasó de tareas de traducción, corrección y lectura de manuscritos a la coordinación de proyectos y la dirección del sello, y hoy supervisa la edición y la publicación de textos de ficción y no ficción.

Literata de profesión, más joven soñó con ser actriz y se formó inicialmente en Arte Dramático, antes de optar por Literatura en la Universidad Javeriana. Tras confirmar su vínculo con la lectura y la escritura como formas de trabajo, cursó la maestría en Escritura Creativa en el Instituto Caro y Cuervo. Su entrada al mundo editorial fue progresiva y casi orgánica, atravesada por un entorno familiar ligado a la imprenta y la producción de libros. Ha sido editora en instituciones públicas, como BibloRed, y evaluadora y correctora en Planeta.

Es profesora de Literatura Estadounidense en la Universidad Javeriana, además de miembro del comité editorial de El Malpensante. Lee mucho por su trabajo y vuelve con frecuencia a Raymond Carver, Flannery O’Connor y Ernest Hemingway. Su escritor de cabecera es Lawrence Ferlinghetti, cuyo poemario Poetry as Insurgent Art tradujo en su tesis de pregrado y sueña con publicar junto a su directora de tesis, Rosario Casas Dupuy.

Entre los proyectos que recuerda con fervor figura la edición de Encuentros con el suelo, de Mariantuá Correa, ganadora del Premio Nacional de Libro de Cuentos Julio Paredes 2025, organizado por Idartes y publicado como libro por Taller de Edición Rocca. Y en medio de esa constelación de lecturas, confiesa con pudor una deuda literaria: no ha leído El amor en los tiempos del cólera, omisión que, en la complicidad de otras lecturas inconclusas compartidas en nuestra conversación, decidimos mantener en secreto.

Diego Garzón (Bogotá, 1974) es gerente de no ficción en Planeta Colombia. Periodista de la Universidad Javeriana, inició su trayectoria en Semana como redactor cultural. Posteriormente fue editor general de Plan B, una guía de entretenimiento previa a las redes sociales, y durante ocho años, editor de SoHo: etapa en la que influyó ampliamente en el periodismo narrativo en Colombia, publicando crónicas de autores como Juan Villoro, Leila Guerriero, Martín Caparrós, Juan Gabriel Vásquez y Jorge Franco, entre muchos otros.

También fue director de la franja de cine del Canal Capital. Es codirector de La Feria del Millón y lo fue de la Bienal de Arte de Bogotá realizada el año pasado. Ganador del Premio Simón Bolívar de Periodismo 2013 en la categoría de crónica en prensa por su trabajo ‘Qué pasó con Emma Reyes’, es autor de Otras voces otro arte. 10 conversaciones con artistas contemporáneos colombianos (Planeta, 2005); De lo que somos, 110 obras clave del arte contemporáneo colombiano (Lunwerg, 2011), y la guía Lo mejor de Bogotá, experiencias y lugares auténticos (Lonely Planet, 2021). Entre los proyectos recientes del área de no ficción de Planeta, está la edición del libro Álvaro Cepeda Samudio: biografía de un genio mamagallista, de Juanita Samper Ospina y Mario Jaramillo. Y recuerda con cariño el libro El mejor equipo del mundo, sobre la época dorada de Millonarios (del que es hincha), que editó y que fue un fenómeno inesperado.

Le interesa el periodismo y ha defendido la necesidad de libros que decanten la actualidad en tiempos de saturación informática y aceleración digital. Por eso mantiene una relación constante con la historia y el ensayo colombiano, con especial interés en la crónica y la no ficción narrativa. Admira especialmente a los autores Julio Ramón Ribeyro y Wade Davis, y actualmente está leyendo Morir en la arena, de Leonardo Padura.

¿Qué significa editar un libro?

Como editores de dos casas corporativas y una independiente, Salomé, Diego y Camila nos cuentan qué implica su trabajo a través del contraste entre tres maneras de habitar el oficio.

Para Camila, la edición es “un espacio y una política de cuidado”. Desde que recibe un manuscrito —dice—, sabe que trabaja con “materia sensible”, pero también con el lenguaje, que es “materia viva, cambiante, en constante transformación”. Esa mirada atraviesa toda su labor. Influenciada por su familia, especialmente por su padre, cree que escribir y atreverse a compartirlo implica “una valentía impresionante”. Por eso, la edición debe ser un acompañamiento sostenido, empático, respetuoso del autor —y de los correctores, imprentas y equipos externos— y reconocedor de su esfuerzo.

Sabe que trabaja con “materia sensible”, pero también con el lenguaje, que es “materia viva, cambiante, en constante transformación”.

Cada libro es distinto: algunos llegan casi armados; otros se construyen en diálogo, buscando sus pequeños rasgos distintivos. En el sello Ex-Libris —explica— trabajan con correctores y evaluadores freelance, pero también apuestan por la formación y la generosidad pedagógica heredada de lo que su padre llamó un “taller de edición”.

Salomé coincide con Camila en que el trabajo editorial es, en gran medida, “un trabajo de cuidado”. El autor ocupa una posición vulnerable que exige precisión al decir las cosas: “La información entra mejor cuando se comunica […] no desde el señalamiento, sino desde una conversación que construye”. A la luz de todo esto, entiende que, más allá de un libro, contratar a un autor es apostarle a un universo literario que se despliega a largo plazo. 

“La información entra mejor cuando se comunica […] no desde el señalamiento, sino desde una conversación que construye”.

No siente necesidad de protagonismo; su trabajo es hacer brillar a otros. Por eso no le preocupa no aparecer en los créditos. “Te juro. Es el trabajo más estimulante del mundo”, me dice sobre su día a día en Penguin: lecturas constantes, comentarios en Word y conversaciones que atraviesan todo el proceso editorial. A eso se suma el análisis de datos en Power BI —ventas y circulación en librerías por región—, que orienta las decisiones futuras. 

Al editar, trabaja con pautas claras y revisiones compartidas, en las que a veces se conservan errores deliberados porque refuerzan la voz del texto. Recuerda casos como el de Fernanda Trías y El monte de las furias, donde se cuidó la voz narrativa de un personaje que usaba expresiones incorrectas a ojos de la RAE, o el de Jerónima del Espíritu Santo —a quien edita hoy y con quien está encantada—, donde, asesorada por académicas de la literatura colonial, decidió conservar leísmos de los siglos XVII y XVIII. 

Letras prohibidas: la vieja tentación de censurar libros en Colombia

Hablar de aquello que escapa a la norma y la corrección también la lleva a recordar el debate de 2023 sobre Roald Dahl, en el que editores británicos decidieron reescribir partes de sus libros que consideraban ofensivas: “Yo opino que él lo escribió como lo escribió en la época en la que lo escribió, y es muy importante mantenerlo”. En ese sentido, aúna libertad editorial —preservar el error— con libertad de expresión —preservar lo indebido—: “Me siento muy alineada con los principios editoriales de la casa en la que trabajo, especialmente en lo que tiene que ver con la libertad de expresión. No estaría dispuesta a comprometer eso. La literatura también es un espacio para mostrar lo incorrecto y reflexionar sobre ello”. Como matiz, añade que la apertura editorial debe ser cuidadosa para no dar cabida a discursos de odio, pero que, al trazar límites, lo haga con rigor, sin simplificaciones ni censura.

La literatura también es un espacio para mostrar lo incorrecto y reflexionar sobre ello”.

Por su parte, Diego nos comparte una dimensión más operativa del oficio. Como gerente, a veces edita mientras coordina un equipo que abarca un amplio catálogo de no ficción: Periodismo y Actualidad, Bienestar, Empresa, etc. Allí, explica, todos están atentos a tendencias, temas y posibles autores: “Aquí uno puede pasar de hablar con un comentarista deportivo a hablar con un candidato presidencial”.

Su día a día está marcado por la planificación “siempre a corto y a mediano plazo”, dice, ya que un libro que se empieza a trabajar hoy puede tardar cerca de un año en publicarse. Eso implica anticiparse: con la FILBo cerca, ya se proyectaba el segundo semestre e incluso el siguiente ciclo editorial. A ese ritmo se suman el seguimiento de los autores, la edición, la corrección, el diseño, las pruebas y la impresión. “No es que entregues un libro y salga en 15 días”, dice; es una cadena larga que exige coordinación y paciencia. Esto también conlleva una presión particular: la del mercado. “Esto es un negocio”, afirma sin rodeos.

La recepción de manuscritos: el poder del sí y el poder del no

Para Salomé, reconocer un manuscrito que merece ser publicado pasa por una intuición; medio en broma, le respondo que las mujeres somos las de la intuición, citando a una artista barranquillera. La experiencia afina su sentido: “Uno ve cuando algo ha sido trabajado, releído, cuidado”. Más allá de la trama, le importa que el texto cumpla su propia promesa, y ahí la verosimilitud es clave: “Decirme mentiras es hartísimo, porque me las pillo muy fácil; todo el tiempo estoy viendo qué no cuadra”. La ficción, dice, es un pacto de mentiras que debe sostenerse, y ese “radar” es fundamental para editarla.

Los manuscritos llegan por recomendaciones, agentes o correos que no dejan de acumularse. Y, con ellos, arma un plan editorial en el que busca el equilibrio entre voces nuevas —y, por definición, inciertas— y consolidadas, como Fernanda Trías, Giuseppe Caputo o Carolina Sanín. En ese rastreo, lee constantemente Gaceta, Matera y Antologías de Rey Naranjo; además, ha encontrado algunas de esas voces emergentes en espacios académicos como el Instituto Caro y Cuervo, donde conoció la escritura de Claudia Valero, a quien después publicaría: “Vi una sensibilidad que me interesaba y  apelaba”. 

Aun así, insiste, ningún libro deja de ser un riesgo. A veces publica títulos que sabe que tendrán una circulación discreta, pero que aportan prestigio o sentido al catálogo; otras veces no pasa nada, “pero había que intentarlo”. Incluso entonces, el vínculo continúa: sigue creyendo en autores que no venden. Con los años, dice, se ha vuelto más exigente: debe estar profundamente convencida, gustarle el libro y reconocer en él una obra que se sostiene.

Por la amplitud de la no ficción y el momento mediático que vivimos, Diego entiende la búsqueda de nuevos autores en términos de tendencias. En áreas como Bienestar, explica, el reto no es encontrar un tema —ya circula en redes, en YouTube o en los medios—, sino preguntarse qué puede aportar un libro frente a ese exceso de información. Lo clave es el prescriptor, quien escribe: “No es lo mismo cualquier voz que la de alguien con trayectoria o reconocimiento que le dé peso a lo que dice”. Por eso, su trabajo consiste en identificar figuras con visibilidad y autoridad en medios, redes, la academia o círculos especializados. 

A veces, el hallazgo es inmediato, como en el caso del abogado Mauricio Gaona —hijo del inmolado magistrado Manuel Gaona—, a quien contactó y publicará en Planeta. Yo celebro esta noticia; cuando lo vi en una entrevista, me dije: “Si yo fuera editora, publicaría esto ya”. Para Diego, más allá del análisis del estado de la democracia y sus tensiones, lo que justifica el libro es la solidez del pensamiento de Gaona: “Es un académico muy estructurado”, alguien capaz de ofrecer una lectura rigurosa en medio del ruido informativo. 

Por su parte, a Camila le llegan los manuscritos de forma constante a un correo abierto desde el que ella misma contesta “de la manera más respetuosa, clara y amable posible”, incluso cuando toca decir que no. Hay textos que necesitan más trabajo, vacíos que la edición no puede llenar, y comunicarlo “con el corazón arrugado” también hace parte del oficio; aun así, muchos autores le agradecen ser leídos en un medio donde el silencio abunda. Al elegir qué publicar no prioriza la novedad, sino el compromiso del texto con su propio mundo y su capacidad para sostener su propuesta. Sobre el mercado, admite su carácter impredecible; por eso, la editorial opta por una decisión que da cuenta de su ética de trabajo: confiar en el criterio propio y publicar, sin demasiadas concesiones, aquello en lo que cree.

Continúe leyendo esta entrevista en la segunda parte.

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