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María Elvira SDamper y Yolanda Ruiz
María Elvira Samper y Yolanda Ruiz.

María Elvira Samper y Yolanda Ruiz conversan sobre la menopausia y la vejez

Un podcast muy exitoso de María Elvira Samper y Yolanda Ruiz dio origen a 'Menopáusicas y más', un libro que habla de lo que viven y sienten las mujeres que atraviesan la menopausia, pero que también les interesa a las jóvenes que van a vivirla y a los hombres que comparten la vida con ellas.

Por: Eduardo Arias

Menopáusicas y más es un libro de las reconocidas periodistas María Elvira Samper y Yolanda Ruiz. Es un complemento de Menopáusicas y qué, el muy exitoso pódcast que ellas dirigen y presentan. El libro no recopila fragmentos de los programas. Es el resultado de una muy juiciosa investigación sobre la menopausia y la calidad de vida de las mujeres que llegan a los 50 años de edad. Pero no está sólo dirigido a ellas. Es de gran importancia e interés para las mujeres más jóvenes que en algún momento enfrentarán la menopausia, y también para que los hombres entiendan la naturaleza y las causas de ese estado.

Quienes se suscriban por un año a CAMBIO recibirán de regalo este libro, ideal en el mes de las madres para entenderlas y también acompañarlas. CAMBIO conversó con ellas acerca del libro, del podcast y de muchos temas relacionados con la menopausia y la vejez. Estas son las ideas, reflexiones y opiniones que dejaron.

Promo del libro menopáusicas y más

Así surgió el pódcast Menopáusicas y qué

Yolanda Ruiz: El pódcast viene de dos fuentes. Una, los insultos que empecé a recibir relacionados con mi edad. Desde que yo estoy en X, antes Twitter, me han dicho paraca, guerrillera, vendida, prepago, puta, zorra, loca… de todo. Pero en un momento empezaron a aparecer los insultos relativos a la edad: “Vieja menopáusica”. Eso pasó en simultánea cuando yo veía en las redes que las mujeres en el mundo estaban hablando de vejez y menopausia de manera muy abierta. Mujeres referentes, como Michelle Obama, o actrices muy reconocidas como Sofía Vergara. Yo dije: “Bueno, pues para mí ser vieja nunca ha sido un problema”. La otra fuente es que a mí me ha apasionado mucho el tema de la vejez y de la longevidad. La sabiduría acumulada. Me impresiona el desprecio a los viejos, que tienen la sabiduría acumulada de las sociedades y sin esa sabiduría acumulada las sociedades no pueden existir. Uno de los proyectos que hice en RCN fue Legados, que era hablar con viejos. Ahí hay un capítulo contigo.

María Elvira Samper: (Risas) De hace 30 años.

Y. R.: María me lleva a mí 18 años. Fue en 2010, cuando ganaste el premio Simón Bolívar a la Vida y Obra. Con María Elvira estábamos con ganas de hacer algo juntas, habíamos quedado aburridas cuando salimos de RCN. En los primeros pilotos que intentamos de un programa de opinión…

M. E. S.: …y fallamos con total éxito. A mí me pasó de esta manera. Yo decía: “Huy, es que las madrugadas a las 5 de la mañana eran tenaces”. Y dije: “Ay, qué delicia el día que no tenga que madrugar, el día que no tenga que hacer nada”. Cuadré mi salida después de que se fue a Yolanda. El primer lunes…

Y. R.: ¡Qué dicha apagar el despertador!

M. E.S.: Sí. Y si suena, no levantarse, no tener la rutina de tener que leerse el periódico… La primera vez me desayuné en la cama con mi cafecito y mi arepita. Así, una semana. Al siguiente lunes dije: “No. Eso de amanecer uno desayunado y ya está no es para mí”. Seguimos hablando, Yolanda propuso este tema y dijimos: “Hagámosle”. Al mes, mes y medio, era la locura.

El estilo personal

M. E. S.: Fue un consejo que nos dieron: “No tomen distancia”. Uno como periodista tiene pudores de hablar de uno. Acá, el secreto es hablar de uno mismo. “Si este par de viejas no duermen, se les aburrió el marido… a nosotros también nos puede pasar”. Es una manera de acercarnos a la gente con las anécdotas personales y decir: “Nosotras no estamos tomando distancia”.

Y. R.: No es el médico hombre analizando la menopausia. Es nosotras pasamos por ahí y nos dio el calor.

El alcance del pódcast

Y. R.: Me impresiona la cantidad de mujeres que ven el pódcast, que nos escriben, que cuentan unas historias impresionantes. Yo todavía no salgo del asombro de lo que ha significado la conversación de las menopáusicas. Hemos hecho esfuerzos por entender y, obvio, son muchas las posibles causas. Existe un silencio perpetuo sobre la menopausia. Tú no hablas de menopausia, tú no dices en una visita “tengo un calor menopáusico”, tal como las mujeres de nuestra generación no hablábamos de la menstruación. Eso no se decía en voz alta. Entonces hemos quebrado ese silencio.

M. E. S.: Empezar a entender eso es clave. La conversación es muy importante y esa conversación estaba pendiente. La de la menopausia, la de la muerte…

Y. R.: …y la de las rabias, la de las jarteras, las de las cosas chéveres. Nosotras decimos siempre: “Aquí nos reímos, aquí echamos chisme, aquí echamos rulo”. Y tocamos temas que son de fondo desde lo privado. Mucha gente que dice que son asuntos íntimos y muy personales. Pero también son tremendamente políticos porque son debates que no se han dado.

Casos que les llamaron la atención

M. E. S.: A mí me sedujo mucho una campesina de Sesquilé. Ella tenía una vida con un señor, y con su plata y su trabajo hizo una casa. Se separaron y el señor, en convivencia con un tinterillo de esos de la alcaldía, le robó la casa. La señora tiene hoy 70 y pico de años. Entonces le llega la pandemia y dice: “No nos podemos quedar así, y entonces yo vendo lechugas, usted vende pollo, hagamos una mini cooperativa”. Y usted no se imagina esa señora. No tiene casa, pero trabaja y creó la cooperativa. Es una mujer llena de vida que hizo un mercadito campesino donde cada uno dice: “Juntemos las lechugas suyas con las mías y los huevos suyos con los míos y los té de hierbas”. Entonces, hay unos resortes que saltan.

Y. R.: A una señora vecina campesina que trabaja desde las tres de la mañana, el marido le pegaba. Lo único que hizo un día fue ponerle al tipo la olla llena de frijoles en la cabeza. Fue su único acto de liberación. Pero de resto, ¿cuál es su destino? Trabajar hasta que se muera.

M. E. S.: A mí una de las entrevistas que me dejó rota de verdad fue la de una conductora del SITP nerviosísima, y que nunca en su vida había hablado en público y nos cuenta también un comienzo de su vida relativamente cómodo y, no me acuerdo en qué circunstancias, la vida termina en cero y después de muchos años acaba de conductora de bus. Pues la conclusión de la conversación es: “No tengo amigos. Yo no tengo pareja. Yo llego a mi trabajo, cumplo con mi trabajo, yo guardo mi uniforme y encima todo uno se tiene que subir al bus y mamarse —nos lo dijo en esas palabras—, que lo insulten a uno”. ¡Oh, sorpresa! Quedamos destrozadas, porque en las entrevistas siempre hay unos niveles de risa, pero en esta era una cosa como opaca, como muy dolorosa. Nos llega un mensaje que dice: “Logré mi proyecto. Tengo la finca con gallinas y estoy muy feliz. Vivo en Villavicencio y descubr,í gracias a la conversación con ustedes, que la posibilidad de cambiar estaba en mí”. No puede ser que esa conversación haya cambiado la vida de una persona, que haya pasado de la sombra a la luz sin proponérselo. No era nuestro objetivo salvar a la señora.

Y. R.: Cristina, una antropóloga, hizo fiesta para celebrar la menopausia, dijo: “Los rituales de transición son importantes en la vida de las personas, y así como hacemos fiesta de 15, porque pasan de la niñez a ser mujeres, pues por qué no celebrar la transición a la menopausia. Entonces hizo tremenda fiesta y decía: “Hay que convertir en orgullo aquello que a nosotros nos intentan decir que es un problema”.

Tejer redes de afecto y de cuidado

M. E. S.: Una cosa que nos impresionó mucho fue que en la primera presentación que hicimos, en Compensar ante 300 personas, estábamos hablando y entonces llegó el espacio de las preguntas del público. Se para una señora llorando y nos dice que ella vive deprimida, pero que no puede conversar eso ni con su marido ni con sus hijos. Que ella espera que se vayan de la casa para meterse a un cuarto a llorar. No habló con su familia, sino en un teatro ante 300 personas desconocidas. En una esquina se para un señor y dice: “Señora, yo soy psicólogo. Usted no tiene por qué vivir deprimida: yo la atiendo gratis en mi consultorio, porque usted no puede seguir viviendo así”.

Y. R.: Marcela, fisioterapeuta, va a atender a Adriana Arango, periodista con artritis. “La puedo ayudar con ejercicios”.

M. E. S.: Una señora me paró en un D1 y me dijo: “Estoy tan feliz: por primera vez estoy diciendo que soy menopáusica y tengo un grupo de amigas que nos reunimos a morirnos de la risa y todas hablamos de los sofocos, de cuando nos jartan los maridos”. Y otra me contó que tiene un grupo de personas que ni se conocen que tienen una membresía: “Hay cine… ¿quién se apunta al cine?”. Van a jugar bingo, o se unen para bordar. Una conclusión clave de algunos estudios de Harvard es la importancia de tejer redes. Y la clave, los afectos.

Y. R.: Es clara la importancia de una buena alimentación y del ejercicio. Pero si tú no tienes una red de afectos, la que sea: familia, amigos, vecinos, combo de bordado, comunidad, los que se encuentran con el perro en el parque…

M. E. S.: …los viejos que se van a tomar café todo el día en Unicentro y están contentos…

Y.R.: … los que se reúnen en los parques con sus perros… sin eso no hay salud. En general para cualquier edad, pero en la vejez es absolutamente vital. Es clave para una buena vejez y una longevidad sana.

M. E. S.: Leí una entrevista de un sicólogo que lleva 30 años estudiando el cerebro social y señala: “La soledad mata de las formas que uno menos se imagina. La soledad y el aislamiento aumentan el riesgo de depresión, de infarto, de enfermedades. La falta de redes de apoyo y el aislamiento son mortales”.

Yolanda Ruiz y María Elvira Samper
Yolanda Ruiz y María Elvira Samper abordan la menopausia desde la experiencia y el periodismo

Entre los recuerdos y la acción

M. E. S.: Leyendo el libro Bonus track de Mauricio Reina hay una frase que dice: “Los recuerdos son una forma de supervivencia”. La gente recuerda para sentir que está viva, y por eso el miedo al Alzheimer, a perderse, a olvidar, porque al final somos lo que vivimos, que es lo que recordamos.

Y. R.: Pero, en términos de vejez, yo sí creo más que una vejez sana es tener motivos, los que sean, pero levantarse con una idea: “Hoy voy a hacer la mermelada de mora”. Hay gente que sigue trabajando. Hay otros que no tienen alternativa y se levantan a ganarse el pan de cada día porque no tienen una pensión, que además es un altísimo porcentaje de personas. Eso es lo otro que se nos olvida.

Adaptar al país a las nuevas realidades demográficas

M. E. S.: A usted no la pueden descargar del inventario cuando están subiendo las expectativas de vida. Uno a los 57 años está muy bien como para que le digan: “Como usted ya se jubiló y no puede tener hijos, váyase para la casa”. Esa sacralización de la juventud y lo digital ha vuelto a los jóvenes más sobraditos, porque uno sí se traba mucho con el celular. Pero lo que no se dan cuenta es que esas dos habilidades se pueden mezclar. El de 30 y pico que maneja todos los aparatos no tiene la experiencia acumulada ni tiene el criterio y el contexto de muchas cosas.

Y. R.: “Como terminó tu etapa reproductiva, tú eres desechable”. Y no, aquí estamos. Pero además lo hemos probado con no sé cuántas mujeres, que son tan impresionantes.

M. E. S.: Pero además yo creo que estamos rezagados. Está creciendo cada vez la población de mayor edad. Dentro de nada somos el 20 por ciento. Y resulta que el ciclo de trabajo sigue siendo el mismo. Tenemos que pensar en reformas de educación continuada, no botar a la gente cuando cumple cierta edad, ampliar la edad de jubilación y permitir los trabajos por horas.

Preparar las personas para la vejez

M. E. S.: Los jóvenes piensan que la juventud es eterna. Creen que se van a comer el mundo y no piensan en proveer para la vejez. Debe establecerse algo que no tuvimos nosotros: educación financiera. A la gente hay que enseñarle a manejar sus recursos.

Y. R.: Y eso hay que enseñarlo desde el colegio. Cosas básicas. “No se gaste que lo que no tiene”, por ejemplo. Es algo elemental.

M. E. S.: De ahí la importancia de que haya unos planes de formalizar a la gente. El sistema de salud está sostenido en cuatro gatos. Muy poquitos contribuyen. Y lo mismo sucede con los impuestos. A los jóvenes de ahora les va a quedar cuesta arriba. Uno es muy pequeño burgués en eso. Yo siempre pensaba en la casita donde pueda envejecer tranquila.

Y. R.: Pero yo creo que, al llegar a estas edades, pensar así nos da la razón. Cuando uno ve personas de nuestra generación que llegaron a la vejez sin un techo. Cuando tú tienes que empezar por levantarte lo del arriendo es mucho más complicado. Yo tengo gente cercana sin pensión, sin casa y en unas circunstancias... Cuando tú tienes 65, 70, 75 años ya es muy tarde para empezar.

Derecho a la muerte digna

M. E. S.: Uno no quiere ser la carga de nadie. Deben preparar a las personas para que nadie se tenga que echar la carga de uno y decir: “Huy, esta vieja hay que ir a visitarla y hay que comprarle esto y lo otro”.

Y. R.: Por eso, el debate de muerte digna, de eutanasia, de suicidios asistidos, tiene que normalizarse mucho más porque ya están las normas. Lo que nos decía la doctora Ana Isabel Gómez, rectora de la Universidad del Rosario, es que los médicos tienen que ser educados en la bioética para que les hablen a sus pacientes y les digan: “Estas son sus opciones y usted puede firmar sus documentos. ¿Usted qué quiere? ¿Eutanasia, suicidio asistido, un encarnizamiento terapéutico, que no lo resuciten, que no lo conecten?”. Hay todo ese montón de alternativas. Tiene que abrirse esa discusión masivamente.

M. E. S.: Tenemos que empezar a normalizarlo. La religión es un peso, sobre todo en ciertas generaciones. Que es pecado, que tenemos la vida en las manos de Dios. Entonces uno sí tiene que poder diseñar cómo quiere morir. Si uno va a tener el valor de tomarse la pepita es otro problema pero deja todo arreglado. Yo respeto las ideas de los otros. El que quiera sufrir, que sufra.

Y. R.: Por eso me pareció tan interesante la doctora Gómez. Muy religiosa, muy católica, devota de la Virgen, pero es experta en bioética: “Yo soy creyente pero no le impongo mis creencias a los demás”. Como médica, como mujer experta en bioética dice: “Les enseño a mis alumnos que ellos tienen que respetar a los pacientes en sus creencias, en sus derechos, en sus individualidades”.

Menopáusicas y más, de Yolanda Ruiz y María Elvira Samper
Menopáusicas y más, de Yolanda Ruiz y María Elvira Samper, abre una conversación urgente sobre la menopausia

El despertar de la sociedad y los pendientes de la medicina

M. E. S.: Otra cosa que a mí me ha llamado la atención es que los hombres empiezan a interesarse por entender lo que les pasa con sus parejas o lo que les pasa a las tías o las mamás. También hay muchas jóvenes en las audiencias. Uno nos dijo que su plan es ver el programa con la mamá y la abuela. Y jóvenes que dicen: “Nos queremos preparar. Queremos saber de qué se trata”.

Y. R.: Pero los médicos tienen un pendiente enorme. Durante siglos, la medicina se enfocó en el modelo masculino. Hay enfermedades como el infarto con síntomas distintos en las mujeres y en los hombres. Toda la vida se buscaeron síntomas de infarto en hombres y en mujeres. De pronto, la mujer decía: “Es que me está como doliendo el hombro”. Puede ser síntoma de que te viene un infarto. En el hombre no, en la mujer sí.

M. E. S.: Leyendo en alguna investigación que hicieron médicos en Estados Unidos, la mujer llega a la clínica con un dolor. Ella tiene en general un umbral más alto del dolor. Entonces la mandan para la casa con un ibuprofeno. Y resulta que el infarto le da en la casa. Si llega un señor con ese dolor y la señora con ese dolor, a la señora la dejan esperando.

Y. R.: Porque el señor se quiere morir.

M. E. S.: Porque el síntoma es muy claro y el de la señora no es tan claro. Además, antes las mujeres no llegaban a la menopausia. El promedio de vida no daba para llegar a la menopausia, entonces son estudios muy recientes.

Y. R.: Y porque a las mujeres nos han estudiado sobre la base de la reproducción. O sea, la maternidad: “Cuando dejas de ser reproductiva no nos interesa lo que pase con tu vida después. Como ya paró la menstruación, tú ya no te reproduces. Para nosotros no eres tan importante en la ciencia como para investigar qué pasa con tu vida después de la menopausia”.

A manera de conclusión

Y. R.: No hay un estereotipo de mujer menopáusica. Somos muy diversas, cada mujer es un universo. Pero al mismo tiempo, y puede parecer paradójico, sin importar tu nivel social, tu profesión o el lugar donde estás, nos atraviesan emociones muy similares en distintas circunstancias. Hay dolores, alegrías, preocupaciones, todo eso que va de punta a punta y en eso somos muy iguales.

M. E. S.: La menopausia no es una enfermedad. Es inevitable, pero el sufrimiento se puede evitar si se habla, se consulta, si se informa. Es muy importante informarse.

Y. R.: La sociedad tiene un pendiente en esa materia. O sea, que todas las mujeres menopáusicas puedan tener acceso a los alivios ya disponibles, a la terapia hormonal, a sicólogo y estamos lejos de que eso sea así. O sea, estamos muy lejos. La mayoría de las mujeres menopáusicas y mayores no tienen acceso a nada.

M. E. S.: No hay en las universidades una especialización en menopausia y eso se necesita. Para allá vamos todas las mujeres. Como decía el comercial: “Tarde o temprano también tu nevera será Philips”.

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