
Frente al derrumbe de la razón
‘Antes de perder el juicio’, de Mauricio García Villegas, es un ejercicio de pensamiento y análisis muy necesario en estos tiempos dominados por las noticias falsas, la propaganda y el consumo desmedido de contenidos efímeros y sin contexto.
Por: Eduardo Arias
¿Qué se hizo la ciencia? ¿Dónde está desterrada la racionalidad? ¿En dónde ha quedado engavetado el pensamiento crítico? En estos tiempos, la verdad y la sensatez parecen haber naufragado en los tormentosos mares de la propaganda, las manipulaciones de los algoritmos, las noticias falsas y el culto a la indignación y al odio. Mauricio García Villegas decidió tomar cartas en el asunto y en su libro titulado Antes de perder el juicio examina el origen de los grandes males del presente, y para ello devuelve al lector a los tiempos de la Ilustración, la reacción que generó y dio paso al romanticismo, que aún determina aspectos básicos y determinantes de la manera como se piensa y actúa en el presente.
García Villegas también hace un llamado para recuperar la racionalidad, restituir la confianza en la verdad y en la ciencia, y recuperar la sensatez, cada vez más ausente en los debates de estos tiempos que corren. El texto central es un gran ensayo en el que aparecen recuadros en gris que aportan explicaciones adicionales y que, dice el autor, equivalen a las citas a pie de página de los textos académicos. El libro también trae ocho entremeses repartidos a lo largo del texto en los que el autor agrega cuentos, entrevistas ficticias y diálogos imaginarios que refuerzan el contenido central de la obra.
Mauricio García Villegas es doctor en Ciencia Política de la Universidad Católica de Lovaina,Bélgica, y doctor honoris causa por la Escuela Normal Superior de Paris-Saclay en Francia. Fue profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es investigador de Dejusticia y profesor afiliado del Instituto de Estudios Jurídicos de la Universidad de Wisconsin en Estados Unidos y del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Grenoble en Francia. Desde hace varios años escribe una columna en El Espectador. Entre sus libros recientes están La eficacia simbólica del derecho (2014), El orden de la libertad (2017), The powers of law (2018), Virtudes cercanas (2019), El país de las emociones tristes (2020) y El viejo malestar del Nuevo Mundo (2023). García Villegas respondió por escrito una serie de preguntas que le planteó CAMBIO acerca del libro.
CAMBIO: ¿Qué lo motivó a abordar un trabajo tan completo y ambicioso, en el buen sentido de la palabra?
Mauricio García Villegas: El actual empoderamiento de los charlatanes. De eso siempre ha habido, por supuesto: en la Grecia antigua estaban los sofistas, que no creían en la verdad y entrenaban a la gente, que pagaba por ello, en el arte de convencer a una audiencia de cualquier cosa. Para no ir tan lejos, Joseph Goebbels, el célebre ministro de la propaganda nazi, decía que con un buen conocimiento de la psiquis humana, es posible, a fuerza de insistir, convencer a la gente de que un cuadrado es, de hecho, un círculo. El auge de la publicidad, primero en la radio, luego en la televisión y las posibilidades que ofrece la tecnología digital, a través del algoritmo, para moldear e incluso manipular la mente humana, han aumentado exponencialmente la influencia de los charlatanes en el mundo, a tal punto que están poniendo en entredicho el periodismo, la verdad e incluso la democracia.
CAMBIO: ¿Qué entiende usted por la palabra juicio, al menos en el contexto del libro?
M. G. V.: La expresión “perder el juicio” se refiere a perder la racionalidad y con ella la capacidad para conversar, intercambiar argumentos, convencer y dejarse convencer. Sin esa facultad (la racionalidad) el ser humano está atrapado en una “torre de babel” en la que nadie se entiende con nadie. Vivimos en un mundo melindroso, en el que lo que vale es la percepción subjetiva, la manera como cada cual ve las cosas, y no las cosas en sí mismas. Hemos perdido aprecio por la realidad y por la verdad y se ha impuesto la idea (sofista) de que nada se puede conocer y de que si se puede conocer no se puede explicar. Esa actitud relativista es especialmente incapacitante para enfrentar los inmensos desafíos de nuestro tiempo: calentamiento global, migraciones, armamentismo nuclear, inteligencia artificial, etcétera. Los acuerdos fundados en la realidad son cada vez más urgentes, pero los desencuentros apalancados en la subjetividad son cada vez más frecuentes.
CAMBIO: Usted examina diferentes períodos del pensamiento (ilustración, romanticismo, post modernismo, por sólo citar tres)… ¿Hasta qué punto sirven para describir lo que ocurre en estos tiempos, esta falta de juicio?
M. G. V.: La idea de escribir este libro surgió en un seminario que dicté sobre la Ilustración y en el que la gran mayoría de mis estudiantes tenían una pésima idea de los ilustrados, entre ellos Voltaire, Hume, Rousseau, Kant y Diderot, que fueron los grandes defensores de la racionalidad, la ciencia y la conversación. Mis estudiantes acusaban a estos pensadores de haber engendrado, con su defensa de la ciencia y la racionalidad, los males del mundo actual, con una naturaleza destruida y un capitalismo materialista y desalmado. Lo que hago en el libro es mostrar que no solo los ilustrados no merecen semejante reputación, sino que los culpables no fueron ellos sino sus enemigos, empezando por los románticos del siglo XIX (Hamann, Herder, Fichte), que odiaban (con buenas razones) todo lo que fuera francés, racional, universal y veneraban todo lo que fuera local, subjetivo, tradicional, emocional, volitivo y subjetivo y, siguiendo con Nietzsche, los existencialistas, los posmodernos y los wokistas, todos ellos escépticos y no pocos nihilistas. Pero el derrumbe de los ideales ilustrados (de racionalidad y universalidad) no sólo se explica por el triunfo de los intelectuales promotores del relativismo, sino también por el triunfo de un proyecto de sociedad jalonado por un individualismo hedonista (aupado por la sociedad de consumo) que es presa fácil de la propaganda y las imágenes publicitarias. Las ilusiones humanistas de la modernidad se desvanecieron en el camino del progreso económico y la rentabilidad del dinero. La explicación sobre el derrumbe de la Ilustración es más compleja, por supuesto, pero por ahí va la hipótesis de este libro.
CAMBIO: En su opinión, ¿qué “tan tan tan” culpable es la tecnología de lo que vivimos ahora? ¿Qué papel han jugado instancias como los sistemas educativos, los medios de comunicación llamados tradicionales, las religiones, el comportamiento mismo de políticos y estados considerados como democráticos… en la conformación de lo que podría denominarse “el ciudadano promedio” de hoy?
M. G. V.: Los dueños de las empresas digitales encontraron una mina de oro en el cerebro humano y más concretamente en nuestro apetito insaciable por las siguientes cinco cosas: buscar información, ser reconocidos, odiar a los enemigos, venerar a los héroes y divertirnos. La ejecución de cada una de estas tareas produce un chorrito de dopamina en el cerebro que nos da placer y las redes sociales nos entregan todo eso en abundancia y nosotros lo recibimos como si fuera un regalo. Pero no lo es, es una trampa que nos vuelve adictos a una tecnología que no nos da libertad sino que nos la quita, porque lo que nos ofrece no es simplemente lo que queremos, sino la reconfiguración, por no decir la manipulación, de lo que queremos. El algoritmo satisface nuestros gustos, pero al mismo tiempo los moldea, los adapta y los dirige por el camino que las empresas digitales o las campañas políticas han predispuesto.
Los ilustrados europeos del siglo XVIII sostuvieron que las personas podían, por medio de la razón, gobernarse a sí mismas, y liberarse de la opresión que sobre ellos ejercían los clérigos y los monarcas. De ahí el célebre llamado de Emanuel Kant de “atreverse a pensar” (Sapere aude). Para lograr esa autonomía, esa libertad, para no depender de charlatanes y opresores, decían, hay que apoyarse en la ciencia y en la conversación razonada. Hoy estamos perdiendo ese ideal al delegar la mayor parte de nuestras decisiones en las máquinas de IA; esa delegación nos hace más torpes, menos inteligentes (el cerebro, como cualquier parte del cuerpo, hay que ejercitarlo, de lo contrario se atrofia) y, por supuesto, menos libres.

CAMBIO: Usted dice que la tecnología digital nos prometió una cosa y nos entregó otra completamente distinta. ¿Cuál fue el engaño?
M. G. V.: Hasta 2013 se creía que la tecnología digital serviría para conectarnos más, para volvernos más participativos, para acelerar el intercambio de ideas, para argumentar con más elementos de juicio, para tener democracias más fuertes y para ser más inteligentes. No obstante, lo que hoy vemos es justo lo contrario: aislamiento, soledad, incomunicación, algarabía, malestar social, democracias amenazadas, avance del iliberalismo, de la irracionalidad, de la mentira, del entretenimiento barato, de la pérdida de la memoria, del deterioro de la inteligencia colectiva y, como elemento aglutinador de todo esto, el avance de un ethos individualista y frívolo.
La tecnología digital está, además, destruyendo la democracia y la razón es esta: los científicos sociales explicaban la distribución de las opiniones políticas a partir de un espectro que va de la extrema derecha a la extrema izquierda; eso sigue siendo válido, pero es cada vez menos relevante, porque ahora hay otro espectro, que no es real, sino virtual, donde la distribución de las opiniones es distinta, porque allí los radicales están sobrerrepresentados, y eso debido a que los moderados, los que ven la realidad en su complejidad, se fastidian con la algarabía y la polarización de las redes y se salen. El resultado es que cuando los periodistas y los políticos siguen a los radicales de las redes (como de hecho ocurre) es posible que los votantes hagan lo mismo y que quien resulte elegido represente al espectro virtual y no al real.
Lo digo en otros términos, el voto depende cada vez más de lo que pasa en las redes sociales, en donde los radicales representan un porcentaje mayor del que realmente tienen en la sociedad. Así se acaba con el ideal de la democracia, entendida como el reflejo de la voluntad popular real.
CAMBIO: ¿Qué reflexiones le ha dejado este libro como investigador y autor?
M. G. V.: No escribo mis libros por saber mucho de un tema sino porque, sabiendo algo, quiero, en el proceso de elaboración, que es de mucha lectura y escritura, aprender más. Yo entendí muchas cosas haciendo este libro: lo vulnerable que es la racionalidad ante las pasiones (lo fuertes que son los sesgos cognitivos); la facilidad con la que los humanos nos dejamos llevar por los odios, el tribalismo; lo mucho que adaptamos la realidad a lo que creemos, que es todo lo contrario del espíritu científico y de la conciencia de realidad. Pero al lado de esos hechos lamentables también sé que no estamos condenados a lo irracional; que la conversación entre gente que piensa diferente es no solo posible sino que puede ser redentora; que vale la pena meterse en los zapatos de nuestros enemigos para tratar de entender por qué piensan como piensan y, sobre todo, porqué sienten como sienten, y que la convivencia social solo se logra con una dosis de humildad cognitiva, aceptando que no nos las sabemos todas, que el mundo no está dividido entre buenos y malos y que todo es más complejo, menos caricatural, de lo que aparece en los medios y en las redes sociales.
CAMBIO: ¿Nos podría decir algo sobre el estilo del libro, que no es un texto académico sino un ensayo que contiene incluso partes de ficción?
M. G. V.: Yo me dedico al ensayo, que es un género literario en el que el autor se mete en la trama del libro (con referencias a su vida y anécdotas personales), expone sus dudas, se retracta, muestra lo complejas que son las cosas, habla de literatura y de arte, excluya toda actitud militante y dice todo eso en un lenguaje amable y creativo que no aburra al lector. No sé si lo logré, pero hice lo posible.
CAMBIO: ¿Podría usted recomendar cinco libros, ojalá en castellano y disponibles en Colombia así sea a través de plataformas, que aborden estos temas y estos llamados a la cordura intelectual?
M. G. V.: Sí, pueden ser, entre muchos posibles, los siguientes:
Stephen Zweig, Montaigne, Acantilado, 2020
Nuccio Ordine, Los hombres no son islas, Acantilado, 2022
Rutger Bregman, Dignos de ser humanos, Anagrama, 2021
Steven Pinker, Los ángeles que llevamos dentro, Paidós, 2012
Guliano da Empoli, La hora de los depredadores, Seix Barral, 2026
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