Ir al contenido principal
Democracia y modestia
Trump firma la orden ejecutiva que renombra al Pentágono como Departamento de Guerra: "Es un mensaje de victoria".

Democracia y modestia

La arrogancia de algunos poderosos gobernantes, unida a la humildad de los gobernados, es la clave de una fórmula política que vuelve hoy por sus fueros y que combina el autoritarismo del líder con la sumisión de su pueblo.

Por: Mauricio García Villegas

Los antiguos griegos discutían si el “gobierno de los hombres” era mejor que el “gobierno de las leyes”. Los partidarios de lo primero decían que las riendas del poder deben estar en las manos de los individuos más sobresalientes porque no tendría sentido someterlos a leyes que nadie haría mejor que ellos. Los defensores de lo segundo, en cambio, decían que el ejercicio del poder malogra a los humanos, los vuelve codiciosos y soberbios y por eso hay que establecer leyes sabias que le pongan coto a sus pasiones. 

Especial Imaginar la Democracia

Ambas teorías valoran de manera distinta la condición humana: de manera optimista, en el primer caso, y pesimista en el segundo. 

Las teorías autoritarias del poder político, desde la tiranía más sorda hasta lo que se conoce hoy como democracias iliberales, pasando por distintas formas de populismo, se nutren de la idea griega de que la sociedad necesita, sobre todo en los momentos críticos, de un líder imperioso, sin ataduras, que la saque adelante. 

La democracia constitucional, en cambio, al menos tal como la entendemos hoy, es heredera de la tradición del gobierno de las leyes y por eso desconfía de lo que puede pasar con un individuo que, de un momento a otro, se convierte en gobernante con poder, reconocimiento y dinero, lo cual puede trastocar sus valores. “Establecer controles al mandatario —decía Madison en el Federalista _# 51_—, es una necesidad que deriva de la naturaleza humana”. 

En el modelo autoritario la sociedad deposita sus esperanzas en la voluntad del líder; en el democrático, la deposita en la combinación de constituciones sabias y gobernantes respetuosos de la legalidad.

En el modelo autoritario la sociedad deposita sus esperanzas en la voluntad del líder; en el democrático, la deposita en la combinación de constituciones sabias y gobernantes respetuosos de la legalidad

En la práctica, todo esto se suele traducir en el contraste entre la arrogancia y la templanza como rasgos del carácter del gobernante. Algunos filósofos de la antigua Grecia, como Calicles o Trasímaco, estiman que la arrogancia era una cualidad del gobernante, tanto como lo es su poder ilimitado y su voluntad irrestricta. Para Aristóteles, en cambio, la templanza, es decir la moderación, es una virtud esencial del gobernante porque asegura que las decisiones políticas se basen en la inteligencia y la ley, no en pasiones egoístas o impulsivas. 

La idea del gobierno de los hombres se sintoniza con gobernantes arrogantes y la idea del gobierno de las leyes se acopla con gobernantes moderados. 

2. 

En el último informe del V-Dem Institute, una prestigiosa organización sueca que mide el estado de la democracia en el mundo, publicado hace un par de semanas, se muestra cómo la democracia ha vuelto a los niveles que tenía en 1978, echando por la borda los logros de la ‘tercera ola de democratización’, que comenzó en 1974 en Portugal. Incluso en Europa occidental y América del Norte la democracia se encuentra en su nivel más bajo de los últimos 50 años. 

En Europa occidental y América del Norte la democracia se encuentra en su nivel más bajo de los últimos 50 años

Si observamos el retroceso de la democracia desde el punto de vista del ejercicio del poder, lo que vemos es, para seguir con la perspectiva de los antiguos griegos, el avance de la arrogancia en detrimento de la templanza.

3. 

El progreso de la arrogancia está, en buena medida, asociado a la creencia (a veces por convicción y a veces por conveniencia) de que la religión es un valor supremo que se sobrepone a la ley y que el gobernante es, ante todo, un defensor de la fe de su pueblo. 

El progreso de la arrogancia está, en buena medida, asociado a la creencia de que la religión es un valor supremo que se sobrepone a la ley y que el gobernante es, ante todo, un defensor de la fe de su pueblo

Irán es régimen despótico, gobernado por ayatolas convencidos de seguir la voluntad de Dios, creador del Universo, quien escogió a ellos y a su pueblo para salvar la humanidad. Por eso no les tiembla la mano cuando tienen que encarcelar, torturar o matar a sus opositores, incluso a sus propios compatriotas. Eso mismo pasaba en la Europa absolutista de antes de la Revolución francesa, cuando los reyes no tenían que dar explicación de nada porque se suponía que todo lo que hacían Dios lo quería. Por eso existían las lettres de cachet, unas órdenes siniestras que el rey enviaba a la Policía para que arrestara a alguien sin juicio previo ni justificación distinta a la de la soberana voluntad. Tal vez la expresión más colosal de la arrogancia monárquica es la frase que ponían en sus órdenes, al final, y que se limitaba a esto: “porque así lo quiero”. 

Los Estados Unidos, del otro lado del conflicto actual, se rige por una democracia constitucional. O se regía, porque como lo muestra el informe V-Dem, el ascenso de una extrema derecha cristiana supremacista en los últimos años ha desdibujado el régimen estadounidense hasta degradarlo al nivel de países poco democráticos, como Hungría o Turquía. Esa caída tiene mucho que ver con el retroceso de la legalidad a manos de la religión. Trump no es un ayatola, pero luego del atentado que sufrió en Pensilvania en 2024 dice estar convencido de haber sido salvado por Dios para hacer grande a los Estados Unidos nuevamente. Su proyecto político está íntimamente asociado con una sociedad fundada en principios religiosos y eso se manifiesta, entre otras cosas, en la manera como está siendo conducida la guerra contra Irán. Pete Hegseth, el secretario de Defensa, habla de la capacidad de su Ejército para enviar, desde el cielo, “muerte y destrucción” sobre sus “apocalípticos” enemigos iraníes. Por eso, su frecuente llamado a orar “cada día, de rodillas, en familia, en las escuelas, en las iglesias” por la victoria y “en el nombre de Jesucristo”.

El ascenso de una extrema derecha cristiana supremacista en los últimos años ha desdibujado el régimen estadounidense hasta degradarlo al nivel de países poco democráticos

En todos estos casos, el de los ayatolas, los reyes absolutistas y Trump, para no hablar de Israel, otra democracia capturada por religiosos fundamentalistas, hay una mezcla natural de religión y patriotismo que surge de poner la fe en Dios y a su pueblo elegido en el mismo relato. 

Tal vez no sobre agregar que la arrogancia religiosa es compatible con la humildad de los fieles. Los cristianos (no todos, por supuesto) se sienten infinitamente pequeños ante su Dios, pero ven con menosprecio y a veces con odio a los otros pueblos. La desmesura en su humildad teológica contrasta con el exceso de su jactancia política. El creyente (de nuevo, no todos) se arrodilla, se da golpes de pecho, ayuna, se pone una cruz de ceniza en la frente (“polvo eres y en polvo te convertirás”), implora piedad, reconoce su pequeñez y luego le pide al Dios todopoderoso que le ayude a exterminar a sus enemigos. Creo que fue Stefan Zweig quien dijo que, como persona, Martín Lutero era un tipo amable, pero que, como teólogo, no tenía piedad. Esta mezcla extraña de arrogancia y humildad es la clave de una fórmula política que vuelve hoy por sus fueros y que combina el autoritarismo del líder con la sumisión de su pueblo.

4. 

Quienes concibieron la democracia constitucional sabían que los gobernantes caen fácilmente en los espejismos de las ideologías, de las religiones y de sus propias pasiones e intereses; por eso diseñaron instituciones (reglas) que favorecen, en la medida de lo posible, la templanza de los gobernantes. Su visión pesimista, o al menos escéptica de la condición humana, los llevó a ponerle talanqueras a la voluntad política. Es muy conocida la frase de Madison que dice “si los hombres fueran ángeles, no sería necesario ningún gobierno” (Federalista # 51) y si los gobernantes fueran ángeles, no sería necesarios controlarlos. En las sociedades humanas, en cambio, no solo el gobierno debe poder limitar a los gobernados, sino que estos deben poder limitar al gobierno. Es bien sabido que ambos, mandatarios y pueblo, pueden ser presa de sus pasiones y por eso la democracia constitucional contempla reglas exigentes, como el control constitucional de las leyes, para evitar que eso ocurra. 

Quienes concibieron la democracia constitucional sabían que los gobernantes caen fácilmente en los espejismos de las ideologías, de las religiones y de sus propias pasiones e intereses

En últimas, el gobierno de las leyes supone que una sociedad avanza más decididamente hacia el progreso y el bienestar de su población cuando busca el cambio social de manera acompasada, con reformas escalonadas, extendidas durante varios mandatos y hechas a partir del consenso, la deliberación y el conocimiento. Por eso, la moderación es una buena acompañante de la democracia.

Finalización del artículo

Comentar este artículo

Aún no hay comentarios

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir artículo en redes sociales