
Guerra internacional y democracia: una relación tóxica
Un análisis de cómo el uso eventual de la fuerza en los conflictos entre Estados termina debilitando las bases y los pilares fundamentales del funcionamiento de los regímenes democráticos.
Por: Sandra Borda Guzmán
En el análisis de la relación entre guerra y democracia la más básica de las reglas, la de la teoría de la paz democrática, sugirió que aquellos países con democracias sólidas eran poco proclives a utilizar la fuerza en el sistema internacional. Después de mirar la cosa con un poco más de cuidado, se llegó a la conclusión de que la regla merecía una aclaración adicional: las democracias son poco amigas de usar la fuerza en contra de otras democracias; pero cuando se trata de regímenes no democráticos, son menos temerosas y, al contrario, pueden llegar a ser tremendamente agresivas. Una de las razones que explica este comportamiento es (era) una de principio: su convencimiento de que un sistema internacional compuesto por democracias a su imagen y semejanza es más pacífico y estable, y las lleva a querer intervenir en otros países para lograr el resultado deseado. La gran mayoría de las veces el anhelo solo no alcanza y la empresa militar termina no logrando el objetivo para el que fue concebida, pero la conciencia queda tranquila porque se actuó —así solo sea discursivamente— por principio.
Especial Imaginar la Democracia
Las democracias son poco amigas de usar la fuerza en contra de otras democracias; pero cuando se trata de regímenes no democráticos, son menos temerosas y, al contrario, pueden llegar a ser tremendamente agresivas
Mucho ha pasado desde que los teóricos de la paz democrática llegaron a este par de conclusiones. Muy lejos está, particularmente hablando, el Estados Unidos que justificaba, genuina o hipócritamente, sus intervenciones militares en el resto del mundo como una forma de propagación del régimen democrático. Recientemente, en las intervenciones en Venezuela y en Irán, el hecho de que ambos países fueran regímenes autoritarios jugó más bien un papel secundario y muy lejos estuvo Washington de exponer una transición a la democracia como el motivo primario que justificara la violación a la soberanía y el derecho a la no intervención que tuvo lugar. En otras épocas, esa violación a esas normas del derecho internacional era justificada con base en la necesidad de proteger a aquellos que son víctimas del régimen totalitario. Ya ese argumento, aunque desgastado y poco creíble, es parte del pasado. Por lo menos, dirán algunos, ahora los motivos se exponen con más crudeza y más franqueza (aunque poco le sirva semejante nivel de honestidad a los que, sin tener nada que ver, terminan padeciendo las consecuencias de los enfrentamientos armados).
Pero este no es el único elemento en el que la relación entre guerra y democracia ha sufrido transformaciones importantes. El proceso mismo de toma de decisiones alrededor del uso eventual de la fuerza es uno que puede fortalecer o debilitar las bases y los pilares fundamentales del funcionamiento de los regímenes democráticos. En muchos de los sistemas democráticos, la decisión de usar la fuerza es y debe ser objeto de los pesos y contrapesos. Para restringir el ya grande poder del Ejecutivo, el Congreso debe aprobar la utilización agresiva (no necesariamente la defensiva) de la fuerza. Ese es justamente el caso de Estados Unidos. Sin embargo, cada vez con más frecuencia y haciendo uso de argumentos más banales, los presidentes insistentemente se pasan por la faja esta regla y con ello solo contribuyen a que el poder ejecutivo acumule desproporcionadamente poder en detrimento de la división de poderes y de los pesos y contrapesos. Esto solo facilita el camino hacia un proceso de toma de decisiones más arbitrario y por tanto más frecuente y menos calculado. La decisión de atacar a Irán es un vivo reflejo de los problemas que esto genera.
En muchos de los sistemas democráticos, la decisión de usar la fuerza es y debe ser objeto de los pesos y contrapesos
La destrucción que la guerra genera es también un factor debilitador de las democracias o de las posibilidades de transitar hacia ellas en los países que son objeto de una guerra agresiva y de un uso de la fuerza desproporcional. La devastación en Gaza o el ataque a la infraestructura petrolera o de desalinización del agua en Irán, solo hacen menos probable que los regímenes totalitarios relajen su control y busquen una transformación en dirección de mayor apertura política. Todo lo contrario, ante la urgencia y la premura que genera un ataque militar, la tendencia es a cerrar los espacios de participación y a concentrar en manos de unos pocos el poder en aras, en teoría, de ser más efectivos en la defensa de los intereses nacionales. Un reporte reciente de The New York Times sugiere que, desde el comienzo de la guerra, se ha fortalecido el papel de la Guardia Revolucionaria Islámica (Sepāh). El efecto es casi lo opuesto a lo que sugería la teoría de la paz democrática: las guerras agresivas obligan a la implementación de estados de urgencia y excepción para gestar una defensa eficiente, y ello implica mayor concentración del poder, mayor papel de los militares, menos libertades y, en síntesis, menos posibilidades de transitar hacia la democracia.
La destrucción que la guerra genera es también un factor debilitador de las democracias o de las posibilidades de transitar hacia ellas en los países que son objeto de una guerra agresiva y de un uso de la fuerza desproporcional
Además de un deterioro de la dimensión puramente política de la democracia, esas formas de uso de la fuerza que llevan o que buscan la aniquilación completa o la rendición absoluta del enemigo, como sucede en Irán o Gaza, requieren de grandes niveles de destrucción y de una aproximación de “tierra arrasada”. El resultado normalmente lo vive con mucha más intensidad la población civil y semejantes márgenes de destrucción (basta ver las imágenes de Gaza) solo producen o profundizan los niveles de pobreza generados por el desplazamiento, por la pérdida de vivienda y de acceso a servicios. La guerra concebida de esta forma violenta de forma irreparable la garantía a los derechos económicos y sociales de los individuos que la enfrentan. El proceso de reconstrucción no solo es largo, sino que además puede ser objeto de luchas por los contratos y la riqueza que genera la reconstrucción, cosa que termina por producir más desplazamiento. Pero, además, la guerra entre Irán y Estados Unidos e Israel ha puesto en peligro la seguridad alimentaria global en la medida en que ha restringido el mercado de fertilizantes y, con ello, ha causado disrupciones en la labor agrícola y aumento en el precio de los alimentos en varios lugares del mundo. De nuevo, ello afecta los derechos económicos y sociales de muchos ciudadanos.
Otra dimensión más global de la democracia es aquella que concierne a la preservación colectiva de la seguridad. La Organización de las Naciones Unidas fue creada justamente con el propósito de regular el uso de la fuerza a nivel internacional y, de esta forma, mantener la estabilidad y evitar conflagraciones mundiales como las que tuvieron lugar en la primera mitad del siglo XX. Que el uso de la fuerza ofensiva deba ser autorizado y regulado por el Consejo de Seguridad es una forma de descentralizar (¿quizás democratizar?), al menos parcialmente, la capacidad de tomar esta decisión y de evitar que sea completamente unilateral. Hoy, el uso de la fuerza por parte de los Estados poderosos no toma en consideración, en lo más mínimo, esta arquitectura institucional. Ello ha minado considerablemente el muy leve margen de democracia que se había construido a nivel internacional y nos somete cada vez más al arbitrio de los poderes internacionales de turno.
Finalmente, ante la debilidad de las organizaciones internacionales y el fortalecimiento de la aproximación de “tierra arrasada” para librar estos conflictos internacionales, la comisión de delitos de lesa humanidad se hace cada día más masiva e inevitable. Trump amenaza con aniquilar una civilización completa, Israel cree que Irán debe quedar reducido a la nada y, a su vez, Irán aboga por la inexistencia de Israel. Cuando la guerra no es un mecanismo para tramitar un agravio o una forma de acumular más poder sino el medio a través del cual se busca la completa desaparición del otro, la violación a los derechos básicos de los ciudadanos empieza a ser parte del paisaje. Es perfectamente normal y no sorprenden entonces las violaciones sistemáticas al Derecho Internacional Humanitario. A juzgar por lo sucedido en Gaza y en Irán, el esfuerzo por proteger a la población civil de los enfrentamientos militares ya parece un asunto del pasado y que no les genera grandes preocupaciones a los poderes de turno. Si en algún momento se pensó que había que intentar al menos humanizar la guerra, hoy esa intención ha desaparecido del panorama y no hay quien pueda proteger a los ciudadanos de los ánimos bélicos de los estados.
Ante la debilidad de las organizaciones internacionales y el fortalecimiento de la aproximación de tierra arrasada para librar estos conflictos internacionales, la comisión de delitos de lesa humanidad se hace cada día más masiva e inevitable
La guerra se ha convertido entonces en el conducto a través del cual el poder del Estado atenta directamente contra los civiles que viven en el Estado enemigo; la guerra convierte al Estado en el enemigo a muerte de los ciudadanos y no creo que haya una tergiversación más grande de la relación entre ciudadano y Estado que propone el régimen democrático que esa que traen consigo las guerras internacionales de nuestro tiempo.
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