
Hacia el centenario de las Bananeras
Este 6 de diciembre se cumplen 97 años de la huelga y masacre de las Bananeras. Con ese motivo, Mauricio Trujillo, en análisis exclusivo para CAMBIO, hace un retrato de lo ocurrido y da el desarrollo histórico de ese hecho que por muchos años casi se mantuvo en silencio.
El 6 de diciembre de 1928 tuvo lugar en Ciénaga, Magdalena, un hecho que estremeció al país: la Masacre de las Bananeras, trágico epílogo de la huelga de las Bananeras. Tres semanas antes, los obreros de la United Fruit Company –empresa norteamericana que tenía en concesión cerca de 35.000 hectáreas dedicadas al cultivo y exportación de banano– se habían lanzado a un movimiento de protesta y resistencia, convocando a los más de 20.000 trabajadores de la Zona Bananera del Magdalena(1). Se trató de una extraordinaria movilización social: las actividades de corte, recolección, transporte y carga de la fruta, fueron suspendidas, y casi todos los asalariados de la zona pararon.
La eliminación del sistema de contratistas, fuente permanente de abusos, era una de las demandas más sentidas, la empresa sostenía que solo tenía un número reducido de trabajadores propios y se descargaba así de todas sus obligaciones. Los huelguistas(2) reclamaban la jornada laboral de ocho horas –trabajaban 12 y más–; semana laboral de seis días y descanso dominical remunerado; aumentos salariales; pago del salario en dinero, no en vales; indemnización por accidentes de trabajo; mejoras en vivienda y servicios sanitarios(3); atención médica; y un trato humano por parte de los capataces.
La United Fruit Company funcionaba como un enclave, un modelo común en la región: una importante extensión del territorio se entregaba en concesión a empresas extranjeras –que aplicaban su propio reglamento laboral–, para la extracción de materias primas, que se exportaban directamente al mercado internacional sin dejar sobre el terreno un real desarrollo social local ni integrarse con la economía nacional. El movimiento adquirió entonces una cierta connotación de defensa de la escasa jurisdicción laboral colombiana existente y de soberanía nacional.
Un país en transición
La huelga y masacre de las Bananeras nos lleva a la Colombia de los años veinte. En esa década el país despegó económicamente. Ingresaron ingentes recursos por la exportación de café; la explotación del petróleo y banano; el pago tardío de Estados Unidos por el “rapto” de Panamá; y los empréstitos externos que contrajo el Estado –llamada la “prosperidad al debe”–. Era una economía dependiente del mercado externo y concentrada en pocas manos.
Ese flujo de dinero permitió la importación de maquinaria para la producción de algunos bienes; llegaron tecnologías como la radio, el alumbrado urbano y el tranvía eléctrico; y se adelantaron obras de envergadura en puertos, carreteras y ferrocarriles. Se produjo entonces una importante migración hacia las ciudades que se tradujo en cambios significativos en la vida de los barrios, en las costumbres sociales y en la mentalidad de la gente. El país entró en un proceso incipiente de industrialización que dio lugar al surgimiento de la clase obrera y la incorporación de un importante número de mujeres al trabajo asalariado, principalmente en medio urbano.
Pero Colombia era una nación con tremendas desigualdades, donde unas pocas familias concentraban la riqueza y el poder –la oligarquía–, en contraste con unas mayorías de pobres y más pobres, y una clase media conformada por artesanos, pequeños comerciantes y empleados. En el agro predominaba, salvo en contadas regiones, un profundo rezago estructural y una pobreza generalizada. Y en el Estado, la ineptitud y la corrupción eran comunes denominadores.
A su vez, la Primera Guerra Mundial posicionó a Estados Unidos como el principal socio comercial y “tutor” de la región. La consigna ‘América para los americanos’ había sido reinterpretada por los gobiernos norteamericanos en los inicios del siglo XX, para justificar su política abiertamente imperialista e intervencionista en los países al sur de su frontera.
La República conservadora
Desde hacía 43 años Colombia vivía bajo la Hegemonía Conservadora, un régimen fuerte, centralista y confesional. Frente a los anhelos de cambio, los gobiernos reprimían los movimientos sociales y cerraban los ojos ante el abuso de los patronos. El país daba un salto adelante con la bonanza económica, pero seguía anclado en el conservadurismo del siglo XIX. La modernidad creaba ilusiones en la población, pero beneficiaba sobre todo a la clase política y un grupo reducido de comerciantes y banqueros. Las demandas de las mayorías chocaban con un Estado refractario.
En el gobierno de Pedro Nel Ospina, 1922 a 1926, se acentuaron los conflictos sociales: en el campo, por la propiedad de la tierra y la rebaja de los arriendos de las parcelas; en las ciudades, por un salario mínimo, la jornada laboral de ocho horas, los descansos remunerados, la indemnización por accidentes de trabajo y el reconocimiento de derechos sindicales(4). La huelga de los ferroviarios del Valle del Cauca, en 1925, fue una de las movilizaciones más importantes de ese lustro.
En 1926 ganó las elecciones el conservador Miguel Abadía Méndez, siendo el único candidato en contienda. Bajo su gobierno el discurso oficial se radicalizó: las huelgas eran “actos de sedición”; los sindicatos, “organizaciones subversivas”; y los líderes obreros, “agentes bolcheviques”, mientras la Iglesia católica anunciaba excomunión a quienes leyeran la prensa sindical, liberal o socialista. Bajo su gobierno, la huelga de los trabajadores petroleros de Tropical Oil Company en 1927, fue otro de los hitos más relevantes del movimiento obrero antes de la huelga de las Bananeras.
La disyuntiva sobre cómo resolver la “cuestión social”, a través de cambios graduales que no alterasen el orden ni los privilegios o mediante el control estrecho de los movimientos sociales y medidas de fuerza, acompañó el debate de las diferentes corrientes del conservatismo durante la década del veinte, primando casi siempre la segunda opción.
Los gobiernos conservadores veían con recelo cualquier iniciativa de los trabajadores. El ascenso de la movilización campesina y obrera, que se extendía por distintas regiones del país, alimentaba sus temores ante unas clases populares que empezaban a exigir un nuevo lugar en la vida económica y política nacional. En vez de impulsar mecanismos institucionales para regular el conflicto laboral y facilitar la negociación entre trabajadores y empresarios, las autoridades redujeron el creciente malestar social a un problema de orden público y subversión.
La Oposición
Mientras los conservadores se ponían de acuerdo en la defensa de la tradición, el liberalismo se dividía. Por un lado, el sector partidario de no romper totalmente con el régimen, sostenía que era necesario mantener una postura intermedia frente a la creciente polarización. Por el otro, destacados dirigentes liderados por el general Benjamín Herrera –candidato de liberales y socialistas en 1922–, cuestionaban esta política por considerar que llevaba a la parálisis del partido.
Un nuevo aire político había llegado con los años veinte al país: bajo el prisma de los recientes sucesos internacionales, como la Revolución rusa, el debate sobre el modelo de sociedad alcanzó inusitada intensidad. Surge entonces el movimiento socialista colombiano con la creación del Partido Socialista en 1919, pasa por la Conferencia Socialista en 1924, sigue con la Confederación Obrera Nacional y la fundación del Partido Socialista Revolucionario en 1926.
Sus protagonistas adelantaron una intensa actividad proselitista, crearon comités de estudio, publicaron más de 100 periódicos(5), apoyaron huelgas y movimientos sociales, impulsaron la organización obrera, y en su mejor momento llenaron plazas de pueblos y ciudades. Entre los dirigentes del PSR se contaban Tomás Uribe Márquez(6), José Ignacio Torres Giraldo, Francisco de Heredia y Quintín Lame. Allí brillaban con luz propia destacadas mujeres como María Cano Márquez, Elvira Medina, Julia Bohórquez y Enriqueta Jiménez, entre otras.
De hecho, en la zona bananera el PSR tenía cierta simpatía entre los trabajadores del campo, del ferrocarril y del puerto, y contaba con el apoyo de líderes regionales como José Garibaldi Russo. Así mismo, los principales dirigentes de la huelga de las bananeras, Raúl Eduardo Mahecha y Alberto Castrillón, hacían parte de la dirección de ese partido, nos cuenta María Tila Uribe en sus libros Los años escondidos: sueños y rebeldías de los años veinte(7) y Les regalamos el minuto que falta.
El acenso del socialismo criollo hizo ver al liberalismo la conveniencia de incluir en su agenda varios puntos del programa del primero. Alfonso López Pumarejo decía entonces: “Uribe Márquez, Torres Giraldo y María Cano adelantan la organización de un nuevo partido político, que lleva trazas de poner en jaque al régimen conservador(8)”. Fueron tiempos en que el tradicional conflicto entre liberales y conservadores cede terreno a un nuevo enfrentamiento: entre el establecimiento conservador y el movimiento socialista en ascenso, como lo advertía con alarma la prensa oficialista.
Fin de una época
La década del veinte termina con el derrumbe moral y político de la hegemonía conservadora, golpeada por la crisis económica de 1929, los escándalos de corrupción, la incapacidad del gobierno de gestionar la protesta social y la noticia de la masacre en Ciénaga –que por entonces corrió de boca en boca en Bogotá y otras ciudades suscitando asombro y fuerte impacto emocional–.
También termina con la intensa persecución estatal a los líderes sindicales y dirigentes socialistas, encarcelados y llevados a consejos de guerra después de terminada la huelga. El papel significativo que desempeñó la mujer se vio: de 31 personas sentenciadas, cinco eran mujeres. El PSR entró entonces en crisis y no logró capitalizar la movilización social y la actividad política que había promovido, acompañado o liderado en esos años. Su disolución llegó a mediados de 1930.
El Partido Liberal, fortalecido por la renovación de su discurso, supo presentarse como la alternativa viable al descontento social. En 1930 ganó las elecciones presidenciales con Enrique Olaya Herrera, inaugurando el período de la llamada República Liberal, que seguiría con López Pumarejo en 1934.
Hoy nos parece normal la jornada laboral de ocho horas y otros logros sociales: sistema tributario equitativo; derechos de los niños y de género; separación entre la Iglesia y el Estado; ley de divorcio; ley de huelgas; educación pública laica; ley de pensiones; reforma agraria; libertad de prensa... Sin embargo, estas conquistas son en gran parte el resultado acumulado de las luchas adelantadas desde la década del veinte, el fruto de las banderas enarboladas desde ese decenio.
Un crimen de Estado
En octubre de 1928, el Congreso de la República aprobó la llamada “Ley Heroica” para impedir que la ola huelguista siguiera creciendo y “evitar la expansión de las ideas socialistas, comunistas y anarquistas(9)”. Esa ley preparó el terreno para lo que ocurriría dos meses después, cuando “A la 1:20 minutos de la madrugada del día 6 de diciembre de 1928”, tuvo lugar el crimen de Estado conocido como la ‘Masacre de las Bananeras’: el ejército al mando del general Carlos Cortés Vargas abrió fuego contra los trabajadores, luego de darles la orden de retirarse de la plaza de Ciénaga.
Desde el día anterior los huelguistas se habían concentrado en este importante pueblo de la zona bananera para reiterar sus demandas ante los representantes de la United Fruit Company y las autoridades civiles. El número de víctimas sigue siendo objeto de debate: ‘47 muertos’ según el informe presentado al Congreso por el ministro de Guerra Ignacio Rengifo; ‘entre 500 y 1.000 trabajadores’ dice el telegrama del embajador de Estados Unidos en Colombia, Jefferson Caffery, al Departamento de Estado de su país; ‘3.000’ menciona García Márquez en Cien años de soledad.
La masacre se volvió silencio, por décadas no tuvo eco, pero hoy historiadores e investigadores, y descendientes de aquellos líderes y lideresas que dieron forma a las luchas sociales y socialistas de los años veinte, han contribuido a restaurar lo sucedido. En esta dirección, ha sido presentado recientemente al Congreso un proyecto de ley que busca el reconocimiento formal de la Masacre de las Bananeras, se ha creado un comité de impulso, abierto a la participación de organizaciones, colectivos y personas, con miras a la preparación del centenario en diciembre de 1928, y para la conmemoración de este 97 aniversario, diversos eventos tienen lugar en la ciudad de Ciénaga.
- La zona bananera cubría buena parte de los municipios de Aracataca, Ciénaga, Fundación, Pivijay y Santa Marta.
- Reunidos alrededor de la Unión Sindical de Trabajadores del Magdalena, una incipiente organización conformada en 1926 en donde convergían ideas mutualistas, anarco sindicalistas, socialistas y liberales.
- Los campamentos no tenían agua potable, duchas ni retretes, los dormitorios eran colgaderos de hamacas.
- Existían 27 organizaciones obreras a comienzos del siglo XX. En la década de 1920 fueron reconocidas 40, la mayoría de ellas gremiales. Movimiento Sindical en Colombia. Bogotá. Septiembre de 2005.
- Para 1920 circularon más de 60 periódicos socialistas u obreros en el país y para 1925 subió a 80. Mauricio Archila Neira. La otra opinión: La prensa obrera en Colombia 1920-1934.
- Tomás Uribe Márquez, Semblanza de un revolucionario de los años Veinte. https://agoradeldomingo.com/tomas-uribe-marquez-semblanza-de-un-revolucionario-de-los-anos-veinte
- Cinco ediciones a la fecha: 1994, 2007, 2010, 2015 y 2023.
- López Pumarejo, A. (1928, febrero 11). El momento actual de Colombia. Universidad, (68), 95–96.
- Ley 69, por la cual se dictan algunas disposiciones sobre defensa social, 30 de octubre de 1928.
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