
Los estamos viendo, no nos van a romper. Por María Jimena Duzán
La periodista María Jimena Duzán escribió para CAMBIO este texto a propósito de las denuncias que se han conocido sobre acoso sexual en medios de comunicación. “Si las mujeres de varias generaciones que hemos hecho carrera en el periodismo, en el derecho, en la literatura y en las artes no nos hubiéramos unido, todo lo que está pasando hoy difícilmente habría sucedido”, aseguró.
Por: María Jimena Duzán
Por primera vez esta sociedad pacata y patriarcal ha tenido que mirarse al ombligo y aceptar que el acoso sexual es un delito y no un error de malinterpretación de las mujeres que confunden el “trato familiar” con acoso, como lo insinuó Jorge Alfredo Vargas en su desafortunada carta, en la que anunció su salida de Caracol Televisión.
A este presentador, muy popular entre los colombianos, y a Ricardo Orrego los sacó Caracol de su nómina por sus presuntas denuncias de acoso sexual.
La carta de Jorge Alfredo Vargas es un insulto a las víctimas que lo han señalado. Y revela lo lejos que todavía estamos de que esta sociedad machista entienda lo que significa el acoso sexual y cómo esté delito se sirve del poder para manipular a las mujeres, cosificarlas y someterlas. En ese comunicado el presentador se muestra como un padre de familia ejemplar, un devoto de la virgen y una víctima incomprendida. Es decir, pobrecito, él no tuvo la culpa, sino que la estúpida que lo denunció no fue capaz de leer bien su carácter siempre tan afable. Tampoco hubo una reflexión, más allá de la negación, ni se le sintió una pizca de arrepentimiento. En cambio sí tuvo la osadía de despedirse de su audiencia dando a entender que se iba de Caracol con la conciencia limpia del deber cumplido.
A ver, no: Vargas salió de Caracol porque las denuncias por acoso sexual que tenía eran imposibles de ignorar. Se sabe que una valiente periodista que trabaja en ese canal presentó una denuncia de acoso sexual contra él que se suma a una queja que hace un año había presentado otra periodista.
La reacción de Ricardo Orrego fue aún más grotesca. En el comunicado que sacó -que no fue firmado por él sino por su abogada- negó todas las denuncias que le hicieron periodistas durante la semana pasada en las redes. Muchas de ellas relataron episodios dantescos de cómo él las obligaba a besarlo en espacios de trabajo (en donde ellas quedaran arrinconadas, vulnerables) a cambio de una promoción laboral. En esa carta Orrego se limitó a decir lo que dicen siempre los hombres que acosan a las mujeres: que las denuncias que se hacían en su contra no tenían ninguna valía porque ninguna de ellas había terminado en una investigación disciplinaria ni judicial y que por lo tanto cualquier “afirmación o conclusión anticipada” iba a afectar su dignidad y su buen nombre. Bájense de ese bus señores: cuando las mujeres cuentan sus historias de acoso en los medios o en las redes no es un chisme. La propia Corte Constitucional ha reconocido que el “escrache” es un mecanismo legítimo dentro de la libertad de expresión que puede ser utilizado en casos en que las instituciones no protegen a las víctimas de violencia de género. Y en cuanto a su honra y su buen nombre, son ellos los que han contribuido a socavarlas.
Ese argumento de que si no hay condena por acoso no se puede señalar al acosador en los medios, lo esgrime Hollman Morris, el director de RTVC. Él decidió denunciar por injuria y calumnia a Lina Castillo, una joven activista que trabajaba con él cuando era concejal de Bogotá, luego de que ella lo denunció por acoso sexual y laboral ante un medio de comunicación. El proceso ya lleva seis años y Lina ha sido víctima de un acoso judicial sin precedentes. La fiscalía ya le imputó cargos y la semana pasada vimos como Hollman Morris llegó a la audiencia rodeado de su guardia pretoriana, entre la que había empleados de RTVC.
Como lo denunciamos en un comunicado firmado por más de 110 periodistas, abogadas, escritoras y artistas, Hollman Morris ha desarrollado una estrategia para acallar a las víctimas que lo denuncian por acoso sexual desde hace rato. El último capítulo de esta saga es que está utilizando su poder en RTVC, un medio público, para buscar apoyo entre el petrismo y hacer que sus subalternos firmen comunicados defendiéndolo. ¿Con qué independencia firmaron ese comunicado en favor de su jefe? El silencio del presidente Petro frente a este caso es elocuente porque demuestra que este delito no tiene ideología y que en el gobierno del cambio el patriarcado sigue intacto. Vaya paradoja para un gobierno que dice representar a las minorías.
Hollman Morris debería haber salido hacer rato de su cargo porque tiene una cola muy grande de mujeres que lo han señalado, desde tiempo atrás, de acoso sexual. Pero cada vez se atornilla más en el puesto. Sigue insistiendo en que no tiene ninguna condena en la fiscalía y que todo es un complot de la derecha para sacarlo del ruedo por las duras denuncias que en su momento hizo contra Álvaro Uribe. Por favor, amigo Hollman: no puedes seguir tapando el sol con las manos ni negar que, en materia de derechos de la mujer, la izquierda está haciendo lo mismo que hizo siempre la derecha.
Lo cual me lleva a otra reflexión que tiene que ver con la decisión que tomó Caracol Televisión de retirar a los dos presentadores ya mencionados porque cometieron “conductas inaceptables”, según las palabras de Gonzalo Córdoba, el presidente de Caracol Televisión. No hay duda: fue una decisión correcta pero debió haberse tomado hace rato. Esa deuda la reconoció incluso el mismo presidente de Caracol cuando dijo en su discurso que “durante demasiado tiempo se toleraban o se ignoraron comportamientos que hoy sabemos son inaceptables”. Creó una comisión independiente para que investigue los casos y establezca cuáles son los protocolos que se deben activar y cómo deben implementarse. Ojalá esta no sea una mera operación estética.
Ese paso que dio Caracol Televisión, así como el que dio la fiscalía con sus nuevas directivas en las que se reafirma el enfoque de género y se reconoce el valor probatorio del escrache, no se habría podido dar sin la presión que ejercimos las mujeres. Por el camino, a la hora que era y en el momento que era, nos fuimos uniendo para poner el foco sobre el delito del acoso sexual y sobre casos que involucraban a hombres con poder que fueron sepultados por el pacto de silencio que ha imperado hasta ahora.
Por primera vez esta sociedad pacata y patriarcal ha tenido que mirarse al ombligo y aceptar que el acoso sexual es un delito y no un error de malinterpretación de las mujeres que confunden el “trato familiar” con acoso, como lo insinuó Jorge Alfredo Vargas en su desafortunada carta, en la que anunció su salida de Caracol Televisión.
A este presentador, muy popular entre los colombianos, y a Ricardo Orrego, los sacó Caracol de su nómina por sus presuntas denuncias de acoso sexual.
La carta de Jorge Alfredo Vargas es un insulto a las víctimas que lo han señalado. Y revela lo lejos que todavía estamos de que esta sociedad machista entienda lo que significa el acoso sexual y cómo esté delito se sirve del poder para manipular a las mujeres, cosificarlas y someterlas. En ese comunicado el presentador se muestra como un padre de familia ejemplar, un devoto de la virgen y una víctima incomprendida. Es decir, pobrecito, él no tuvo la culpa, sino que la estúpida que lo denunció no fue capaz de leer bien su carácter siempre tan afable. Tampoco hubo una reflexión, más allá de la negación, ni se le sintió una pizca de arrepentimiento. En cambio sí tuvo la osadía de despedirse de su audiencia dando a entender que se iba de Caracol con la conciencia limpia del deber cumplido.
A ver, no: Vargas salió de Caracol porque las denuncias por acoso sexual que tenía eran imposibles de ignorar. Se sabe que una valiente periodista que trabaja en ese canal presentó una denuncia de acoso sexual contra él que se suma a una queja que hace un año había presentado otra periodista.
La reacción de Ricardo Orrego fue aún más grotesca. En el comunicado que sacó -que no fue firmado por él sino por su abogada- negó todas las denuncias que le hicieron periodistas durante la semana pasada en las redes. Muchas de ellas relataron episodios dantescos de cómo él las obligaba a besarlo en espacios de trabajo (en donde ellas quedaran arrinconadas, vulnerables) a cambio de una promoción laboral. En esa carta Orrego se limitó a decir lo que dicen siempre los hombres que acosan a las mujeres: que las denuncias que se hacían en su contra no tenían ninguna valía porque ninguna de ellas había terminado en una investigación disciplinaria ni judicial y que por lo tanto cualquier “afirmación o conclusión anticipada” iba a afectar su dignidad y su buen nombre. Bájense de ese bus señores: cuando las mujeres cuentan sus historias de acoso en los medios o en las redes no es un chisme. La propia Corte Constitucional ha reconocido que el “escrache” es un mecanismo legítimo dentro de la libertad de expresión que puede ser utilizado en casos en que las instituciones no protegen a las víctimas de violencia de género. Y en cuanto a su honra y su buen nombre, son ellos los que han contribuido a socavarlas.
Ese argumento de que si no hay condena por acoso no se puede señalar al acosador en los medios, lo esgrime Hollman Morris, el director de RTVC. Él decidió denunciar por injuria y calumnia a Lina Castillo, una joven activista que trabajaba con él cuando era concejal de Bogotá, luego de que ella lo denunció por acoso sexual y laboral ante un medio de comunicación. El proceso ya lleva seis años y Lina ha sido víctima de un acoso judicial sin precedentes. La fiscalía ya le imputó cargos y la semana pasada vimos cómo Hollman Morris llegó a la audiencia rodeado de su guardia pretoriana, entre la que había empleados de RTVC.
Como lo denunciamos en un comunicado firmado por más de 110 periodistas, abogadas, escritoras y artistas, Hollman Morris ha desarrollado una estrategia para acallar a las víctimas que lo denuncian por acoso sexual desde hace rato. El último capítulo de esta saga es que está utilizando su poder en RTVC, un medio público, para buscar apoyo entre el petrismo y hacer que sus subalternos firmen comunicados defendiéndolo. ¿Con qué independencia firmaron ese comunicado en favor de su jefe? El silencio del presidente Petro frente a este caso es elocuente porque demuestra que este delito no tiene ideología y que en el gobierno del cambio el patriarcado sigue intacto. Vaya paradoja para un gobierno que dice representar a las minorías.
Hollman Morris debería haber salido hace rato de su cargo porque tiene una cola muy grande de mujeres que lo han señalado, desde tiempo atrás, de acoso sexual. Pero cada vez se atornilla más en el puesto. Sigue insistiendo en que no tiene ninguna condena en la fiscalía y en que todo es un complot de la derecha para sacarlo del ruedo por las duras denuncias que en su momento hizo contra Álvaro Uribe. Por favor, amigo Hollman: no puedes seguir tapando el sol con las manos ni negar que, en materia de derechos de la mujer, la izquierda está haciendo lo mismo que hizo siempre la derecha.
Lo cual me lleva a otra reflexión que tiene que ver con la decisión que tomó Caracol Televisión de retirar a los dos presentadores ya mencionados porque cometieron “conductas inaceptables”, según las palabras de Gonzalo Córdoba, el presidente de Caracol Televisión, no hay duda: fue una decisión correcta pero debió haberse tomado hace rato. Esa deuda la reconoció incluso el mismo presidente de Caracol cuando dijo en su discurso que “durante demasiado tiempo se toleraban o se ignoraron comportamientos que hoy sabemos son inaceptables”. Creó una comisión independiente para que investigue los casos y establezca cuáles son los protocolos que se deben activar y cómo deben implementarse. Ojalá esta no sea una mera operación estética.
Ese paso que dio Caracol Televisión, así como el que dio la fiscalía con sus nuevas directivas, en las que se reafirma el enfoque de género y se reconoce el valor probatorio del escrache, no se habría podido dar sin la presión que ejercimos las mujeres. Por el camino, a la hora que era y en el momento que era, nos fuimos uniendo para poner el foco sobre el delito del acoso sexual y sobre casos que involucraban a hombres con poder que fueron sepultados por el pacto de silencio que ha imperado hasta ahora.
Si las mujeres de varias generaciones que hemos hecho carrera en el periodismo, en el derecho, en la literatura y en las artes no nos hubiéramos unido, todo lo que está pasando hoy difícilmente habría sucedido.
El patriarcado sigue en pie, pero ha sufrido una inmensa derrota. Por eso las mujeres tenemos que seguir alzando la voz, pues el camino todavía es largo. Y sí, el mundo cambió. Hace 20 años, las mujeres periodistas que fuimos víctimas de acoso sexual, pensábamos que podíamos manejar solas semejante potro y nos tragamos ese sapo. Las que nos siguieron también hicieron lo mismo. Pero las jóvenes de hoy ya no están dispuestas a quedarse calladas.
Intentarán dividirnos desde la izquierda, desde la derecha, pero no nos van a romper. Que lo tengan claro.
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