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Álvaro Moya es el colombiano que creó su propia marca de relojes de lujo en Suiza. Foto Instagram Álvaro Moya

Moya: la historia del maestro relojero colombiano que conquistó a Suiza

Álvaro Moya es el colombiano que creó su propia marca de relojes de lujo en Suiza. Foto Instagram Álvaro Moya.

Después de intentarlo todo y de recorrer Colombia para sobrevivir, aterrizó en la cuna de la relojería, en donde lleva 30 años construyendo una marca y un nombre. Así fue la travesía de Álvaro Moya para convertirse en un maestro del tiempo.

Por: Rainiero Patiño M.

Vivió en la calle tres años. Durmió en parques. Fue lustrador de botas. Vendió cigarrillos en las playas de Cartagena. Trabajó en una tienda en el barrio María Eugenia de Santa Marta y en negocios en Barranquilla y Sincelejo. Fue conductor de buseta, camionero y taxista. Por un tiempo manejó colectivos de la ruta que iba del Aeropuerto El Dorado al barrio La Candelaria, en el centro de Bogotá; unos buses negros, pequeños e incómodos, repletos de trabajadores malhumorados. Ese, dice, es uno de los trabajos más terribles y malagradecidos que ha hecho en su vida. Tuvo negocios de chance y lotería. Y trabajó en las minas de esmeraldas de Boyacá, entre muchas otras cosas.

La vida de Álvaro Moya Plata se puede contar como una rayuela de infinitas combinaciones en el salto. Hoy este colombiano, nacido en Zapatoca, Santander, es uno de los maestros relojeros de lujo más importantes del mundo. Y su obra es reconocida en la propia Suiza, la cuna de las máquinas del tiempo.

Su tienda está en la Rue Kléberg, en Ginebra. Sus relojes son piezas únicas, robustas, precisas, con acabados en piedras preciosas y ediciones limitadas. Casi todo está hecho a la medida y con discreción; es un elemento importante en el negocio de Moya.

Los relojes Moya Geneve son ajustados de manera manual, lo que garantiza un trabajo de alta precisión. Cada piedra preciosa, diamante, zafiro, esmeralda u otra, es engastada cuidadosamente y con una estética impecable. Son como el reflejo de la forma en que la misma vida parece haber forjado y pulido al propio Álvaro Moya.

La historia de este relojero de sesenta años es una narración inagotable, con una ruta cargada de transiciones y giros bruscos, como la describe él mismo. “Nunca pensé que iba a terminar en Suiza. Es llamativo, es como si una persona de otra parte del mundo llegara a trabajar con esmeraldas o café en Colombia”.

Esa es, también, una forma de reconocer sus alegrías y dolores. Del trabajo en tiendas, por ejemplo, recuerda lo agotador que era: “Empieza a las cuatro de la mañana y termina a las 12 de la noche, no hay descanso”. Y de su vida de camionero cuenta sus periplos por los pueblos de la costa Caribe. Recita de memoria una ruta: Codazzi, Becerril, La Jagua, Rincón Hondo, Curumaní, Pailitas y Pelaya. Luego llegaba hasta Aguachica y se regresaba. Al otro día arrancaba para El Banco y después para El Difícil (Magdalena), de ahí hasta El Copey, en Cesar. De su paso por Bucaramanga no olvida las noches que durmió en el parque Centenario, cuando era un sanandresito. Describe todo con exactitud, como si con sus recuerdos construyera una nueva máquina.

El padre, los hermanos y la huida de miedo

La mamá de Álvaro Moya era de la familia rica del pueblo y tenía 14 años cuando se enamoró de su padre, uno de los peones de la finca de su abuelo. Fue un romance a escondidas hasta que una tía los delató. Entonces le hicieron un ‘consejo de familia’ a su papá y le recriminaron por enamorarse, por poner los ojos en una muchacha de “buena familia”.

“Mi padre le propuso a mi madre fugarse. Tres pueblos más adelante se casaron. Llegaron mis tíos a reclamar y él les dijo: ‘Ustedes verán si quieren dejar a su hermana viuda. Yo me casé con ella’”.

Muestra de algunos de los modelos creados por la marca Moya. Foto Instagram Álvaro Moya.
Muestra de algunos de los modelos creados por la marca Moya. Foto Instagram Álvaro Moya.

La mamá fue desheredada por traicionar el honor de la familia y los nuevos esposos se fueron al campo. Ahí nacieron y se criaron los 24 hermanos. Álvaro es el número 23 de la lista y cuenta que a algunos de los mayores no los conoció, pues murieron siendo niños. Vivían lejos del pueblo y de los hospitales, los males del cuerpo se curaban con agüitas de hierbas. “De cada tres quedaba uno”, dice con socarronería.

La decisión de irse de la casa familiar cuando tenía 11 años cambió el rumbo de su vida. Fue una acción obligada por el miedo, no por valentía. Realmente fue una forma de irse lejos del maltrato de su padre.

“El secreto del reloj suizo es la excelencia, la calidad de los materiales y el saber hacer. Son cientos de años perfeccionando el oficio. Si quieres precisión, compra un reloj digital; si quieres arte y oficio, compra alta relojería”, dice Moya.

Todo ocurrió un sábado en que el papá le dijo que lo acompañara al pueblo a llevar unas mulas cargadas con arracacha y tomate de árbol. Pero ese día Álvaro ya había hecho un viaje de cuatro horas. El viejo lo persuadió con un pan y una gaseosa. Pero el niño se negó, le dijo que no se regresaba con los animales, que no podía más. Cuando el papá se echó la mano a la correa, salió corriendo. Se escondió por el pueblo. “Algunos lo ven como algo romántico pero yo no dejé mi casa por aventurero, sino por miedo, porque mi papá me mataba a palos”, cuenta.

Le dijo a su mamá que se iba, como lo había hecho por un par de días en dos ocasiones anteriores. A las tres de la mañana llegaron los camiones a comprar fruta y verdura al pueblo, se metió en uno que salía para Barrancabermeja. Allí encontró trabajo en una refresquería que se llamaba El Cresto. Esta vez fue definitivo, como abrir la puerta del no retorno.

De ahí pasó a lustrar zapatos en los parques y empezó su odisea de supervivencia por el país. Se convirtió en una especie de gitano y rebuscador. Antes de los 20 años alcanzó a tener una agencia de chance en Bogotá y puntos de venta en Funza, Mosquera, Madrid, Fontibón, Kennedy y Santa Librada.”Pero es un negocio difícil si no se tiene músculo financiero. Un día se gana y otro se pierde todo”, dice.

Caminar, una esmeralda, el viaje a Suiza

En el 1990 se fue a pie de Colombia a Estados Unidos. Salió desde Turbo, Antioquia, atravesó la Serranía del Darién, décadas antes de que esta se convirtiera en una ruta masiva para los migrantes. Llegó a Panamá. Pasó por Costa Rica, Nicaragua, Honduras y El Salvador. En Guatemala trabajó dos meses en un restaurante. De ahí arrancó para México, en donde lo capturó migración, lo metieron preso porque no llevaba papeles y lo echaron otra vez para Colombia. Estaba otra vez en el punto de partida.

Entonces entró a trabajar en las minas de esmeraldas. Estuvo en Muzo, Coscuez y Palomas, con la familia de don Víctor Quintero, considerado el Patriarca de los Esmeralderos, quien murió en 2015. Le pagaban el salario mínimo y le tocaba cumplir jornadas de 12 o 18 horas diarias. Allí fue donde conoció a un hombre que necesitaba vender unas esmeraldas y le dijo que si se atrevía a llevarlas a Suiza.

Los diseños de Moya Geneve son exclusivos y se hacen bajo pedido. Foto Instagram Álvaro Moya.
Los diseños de Moya Geneve son exclusivos y se hacen bajo pedido. Foto Instagram Álvaro Moya.

Moya se embarcó en un avión para buscarle mercado a las 10 piedras, avaluadas en unos 15.000 dólares. El 16 de septiembre de 1993 llegó a territorio suizo y quedó encantado con la belleza del país, los paisajes en los lagos, con la cordialidad de la gente, las hojas cayendo en otoño. Llamó al dueño de las esmeraldas en Colombia y le dijo que le enviaba la plata, pero que él no se regresaba.

Tuvo que arrancar otra vez. Trabajó repartiendo pizzas, llevando paquetes en moto, hizo limpieza con aspiradoras. Después manejó un camión en el que llevaba partes de relojes caros a fabricantes en las montañas. Estando en esas alguien le dijo que si quería aprender un oficio de la relojería. Empezó como ayudante de engastador, que es la persona que le pone piedras preciosas a las joyas y relojes. Eso fue en 1997.

Con ese oficio trabajó como empleado en grandes casas relojeras, pero por la crisis de la industria entre 2001 y 2002, lo despidieron de su empleo junto con otras 80 personas. Pensó que era el momento de trabajar por su cuenta y montó su propio taller.

Fueron años de trabajo duro, pero de crecimiento en el negocio. Hasta que en 2008 llegó una nueva crisis en el sector. Tenía 15 empleados y tuvo que despedirlos a todos. Volvió a quedarse solo y se propuso hacer un reloj para él. En ese momento no estaba pensando en crear una marca. Sin embargo, le gustó lo que resultó de ese experimento, lo mostró a amigos y empezaron a pedírselo por encargo. El modelo se llama Cuntur, que significa cóndor en quechua. Esa misma obra sería la inspiración de toda una colección.

Nunca antes fue tan preciso decir que todo pasa a su debido tiempo. La marca Moya ahora hace relojes personalizados por pedido, no vende en serie. Trabaja para empresas de alta relojería, cuyas marcas el fabricante colombiano prefiere no mencionar. “Aquí el secreto profesional es fundamental”, dice con respeto de la tradición suiza, que acumula más de cuatrocientos años desde que, impulsados por la prohibición de Juan Calvino de usar joyas ostentosas, los orfebres locales tuvieron que reinventarse en relojeros.

Un reloj promedio de Moya puede llegar a valer 5.000 dólares. No es un precio exorbitante para un país como Suiza, dice el colombiano, en donde el salario mínimo está entre 4.500 y 5.000 francos suizos (unos 6.200 dólares). Pero algunas de las piezas de lujo que él hace son para relojes por los que famosos pagan hasta 1 millón de dólares.

“El secreto del reloj suizo es la excelencia, la calidad de los materiales y el saber hacer. Son cientos de años perfeccionando el oficio. Si quieres precisión, compra un reloj digital; si quieres arte y oficio, compra alta relojería”, dice Moya.

El relojero colombiano cuenta que sigue trabajando a su ritmo, buscando hacer las cosas bien y que el cliente quede contento. Cree que Colombia es un país maravilloso, pero tiene que superar la inseguridad. Y sobre el éxito de su empresa dice que tiene varias respuestas, pero muchas veces también se pregunta: “¿cómo un montañerito que llegó, sin pena ni gloria, terminó haciendo algunos de los mejores relojes del mundo?”.

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