
Segundas oportunidades y verdad: el testimonio de Carlos Lehder a Johana Bahamón
Desde hace 12 años, la Fundación Acción Interna trabaja por la dignidad, la verdad y la transformación. Esta entrevista con Carlos Lehder, quien asegura haberse transformado tras 33 años en prisión, busca invitar a la reflexión sobre la educación para la no repetición, la autocrítica y la posibilidad de rehabilitación. Hablar de segundas oportunidades no significa justificar el delito ni ignorar el dolor de las víctimas, sino creer en la justicia con garantías y en el poder del cambio.
Por: Johana Bahamón
Desde hace 13 años, la actriz y empresaria Johana Bahamón decidió empezar a trabajar con personas privadas de la libertad. Por medio de su fundación, Acción Interna, ha llevado cultura a las cárceles, al tiempo que cientos de personas se han podido emplear después de su paso por la prisión, y una ley de la República consagra distintos beneficios para las empresas que les den trabajo. A finales del año pasado, la BBC la escogió en su lista 100 Women (100 mujeres).
Esta conversación con Carlos Lehder, quien pasó 33 años en la cárcel, hace parte del compromiso de la Fundación Acción Interna por llevar la voz de las experiencias del pasado para evitar los errores del presente. Promover el pensamiento crítico, la responsabilidad y la conciencia sobre las consecuencias de las decisiones, para contribuir a una sociedad con menos reincidencia y más oportunidades reales de transformación.
Johana Bahamón: Quisiera dividir este espacio en dos partes. La primera: la reflexión, el reconocimiento del daño y la transformación personal. Y la segunda: preguntas que han hecho personas privadas de la libertad desde las cárceles de nuestro país. Desde la reflexión: ¿hubo algo que le sirviera de compañía espiritual durante esos 33 años en prisión?
Carlos Lehder: Mi caso fue muy particular. Estaba en una cárcel, en el exterior, en Estados Unidos, en otro idioma, otro sistema, lejos de mi patria. Allí enfrenté inmensos retos. En medio de esas dificultades, mi fe en mi religión, en el cristianismo y en la Biblia fue uno de mis principales apoyos para perseverar. Eventualmente, tuve la fortuna de recibir la visita de un hombre muy sabio: el padre García Herreros, que vino desde Colombia. Él despertó en mí una espiritualidad que estaba semisellada después de tantos años de vida como criminal, como traficante de cocaína. Ese fue el inicio de un período en el que el espejo de mi existencia me mostró mis actos. Pude leerlos, repasarlos, encontrarme a mí mismo y darme cuenta de que había quebrantado no solo la ley, sino también los principios morales que mi familia me enseñó. Ahí comencé a hallar, no solo la verdad, sino un camino hacia la reconciliación conmigo mismo, en el sentido de purgar las penas que me habían sido impuestas.
J.B.: ¿Qué pasó con su identidad?
C.L.: La perdí. En esa prisión extranjera se me identificaba por un número. Las condiciones de confinamiento eran de máxima seguridad. Comencé a perder la vista porque no había horizontes, mi vista no viajaba, sino que estaba allí confinada en pocos metros. Empecé a sufrir de presión alta. Tenía que ser mi propio psicólogo, mi propio defensor. Desarrollé técnicas que escribía y leía repetidamente. Una de ellas fue no pensar en el exterior, ni en lo que había sido, ni en las riquezas, ni en los viajes, ni en los lujos. Escribí un credo para dosificar mi cerebro: “Yo nací en esta prisión. Todo lo que conozco es esta prisión. Todo lo que tengo es esta prisión. Y debo hacerlo lo mejor posible para prevalecer cada día”. Esa fue mi fórmula de supervivencia personal y mental durante los cuatro años de confinamiento solitario.

J.B.: ¿Qué siente frente a los hechos por los que fue condenado?
C.L.: Lo primero que hice al llegar a Colombia fue pronunciarme públicamente. Insistí enfáticamente en expresarme abriendo mi corazón, sin filtros, basado en mis valores morales y cristianos. Pedí perdón a mis compatriotas por haber pertenecido al Cartel de Medellín, una organización que multiplicó y aceleró el consumo de droga en Estados Unidos.
J.B.: Tengo entendido que el tiempo de su condena era mayor. ¿Qué sucedió para que se redujera?
C.L.: El récord público de mis acciones está sobre la mesa. El récord público de mi remordimiento, de mi contrición y de mi rehabilitación fue reconocido por el Gobierno de Washington, que me invitó a participar en un programa de cooperación y confesión de mis crímenes. Eso me permitió certificar que mi rehabilitación fue exitosa. Me trasladaron a una prisión común, donde pude expandirme mental y físicamente. Trabajé como cocinero, intercambié ideas con otros presos. Mi mayor refugio fue la biblioteca. Allí encontré libros de personajes históricos y sus lecciones me ayudaron a ubicarme en un plano distinto, encaminado a reinsertarme en la sociedad como un hombre rehabilitado. Pero eso requirió que cumpliera con una sentencia: 33 años de suplicio carcelario diario, parte de una condena total de 55 años. La cumplí.
J.B.: Las decisiones equivocadas afectan a quien las toman y a su entorno, y en su caso, a todo un país. ¿Cómo convertir su historia en una lección para evitar la reincidencia?
C.L.: Llegar a conocerse uno mismo al máximo. Conocer sus capacidades, su potencial para seguir viviendo y retornar a la sociedad con base en los valores cristianos, sociales, en las leyes y en la justicia. Muchos de los presos que conocí también se habían acogido a programas de rehabilitación y compartían la certeza de no volver a infringir la ley, de no arriesgar la tranquilidad de sus familias ni de sus compatriotas.
J.B.: Después de 33 años de condena, ¿se puede rehacer la vida?
C.L.: Depende de cada individuo. Somos tan distintos como nuestras huellas dactilares. La mente y el comportamiento de cada persona dependen de su historia. Yo tuve la fortuna de contar con padres virtuosos, que jamás respaldaron mis actividades criminales. Al contrario, sufrieron mucho. Creo que cualquier persona consciente, que encuentre apoyo espiritual y tenga principios que le den fuerza de voluntad, puede salir adelante. Desde hace más de 40 años, aunque estuve cinco años en libertad en Europa, jamás he vuelto a cometer un delito.
J.B.: Entre la libertad, la familia o la dignidad, ¿qué es lo más duro de perder estando en prisión?
C.L.: La libertad es un tesoro. Cuando quebrantamos la ley, arriesgamos ese tesoro. Pero lo que más duele son las familias. Ellas quedan marcadas para siempre. Cuando me extraditaron a Estados Unidos, mis cinco hijos quedaron huérfanos. Tenían entre uno y cinco años. Fueron víctimas de mis errores y mis excesos. A ellos les pido perdón.
J.B.: ¿Qué le diría hoy a una persona que piensa que el dinero y el poder lo justifican todo?
C.L.: Desde mi experiencia, puedo decir con claridad que el fin no justifica los medios. En Colombia vivimos el fenómeno del narcotráfico, y muchos jóvenes toman decisiones equivocadas al ingresar a esas organizaciones. El deslumbre por las grandes fortunas que genera el negocio de la droga es una tentación muy fuerte, pero debe prevalecer la integridad. Pertenezco a una generación que ha sufrido largos periodos de encarcelamiento por dejarse seducir por ese mundo. Siempre he soñado —y sigo soñando— con que nuestros hijos sean mejores que nosotros, que actúen con rectitud y que nunca conozcan una prisión. Hoy los sistemas de justicia están tecnificados, los sistemas de inteligencia avanzan, y la lucha contra el narcotráfico no se detiene. Más temprano que tarde, quienes se involucren en ese camino serán llevados ante la justicia.
J.B.: Si ya recibió una segunda oportunidad, ¿qué va a hacer con ella? ¿Cómo resarcir el daño causado?
C.L.: Primero, permítame recalcar que una de las herramientas más reveladoras y útiles es aceptar la responsabilidad por los crímenes cometidos. Aceptar la autocrítica, discernir y responsabilizarse ante Dios, ante la justicia, la familia y ante nuestros compatriotas. Ese es el primer paso hacia la rehabilitación.
La segunda oportunidad que brindan la justicia, la sociedad y el cristianismo está dirigida a quienes genuinamente desean cambiar. Creo que quienes hemos tenido influencia pública tenemos la obligación de alzar la voz y compartir nuestras experiencias. Como padre y abuelo, estoy en proceso de reincorporación a la sociedad. Uno de mis primeros pasos fue escribir un libro, una especie de testamento biográfico, donde explico mis debilidades y qué caminos existen para dejar de ser parte del problema y convertirse en parte de la solución.
J.B.: En Colombia hay más de 102.000 personas privadas de la libertad. ¿Qué le diría a alguien que esté en prisión y sienta que su vida ya no tiene vuelta atrás?
C.L.: Esa pregunta —o más bien, la de muchos que hoy están privados de la libertad— me toca profundamente. El crimen prolongado lleva a una distorsión mental en la que uno cree que delinquir es normal. Pero el concepto de “crimen y castigo” existe para corregir esa aberración. La rehabilitación comienza cuando uno acepta su responsabilidad. Al reconocer la culpa, uno empieza a sanar. Creo que quien hace esta pregunta ya está en camino hacia su rehabilitación. El primer y más grande sacrificio es aceptar y cumplir la condena impuesta. Yo sobreviví 33 años en prisión. Mi transformación empezó cuando el padre Rafael García Herreros, con 82 años, viajó desde Bogotá a visitarme y me confesé, encontré perdón, asumí la magnitud de mis crímenes, colaboré con la justicia, cumplí mi condena y mi palabra. A quienes aún dudan, les digo: una de las herramientas más poderosas es la autocrítica honesta. Lean, aprendan de líderes honestos que no quebrantaron la ley. Colombia necesita ciudadanos que sean parte de la solución. La familia es la primera víctima de nuestros errores, y ellos merecen más. Nosotros también merecemos la oportunidad de redimirnos y construir un país mejor. A quienes están en prisión: no desaprovechen nunca una segunda oportunidad. La rehabilitación es real, posible y urgente. El sacrificio vale la pena. Mis plegarias están con ustedes.
Lea los comentarios








