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Poder

Cinco días de incertidumbre en la vida de Álvaro Uribe

La jueza Sandra Liliana Heredia; el expresidente Álvaro Uribe Vélez.

El político más poderoso en la historia reciente de Colombia escuchó el lunes que la jueza Sandra Liliana Heredia lo declaraba culpable, y este viernes espera la sentencia. ¿Podrá ser enviado a la cárcel?

Por: Armando Neira

El lunes pasado, a las 8:30 de la mañana, cuando la jueza Sandra Liliana Heredia se disponía a leer el sentido del fallo en contra del expresidente Álvaro Uribe Vélez, en el ambiente aún flotaba la súplica pronunciada por él al cierre de su defensa: “Le pido en mi alma que me absuelva”. Ella inició el resumen de las 1.000 páginas que había escrito, reconociéndole su “gallardía y decencia” durante el proceso.

En la imagen del video de la transmisión se vio a un Uribe serio, tomando nota y ocasionalmente negando con un leve gesto de la cabeza. Y silencioso. Sin esa voz de tono y expresiones tan característicos y reconocidos al instante en cualquier lugar de Colombia. Es natural: sus palabras han marcado el destino del país en los últimos 25 años.

“Este juicio, vale decirlo sin rodeos, no es un juicio contra la historia política de Colombia. No es una revancha. No es una conspiración. No es un acto de oposición ni de política. Es un acto de justicia y solo de justicia”, argumentó la jueza.

Pero era inevitable volver la vista atrás. A principios de este milenio, en distintos escenarios se decía que Colombia era un Estado fallido. Aunque en el Caguán el Gobierno del presidente Andrés Pastrana mantenía una mesa de negociación en busca de la paz con las Farc, en el resto del país esa misma guerrilla atacaba con una osadía y sevicia sin límites.

“En la selva solo quedarán los paujiles”, había dicho Jorge Briceño, el 'Mono Jojoy', para advertir que ahora iban a entrar a las ciudades.

Tirofijo y la silla vacía

Pastrana había ganado las elecciones con la convicción de que era posible firmar la paz, porque el propio Manuel Marulanda Vélez posó con él en una foto en la profundidad de la selva, llevando en la muñeca un reloj promocional de su campaña. Horacio Serpa, su contrincante, lloró ese día al ver la noticia porque comprendió que la gente se inclinaría por alguien que le pusiera fin a medio siglo de confrontación armada.

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La jueza Sandra Liliana Heredia, el senador Iván Cepeda y el expresidente Álvaro Uribe Vélez en una imagen de captura de pantalla del juicio.

Pero 'Tirofijo' no tenía prisa. Así que, cuando se instaló la mesa, dejó la silla vacía. Al día siguiente, de entre la manigua, surgieron 5.000 hombres y mujeres fuertemente armados, con uniformes recién confeccionados, en un mensaje inequívoco de que la guerra iba en serio.

En paralelo, Uribe comenzó a recorrer plazas y pueblos con un mensaje constante: “Hay que acabar con las Farc, hay que acabar con las Farc”. Las encuestas mostraban que apenas tenía 3 por ciento de intención de voto.

Ante los desmanes de las Farc, la opinión pública empezó a cambiar de parecer y a pensar en la necesidad de una mano dura. Para las elecciones de 2002, Uribe se despidió del partido Liberal, que lo esperaba en una consulta interna para elegir al candidato oficial de la colectividad. Era tal el respaldo en ascenso que él ya sabía que, en solitario, era capaz de marcar un hito y crear una fuerza distinta a la de los partidos tradicionales que gravitara en torno a él: el uribismo.

El domingo 26 de mayo de 2002 fue elegido presidente en primera vuelta con el 54,51 por ciento. El día de su posesión, el 7 de agosto, las Farc atacaron la Casa de Nariño con unos 'bazucos' artesanales.

La seguridad democrática

El 8, Uribe madrugó a las 2 de la mañana, llegó a Catam y se fue en el avión presidencial, primero a Valledupar, Cesar, donde entregó radios de comunicación a los campesinos para que ayudaran con información a las Fuerzas Armadas, y luego a Florencia, Caquetá, donde dijo que las Farc no volverían a cruzar de esa raya, y que corrieran porque allá los iba a perseguir. Fue una declaración de principios de que no iba a ceder. La seguridad democrática, la bautizó.

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El desafío mutuo entre el jefe del Estado y el expresidente Uribe encendió las redes sociales esta semana, alimentó la polarización aunque, jurídicamente, es estéril porque la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) no tiene competencia para juzgarlos.

Esa mano de hierro, sumada a unos hábitos de madrugador a las 3 de la mañana, de trabajar sin tregua y realizar consejos comunitarios sábados y domingos, lo convirtió en un líder indiscutible.

Su popularidad en algunos casos superó los 85 puntos. Sus seguidores lo apoyaban sin cuestionarlo, a pesar de los infames casos de los 'falsos positivos', en los que fueron asesinados al menos 6.402 jóvenes inocentes. “No estarían recogiendo café”, dijo él.

Con su enorme fuerza política, cambió la Constitución abriendo paso a la reelección. Para los comicios de 2006, el fervor por él subió aún más, y otra vez en primera vuelta obtuvo el 62,35 por ciento de los votos. Quienes lo apoyaban estaban encantados porque decían que había recuperado el país; quienes lo cuestionaban hablaban del “embrujo autoritario”.

Soñó con un tercer mandato, pero en febrero de 2010 la Corte Constitucional se lo impidió. Hubo tristeza en amplios sectores de la sociedad y también manifestaciones de alegría. “El más feliz con esta decisión es Juan Manuel Santos”, dijo entonces el líder de izquierda Gustavo Petro.

Santos, Uribe, la paz y la guerra

En efecto, Uribe le dio su apoyo a su ministro de Defensa, y así Santos ganó las elecciones. Pero él sí necesitó dos vueltas. En su posesión, Santos anunció que abría las puertas a la paz, y desde entonces Uribe lo considera un traidor. De hecho, se convirtió en el líder del 'No' al plebiscito, y ganó. Esto a pesar de que todas las encuestas mostraban una relación de 3 a 1 a favor del 'Sí'.

Uribe, luego, aupó a Iván Duque para impulsarlo a la Presidencia y convirtió su colectividad, el Centro Democrático, en la fuerza más decisiva de la derecha.

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La Comisión de la Verdad, en cabeza del padre Francisco de Roux, escuchó en una reunión al expresidente Álvaro Uribe sobre el conflicto armado que ha sufrido Colombia.

En 2014, el senador Iván Cepeda lo vio, sorprendido, abandonar el debate en el que lo señalaba de tener vínculos con los paramilitares, para irse a denunciarlo a la Corte Suprema de Justicia. El giro del guión no podía ser más sorprendente. El tribunal no solo absolvió a Cepeda, sino que empezó a investigar a Uribe por los delitos de fraude procesal y soborno a testigos, en su intento por desacreditarlo.

¿En qué momento el hombre más poderoso de Colombia puso su destino en manos del abogado Diego Cadena, defensor de narcotraficantes y quien se hace llamar “abogángster”, para terminar implicado judicialmente?

“Álvaro Uribe creyó que su inmenso poder iba a someter a la justicia como si se tratara de su partido político”, explica Cepeda. “La justicia no se arrodilla ante el poder. La justicia no ve nombres, ni cargos, ni estaturas”, dijo la jueza ese lunes.

La ley es para todos

Desde la noche de ese día, Uribe ha elevado el tono contra el presidente Petro, mientras sus alfiles insisten en que no hay que claudicar. La senadora Paloma Valencia, por ejemplo, pidió a Google y WhatsApp las conversaciones íntegras entre Cepeda y Juan Guillermo Monsalve, uno de los testigos clave, alegando que las comunicaciones cambiarían el rumbo del proceso.

Los partidos políticos, tanto defensores como críticos de Uribe, entraron en una pausa en la campaña a la espera de lo que se decida este viernes.

Aunque se trata de un fallo en primera instancia, una decisión en su contra y la posibilidad de que se le dicte prisión están sobre la mesa. “Nadie está por encima de la ley”, son palabras de la jueza.

Los aliados de Uribe dicen que, a sus 73 años, él está más vigente que nunca y le piden que ponga su nombre en la lista al Senado para que sea el propio pueblo, en las urnas, quien reivindique su nombre.

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Álvaro Uribe Vélez, expresidente de la República.

La ofensiva para defenderlo pasó las fronteras. Sus leales han pedido la solidaridad de los republicanos en Estados Unidos, para que se replique el castigo al que fue sometido el juez que condenó en Brasil al también derechista Jair Bolsonaro.

El garrote de Estados Unidos

“La instrumentalización del poder judicial colombiano por parte de jueces radicales ha sentado un preocupante precedente”, escribió el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio. El presidente Petro rechaza esa intervención y los uribistas la aplauden.

Incluso hay quienes dicen que están dispuestos a ir a Washington para dar los nombres de quienes merecen ser castigados por meterse así con un hombre al que consideran como un patriota. “Ay, pero si él es lo más querido”, dicen las señoras de los barrios altos en Medellín.

Hoy será un punto y aparte en su historia. No solo desde el punto de vista jurídico, sino también político. Puede redefinir el liderazgo de Uribe dentro de la coalición opositora, sin que ello implique necesariamente que el candidato para 2026 surja del Centro Democrático. Por eso, todos los aspirantes que no militan en este partido y que son adversarios de Petro han expresado su solidaridad.

Cuando se creía que Uribe estaba de salida, el país ha vuelto a un pulso entre el petrismo y el uribismo. La polarización encontró más combustible.

A las dos de la tarde de hoy será la lectura de la sentencia. Es muy probable que, a diferencia del lunes, cuando leyó durante diez horas, la jueza acuerde con las partes leer únicamente el fallo resolutivo: dos o tres páginas. ¿Dictará prisión domiciliaria? ¿Cuántos años?

Estos cinco días han sido de incertidumbre para un hombre que, como muy pocos, ha sido protagonista de la historia de Colombia y al que la gente adoraba por sus certezas.

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