
Deslegitimar a Petro para ganar las elecciones. Por Ramón Jimeno
El Escudo defensivo que quieren montar los republicanos más ignorantes y obtusos de la historia moderna, implica contar con el beneplácito de gobiernos latinoamericanos que consideren la genuflexión un gesto de nobleza y los derechos humanos una aberración de las democracias liberales. Los presidentes gallito ni les gusta ni les sirven.
Por: Ramón Jimeno
Declarar a Gustavo Petro “objetivo prioritario” de la DEA a dos meses de las elecciones presidenciales indica que Washington quiere decidir. Criminalizar la imagen del líder del Pacto Histórico, afectar su reputación y deslegitimizar su liderazgo, hará dudar a sus seguidores blandos, al 30% del electorado que decidirá a última hora por quién votar; e incidirá en la imagen que de él tendían los dirigentes internacionales que lo consideraban un estandarte del progresismo internacional.
La duda reputacional que siembra Washington genera aislamiento y miedos. Miedo a las represalias norteamericanas si se elige a Cepeda. Miedo a que vuelvan a Palacio los voceros de las bandas criminales, como en las épocas de Uribe. Miedo a que el cerco militar, comercial y financiero que le hicieron a Venezuela y le hacen a Cuba, llegue a Colombia. Miedo a que asesinen a más pescadores del Pacífico o del Caribe bajo sospecha de que llevan coca adonde vale de verdad. Miedo a que suban los aranceles a los productos lícitos de exportación, o miedo a que expulsen a miles de colombianos y dejen a sus familias sin remesas.
¿Cómo se defiende Petro de ese ataque reputacional? ¿Cómo neutraliza esos miedos? La manera tradicional es refutando los cargos anunciados en las filtraciones de la DEA. Direccionadas y selectivas se las entregan a los acuciosos periodistas-investigadores que las revelan como sus grandes descubrimientos. Luego circulan como las profecías de Nostradamus anunciando tragedias.
¿Qué hacer? se preguntará Petro como lo hizo Lenin cuando casi lo deja el tren de la revolución bolchevique. Refutar los cargos uno por uno, hasta el infinito. Jugar a enriquecer el entretenimiento mediático diario entregando cada día y cada hora un elemento más dramático que opaque el anterior. A veces con lágrimas, a veces con sangre. A veces con gritos y con insultos, otras con la dulzura del cinismo. La miel que atrapa teleaudiencias de un lado y anunciantes del otro es el plato que le sirve la DEA a los medios. Refutar los indicios que los enemigos siembran en los medios como descubrimientos neutros es la ilusión del acusado. ¿Será el camino para salvar al presidente del narco desprestigio?
La ciudadanía, polarizada entre 35 puntos sólidos del petrismo y 35 puntos consolidados del uribismo, no necesita que le presenten pruebas contra o a favor de Petro. Es el 30% flotante que define su orientación electoral a última hora el que necesitan despertar y movilizar. Para eso se inventaron el miedo. Es claro que la DEA no cuenta con evidencias para consolidar un proceso jurídico. ¿Si en cuatro años no lo había logrado -como si fuera la Comisión de Acusaciones del Congreso - por qué antes de las elecciones si aparecen pruebas, testigos e indicios?
La DEA desempolvó hechos que se conocen desde el comienzo del mandato del cambio. Estaban comprimidos en discos de teras y teras con desgrabaciones de los Pegasus que nadie alcanza a revisar. A menos que se necesiten un caso judicial para un propósito político electoral. Un buen diseño del prompt y la IA (no la CIA) arma el expediente para el juicio perfecto de la opinión pública. Convincente, documentado, intimidante.
Aunque las acusaciones sean falsas, superficiales o carezcan de evidencias, el riesgo de acabar enjuiciado es una vaina. En el derecho internacional que la Corte Dorada de Trump revocó de facto, los presidentes en ejercicio perdieron la inmunidad, aunque no se puede comparar a Petro con Maduro que nunca tuvo reconocimiento diplomático por carecer de la legitimidad electoral y acabó encarcelado. Ni su juicio importa y las pruebas mucho menos. El modelo de acusación contra Petro es más sutil, es diferente. No se lo quieren llevar a medianoche, aturdiendo a sus muchachos. No lo quieren encarcelar. Lo quieren derrotar.
Con la tarea de defenderse a cuestas, Petro no podrá dedicar tanto tiempo a la campaña de Cepeda. Y Cepeda tendrá el reto de demostrar que el candidato es él y no su jefe que le dicta decretos para alfombrarle la llegada a Palacio. Le tocará ir a los debates y dejar de leer sus discursos en modo canto gregoriano, para que lo conozcan los indecisos. Que al menos no le apliquen la silla vacía.
Mientras tanto Petro estará ocupado de asegurar que no lo enjuicien en las cortes neoyorquinas, y de asegurar que a los tecnócratas del Pentágono no les dé por ejercer la soberanía donde el estado colombiano no la ejerce, a pesar de ser territorio liberado por Bolívar. Evitar que desde la Florida les indiquen a los drones dónde disparar bombas y misiles contra supuestos cargamentos y laboratorios para eliminar la amenaza de seguridad que les representan las grandes bandas criminales, es el nuevo sueño americano.
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