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Manual para ganar la Presidencia y perder a Uribe en cinco semanas: por Abelardo de la Espriella
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Manual para ganar la Presidencia y perder a Uribe en cinco semanas: por Abelardo de la Espriella

El presidente electo ganó las elecciones, en parte, con los votos del uribismo. Hoy, un mes después, afronta la primera ruptura seria con el mito fundacional del Centro Democrático. Sin importar quién gane este 20 de julio, las cuentas le quedarán demasiado ajustadas a Abelardo de la Espriella para tramitar sin sobresaltos sus proyectos y contrarreformas más polémicas. ¿Cuál será el costo de la toma hostil de la derecha?

Por: Mateo Muñoz

Si Abelardo de la Espriella hubiera querido escribir, sin saberlo, un manual sobre cómo —en apenas mes y medio— ganar la Presidencia y perder al aliado que le ayudó a obtenerla, quizás habría hecho exactamente lo que hizo. El manual, hasta ahora, tiene varios pasos, y hoy podría escribirse el más costoso de todos.

Paso uno: elija un estratega que su padrino político no soporte

Carlos Suárez es el hombre detrás de la victoria de De la Espriella. Como todos los que hacen parte del círculo cercano del presidente electo, su mejor credencial es la amistad de años con el mandatario entrante. Sin embargo, sus dotes de estratega y experto en marketing político también son evidentes. Es dueño de la firma Estrategia&Poder, que facturó más de 5.000 millones de pesos con las campañas exitosas de De la Espriella, Enrique Gómez y Carlos Felipe Mejía.

Suárez estuvo detrás de las ideas sobre el saludo militar, el eslogan, las canciones, la camiseta de la Selección Colombia y el discurso —hoy ya desgastado— de “los nunca”. Hizo la carpintería del Arca de Noé, aunque los pilotos visibles sean José Manuel Restrepo y Carlos Alonso Lucio.

Carlos Suárez junto a Abelardo de la Espriella. Crédito: X: @carlossuarezr

Pero el estratega nunca ha tenido, ni tendrá, la confianza del expresidente Uribe. En la recta final de la primera vuelta, la confrontación personal entre ambos se hizo evidente. Uribe llamó a Suárez "bandido" y "solapado", criticó el uso de videos con inteligencia artificial contra Paloma Valencia y lo acusó de haber coordinado en 2009 la visita de Piedad Córdoba e Iván Cepeda a un paramilitar extraditado que terminó declarando en su contra. Suárez le respondió llamándolo líder de una "gavilla" derrotada, un fósil de una hegemonía política que ya llegó a su fin.

Cinco semanas después, esa pelea personal sigue viva, y es la explicación real, más que cualquier cálculo de mayorías, de buena parte de lo que vino después.

Paso dos: entrégale el trofeo más codiciado del Congreso a un amigo

El nombre que el círculo de De la Espriella puso sobre la mesa para presidir el Senado no fue el más obvio en términos de aritmética legislativa. Alfredo Deluque es senador de un partido, el de la U, que apenas tiene ocho curules en la ‘cámara alta’. El Centro Democrático, con 17 senadores, es la más grande de esa misma coalición y, por peso numérico, la que en la práctica tradicional del Congreso tendría el primer derecho a reclamar la presidencia.

Que el gobierno entrante se saltara esa lógica tiene una explicación sencilla: Deluque es amigo tanto del presidente electo como de Carlos Suárez. Ese vínculo personal, no un cálculo de votos, convirtió una decisión rutinaria de repartición de poder en una herida abierta por donde gotean rencillas personales.

Deluque, según fuentes cercanas al senador, no solo fue de los primeros en arrimarse a la sombra de De la Espriella en la campaña anterior, sino que conoce al presidente electo desde épocas universitarias. Además, sostiene una amistad con Suárez desde hace varios años, cuando se conocieron por la asesoría que el estratega le dio al Partido de la U. De hecho, Estrategia&Poder —la empresa de Suárez— hizo una donación en especie por 11 millones de pesos a la reciente campaña de Deluque al Senado. A su vez esa aspiración le pagó 83 millones a la empresa de marketing por servicios de publicidad.

‘El presidente Uribe ha dejado su tema con Suárez en el terreno personal’, le dijo a CAMBIO el representante Daniel Briceño. Sin embargo, otras voces en el partido saben que el límite es fácilmente franqueable. “¿Cómo no te vas a mosquear si te ponen de presidente del Congreso a un amigo de tu enemigo pasando por encima de la realidad política?”, cuestionó un senador electo del uribismo.

El mismo expresidente Uribe, que no suele ser susceptible a las imprudencias y sí muy hábil con lo que cuenta, reveló en su reciente gira de medios que tuvo una llamada con De la Espriella en la que este le dijo que tenía un “compromiso personal” con Deluque imposible de posponer.

Así, la elección de Deluque como carta del gobierno entrante parece responder más a una decisión personal del presidente electo y de su estratega de confianza que a un cálculo político difícil de manejar para el hombre que está en medio del fuego cruzado: Rodrigo Lara, ministro del Interior designado.

“Es muy raro que un partido con pocas curules tenga la presidencia del Congreso el primer año. Pero es que todo con Abelardo es inusual. El partido que lo avaló, que en teoría es el de gobierno, apenas tiene 3 senadores”, dijo un senador electo del Partido Conservador.

Lara, fiel al discurso de no caer en la repartija burocrática, ha mantenido una distancia prudente de las negociaciones entre los compromisarios de los partidos, quienes han empezado a armar una coalición oficialista. Sin embargo, la obstinación del Centro Democrático con el nombre de Honorio Henríquez lo han sacado de la diplomacia, tanto como para asegurar que el uribismo y el petrismo podrían aliarse solo para “hacerle daño” al gobierno electo.

Esta teoría ha sido amplificada con esteroides por creadores de contenido cercanos al abelardismo, quienes desde la campaña ya habían criticado duramente la figura de Álvaro Uribe.

Paso tres: deje que su padrino se sienta acorralado y coquetee con su peor enemigo común

A pocos días de instalarse el nuevo Congreso, Uribe se sentó frente a los micrófonos de Blu Radio y Caracol Radio y dijo que si "el Tigre" —el apodo con el que insiste en llamar al presidente electo— "ruge" con el propósito de acabar con el Centro Democrático, su partido tendrá que volverse "abejas laboriosas" para defenderse. En la misma tanda de entrevistas reveló que amigos de Gustavo Petro le han hecho saber que el mandatario saliente quiere reunirse con él, ofreció garantías a la bancada del Pacto Histórico y, aunque descartó de palabra una alianza con el petrismo, dejó la puerta lo suficientemente entreabierta como para que el rumor se convirtiera en la comidilla del fin de semana político.

Las declaraciones de Uribe sirvieron como termómetro de esta crisis. El expresidente que ha sido el némesis de Petro durante dos décadas está coqueteando en público con la posibilidad de compartir alguna postura con él, así sea solo retóricamente, para frenar al gobierno que ayudó a elegir.

Por supuesto, en el Centro Democrático no hay intenciones de dar a la luz al ‘petrouribismo’ y darle la razón a los conspiranoicos de la extrema derecha. No obstante, saben que una bancada de 26 senadores es indispensable para frenar o impulsar cualquier proyecto. “Lo único que queremos es darles garantías y si hay puntos de encuentro a futuro en proyectos, no vamos a ser obstinados. Eso no implica actuar en bloque siempre”, dijo un congresista electo del uribismo.

Incluso, el mismo Honorio Henríquez confirmó conversaciones cordiales con personas del Pacto y colectividades aliadas, como la polémica senadora del Mais, Martha Peralta, que también ha hablado con Alfredo Deluque.

Paso cuatro: deje que el fiel de la balanza termine en manos de su propio opositor

Los números favorecen a Deluque. Su candidatura suma alrededor de 50 votos los votos de La U, el Conservador, Partido Liberal, Cambio Radical, Salvación Nacional, Alianza Verde, En Marcha y la ASI, con la única excepción del senador verde Jota Pe Hernández, que adelantó por su cuenta el respaldo al candidato uribista, Honorio Henríquez.

Este último arranca con los 17 votos del Centro Democrático y la eventualidad de tres curules del partido Mira. La diferencia, sobre el papel, es amplia, pero en el Congreso a veces las cuentas no llegan intactas a las plenarias. Por ello, el actor que puede inclinarla es el Pacto Histórico. Con 26 senadores, la bancada de Petro es la más numerosa entre las que quedarán en la oposición formal, y por eso mismo no tiene, en teoría, ni voz ni voto en una pelea que es puramente de la derecha. No obstante, sí tiene la capacidad de decidir sin pronunciarse. 

El dilema que enfrenta esa bancada es incómodo porque las dos salidas obvias le cuestan caro. Votar por Deluque es votar por el candidato del gobierno al que se disponen a fiscalizar durante cuatro años, algo que el propio Petro le pidió a su coalición evitar aludiendo de nuevo a la batalla contra el "fascismo". Y votar por Henríquez es sumarse, así sea por una tarde, a las filas del partido que más los atacó durante el cuatrienio que termina.

De ahí que dentro del Pacto se hable, sin claridad todavía, de la posibilidad de buscar un tercer nombre que les permita esquivar ambos costos, y de que un sector prefiera simplemente marginarse de una pelea ajena para no desgastarse en una guerra que no es la suya.

Pero esa idea no se ha consolidado en el petrismo en donde las conversaciones siguen en marcha. “Lo más probable es que el partido se decida muy poco antes de la votación”, le dijo la congresista electa Laura Beltrán a CAMBIO.  Por su parte, la senadora Carolina Corcho confirmó que, sea cual sea la postura, será de bancada y no se dejará a los senadores en libertad. De hecho, desde Petro hacia abajo, se ha enviado la advertencia a la bancada electa del Senado de hacer público el voto y evitar indisciplinas so pena de sanciones estatutarias.

A todo esto hay que sumarle que los guiños ya no vienen solo del lado de Uribe. Este viernes, Petro publicó un trino que marcó una distinción inusual: reconoció una diferencia entre De la Espriella y la derecha colombiana, y sugirió que lo que separa al fascismo del conservadurismo tradicional no es la ideología sino la racionalidad.

Leído en clave de la coyuntura veintejuliera, el mensaje del presidente saliente es una oferta implícita al uribismo: usted, Centro Democrático, todavía cabe del lado aceptable de esa línea y podemos acordar; el que no cabe es Abelardo, que los desplazó sin misericordia.

Sobre lo anterior no hay que olvidar dos antecedentes puntuales. Uno, lo que pasó hace exactamente 4 años; mientras hoy Uribe está en una disputa aguda con De la Espriella, en 2022 se reunió con Petro antes de su posesión en los términos más cordiales.

Dos, justo después de la victoria de Abelardo en segunda vuelta —y en medio del shock por la derrota—, Petro alcanzó a lanzar la idea de un acuerdo nacional.

En todo caso, horas más tarde del trino de Petro, el senador electo David Racero, una de las voces más beligerantes del Pacto Histórico, fue más explícito al fijar lo que podría ser la premisa del petrismo para los próximos cuatro años, recordando que "para derrotar a Hitler y al fascismo, tuvieron que sentarse Stalin, Roosevelt y Churchill".

Siendo así, ¿el mensaje es que el Pacto estaría dispuesto a sentarse, aunque sea por una tarde, con quienes hasta ayer fueron su adversario histórico? ¿Eso sirve para frenar a quien ahora consideran la amenaza mayor?. Ya no solo se trata de un Uribe acorralado buscando salidas desesperadas. En la otra orilla están detectando una ventana de oportunidad.

Por otro lado, hay una variable adicional que explica por qué casi ningún partido se ha movido en falso durante esta semana de reuniones: las comisiones. La presidencia del Senado y la Cámara no se define de forma aislada, sino como parte de un paquete más amplio que incluye el reparto de las mesas directivas de las comisiones constitucionales, donde en la práctica se tramitará buena parte de esa agenda legislativa. Un partido que rompe hoy el acuerdo sobre las presidencias no puede esperar mañana que le respeten el que ya se pactó sobre las comisiones, lo que explica la cautela con la que se ha movido, por ejemplo, el Partido Verde, que respaldó a Deluque como colectividad aunque uno de sus senadores votará por su cuenta y riesgo por Henríquez, sin que eso le cueste al resto de su bancada el lugar que ya tiene asegurado en el reparto que se viene.

En suma, este manual escrito involuntariamente por el gobierno de De la Espriella para ganar la Presidencia, distanciar a Uribe y mantener —hasta donde se pueda la asepsia política— tiene un costo que ya es notorio: al no intervenir a tiempo, el gobierno dejó que una pelea personal entre dos hombres, Uribe y Carlos Suárez, se transformara en una pelea institucional entre dos bloques del Capitolio, y de paso en una hipoteca sobre su propia agenda legislativa, sin que nadie con autoridad suficiente la contuviera cuando todavía era manejable. Ni siquiera el nombramiento a última hora de Paola Holguín —exmilitante del Centro Democrático pero nunca exuribista— calmó las aguas. Al contrario, a ojos suspicaces, ese nombramiento parece una apuesta doble de De la Espriella de premiar a los que se fueron el uribismo para subirse a su movimiento.

Porque detrás de la pelea por un cargo hay un miedo más profundo que quedarse sin una cuota ministerial. El propio Uribe lo puso en palabras como pocas veces lo había hecho, ni en los momentos más álgidos de la campaña: el temor a que el nuevo gobierno, o al menos el entorno que rodea al presidente electo, esté buscando no solo gobernar, sino sustituir al Centro Democrático como la casa natural de la derecha.

Ese temor no es gratuito. De la Espriella no llegó a la Presidencia por el aval del Centro Democrático, sino por el de su propio movimiento por firmas, Defensores de la Patria, que absorbió buena parte del mismo electorado que históricamente ha votado uribista y seguramente será partido político con la bendición del CNE, rompiendo la promesa que Abelardo le hizo a Uribe el año pasado.

Álvaro Uribe

La discusión sobre si ese fenómeno es una derecha nueva que llegó para quedarse o apenas un voto prestado que puede regresar a casa en las próximas elecciones regionales sigue abierta, pero explica por qué Uribe, que pasó veinte años siendo el líder incuestionado de ese electorado, reacciona con una virulencia que no tenía sentido dirigir contra un gobierno que en teoría es su aliado.

Y ese es, el paso final del manual, el que convierte el trofeo del lunes en una victoria potencialmente envenenada. Ganar la presidencia del Senado con Alfredo Deluque y los votos de La U, los conservadores, los liberales, Cambio Radical y los verdes es una cosa. Pero tener esos mismos votos disponibles, mes tras mes, para tramitar los proyectos y contrarreformas más polémicas del programa de gobierno es otra distinta.

Esa coalición ocasional, cosida a punta de afinidades personales y deudas de campaña, no tiene el mismo compromiso ideológico ni la misma disciplina de bancada que sí tiene, para bien o para mal, el Centro Democrático. Por ello, la herida abierta con Uribe empezará a pesar en números. Sin la colaboración activa y disciplinada de los 17 senadores uribistas, que en teoría son la bancada más afín ideológicamente a las banderas de mano dura y ortodoxia económica que De la Espriella quiere impulsar, el gobierno queda obligado a sostener sus reformas más sensibles con una coalición más ancha, más heterogénea y, sobre todo, más cara de mantener contenta cada vez que haya que votar. De hecho, tanto Deluque, como el inminente presidente de la Cámara, el godo Nicolás Barguil, han sido cuestionados por sus posturas ambivalentes con el gobierno Petro.

Cualquier proyecto que toque de fondo la institucionalidad o la Constitución exige mayorías amplias y disciplinadas para sobrevivir el trámite en comisiones y plenarias. Un Centro Democrático resentido, incluso si vota formalmente con el gobierno, tiene ahora todos los incentivos para convertirse en el socio más exigente y menos previsible de la coalición, cobrando en cada votación el precio de la afrenta de este 20 de julio.

Colombia ya vivió una versión de este guión. En 2010, Juan Manuel Santos llegó a la Presidencia con los votos del uribismo y con Uribe convencido de que gobernaría como su delfín. Pero en poco tiempo esa relación se rompió a tal punto de convertirse en la rivalidad que marcó la política colombiana durante la década siguiente. Nadie puede asegurar todavía que a De la Espriella y Uribe les espere el mismo camino. Pero el antecedente sirve para entender por qué el último paso de este manual involuntario, el pulso por la presidencia del Congreso, puede terminar siendo el más engañoso de todos. 

Abelardo de la Espriella seguramente ganará el trofeo pero descubrirá que no sirve para nada más allá de exhibición.
 

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