
Vacunas contra el cáncer: un reporte desde el frente de investigación y desarrollo
El científico Pedro Romero, en artículo exclusivo para Cambio, explica cómo las vacunas contra el cáncer, diseñadas para tratar tumores ya existentes, entran en una nueva etapa que incluye estrategias personalizadas basadas en neoantígenos y ARN mensajero. Los resultados iniciales abren la puerta a un optimismo cauteloso.
Por: Pedro Romero
Las vacunas son uno de los útiles más transformadores desarrollados por la biomedicina para prevenir enfermedades infecciosas. Las vacunas clásicas surgieron hace décadas de un abordaje empírico: microorganismos debilitados o inactivados que, al ser introducidos en el organismo, entrenan al sistema inmune para reconocerlos y eliminarlos.
Los avances de la biología molecular y celular han permitido entender con mucho detalle cómo funcionan estos procesos. Hoy sabemos que la protección inducida por una vacuna es el resultado de una compleja coordinación del sistema inmune, una especie de sinfonía biológica en la que múltiples tipos celulares actúan de manera sincronizada para generar memoria y defensa duradera.
Ese mismo sistema inmune, que protege frente a infecciones, también desempeña un papel fundamental en la vigilancia del organismo frente al cáncer. Durante las últimas décadas, la inmunología del cáncer ha avanzado de forma notable, revelando que el sistema inmune puede detectar y eliminar tumores en fases tempranas en la mayoría de los casos. Más importante aún, este conocimiento ha dado lugar a una nueva generación de tratamientos capaces de modificar el curso de la enfermedad, incluso en etapas avanzadas. Es la inmunoterapia del cáncer, un nuevo pilar junto a la cirugía, la quimio y la radioterapia.
Dos de estas estrategias han cambiado de forma importante el panorama clínico: por un lado, la inhibición de puntos de control inmunitario, que libera “frenos” del sistema inmune; por otro, la terapia celular, especialmente efectiva en ciertas leucemias y linfomas. En algunos casos, estos tratamientos logran respuestas prolongadas en una proporción significativa de pacientes. Incluso curas en unos pocos.
Una tercera vía, aún en desarrollo, es la de las vacunas contra el cáncer. Aunque pueda parecer contraintuitivo, estas vacunas no se utilizan para prevenir la enfermedad, sino para tratar pacientes que ya presentan tumores clínicamente establecidos. Se conocen como vacunas terapéuticas, en contraste con las vacunas profilácticas contra infecciones.
Como en el caso de las vacunas profilácticas contra enfermedades infecciosas, los primeros intentos en cáncer fueron también empíricos. Consistieron en inocular pacientes con células tumorales inactivadas. Ninguna de varias candidatas tuvo éxito en estudios clínicos aleatorizados y debidamente controlados. Con el tiempo, sin embargo, la comprensión de los mecanismos de activación del sistema inmune ha permitido diseñar estrategias más racionales. Las vacunas modernas suelen basarse en tres componentes: un antígeno, que define la especificidad de la respuesta; un adyuvante, que estimula la activación inmune; y un sistema de entrega que dirige estos elementos hacia los órganos donde se inicia la respuesta inmunológica, como los ganglios linfáticos.
En este contexto, los antígenos más prometedores son los llamados neoantígenos: fragmentos de proteínas generados por alteraciones genéticas o mutaciones propias del tumor, ausentes en tejidos normales. Estos constituyen señales particularmente potentes y específicas para el sistema inmune. Los adyuvantes, por su parte, actúan como “despertadores” del sistema inmune innato, mientras que los sistemas de entrega —frecuentemente nanopartículas— permiten transportar estos componentes de manera eficiente dentro del organismo. Se trata de transportar paquetes de pequeñas moléculas desde el depósito debajo de la piel, o en el músculo, dejado por la jeringa, a través de la linfa y sangre, hasta los ganglios linfáticos que drenan el sitio de inyección.
A pesar de estos avances conceptuales, la experiencia clínica ha sido en general decepcionante, especialmente en pacientes con enfermedad avanzada. Las razones son múltiples: antígenos poco potentes, respuestas inmunes débiles o mal orientadas, y fenómenos como la llamada “memoria inmunológica” previa que puede condicionar nuevas respuestas. Sin embargo, una de las barreras más importantes es la capacidad del tumor avanzado para evadir y suprimir el sistema inmune. En este estado, los tumores no son blancos pasivos, sino ecosistemas dinámicos que evolucionan bajo presión inmunológica.
Aun así, los resultados más recientes permiten un optimismo cauteloso. En particular, las vacunas personalizadas basadas en neoantígenos han mostrado señales alentadoras en estudios tempranos. Estas estrategias consisten en analizar el perfil mutacional de cada tumor para diseñar vacunas específicas para cada paciente.
En cáncer de páncreas operable —una de las enfermedades más difíciles de tratar— algunos estudios han mostrado respuestas inmunes detectables y posibles retrasos en la recaída. En melanoma avanzado, donde el sistema inmune parece más susceptible de ser modulado, estas vacunas han logrado inducir respuestas contra múltiples neoantígenos tumorales.
Un elemento clave de estos avances es el uso de tecnologías de ARN mensajero encapsulado en nanopartículas lipídicas, que permiten diseñar y producir vacunas personalizadas con relativa rapidez.
En el congreso de la Sociedad Americana de Investigación sobre el Cáncer (AACR), celebrado la semana pasada en San Diego, se presentó una actualización de un estudio clínico de fase I que evalúa la seguridad de una vacuna personalizada desarrollada en el Instituto de Cáncer Memorial Sloan Kettering, en Nueva York. Entre los pacientes con cáncer de páncreas, siete de los ocho pacientes cuyos sistemas inmunes respondieron a la vacuna seguían vivos hasta seis años después del último tratamiento. En contraste, solo dos de los otros ocho pacientes sin respuesta inmunológica siguen con vida.
La vacuna, denominada autogene cevumeran, se desarrollada en colaboración entre Roche Genentech (San Francisco) y BioNTech (Maguncia, Alemania). Basada en tecnología de ARN mensajero —popularizada durante la pandemia de COVID-19—, esta estrategia instruye al organismo de cada paciente para producir fragmentos neoantigénicos específicos de su tumor, activando así una respuesta dirigida y personalizada.
Los investigadores también identificaron por qué uno de los pacientes que inicialmente respondió a la vacuna falleció antes que los demás: su tumor logró evadir el sistema inmunológico al perder los neoantígenos que servían como diana, volviéndose así invisible para los linfocitos T citotóxicos encargados de eliminar las células cancerosas.
No obstante, estos resultados deben interpretarse con cautela. Se trata de estudios de tamaño reducido, con seguimiento limitado y, en muchos casos, combinados con otras inmunoterapias —como el estudio presentado en la AACR—, lo que dificulta atribuir los efectos a una sola intervención. Aun así, constituyen una prueba de principio importante: bajo las condiciones adecuadas —como una selección precisa de antígenos, tratamiento temprano y combinaciones terapéuticas racionales— las vacunas contra el cáncer podrían dejar de ser una promesa lejana y comenzar a convertirse en una herramienta clínica real.
*Pedro Romero es profesor emérito de la Facultad de Biología y de Medicina de la Universidad de Lausana, Suiza, y actual director médico y científico de Novigenix AI, Lausana.
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