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Escena de 'La siempreviva'.

Una obra de teatro que se mantiene siempreviva

Así nació ‘La siempreviva’, un clásico del teatro colombiano del que volvió a hablarse en noviembre de este año al conmemorarse 40 años de la toma y retoma del Palacio de Justicia.

Por: Manuel Nieto

En 1985, la sede del grupo de teatro El Local estaba en pleno barrio de La Candelaria, en la calle 11 con carrera Segunda. Era una clásica casona con patio central, con un arbolito de papayuelo en una esquina y en otra un lavadero. Ahí, su director Miguel Torres y los actores hacían a diario la magia del teatro, pero el 6 noviembre de ese año Miguel no estaba ahí: visitaba una oficina en la carrera Séptima con calle 12, en el edificio Santodomingo.

De repente vio que algo pasaba en la Plaza de Bolívar. Había revuelo, carros particulares se alejaban y llegaban vehículos militares, mientras soldados corrían hacia el costado norte, hacia el Palacio de Justicia. Al momento, ya varios tanques de guerra subían el andén y se acercaban al Palacio con el cañón apuntando a la fachada al tiempo que un helicóptero sobrevolaba el área. Miguel y los demás observadores miraban sin entender, hasta que en una radio se oyó la noticia inicial: el Palacio había sido tomado por un grupo guerrillero y el Ejército comenzaba la retoma. En medio del estupor, Miguel supo que su deber de dramaturgo y de escritor, de ciudadano y ser humano era hacer algo con ese suceso de horror.

Un par de años después y ya con una versión escrita, Miguel le contó su sueño teatral al abogado Eduardo Umaña y él lo puso en contacto con la familia Guarín que, desde el 6 de noviembre, estaba viviendo el dolor interminable de la desaparición de su hija Cristina en el Palacio de Justicia. Así, La siempreviva tuvo una dosis de realidad si era que ya no la tenía.

Poco a poco, Miguel fue construyendo la obra. Todo sucedería en una casona como la de El Local, en un inquilinato donde vive un grupo de personajes que son un retrato de nosotros mismos: la dueña, Lucía, madre de Humberto y Julieta; Don Carlos, viejo usurero y dueño de una prendería; y Victoria, la manicurista y su marido Sergio, mesero de ocasión y también payaso si la necesidad lo requiere, viven entre celos y pasión. Y el doctor Espitia, un tinterillo que corteja a Julieta, por supuesto. Ese es el mundo de constantes aprietos económicos, dramas de celos, sueños de empleos, pero también es el mundo que, de repente, vive un golpe tan irremediable como inesperado: Julieta, que tenía un trabajo modesto y temporal en el Palacio de Justicia, nunca regresa de allá: desaparece en el holocausto y nadie da razón de ella. Lucía, la madre, se empecina en buscarla y en esperarla, hasta perder el sentido de la realidad. Y todo ese mundo se desmorona.

La siempreviva se estrenó en 1994 y desde entonces se ha representado más de mil veces con el mismo elenco base: Carmenza Gómez, Lorena López, Yeny Caballero, Pablo Rubiano, Eduardo Castro, Alberto Valdiri, Alfonso Ortiz y Félix Ruíz. Estos últimos tres han muerto y sus personajes han sido interpretados por Luis Miguel Hurtado y el propio Miguel Torres.

Reitero: la obra, toda, sucede en el patio de la casona-inquilinato donde se vive la horrorosa consecuencia de la toma y la retoma del Palacio. Como El Local ya no está en la casona de la Candelaria, se ha diseñado una escenografía que recrea de modo casi minimalista pero realista ese patio de inquilinato.

La siempreviva, cartel publicitario

Durante 31 años desde del estreno, La siempreviva se ha representado en Venezuela, en La Habana, en México, Buenos Aires y España, por supuesto en Bogotá y en ninguna otra ciudad del país excepto Manizales, y en cada función sigue llevando a los espectadores por un camino salpicado de humor, boleros, pasiones, a desembocar en un retrato vivo de dolor, de pérdida, de ausencia, de desaparición.

El 27 de octubre de 2025, 40 años después de esos fatídicos 6 y 7 de noviembre de 1985, se presentó una nueva temporada de La Siempreviva en el salón Delia Zapata, donde hay 511 butacas. En la primera función debía haber cerca de 250 espectadores, de los cuales una cuarta parte tenía edad suficiente para haber vivido ese 1985, y con la obra seguro recordaron y revivieron ese triste horror. Tal vez otros 50 espectadores entonces eran treintañeros y La siempreviva les dio luz a los hechos que, seguramente, habían oído contar a sus mayores y que ellos como niños no comprendían o recordaban confusamente. Los restantes espectadores de esta representación no habían nacido cuando ese horror sucedió y La siempreviva se los contó.

¿De dónde proviene ese tipo de teatro que hace Miguel, que vivifica y resalta lo popular en cada uno de los personajes y, cómo no, en la historia que se cuenta con el humor, las pasiones, las creencias de la gente del común, que retrata la realidad? Se puede decir que empezó por allá en 1958, en el Club de Teatro Independiente; más tarde pasó por el grupo El Búho, en el cual Torres aprendió y trabajó junto con el maestro Santiago García y Fausto Cabrera, y en 1966 se convirtió en uno de los fundadores de la Casa de la Cultura, rebautizada después como Teatro La Candelaria. Este movimiento teatral revolucionó para siempre el teatro que se hacía en Colombia, alimentándose del teatro épico que había hecho en Alemania Bertolt Brecht y que había llegado principalmente a Cali, con Enrique Buenaventura y el TEC, y a Bogotá, donde Santiago García, Carlos José Reyes, el propio Miguel Torres, le fueron dando cuerpo y vida, al tiempo que profesores como Seki Sano enseñaban nuevas formas de hacerlo para renovar y continuar con una larga tradición: el teatro para relatar nuestras historias propias, esencialmente dolorosas, de injusticia, rebeldía, tristeza. Quizás por esos orígenes combinados y el talento de Torres, La siempreviva lleva a los espectadores por esos caminos de humor y picardía en principio, para luego conducirlos a las pasiones, la desconfianza, la sorpresa convertida en incredulidad y luego en dolor.

A lo largo de su trayectoria, El Local se caracterizó por plantear en sus obras temas sobre la justicia y los conflictos sociales de nuestro tiempo, haciendo énfasis en la problemática latinoamericana, pero privilegiando la creación de una dramaturgia nacional cuyo enfoque esencial estaba dirigido al análisis de los conflictos humanos y sociales por lo que atraviesa Colombia.

Como dijo su creador y director, a tres décadas de su estreno, La siempreviva se ha añejado y sigue siendo el espejo en el que podemos vernos en nuestro pasado.

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