
Berlinale: ¿qué es el cine sin política?
Quizá el mayor derecho humano sea el de contradecirse. El caso de Wim Wenders en el pasado Festival Internacional de Cine de Berlín –cuando pidió alejar el cine de la política– se suma al de otros artistas, como Bono o Willie Colón, que alguna vez fueron faros estéticos y morales y parecen haber perdido esa claridad. Reporte y análisis de Juan Carlos Lemus, jurado en la sección Panorama del festival.
El drama turco-alemán Gelbe Briefe (Cartas amarillas), de İlker Çatak, ganó el Oso de Oro del pasado Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale 2026). Postula a los sitios como protagonistas: Berlín es “Ankara” y Hamburgo es “Estambul”. Mostrada en el festival alemán por antonomasia, la película insiste en la incómoda idea de que la represión no es folclor sino un método exportable. El director alemán, excandidato al Óscar con Sala de profesores (2023), se detiene en el cine clásico para narrar la erosión de una familia. Un profesor universitario y dramaturgo recibe una “carta amarilla” de despido por “antipatriota”; la caída arrastra a su esposa –actriz– y a su hija. Se van quedando sin trabajo, sin casa ni entorno. Y un guion que los empuja hacia el dilema que toda maquinaria autoritaria aceita: sostener convicciones y pagar el costo, o tragarse sapo y seguir respirando.
El jurado presidido por Wim Wenders dijo que Gelbe Briefe les produjo “escalofríos” y la leyó como “premonición” de un despotismo posible también “en nuestros países”. Palabras que sirven como coartada moral del premio porque apelan a la universalidad del miedo. Y, sin embargo, la trampa está en que precisamente las ciudades protagonistas son las blanquísimas Berlín y Hamburgo… y que los dioses no lo quieran, se nos vuelvan Ankara o Estambul. La conversión automática del tema urgente en “obra maestra” y en una “película de la que hablaremos en años” no se entendió así por la prensa internacional. Porque lo bueno de ubicar la ciudad como elemento que marca a los humanos que la habitan (Alemania, doblando a Turquía, es un gesto conceptual visible que puede parecer inquietante para muchos, no porque Alemania se haga menos blanca y cristiana, sino por el autoritarismo de Erdogan) se pierde en el desarrollo del corazón dramático de la familia y de lo que enfrenta, que me parece demasiado explícito. Desde la segunda mitad, las cartas van marcadas hacia un melodrama fácil de telenovela. Alguno podría encontrarla más útil, pero dudo que sea memorable.
El resto del palmarés. El Gran Premio del Jurado fue para Kurtuluş (Salvation), de Emin Alper: una disputa por tierras en las montañas turcas-kurdas donde religión, poder y violencia se mezclan como si fueran una sola sustancia. El Premio del Jurado fue para Queen at Sea de Lance Hammer: un drama sobre demencia y cuidados que entiende –con bastante cariño por sus personajes– que lo íntimo es político cuando una sociedad aún decide cuánto vale envejecer con dignidad. Hubo premios de oficio, como el de Sandra Hüller por su interpretación principal en Rose. Grant Gee, dirección por Everybody Digs Bill Evans; y el guion fue para Geneviève Dulude-de Celles por Nina Roza. Son decisiones que, leídas en bloque, dibujan un jurado cómodo que premia cine “bien hecho”. Hasta Wenders dijo que, para ellos, el Oso de Oro y los dos primeros premios del jurado eran equivalentes.
Solo que la Berlinale 2026 no se dejó clausurar con comodidad. Como un oso herido Gaza entró al escenario sin eufemismo. Marie-Rose Osta, al ganar el Oso de Oro al mejor cortometraje por Someday a Child, recordó que los niños de Gaza no tienen superpoderes para sobrevivir a las bombas y señaló el veto y el colapso del derecho internacional como parte del engranaje de impunidad. Luego llegó Abdallah Alkhatib, premiado en la sección Perspectives por Chronicles From the Siege, y acusó al gobierno alemán de ser cómplice del genocidio en Gaza por parte de Israel. Un ministro se levantó y se fue. En una imagen que recuerda a la de Zidane en la final contra Italia, este fue el último plano del festival: el cuerpo institucional respondiendo con la salida cuando la palabra se vuelve intolerable, el peso del Staatsräson ha hecho de Israel un tema explosivo en cultura. Y el drama llega hasta marzo con reconfirmación de la señora directora Tuttle, pero con un consejo adjunto y un código de comportamiento.
Lo grave no fue solo lo que se dijo, sino que se quiere seguir tapando el sol con un dedo. Negando el tsunami genocida que ocurre. Durante la 76.ª edición de la Berlinale, buena parte del star system navegó por Gaza con respuestas de “manual” o con un silencio funcional, mientras el festival cargaba con su fama de ser “la más politizada” entre los grandes festivales europeos. En la rueda de prensa inaugural, cuando le preguntaron a Wenders por la posición del gobierno alemán, respondió que el cine debía mantenerse fuera de la política. Para rematar, la transmisión en vivo se cortó poco después, lo que desató acusaciones de censura. Por supuesto que la frase de Wenders no se quedó en el recinto. En redes se volvió consigna y piedra. Arundhati Roy canceló su presencia y tildó de inconcebibles las palabras del presidente del jurado. Luego vino una carta, firmada por figuras de la industria, que señalaba el “silencio” sobre Gaza. Nada de esto es anécdota, es apenas el termómetro de una época en la que los festivales quieren ser plaza pública sin pagar el costo de serlo.

En ese clima, Wenders intentó coser lo roto. En la gala habló de una “discrepancia artificial” –inflada por redes– entre arte y activismo. Dijo que los activistas luchan sobre todo en internet por la dignidad y la protección de la vida humana, y que esas son también causas del cine. Pidió, además, que activistas, cineastas y periodistas se alineen para enfrentar un mundo “aterrador” y fuera de control. Buen discurso. Tanto que levanta sospecha. Y es que obras son amores, señor presidente. Hace pocos años le celebramos con Perfect Days, una película tardía, sobria, que parecía reconciliarlo con su estética. Además, no faltó valorarle su valentía al intentar escarbar en nuevas maneras de seguir en su arte, aunque no le funcionaran.
Pero algo salió mal en el triple salto del “manténganse al margen” al relato edificante de unidad. Y es que con Wenders me pasa algo que no es solo ideológico: un miedo a la vejez prestigiosa cuando se acostumbra a hablar en frases redondas, como si el estilo reemplazara la precisión. Pareciera que cuando un ídolo envejece y, en vez de afinar su mirada, este se refugia en la autoridad de su nombre propio. Como Willie Colón coqueteando con Trump después de haber sido brújula. Como si la gloria previa se volviese un salvoconducto para hablar sin medir el daño. Mi miedo no es que Wenders sea “malo”; es que su prestigio cauterice y que la Berlinale lo use como validación de su silencio, algo que no ha hecho ni con Irán ni con Ucrania.
Si la Berlinale es el festival que presume de “político”, esa oscilación es síntoma: querer ser plaza pública y, al mismo tiempo, conservar el protocolo de salón. Tricia Tuttle sonó más sensata cuando defendió que los cineastas pueden hablar o callar, y que no se les puede exigir convertir complejidades en un soundbite cada vez que aparece un micrófono. Esa postura –más que la de Wenders– fue la única que sonó adulta en medio del vendaval.
La ceremonia dejó un retrato incómodo: un jurado que premia formas clásicas mientras el escenario exige una claridad moral que el clasicismo no garantiza. Gelbe Briefe ganó por lo que advierte, no necesariamente por lo que inventa. Y Wenders la defendió como si bastara con decir “premonición” para volver imprescindible lo que, en pantalla, a ratos se queda en melodrama incompetente. Lo que sí quedó claro –y eso no necesita rótulos– es que la Berlinale ya no puede fingir neutralidad cuando el mundo entra a la sala con el ruido de las bombas como colofón.
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