
Jorge Arias de Greiff: 101 años de espera para ver un eclipse anular
Jorge Arias de Greiff, quien fue durante mucho años director del Observatorio Astronómico Nacional, hizo caso omiso a su sordera, a su cojera, a sus 101 años de edad y se pegó “la rodadita” para poder ver, por primera vez en su vida, un eclipse anular de Sol.
Por: Eduardo Arias
Al mediodía del sábado, la expedición llegó a un lugar cercano a Natagaima, en una carretera veredal y en un sitio bastante tranquilo donde Jorge Arias de Greiff se sentó en una silla Rímax que habían acomodado en el techo del carro de su nieta y su esposo. Primero empezó a mirar con las gafas que consiguió su nieta Verónica en el Observatorio Astronómico Nacional y luego con unos binóculos, a los que les adaptaron unos filtros especiales.
Arias de Greiff, mi papá, estuvo bastante tranquilo observando el fenómeno celeste: su fase parcial, la fase anular y también un poco del final, cuando la luna empieza a alejarse y se siente un poco de frío. Él alcanzó a percibir que la temperatura había bajado bastante de los 35 grados que son habituales al mediodía en el Tolima.

El apoyo de Verónica fue realmente fundamental. Ella fue al Observatorio Astronómico a conseguir los lentes de cartón con el filtro especial para que todos en la familia los tuviéramos y mi papá pudiera estar con todos. En el evento pidió que le tomáramos una fotografía donde estuvieran las coordenadas geográficas exactas del sitio donde estaba observando el eclipse. Allí estuvo sentado en su silla mientras se le sirvió un almuerzo campestre un tanto improvisado.

En 1998 yo viajé con mi papá, la familia, mi hermano y algunos amigos cercanos, para ver el eclipse total de sol en Bosconia, Cesar. En ese momento yo pensaba que aquel era el último eclipse total que iba a ver mi papá, un astrónomo de largo recorrido, quien durante muchos años fue director del Observatorio Astronómico Nacional.
En aquel viaje ya tenía casi 75 años de edad y el próximo eclipse de sol total o anular que se podría ver en Colombia sería precisamente este, el de 2023. Es decir, allá en Bosconia yo pensaba que faltarían 25 años para una nueva oportunidad, así que admiré su valentía en ese entonces para realizar el viaje ida y vuelta por tierra hasta Santa Marta, y luego las tres horas desde allá hasta Bosconia para ver el que yo creía que iba a ser su último eclipse.
Pasaron los años y mi papá cumplió 100. Mi sorpresa fue mayúscula cuando Verónica, mi hija, también astrofísica, le comentó hace tres o cuatro días que iba a ir a ver el eclipse, seguramente en el Tolima. Contra todos los pronósticos mi papá, que oye muy mal y camina con gran dificultad, saltó como un resorte. Empezó a buscar binoculares, a preguntar por los filtros, armó su equipo de viaje.
Sin embargo, en la víspera hubo un poco de dudas e intentó echarse para atrás. Dijo que era muy complicado llevarlo, que sería una carga, pero al final decidió viajar.
Después de una escala técnica en Honda, salimos este sábado a las nueve de la mañana rumbo a Natagaima, en el sur del Tolima, donde sería visible la fase anular del eclipse de sol.
Con una cachucha y unas gafas Ray Ban de piloto de la Segunda Guerra Mundial, que tiene desde que tuve uso de razón, se subió a uno de los carros.
Tres horas después, en ese paraje perdido cerca de Natagaima, esperó pacientemente que se acercaran los cuatro minutos mágicos de la fase anular que lo habían llevado hasta allá.
Media hora antes, una pequeña nube gris parodió el fenómeno celeste y tapó al sol durante al menos diez minutos. El calor abrazador del medio día en el Valle del Alto Magdalena comenzó a mermar. La nube por fin se corrió y él, con sus binoculares dispuestos con filtros para mirar el sol, empezó a ver el fenómeno. La temperatura evocaba la de una finca cafetera: observó el eclipse en silencio. Prácticamente no hizo ningún comentario.

La carrera de Jorge Arias de Greiff como astrónomo comenzó de casualidad. Él se había graduado de ingeniería civil en la universidad y había dictado allá algunos cursos de matemáticas y física.
En 1957 el cometa Arend-Roland se acercó al sol y era visible en las noches bogotanas. En la mansarda de la casa paterna montó una cámara en la base de un teodolito. Con la ayuda de uno de sus hermanos, movían el teodolito para seguir el movimiento del cometa mientras mi papá mantenía abierto el obturador. Así logró una fotografía que uno de los diarios de Bogotá publicó en primera página.
Poco después murió el profesor Belisario Ruiz Wilches, director del Observatorio Astronómico Nacional y los directivos de la Facultad de Ingeniería, de la que dependía el observatorio, le ofrecieron el cargo por sus conocimientos en física y matemáticas. Para asumir la tarea se encerró en observatorio del centro –en el que trabajó Francisco José de Caldas, el sabio– a estudiar todos los libros de astronomía que allí había.
Poco después comenzó a dictar cursos, entre ellos uno del que está particularmente orgulloso: mecánica celeste. El año pasado, en un homenaje que le hizo la Universidad Nacional con motivo de haber cumplido 100 años, él le agradeció a la Universidad Nacional por haber sido su casa durante tanto tiempo. Y luego exclamó: “Estoy muy orgulloso de que mi cursito de mecánica
celeste hoy se haya transformado en un doctorado en astronomía”.
Su relación con los eclipses anulares y totales comenzó el 24 de diciembre de 1973, cuando en Bogotá sería visible un eclipse anular de sol. Ese día fue al observatorio de la sede de la Universidad Nacional y nos llevó a mi hermano y a mí. Sin embargo, aquella mañana, a pesar de ser diciembre, Bogotá amaneció muy nublada y no hubo manera de verla.
Nuestro siguiente eclipse fue el 12 de octubre de 1977, un jueves festivo anterior a los feriados Emiliani. Ese día, un poco al norte de Bogotá se iba a poder ver un eclipse total de sol, al que se le dio mucha publicidad.
Clemente Garavito, director del Planetario Distrital, organizó un viaje a Guatavita con grandes personalidades e, incluso, anunció que seguiría a bordo de un avión el desplazamiento del cono de sombra para observar durante más tiempo la fase total del eclipse. La verdad, nunca supe si lo hizo o no.
Mi papá, en cambio, se fue con sus equipos en una vieja camioneta Willis de la universidad y escogió un lugar en la punta del cerro que separa los valles de Tabio y Tenjo del de Subachoque. A pesar de ser octubre, hizo una tarde esplendorosa.
En Guatavita también hacía mucho sol, pero en el momento exacto de la fase total se les atravesó una nube y Garavito y su comitiva se quedaron con los crespos hechos. En cambio, en la tranquilidad del cerro, mi papá logró tomar una gran cantidad de fotografías del eclipse.
Pero esta historia tiene un pero.
De regreso en casa, mi papá inició casi inmediatamente el proceso de revelar el negativo en el laboratorio de fotografía en blanco y negro que tenía en uno de los baños.
Algún periodista de El Tiempo o de El espectador se enteró de que mi papá sí había logrado tomar fotos de la fase total y comenzó a llamar a cada minuto para ver si ya estaban listas las fotos. Mi papá sintió la presión del insoportable impertinente que quería la chiva y que no lo dejó en paz ni un minuto. De pronto, en la casa lo oímos exclamar: “Ayayaiyayaiyayaiyayai”. En el afán provocado por el acosador de marras, había confundido el líquido revelador con el fijador. Los negativos murieron, no hubo foto del eclipse y el periodista acosador se quedó sin la primicia
El siguiente eclipse, el de 1991, lo vimos en una finca en el desierto de la Tatacoa. El lugar amaneció nublado y cuando comenzó la fase parcial parecía que el viaje iba a ser un fracaso. Entonces Olga Troconis, una amiga de la familia que nos acompañaba, puso un tenedor y un cuchillo cruzados a la entrada de la casa y, de repente, el cielo se abrió y pudimos ver la fase
culminante del eclipse en perfectas condiciones. Cuando pasó la fase total y la luna comenzó a separarse del sol, el cielo volvió a cubrirse.

En 1998 fuimos a Bosconia. Para ese eclipse mi papá fabricó un soporte para la cámara calculado para girar como lo haría de manera aparente el sol y la luna, con los datos geográficos de Bosconia. Recuerdo su pinta, pantalón corto y camisa compañera beige, como si fuera un soldado afrikáner de la guerra de los Boers.
Este sábado, 14 de de octubre de 2023, con 101 años de edad, iniciamos el regreso a Honda. A las 2:30 p. m. ya había vuelto el calor abrasador. Mi papá no ha comentado mayor cosa: “estuvo muy bueno el paseo”, “muy bien escogido el sitio”, “se vio muy bien el anillo del sol”.
El próximo eclipse anular visible en Colombia, más exactamente en el trapecio amazónico, será en 2028. ¿Lo podrá ver? Ni idea, con mi papá, como con los Rolling Stones, nunca se sabe.
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