
Bosques tropicales para siempre
El exembajador en Brasil Guillermo Rivera analiza los efectos de el Fondo Bosques Tropicales para Siempre en Colombia y cómo podría convertirse en una alternativa de financiamiento a la lucha contra los cultivos de uso ilícito y la minería ilegal.
Por: Guillermo Rivera
La COP 30 terminó hace unos días en Belem do Pará, en la Amazonía brasilera, con resultados desalentadores. Estados Unidos se retiró a principios de año del Acuerdo de Paris y su ausencia en Belem fue notable. Además, los otros países del primer mundo parecen estar más enfocados en las posibles salidas a los conflictos armados, la crisis migratoria y las tensiones comerciales. La lucha contra la crisis climática no logra, aún, ser la prioridad global.
En medio del escepticismo de los gobiernos y los ciudadanos que si están preocupados por el avance del calentamiento global, en la COP fue acogida la iniciativa del gobierno de Brasil de crear el Fondo Bosques Tropicales para Siempre -Tropical Forest Forever Facility TFFF- . Distinto a los esquemas de cooperación o compensación que ya existen para la conservación de biomas estratégicos, este será un fondo administrado por el Banco Mundial en el que países y empresas podrán invertir por la conservación de los bosques tropicales. Esos inversionistas obtendrán un rendimiento un poco por debajo de la rentabilidad promedio bajo el entendido de que se trata de un propósito que trasciende el negocio financiero; y los países con bosques tropicales, como lo es Colombia por cuenta de la selva amazónica, recibirían cuatro dólares anuales por hectárea conservada.
Los compromisos de inversión en dicho fondo estuvieron por debajo de las expectativas de Brasil. Sin embargo, se trata de una nueva apuesta que vale la pena experimentar. Ni la filantropía, ni la cooperación para el desarrollo, ni los bonos o negocios verdes, han logrado, hasta ahora, ser un mecanismo financiero del tamaño que se requiere para conservar los bosques tropicales.
La conservación de los bosques tropicales es no solamente una necesidad para la regulación del clima, lo es también para garantizar el ciclo del agua. Está demostrado, para poner un ejemplo, que el agua que llega hasta los páramos de las cordilleras central y oriental proviene en un 30 por ciento de la humedad que lanzan a la atmosfera los millones de árboles de la amazonia. Es decir, el agua con la que nos duchamos y la que tomamos a diarios en Bogotá, proviene en un 30 por ciento de la selva amazónica.
En el caso colombiano, este fondo, que premiaría a los Estados por el número de hectáreas conservadas, también podría convertirse en una alternativa de financiamiento a la lucha contra los cultivos de uso ilícito y la minería ilegal. Frente los primeros, son varias las frustraciones que registramos en la búsqueda de cultivos sustitutos, y frente a la minería ilegal es urgente no solo mejorar las capacidades de las fuerzas del orden para combatirla, sino también garantizar unos ingresos a las comunidades asentadas en la amazonia que hoy, debido a su ausencia de fuentes de empleo, son presa fácil de las organizaciones criminales, que los reclutan para “emplearlos” en sus actividades ilegales. En otras palabras: ya no es aconsejable la búsqueda de actividades económicas legales que sustituyan a las ilícitas, más bien lo que se requiere es que la única actividad a desarrollar en la selva sea la conservación de la misma. Y digámoslo sin rodeos: las comunidades que habitan en las zonas rurales de la amazonia, en especial los pueblos indígenas, deben recibir un apoyo económico proveniente del Estado para asegurarnos de que ninguna actividad destinada a generar ingresos se desarrolle en la selva. Algunos dirán que lo que estoy proponiendo es purista y utópico y otros dirán que es contrario al capitalismo. Las dos opiniones son ciertas; pero independientemente del calificativo que se le asigne a esta idea, si no asumimos una posición purista y alternativa al esquema capitalista para preservar la selva, la primera víctima del punto de no retorno del calentamiento del planeta y de la ausencia de agua de los grandes centros urbanos, será el propio capitalismo.
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