
Calculadora de gobernabilidad: así se movería el Congreso de acuerdo a quien gane la Presidencia
Iván Cepeda, Claudia López, Paloma Valencia, Sergio Fajardo y Abelardo De la Espriella, candidatos presidenciales. Fotoilustración: Yamith Mariño.
Aunque el Pacto Histórico y el Centro Democrático son las colectividades con más congresistas, sea quien sea el ganador de las elecciones presidenciales deberá empezar a negociar, ceder y construir alianzas con otras fuerzas para sacar adelante sus proyectos. De nuevo, los partidos tradicionales serán clave.
Por: Armando Neira
En la novela El gatopardo (1958), de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, se afirma: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. La frase cobra vigencia al mirar la composición del Congreso, elegido este 8 de marzo, que celebran especialmente el petrismo y, en menor medida, el uribismo tras obtener las mayores tajadas de la torta.
Sin embargo, ninguna de las dos tendencias políticas con opciones muy fuertes de ganar la Presidencia de la República obtuvo las mayorías suficientes para imponer su agenda de manera autónoma en el periodo 2026-2030. La composición cambió, pero persiste un equilibrio político evidente.
“Hay dos fuerzas políticas claramente definidas y robustas: el Pacto Histórico y el Centro Democrático”, dice el analista Gabriel Cifuentes. “Ahora son dos polos de atracción opuestos que servirán de bancada de apoyo o de oposición férrea a cualquiera que llegue a gobernar”, añade.
Sin embargo, subraya, ninguna de las dos fuerzas tiene las mayorías suficientes para controlar el Congreso. “Estaremos nuevamente en manos de los partidos tradicionales y del clientelismo”, augura.
Para las nuevas generaciones resulta difícil dimensionar el grado de influencia que llegaron a tener los partidos Liberal y Conservador. Ponían a los presidentes, eran protagonistas de las guerras civiles, firmaban la paz, impulsaban constituciones, tenían periódicos nacionales y directorios en cada municipio: todo gravitaba a su alrededor.
Ese bipartidismo empezó a languidecer con la Constitución de 1991 y hoy —para sorpresa de los abuelos que vivieron bajo sus dominios— ni siquiera tienen candidato presidencial. Pero aún conservan un poder decisorio en el Congreso.
“No me dejaron gobernar”
Eso lo sabe el presidente Gustavo Petro, quien sostiene la tesis de que no pudo llevar a cabo la totalidad de sus reformas sociales porque los dos partidos —a los que se sumaron La U y Cambio Radical— le atravesaron obstáculos insalvables.
Solo en el primer año de su presidencia, cuando el mandatario armó una robusta coalición, pasaron con relativa facilidad la reforma tributaria más alta de la historia —para “atender la deuda social histórica que tiene el Estado con los más vulnerables, de la mano de la responsabilidad fiscal”—, el Plan Nacional de Desarrollo, el presupuesto y hasta polémicos cambios en la ley de orden público para poner en marcha otra bandera del Gobierno: la ‘paz total’.
Todo ello ocurrió con un primer gabinete que el propio Petro bautizó como el del “Acuerdo Nacional” y en el que se percibía que el oficialismo avanzaba como una aplanadora en el Congreso.
Petro logró construir una poderosa coalición política a la que se sumaron incluso fuerzas antagónicas como el Partido Conservador ¿Cómo lo hizo? El presidente armó un gabinete con figuras de amplia trayectoria —José Antonio Ocampo, Cecilia López, Alfonso Prada y Alejandro Gaviria— que no provenían de la izquierda y que se sumaron a jóvenes dirigentes provenientes del activismo y formados en el mundo de las redes sociales.
Ese primer gabinete, reforzado en el Congreso por la presidencia del influyente Roy Barreras, se movió con soltura. Desde el inicio, la relación entre el primer gobierno de izquierda y el Legislativo parecía la de una pareja perfecta.
Con el tiempo, Petro empezó a perder la paciencia porque exigía más urgencia y rompió la coalición. Desde el Ejecutivo se impulsó la idea de que ya no era necesario dialogar con los jefes de los partidos, sino directamente con cada uno de los parlamentarios.
De manera sorprendente, un gobernante que había llegado al poder prometiendo acabar con los viejos y tóxicos vicios de las transacciones parlamentarias empezó a hacer uso de la llamada “mermelada”, lo que finalmente derivó en el escándalo de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD).
El cáncer de la corrupción aquí y allá
Se trata del fantasma de corrupción que marcará para siempre el legado de su mandato. Ese caso hoy tiene a algunos de quienes fueron los miembros más poderosos del primer círculo presidencial en la cárcel, huyendo o a punto de ser detenidos.
Pero si en el Ejecutivo llueve, en el Legislativo no escampa. Hoy están en la cárcel los expresidentes Iván Name (Senado) y Andrés Calle (Cámara), quienes recibieron maletas con dinero para tramitar proyectos. Y, de hecho, hace un par de días fueron detenidos por orden de la Corte Suprema los reelectos congresistas Wadith Manzur (Partido Conservador) y Karen Manrique (curul de paz y ahora MAIS), y se espera la captura de al menos cuatro parlamentarios más, todos involucrados en el entramado de entrega de dádivas para lograr la aprobación de proyectos.
Los tres candidatos con mayor intención de voto, según las encuestas —Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia—, se han mostrado tajantes al decir que con ellos no cuenten para ningún acto de corrupción. Eso está muy bien. Pero también es cierto que en el Congreso hay parlamentarios que esperan obtener cuotas burocráticas para saciar su extraordinario apetito.
Con la elección del 8 de marzo, el panorama indica que quien llegue a la Casa de Nariño no lo tendrá fácil. Las bancadas de los partidos Liberal y Conservador ya hacen cuentas mientras esperan quién les ofrecerá más para moverse en esa dirección.
“A pesar de un claro fortalecimiento del Pacto Histórico y del Centro Democrático en el Congreso de la República, sigue habiendo un número muy importante de partidos tradicionales cuya lógica se parece más a la de organizaciones clientelares que a la de partidos ideológicos”, dice el analista Luis Ernesto Gómez. “Históricamente lo que han hecho es acomodarse al gobierno de turno, sea de izquierda o de derecha”.
“Entonces, lo que podríamos esperar es que un eventual presidente como Iván Cepeda o una presidenta como Paloma Valencia puedan conformar mayorías si, como lo han hecho todos los mandatarios en la historia reciente, están dispuestos a darles participación en el presupuesto nacional”, pronostica Gómez.
52, el número mágico
La atención se centrará en el Senado, donde habrá 103 senadores: 102 elegidos en las urnas y la curul que ocupará quien quede en segundo lugar en la carrera presidencial. Es decir, la mayoría para aprobar proyectos será de 52 votos.
Tras la posesión de los congresistas este 20 de julio, en el ambiente gravitarán temas de gran calado como la propuesta de convocar una constituyente, la reforma agraria y la reforma de la salud, entre otros. A favor de esta agenda está el Pacto Histórico. Pero en solitario no podrá hacerlo porque, incluso con las curules indígenas y a falta de los resultados oficiales, bordea apenas los 30 escaños.
El docente universitario y consultor político Carlos Arias considera que los escenarios de gobernabilidad para el próximo presidente dependerán en buena medida de su capacidad de construir alianzas. A su juicio, los sectores de izquierda parten con una base legislativa relevante, pero necesitarán sumar apoyos en otras colectividades si quieren convertir sus iniciativas en leyes.
En cualquier caso, advierte, la mayor dificultad será encontrar espacios de concertación política más allá del reparto burocrático. “Los puntos de acuerdo ideológico en temas específicos como la reforma política o la reforma a la salud serán los debates más complejos. Y, por supuesto, una eventual constituyente abriría un gran debate público y político”, señala.
“Ante la ausencia de mayorías definidas, el próximo presidente tendrá una luna de miel muy breve”, dice María Jimena Escandón García, candidata a máster en comunicación política en Madrid. “Es previsible un escenario de gobernabilidad fragmentada, en el que el Congreso se configure como un aliado complejo: la deliberación se concentrará en el centro político y las decisiones se construirán mediante negociaciones voto a voto”.
En este proceso, como se ha visto frente al presidente Petro, ha habido desde pequeñas hasta grandes rupturas dentro de cada colectividad. Una situación que seguro se repetirá en partidos como Alianza por Colombia, que cuenta con 10 senadores, algunos de izquierda y otros de derecha. O en la colorida coalición “¡Ahora Colombia!”, compuesta por el Nuevo Liberalismo, Dignidad y Compromiso y el Mira. ¿Qué camino tomarán sus cinco senadores cuando actualmente se reparten entre apoyos a Paloma Valencia, Sergio Fajardo e Iván Cepeda?
“El próximo presidente, cualquiera que sea, no tendrá la posibilidad de sacar adelante fácilmente una agenda reformista”, añade Escandón. “Tendrá que ceder y negociar sus propuestas legislativas; también deberá invertir capital político, mantener cercanía con las presidencias de Senado y Cámara y contar con un ministro del Interior experto en diálogo político”.
“Hemos consolidado en Colombia un modelo conocido como presidencialismo de coaliciones con alta fragmentación política”, explica Gonzalo Araujo, politólogo de la Universidad Javeriana.
“Eso significa que los candidatos de la centroderecha y la derecha podrían configurar coaliciones algo más estables que aquellos ubicados en la izquierda y la centroizquierda. El Legislativo sigue siendo, aunque cada vez menos, un escenario con fuerte presencia de partidos tradicionales, por lo que es poco probable que se configuren mayorías claras desde un solo espectro ideológico”, añade.
Las proyecciones de gobernabilidad
De acuerdo a las tendencias ideológicas y de negociación de las colectividades y coaliciones que llegarán al Capitolio el próximo 20 de julio, los escenarios de gobernabilidad que se pueden proyectar para los candidatos presidenciales más visibles en esta contienda son variables. Por ejemplo, para Iván Cepeda, el pronóstico es retador; si bien tendría a su favor la bancada más grande del Senado, el bloque opositor que podría conformarse tendría el potencial de ser un costoso peaje para iniciativas del Gobierno.

Caso distinto al de Abelardo de la Espriella, quien podría agrupar, al menos en la primera legislatura del cuatrenio 2026-2030 una sólida coalición gobiernista.

La eventual aplanadora de Abelardo sería casi idéntica a la que podría armar Paloma Valencia. En ambos casos el Pacto Histórico, el centro y la centro-izquierda se ubicarían en la independencia o la oposición.

En el caso de una presidencia de centro como la de Claudia López o Sergio Fajardo, el bloque oficialista sería menos robusto, pues eventualmente la derecha optaría por la oposición mientras que la centro-izquierda y la izquierda se mantendrían en la independencia.

Finalmente, Roy Barreras es quien parece con una mejor proyección de gobernabilidad debido a su larga trayectoria en el Congreso y la habilidad para concertar con partidos políticos. El exsenador apelaría al pragmatismo y la amistad de años con líderes políticos para aceitar una arrolladora mayoría en el Congreso, al menos, en el primer año de mandato.

¿Quién da más?
De hecho, en estos días de la recta final de la campaña presidencial las fuerzas se irán alineando. “Existen dos bloques hegemónicos representados en dos partidos: el Pacto Histórico y el Centro Democrático. Ambos ya estarán construyendo alianzas y coaliciones de cara a la primera vuelta para respaldar una u otra candidatura”, señala Araujo.
Este experto también pronostica un tiempo muy breve de tranquilidad. “No veo una larga luna de miel para ningún gobierno. Lo que veo es un período inicial de estabilidad y luego rupturas aceleradas de las coaliciones. La relación entre el Ejecutivo y el Legislativo ha cambiado y será mucho más al detalle, al menudeo, que en representación de colectividades. Desde esa óptica, incluso pueden fortalecerse los clanes regionales”.
En caso de que a segunda vuelta pasen Iván Cepeda y Paloma Valencia, uno de los dos tendrá derecho a la curul en el Senado. Sea quien sea, seguramente liderará su bancada para hacerle una implacable oposición al vencedor, porque de eso se trata la política. Ambos conocen muy bien el Congreso y saben cómo se juega en ese escenario. Por eso, el ganador no lo tendrá fácil.
En el caso de Abelardo de la Espriella, si llegara a pasar a segunda vuelta y perdiera en la final, es incierto qué camino tomaría. Lo que sí parece claro es que su bancada de Salvación Nacional se perfilaría como una oposición radical en un Congreso que tuvo grandes cambios, pero que, al verlo con lupa, quedó muy similar al actual. Como El gatopardo.
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