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El manual de la derrota de Iván Cepeda
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El manual de la derrota de Iván Cepeda

Iván Cepeda llegó a la primera vuelta presidencial como favorito en las encuestas y terminó detrás de Abelardo de la Espriella. CAMBIO reconstruyó las decisiones, omisiones y errores estratégicos que ayudan a explicar cómo una campaña que parecía encaminada a la victoria terminó enfrentando una derrota inesperada.

Por: Sylvia Charry

Durante meses, Iván Cepeda hizo campaña como el hombre que tenía asegurado su paso a la segunda vuelta. Las encuestas lo ubicaban en el primer lugar, el petrismo daba por descontado su liderazgo electoral y sus rivales parecían disputar el derecho a enfrentarlo en junio. Pero la noche del 31 de mayo produjo una de las mayores sorpresas de la campaña presidencial: Cepeda no ganó la primera vuelta. Terminó segundo y, eso, desató la furia del presidente Gustavo Petro que puso en duda la legitimidad del preconteo de votos. 

Lo ocurrido no puede explicarse únicamente por el margen de error de las encuestas ni por una decisión de última hora de los electores. La derrota fue el resultado de una sucesión de decisiones políticas que, vistas en conjunto, terminaron erosionando una ventaja que durante meses pareció suficiente. Mientras Abelardo de la Espriella convirtió la recta final de la campaña en una ofensiva permanente, Cepeda optó por minimizar riesgos. El resultado fue una candidatura que evitó debates, tardó en tomar distancia de los escándalos que golpeaban al Gobierno, nunca resolvió del todo las dudas sobre una eventual constituyente y terminó atrapada en la contradicción de querer heredar el poder de Gustavo Petro sin asumir plenamente los costos de su desgaste.

Ninguno de esos episodios explica por sí solo el resultado del 31 de mayo. Juntos, sin embargo, ayudan a entender cómo se construyó una derrota que hace apenas unas semanas parecía improbable.

No reconoció la derrota

Uno de los errores más recientes en la campaña de Iván Cepeda apareció apenas minutos después de conocerse los resultados. En lugar de reconocer de inmediato la derrota parcial y concentrarse en explicar cómo pensaba remontar la diferencia frente a Abelardo de la Espriella, el candidato decidió respaldar parcialmente los cuestionamientos que el presidente Gustavo Petro había hecho contra el proceso electoral. Desde el Hotel Tequendama aseguró que existía un desfase cercano a las 800.000 cédulas que debía ser verificado y habló de “votos mal contados”, una tesis que coincidía con los señalamientos que el mandatario había publicado minutos antes en su cuenta de X sobre presuntas inconsistencias en el censo electoral. Aunque al día siguiente Cepeda aclaró que no existían evidencias suficientes para hablar de fraude y que esperaría los resultados oficiales del escrutinio, el episodio abrió la segunda vuelta con una discusión incómoda para su campaña: en lugar de hablar de cómo recuperar terreno electoral, el candidato quedó atrapado defendiendo dudas sobre el proceso de votación que, por ahora, solo están en la cabeza el presidente Petro.

La politización de la camiseta de la Selección Colombia

Un día después de esa declaración, cuando todavía seguía abierta la discusión sobre los resultados electorales, Cepeda volvió a instalarse en el centro de una controversia inesperada. Esta vez no por una propuesta de gobierno ni por una discusión sobre corrupción, seguridad o economía. Lo hizo por la camiseta de la Selección Colombia. A través de su cuenta de X le pidió a la Federación Colombiana de Fútbol que explicara por qué la campaña de Abelardo de la Espriella estaba utilizando la camiseta nacional en actos políticos y sugirió que el asunto podía tener implicaciones jurídicas. Para un candidato presidencial que acababa de perder la primera vuelta, la discusión sorprendió incluso a sectores cercanos a su propia campaña.

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La reacción fue inmediata. Distintos sectores le recordaron que figuras del petrismo –incluido el presidente Gustavo Petro durante la campaña presidencial de 2022– también habían utilizado la camiseta de la selección en actos políticos. Ante la controversia, Cepeda respondió: “Nos dicen que candidatos del Pacto han utilizado la camiseta. Sí, puede ser. Yo no lo he utilizado y pido que mi campaña no utilice la camiseta de la selección”. Por su parte, la Federación Colombiana de Fútbol zanjó la discusión con una respuesta tan breve como contundente: “Es un ícono de unidad”.

El episodio terminó produciendo un efecto político inverso al que buscaba la campaña. Durante varios días, el debate dejó de girar alrededor de las propuestas de gobierno y se concentró en una discusión que pocos esperaban ver protagonizada por un aspirante a la Presidencia. Mientras De la Espriella aparecía asociado a uno de los símbolos más populares del país a las puertas del Mundial, Cepeda quedó instalado en una controversia difícil de explicar para el ciudadano común. En las primeras horas de una segunda vuelta, cuando cada mensaje cuenta, la campaña decidió librar una batalla que tenía poco que ganar y mucho que perder. Todo ello, además, alrededor de uno de los pocos símbolos que todavía logra generar consenso entre millones de colombianos más allá de sus diferencias políticas.

Cero debates: la estrategia que lo dejó sin argumentos para defender

Si hubo una decisión que atravesó toda la campaña de Iván Cepeda fue la de evitar escenarios de confrontación directa. Desde abril comenzaron a surgir versiones sobre la conveniencia de limitar su exposición en debates presidenciales y la estrategia terminó produciendo una situación poco común en una democracia presidencial: Colombia llegó a la primera vuelta sin que los principales aspirantes protagonizaran un gran debate nacional. Lo que para algunos estrategas podía parecer una fórmula para reducir riesgos terminó convirtiéndose en una de las principales vulnerabilidades de la candidatura. Mientras sus adversarios ocupaban el espacio público fijando posiciones sobre los temas más sensibles de la campaña, Cepeda renunció a uno de los escenarios naturales para explicar, defender y diferenciar su proyecto político.

Detrás de esa decisión existía una lógica comprensible. Cada aparición pública lo exponía a una pregunta inevitable: qué pensaba hacer con los problemas, escándalos y errores acumulados por el Gobierno de Petro y hasta dónde estaba dispuesto a defenderlos. La estrategia evitó riesgos inmediatos, pero también tuvo costos. Llegado el momento decisivo de la campaña, Cepeda no solo carecía de respuestas claras frente a varios de los asuntos que más preocupaban al electorado, sino que tampoco había conseguido algo que muchos votantes de centro consideraban indispensable: reconocer con claridad los errores del gobierno que prometía suceder y marcar una distancia creíble frente a ellos. Esa oportunidad nunca llegó. Y cuando quiso hacerlo, para una parte del electorado ya era demasiado tarde.

El silencio frente a los escándalos del Gobierno

El silencio frente a los escándalos que golpearon al Gobierno de Petro terminó convirtiéndose en otro problema para la candidatura. Durante meses, Cepeda evitó confrontar abiertamente episodios que dominaron la agenda pública, desde el caso de la UNGRD hasta las investigaciones que rodearon a Ricardo Roa y a otros funcionarios cercanos al presidente. La cautela era comprensible: cuestionar esos hechos implicaba tomar distancia de un Gobierno cuyo respaldo necesitaba para llegar a la Casa de Nariño. El problema fue que esa prudencia terminó siendo interpretada por muchos electores como una falta de autocrítica frente a los errores más evidentes de la administración que prometía continuar.

La dificultad quedó expuesta cuando Daniel Coronell le preguntó por la situación de Ricardo Roa. Cepeda optó por una respuesta medida, sin cuestionamientos de fondo ni intentos claros de diferenciarse del manejo que el Gobierno había dado al caso. Solo semanas antes de la primera vuelta reconoció públicamente que en la administración de Petro se habían presentado hechos de corrupción y prometió combatirlos si llegaba a la Presidencia. Para entonces, sin embargo, una parte importante de los votantes de centro ya esperaba algo más que un reconocimiento tardío: una explicación sobre qué había fallado y, sobre todo, una señal clara de qué estaba dispuesto a hacer diferente. Esa respuesta nunca terminó de llegar.

La constituyente: una herencia que nunca logró sacudirse

Si hubo un tema que persiguió a Iván Cepeda durante toda la campaña fue la posibilidad de una asamblea constituyente. La idea, impulsada desde distintos sectores del Gobierno de Petro, generó resistencias en amplios sectores políticos y terminó convirtiéndose en uno de los principales argumentos de sus opositores. Durante meses, Cepeda intentó moverse en una zona intermedia: evitó asumir la bandera constituyente con entusiasmo, pero tampoco la descartó de manera categórica. El resultado fue una posición ambigua que, lejos de disipar las dudas, terminó alimentándolas. Mientras una parte de la izquierda veía en la constituyente una oportunidad para transformar instituciones que considera agotadas, amplios sectores del centro y la derecha la interpretaban como una amenaza a la estabilidad institucional.

La controversia terminó teniendo efectos políticos concretos. Las dificultades para construir alianzas con sectores independientes y de centro pasaron, en buena medida, por la desconfianza que generaba una eventual reforma constitucional impulsada desde la Casa de Nariño. Cepeda nunca logró convertir el tema en una oportunidad para fijar agenda propia y pasó buena parte de la campaña respondiendo preguntas sobre la constituyente en lugar de imponer sus prioridades de gobierno. En una elección presidencial, donde controlar la conversación suele ser tan importante como ganar una discusión, pocas cosas resultan más costosas que permitir que los adversarios definan el terreno del debate.

La paz total

La paz total terminó convirtiéndose en otro peso difícil de cargar para la candidatura. Iván Cepeda no solo fue uno de sus principales defensores: también ayudó a construirla. La Silla Vacía publicó en abril una investigación según la cual varias personas que participaron de cerca en el proceso coincidían en que el senador tuvo una visión excesivamente optimista sobre la disposición real de las organizaciones armadas para negociar. Cuatro años después de que la propuesta se convirtiera en una de las banderas del Gobierno de Petro, el balance era objeto de fuertes cuestionamientos, especialmente tras la crisis humanitaria del Catatumbo, donde más de 60.000 personas fueron desplazadas en medio de la confrontación entre el ELN y las disidencias, según cifras de la Defensoría del Pueblo.

Durante la campaña, Cepeda propuso una paz total “con ajustes”: menos ceses al fuego sin verificación, más presión militar y reglas diferenciadas para organizaciones políticas y estructuras criminales. El problema era que quien proponía las correcciones era también uno de los arquitectos del modelo original. La explicación llegó tarde y sonó más defensiva que autocrítica. El abogado Mauricio Pava, vocero del Comité Promotor por la Estabilidad Constitucional y uno de los abogados que ha cuestionado judicialmente varios de los mecanismos de implementación de la paz total, resumió esa percepción en una frase que acompañó buena parte del debate: “A Iván Cepeda le hemos pedido que recule en la paz total, porque la manera como se implementó es inconstitucional”. Cepeda optó por no hacerlo de manera categórica. 

Armando Benedetti, por fuera de la campaña

Armando Benedetti fue otro de los dilemas que la campaña nunca terminó de resolver. Durante meses la figura del ministro del Interior estuvo atrapada entre dos lecturas opuestas: para algunos era uno de los operadores políticos más eficaces del país y una pieza clave para construir alianzas regionales, para otros representaba exactamente el tipo de prácticas políticas de las que el petrismo prometió diferenciarse cuando llegó al poder. Ahora, para la segunda vuelta, hay voces que aseguran que Benedetti es necesario para lograr los votos para el triunfo y que es un error mantenerlo al margen. Otros, prefieren que Cepeda siga sin recibirlo. Políticamente, para muchos, esa distancia no ayudará a sumar votantes. 

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El resultado

Con más del 99 por ciento de las mesas escrutadas, Abelardo de la Espriella terminó imponiéndose sobre Iván Cepeda por una diferencia superior a los 600.000 votos. Las encuestas no anticiparon plenamente ese desenlace. Pero las elecciones no se pierden únicamente por errores de medición.

La campaña de Cepeda pareció construida sobre una lógica de administración de ventaja: evitar confrontaciones innecesarias, reducir riesgos, preservar la unidad del petrismo y minimizar fracturas internas. El problema fue que esa misma estrategia terminó limitando su capacidad para responder las preguntas que una parte importante del electorado quería escuchar. Qué haría distinto frente a los errores del Gobierno de Petro. Cómo corregiría los problemas de la paz total. Cuál era realmente su posición frente a la constituyente. O qué lecciones había dejado la corrupción que golpeó a la administración saliente. Ahora, esas respuestas serán la clave para lograr los votos que necesita y que solo podrá encontrarlos en el centro.

 

 

 

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