
Abelardo de la Espriella va por todo: liderar la derecha y reescribir la historia política
El presidente electo Abelardo de la Espriella y los expresidentes Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos y Ernesto Samper. Fotos: Colprensa.
Mientras excluye de su posesión a Juan Manuel Santos y Ernesto Samper, pone la mira en las elecciones territoriales de 2027. Con el recién creado Partido Defensores de la Patria buscará disputar alcaldías y gobernaciones al uribismo y consolidarse como nuevo referente de la derecha.
Por: Armando Neira
La política en Colombia rara vez es una historia en blanco y negro. Aunque Abelardo de la Espriella obtuvo una victoria con 12.960.166 votos, asumir que todos esos ciudadanos respaldaron íntegramente su proyecto sería una simplificación. Muchos acudieron a las urnas movidos, sobre todo, por el deseo de impedir la llegada de Iván Cepeda a la Casa de Nariño.
Ese fenómeno no es nuevo. También le ocurrió a Gustavo Petro en 2022. Durante buena parte de su mandato gobernó con la convicción de haber recibido un cheque en blanco de los más de 11 millones de colombianos que lo eligieron. Sin embargo, entre quienes votaron por él había sectores de centro que lo consideraban el mal menor frente a Rodolfo Hernández, además de votantes de izquierda cuya adhesión no necesariamente significaba un respaldo incondicional al petrismo.
De la Espriella parece partir de una premisa similar. Su comportamiento desde que ganó las elecciones muestra que no pretende limitarse a administrar el Gobierno que comenzará este viernes 7 de agosto. Su ambición es mayor: convertirse en el nuevo líder de la derecha colombiana y construir un proyecto político capaz de desplazar la hegemonía que Álvaro Uribe ejerció durante más de dos décadas.
No es una apuesta menor. Si Petro intentó convencer al país de que su llegada inauguraba una nueva etapa histórica para la izquierda, De la Espriella busca ahora hacer lo propio desde el otro extremo del espectro político, con la idea de una “patria milagro” que, según su narrativa, marcará un inédito comienzo para Colombia.
El partido con el que desafía a Uribe
El primer paso de esa estrategia ya está dado. Este lunes 3 de agosto el Consejo Nacional Electoral otorgó personería jurídica a Defensores de la Patria, la organización política que acompañó la candidatura presidencial de De la Espriella y que ahora se convertirá en el vehículo para disputar el poder regional en las elecciones de octubre de 2027.

Más que un trámite administrativo, la decisión del CNE representa el nacimiento formal de una fuerza política que competirá por el mismo electorado del Centro Democrático. En otras palabras, la batalla que comienza no será solo entre la izquierda y la derecha, sino otra aparte dentro de la propia derecha.
De la Espriella, de 48 años, llegó a la Presidencia sin haber ocupado antes un cargo de elección popular. Sin embargo, en pocos meses construyó un liderazgo nacional apoyado en las redes sociales, un discurso de confrontación y una estructura organizativa que pasó de ser un movimiento de recolección de firmas a un partido con capacidad para avalar candidatos y recibir financiación estatal.
El primer pulso con el uribismo ya dejó ver la magnitud de esa disputa. El 20 de julio, el Centro Democrático logró imponer a Honorio Henríquez en la presidencia del Senado, derrotando por 56 votos contra 45 a Alfredo Deluque, el candidato respaldado por el Gobierno entrante. Más allá del resultado legislativo, el episodio dejó claro que la relación entre el uribismo y el nuevo presidente dista de ser una alianza automática. Ambos competirán por el liderazgo del mismo sector político.
Para el politólogo Luis Trejos, profesor de la Universidad del Norte, el fenómeno tiene una explicación sencilla: “Abelardo de la Espriella es el posuribismo. Es la derecha sin Uribe”. A su juicio, se trata además de una derecha con códigos distintos, más cercana a los estilos comunicativos de Javier Milei, Nayib Bukele o Donald Trump, apoyada en el espectáculo, las redes sociales y la inteligencia artificial.
Su historia es tan nueva como fuerte en los resultados. Defensores de la Patria comenzó en 2024, durante la crisis política que siguió al fraude electoral de Nicolás Maduro en las elecciones venezolanas. En ese contexto surgió el movimiento impulsado por el abogado Germán Calderón, hoy director designado de la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado. Lo que inicialmente fue una plataforma de oposición al Gobierno de Petro terminó convirtiéndose en el vehículo electoral de De la Espriella.
Con el crecimiento de su influencia digital, el entonces candidato consolidó una organización nacional que reunió cerca de 5 millones de firmas para respaldar su aspiración presidencial. Esa estructura, integrada por comités regionales y equipos departamentales, constituye hoy la base desde la cual buscará disputar gobernaciones y alcaldías en todo el país.
La fractura del Centro Democrático
El avance de De la Espriella explica buena parte del debate que atraviesa hoy al Centro Democrático. La discusión ya no gira únicamente alrededor del futuro del partido fundado por Álvaro Uribe, sino sobre la identidad ideológica de una colectividad que ve cómo parte de su electorado migra hacia una nueva oferta política.
Hace unos días, durante una reunión convocada por Uribe bajo el lema 'Unidad, doctrina y futuro', la excandidata presidencial Paloma Valencia sorprendió con una afirmación que abrió un profundo debate interno.

“Tenemos que entender muy claramente en qué partido estamos. Este no es un partido de derecha...”, afirmó, antes de defender una visión en la que la libertad económica debe convivir con responsabilidades sociales del Estado.
Las palabras de Paloma Valencia provocaron la respuesta de los sectores más conservadores del partido. La exsenadora María Fernanda Cabal le respondió con una pregunta que resume la crisis de identidad que atraviesa hoy el Centro Democrático.
“El Centro Democrático atraviesa una crisis ideológica que ya no es posible disimular. Mientras unos nos reconocemos firmemente en la derecha, voceros influyentes insisten en vender la idea de que somos un partido de centro. La pregunta es inevitable: ¿qué somos y a quién representamos?”, escribió.
La discusión está lejos de ser un simple debate doctrinario. En realidad, es la consecuencia política del ascenso de De la Espriella. Mientras el nuevo presidente ocupa con comodidad el discurso de una derecha sin matices, el partido fundado por Uribe intenta redefinir su identidad sin perder el electorado moderado que todavía conserva.
Valencia, por supuesto, sabe que esa discusión no es ingenua. En el uribismo entienden que la competencia apenas comienza y que el verdadero desafío consiste en evitar que Defensores de la Patria termine absorbiendo una parte significativa de su base política.
Por eso insiste en precisar al afirmar que el Centro Democrático no es un partido de derecha no significa convertirlo en una organización de centro o de izquierda. No obstante, ese argumento no convence a todos dentro de la colectividad. María Fernanda Cabal y el representante Daniel Briceño sostienen que la negativa a asumirse abiertamente como un partido de derecha ha provocado fracturas internas y una creciente fuga de dirigentes y votantes hacia nuevas alternativas.
Cabal, incluso, pidió formalmente la escisión del partido al considerar que existe una “confusión doctrinaria” que ya resulta irreconciliable.

Mientras el Centro Democrático debate sobre su identidad, Defensores de la Patria observa el proceso con evidente expectativa. Cada división en el uribismo amplía el espacio político del partido que acaba de obtener personería jurídica y fortalece el proyecto con el que De la Espriella aspira a consolidar un liderazgo propio en la derecha.
Los símbolos también hacen política
Las primeras decisiones del presidente electo muestran que esa estrategia no se limita a la construcción de un partido.
También pasa por los gestos. Uno de los más llamativos fue excluir de la ceremonia de posesión de este viernes 7 de agosto a los expresidentes Juan Manuel Santos y Ernesto Samper. No se trata únicamente de una decisión protocolaria. Es un mensaje político cuidadosamente calculado.
Samper respondió con la ironía que suele caracterizarlo. “Agradezco profundamente al presidente este regalo, porque así me economizo un vestido nuevo o un uniforme militar–, un pasaje a Cali y una noche de hotel. Prefiero ir a bailar salsa en el Petronio y con la gente”, escribió.
En el caso de Santos, el episodio adquirió una dimensión distinta. Medios internacionales registraron la exclusión no solo como un desencuentro político, sino como la ausencia del único colombiano galardonado con el Premio Nobel de Paz en una ceremonia de Estado.
Esteban Santos, hijo del expresidente, resumió esa crítica en una publicación en X. “Un presidente representa a todos los colombianos, incluso a quienes piensan distinto. Excluir a expresidentes de una ceremonia de Estado es un gesto de pequeñez. Colombia necesita más unidad y menos polarización.”
Santos, fiel a la actitud que mantuvo durante toda la campaña, prefirió guardar silencio. Su distancia de la contienda electoral fue casi absoluta. La única excepción fue su defensa de la Jurisdicción Especial para la Paz, una institución cuya eliminación fue una de las promesas de campaña de De la Espriella.

Más allá de los nombres propios, la decisión tiene una carga simbólica evidente. Santos y Samper representan, para buena parte del discurso del nuevo presidente, una manera de entender el poder y el establecimiento político que sus electores rechazaron en las urnas.
En esa lógica, la lista de invitados a la posesión también hace parte de la narrativa con la que De la Espriella intenta construir una nueva identidad para la derecha colombiana.
Milagros o consensos
La incógnita sobre la asistencia de Álvaro Uribe a la posesión terminó convirtiéndose en otro símbolo de esa relación todavía indefinida entre el expresidente y quien aspira a convertirse en el nuevo jefe de la derecha. Alegando razones "personales y judiciales", Uribe dejó en el aire su presencia en Cali y evitó que una eventual ausencia fuera interpretada como un rompimiento político. “Lo de Cali yo lo sustraigo de la política (...). Ustedes saben que mi situación personal no es fácil”, explicó.
No sería la primera vez que Uribe se ausenta de una transmisión de mando. En 2014 no asistió a la posesión de Juan Manuel Santos, en rechazo a su reelección. Tampoco estuvo en la de Gustavo Petro, en 2022, pese a haber sido invitado formalmente.
En ambas ocasiones alegó razones políticas o judiciales. Pero esta vez su decisión tiene una lectura distinta: coincide con el surgimiento de un dirigente que pretende disputar el liderazgo que durante más de dos décadas ejerció sin competencia dentro de la derecha.
La obtención de la personería jurídica de Defensores de la Patria, la estrategia para competir en las elecciones regionales de 2027, las tensiones con el Centro Democrático y los gestos simbólicos alrededor de la posesión hacen parte de una misma apuesta política. De la Espriella no quiere limitarse a gobernar durante cuatro años. Quiere construir un movimiento que sobreviva a su mandato y reorganice el mapa de la derecha alrededor de su liderazgo.
Ese propósito, sin embargo, enfrenta una prueba que ningún triunfo electoral resuelve por sí solo. Gobernar es muy distinto a hacer campaña. Las mayorías que se construyen en las urnas no siempre alcanzan para sacar adelante las reformas, administrar las diferencias o conducir un país tan diverso como Colombia.
La historia reciente ofrece una lección elocuente. Gustavo Petro llegó a la Presidencia convencido de que había recibido un mandato para transformar el país sin mayores contrapesos. Cuatro años después, terminó enfrentado con buena parte de las instituciones y con una ciudadanía mucho más dividida de la que encontró.
Si algo demuestra la experiencia colombiana es que ningún presidente escribe la historia desde cero. Las victorias electorales cambian los gobiernos; las transformaciones duraderas dependen de la capacidad para construir acuerdos. Y eso no se hace solo con la manada.
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