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El presidente Gustavo Petro se tomó una cerveza fría en Zipaquirá el jueves pasado. Euclides recuerda que en su bar pusieron drones para evitar ataques y que ese día se despertó con miedo de sufrir un atentado en su tienda | Crédito: Alejandro Aristizábal
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La historia de Bolívar 83, el barrio que fundó Petro: entre la gratitud y el desencanto por su Gobierno

El presidente Gustavo Petro se tomó una cerveza fría en Zipaquirá el jueves pasado. Euclides recuerda que en su bar pusieron drones para evitar ataques y que ese día se despertó con miedo de sufrir un atentado en su tienda | Crédito: Alejandro Aristizábal

En las lomas de Zipaquirá, entre fachadas desgastadas por la humedad y escaleras que serpentean la montaña, se eleva el barrio que Petro ayudó a levantar con pica y pala hace más de cuarenta años. CAMBIO caminó sus calles y recogió las voces de quienes aún conservan la memoria de aquella resistencia, hoy atravesada por cuestionamientos y decepción por su paso por la Casa de Nariño.

Por: Jonathan Beltrán, Alejandro Aristizábal

La única forma de entender el barrio Bolívar 83 es subirlo a pie. La montaña exige el aliento y obliga a dejar atrás el centro colonial de Zipaquirá para trepar por escaleras de concreto que se abren paso entre estrechos callejones. Perros echados sobre los andenes o asomados en las fachadas de ladrillo sin revocar acompañan el recorrido que concluye ante una desgastada figura de la Virgen del Carmen que vigila desde lo alto el barrio que Gustavo Petro fundó hace 43 años.

Los terrenos del que ahora es el Barrio 83 pertenecían a la iglesia de Zipaquirá, que había heredado los títulos desde mediados del siglo XIX por un acuerdo entre la diócesis del municipio y un grupo de latifundistas de la región. | Crédito: Alejandro Aristizábal
La familia Petro Urrego llegó a Zipaquirá en 1970, año en que resultó presidente Misael Pastrana en una cuestionada elección que motivó el surgimiento de la guerrilla del M-19.
La fundación del barrio Bolívar 83 es considerada como la primera obra política de Gustavo Petro. Ahora, retrata su agridulce paso por la Presidencia. | Crédito: Alejandro Aristizábal
El servicio de transporte que conduce de Bolívar 83 al centro de Zipaquirá cuesta 2.500 pesos. Pero, ante las dificultades económicas, muchos optan por caminar 30 minutos. | Crédito: Alejandro Aristizábal

La primera voz que rompe el silencio en la carrera Tercera Oeste es la de doña Elvia. Regresa a casa con un gajo de cebolla larga y dos tomates para el guiso del almuerzo, pero se olvida de su afán por cocinar en cuanto escucha el nombre del presidente que dentro de poco dejará el poder. Deja las verduras sobre un escalón, abre la puerta de madera de su casa y empieza a contar la historia del joven que —asegura— le cambió la vida.

Doña Elvia sobrevive cada mes con 560.000 pesos obtenidos por los beneficios del programa Adulto Mayor que recibe junto a su esposo. Pero solo en los servicios de gas, luz y agua gasta mensualmente cerca de 180.000 pesos. | Crédito: Alejandro Aristizábal - CAMBIO

Dicen que Petro es malo, pero ¿qué van a saber? A ese muchacho lo conocí cuando tenía como veinte años —dice mientras señala una casa verde, unos metros más abajo—. Vivía ahí, en ese sótano.

Hace una pausa y su voz se entrecorta.

—Ahí mismo lo agarró el Ejército. Lo sacaron y le pegaron porque era del M-19. Nos preguntaban a los vecinos que dónde estaba y nosotros repetíamos que no sabíamos nada, para ocultarlo. A él lo maltrataron y lo torturaron mucho.

La lealtad que doña Elvia todavía le profesa a Petro comenzó mucho antes de que llegara a la Presidencia. En 1983, cuando esta montaña todavía era el predio El Cedro —una finca de la Diócesis de Zipaquirá—, cientos de familias sin vivienda, coteros de plaza de mercado, trabajadoras de las flores y campesinos de municipios como Pacho y Yacopí ocuparon el terreno con la esperanza de tener una casa propia. Con cabuyas atadas a estacas marcaron los primeros predios, levantaron cambuches de madera y organizaron guardias comunitarias que vigilaban la toma día y noche.

La respuesta oficial no tardó. Una semana después, la Policía y el Ejército intentaron desalojar la ocupación con gases lacrimógenos, bolillos y piedras. Junto a otros militantes del M-19, Gustavo Petro mantuvo viva la llama de la resistencia. Finalmente, tras dos meses de pulso continuo con la fuerza pública, la presión comunitaria dobló el brazo de la administración municipal, que finalmente cedió a las comunidades vulnerables las lomas al oeste de Altamira donde hoy se levanta el Bolívar 83.
 

Doña Elvia dice tener una de las tres banderas originales del M-19 que aún permanecen en el barrio. | Crédito: Alejandro Aristizábal - CAMBIO

En medio del recuerdo de esas noches a la intemperie, doña Elvia se levanta de la silla con la promesa de traer la reliquia familiar más valiosa de la casa. Regresa con una tela desgastada que encontró tras rebuscar entre cajas de cartón y armarios llenos de polvo. Es la bandera del M-19 que se conserva desde hace cuatro décadas. La extiende sobre el comedor con la delicadeza de quien manipula un documento histórico, alisando con las yemas de los dedos las arrugas y los bordes desteñidos antes de sostenerla con firmeza frente al pecho.

—Posar con esta bandera no quiere decir que uno sea guerrillero —aclara, alzando la vista con orgullo—. Para mí es el recuerdo de nuestra propia resistencia en esta montaña y una muestra de gratitud con el presidente, el único que se untó de barro con nosotros cuando nadie más nos daba la mano.

De la invasión a la Casa de Nariño: la nostalgia de un barrio que se despide de su presidente

Las historias sobre cómo Petro burlaba al Ejército todavía circulan de casa en casa y se han convertido en un mito fundacional del Bolívar 83. Unos hablan de túneles improvisados bajo pisos de madera; otros de pelucas, sótanos y refugios que cambiaban cada noche para despistar a los uniformados. Pero aquella seguidilla de fugas terminó en octubre de 1985, cuando fue capturado y pasó poco más de un año en prisión por porte ilegal de armas.

El barrio ha registrado múltiples alertas recientes por deslizamientos de tierra. Por su ubicación, permanece bajo monitoreo constante de las autoridades locales | Crédito: Alejandro Aristizábal - CAMBIO

Cuatro décadas después de aquellas noches de persecución, el mismo barrio volvió a rodearlo. El pasado 23 de julio, cientos de habitantes salieron a recibir al presidente en una de sus últimas visitas antes de dejar la Casa de Nariño. Entre la multitud estaba doña Elvia, quien reconoce que el aumento del subsidio del programa Adulto Mayor le devolvió algo de tranquilidad a una vejez marcada por las dificultades.

“Con eso compro los medicamentos y completo algo del mercado. No recibo otros subsidios porque aparezco como propietaria de esta casa. Pero, aunque quisiera, no puedo raspar los ladrillos o cocinarlos para no morir de hambre”, dice doña Elvia, una mujer de 67 años que comparte sus días con Mario, su esposo, quien lleva años postrado en una cama después de sufrir varias trombosis y aneurismas que lo dejaron sin poder valerse por sí mismo.

Mario escucha atento desde la cama en la que permanece todo el día. Las palabras le salen despacio, con dificultad, pero todavía encuentra la fuerza para responder.

Mario sostiene que una eventual reducción del dinero recibido por el programa Adulto Mayor dejaría a su familia sin opciones de sobrevivir cada mes | Crédito: Alejandro Aristizábal - CAMBIO

—Vinieron para preguntarle qué opina usted de la gestión de Petro —le dice Elvia.

Mario hace una pausa. Mueve apenas los labios y, después de unos segundos, responde:

—Tierra.

Elvia vuelve a intervenir:

—Ya se va. El próximo viernes se acaba el Gobierno de Petro.

Mario la mira incrédulo.

—Lo quiero— responde justo antes de buscar consuelo en los brazos de su nieto.

El barrio Bolívar 83 es considerado por la comunidad como uno de los sectores más inseguros y con mayores problemas de microtráfico de Zipaquirá. | Crédito: Alejandro Aristizábal

La emoción de Mario no es la única forma en que el barrio recuerda a Petro. Unas cuadras más abajo, sobre la carrera Cuarta Oeste, una tendera que compartió con él los años fundacionales del Bolívar 83 también defiende la gestión del presidente, aunque con menos lágrimas y más resignación. Apenas escucha el motivo de la visita, advierte:

—Aquí no pregunten por él —dice, mientras cuestiona las nuevas generaciones del barrio por desconocer el legado de uno de sus fundadores.

La mujer prefiere guardar su nombre en el anonimato porque entiende que el apellido del presidente despierta tantas pasiones como rencores en las mismas lomas donde antes compartían pan y caldo. Tras los barrotes de su negocio, sostiene con pragmatismo que cuando Petro cruce por última vez el umbral de la Casa de Nariño el sol saldrá por el mismo sitio y la vida en el barrio seguirá su curso.

"Yo sí creo que deberían legalizar el consumo de marihuana. Mientras yo lucho por recibir 50.000 pesos diarios con la tienda, los que administran las ollas se acuestan con más de dos millones cada día" | Crédito: Alejandro Aristizábal

—A él le fue mal porque no era de la misma corriente de los de antes —explica en tono pausado.

Hace una breve pausa, toma aire y se acomoda tras el mostrador antes de continuar:
—Lo que pasa es que él se rodeó de gente muy cochina que se aprovechó de él, porque él no es mala leche.

La tendera vuelve a acomodar la mercancía mientras insiste en que la política no cambia la obligación de levantarse a trabajar cada mañana. Para ella, más allá de los resultados electorales, la realidad del barrio obedece a una fórmula más elemental: “si no se trabaja, no se come; si no se lucha, los hijos no salen adelante”.

El desencanto por las promesas incumplidas del Gobierno Petro

No todas las escaleras del Bolívar 83 conducen al mismo recuerdo. Mientras los fundadores guardan por Petro la gratitud reservada a quien les ayudó a levantar un techo propio, otros miran la ladera con desencanto. Dicen que el líder que un día cargó ladrillos hombro a hombro con la comunidad terminó gobernando desde la distancia y que, tras cuatro años en la Casa de Nariño, el cambio prometido nunca terminó de subir la montaña que conduce a sus hogares.

En la primera vuelta, Paloma Valencia recibió 5.821 en Zipaquirá. El de Sandra fue uno de esos. "No me convencían ninguno de los otros dos", explica.

—Nos dio una gran ilusión verlo como presidente, pero su imagen se fue desvaneciendo —dice Sandra desde la penumbra de su tienda. Solo entra la luz que se cuela por la puerta entreabierta, suficiente para distinguir las estanterías medio vacías y los pocos clientes que aparecen durante el mediodía. El interruptor permanece apagado la mayor parte del día porque cada bombillo encendido es un peso más en un recibo de energía que ya no puede costear.

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Sandra también vive en una de las casas que crecieron sobre los terrenos conquistados en la invasión de 1983. Pero la historia compartida con Petro no le alcanza para hacer un balance positivo de su Gobierno. De vez en cuando interrumpe la conversación para mirar hacia la calle. Advierte que ya no es posible confiar como antes, que el barrio cambió y que sostener la tienda es cada vez más difícil. "El aumento del salario mínimo benefició a los trabajadores formales, pero los informales e independientes nunca sentimos ese alivio".

Un estudiante del Barrio 83 explicó a CAMBIO que la mayoría de sus compañeros aspira a continuar su formación en el Sena con la esperanza de acceder posteriormente a una universidad pública | Crédito: Alejandro Aristizábal

Su decepción con el primer presidente de izquierda se reflejó en las urnas. En la primera vuelta respaldó a Paloma Valencia y en la segunda prefirió abstenerse. Desde la caja registradora fue testigo del pulso por la Presidencia: mientras los proveedores que descargaban mercancía hablaban con entusiasmo de Abelardo de la Espriella, la mayor parte de los vecinos que llegaban a comprar el almuerzo o a pedir fiado defendían la candidatura de Iván Cepeda.

Mientras Sandra explica que ya perdió la cuenta de las veces que ha tenido que cambiar los precios escritos con marcador sobre los empaques, una voz irrumpe desde la calle apenas escucha el nombre del presidente. "¡Él no ha hecho nada aquí!", grita Óscar, un vecino que se acomoda la gorra mientras enciende el cigarrillo que acaba de comprar. Frente al mostrador comienza a enumerar una lista de temas pendientes: las calles rotas, las deterioradas estructuras de las viviendas, el avance del microtráfico y el limitado apoyo a la formación de niños y niñas, más allá de la entrega de regalos gestionada por el jefe de Estado en cada Navidad.

"Acá solo vienen a tomarse fotos, a saludar viejitas y a cargar niños, pero no ayudan al pueblo", dice Óscar. | Crédito: Alejandro Aristizábal

Esa indignación encuentra réplica metros más arriba, donde otra vecina prefiere reservar su nombre, pero no sus convicciones. Para la mujer de unos 80 años, medir la huella del presidente en el Bolívar 83 por el pavimento gastado o por una teja regalada es reducir el alcance de su proyecto. Apoyada en el marco de su puerta, sostiene que la gratitud no debería responder a obras locales o paternalismos con el barrio, sino a transformaciones estructurales como las reformas laboral y pensional, la apuesta por la Paz Total y la entrega de subsidios a hogares en condición de vulnerabilidad.

“Muchos dicen que Petro no hizo nada por el barrio porque no vino a pavimentar calles. Pero se les olvida que fue él quien nos ayudó a conseguir este terreno y nos dio la oportunidad de comenzar. Hay que tener memoria. Uno no puede pensar solo en lo que recibe hoy. También hay que agradecer a quien le tendió la mano cuando nos rechazaban”, dice, justo antes de advertir que es mejor no seguir subiendo por la loma. "Más arriba están las ollas y, si los ven tomando fotos o preguntando mucho, los pueden fichar".

Los miedos y expectativas por la llegada de Abelardo de la Espriella al poder

La polarización que marcó las elecciones presidenciales también llegó hasta las empinadas calles del Bolívar 83. Aunque Zipaquirá respaldó mayoritariamente a Iván Cepeda —con casi 50.000 votos y una ventaja de 15 puntos sobre Abelardo de la Espriella—, en el barrio fundado por Gustavo Petro las conversaciones revelan que el consenso terminó hace mucho. Entre los mismos hogares que nacieron de una toma de tierras conviven quienes sienten miedo por el presidente que llega y quienes depositan en él la esperanza de un nuevo comienzo.

Eulises recibió al presidente Gustavo Petro en su negocio la semana pasada. El primer mandatario gastó una ronda de seis cervezas, se tomó una y rechazó un trago de whisky por sus problemas de gastritis | Crédito: Alejandro Aristizábal

“Ese señor que viene después de Petro sí está loco”, dice doña Elvia, todavía con la bandera del M-19 doblada entre las manos. Un día dice una cosa y al otro dice otra. A mí sí me da miedo. Sin Petro nos va a tocar muy duro".

Sandra, en cambio, no comparte ese temor. Aunque habla sin entusiasmo y admite que ningún presidente resolverá de un golpe los problemas del país, cree que la llegada de De la Espriella representa una oportunidad distinta. "Lo mejor que tiene es que no viene de vivir toda la vida de la política. No llega untado de esa corrupción de político tras político. De pronto eso le sirva al país. De pronto... quién sabe", sostiene mientras encoge sus hombros.

En su visita al barrio, las fundadoras le pidieron a Petro con insistencia que no se fuera de la Casa de Nariño. "El proyecto político volverá", dijo el jefe de Estado. Crédito: Alejandro Aristizábal

A esa zozobra se suma un temor más profundo entre las fundadoras de Bolívar 83: la posibilidad de que termine extraditado. Temen que el nuevo mandatario aproveche su sintonía con el Gobierno de Estados Unidos para abrirle procesos judiciales en el exterior. “Pueden torturarlo aún más de lo que lo hicieron en esa misma casa verde de este barrio”, sostiene Marta, en el relato en el que advierte que es posible que la persecución del pasado regrese para cobrarles cuentas en su vejez a Petro y a otros líderes de izquierda.

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Sin embargo, por encima de las divisiones y los miedos, hay un punto de encuentro en lo alto de Zipaquirá. En eso coinciden los vecinos que lograron levantar casas de tres pisos y los que sobreviven en la penumbra de un sótano, los que suben la pendiente en camioneta y los que caminan cada día media hora hasta el parque principal: el nuevo Gobierno heredará un país con fisuras que no se remiendan en cuatro años.

En el Barrio 83, esperan que el próximo Gobierno ofrezca garantías a las voces de oposición y priorice en sus políticas a los más vulnerables | Crédito: Alejandro Aristizábal

Desde esta ladera que nació del barro y la urgencia, comprenden que su historia se repite en diferentes regiones del país y que el rumbo del próximo Gobierno será decisivo para miles de familias. Del nuevo mandato, plantean, dependerá si la búsqueda de un techo propio deja de ser una odisea reservada a la resistencia comunitaria para convertirse en una certeza en las periferias que aún esperan una oportunidad como la obtenida a pulso por los primeros pobladores del barrio 83.

“Ningún presidente es completamente bueno ni malo. Ningún ser humano lo es. Aunque no esté de acuerdo con De la Espriella, ojalá le vaya bien a él y al país”, reflexiona desde la reja de su casa una de las fundadoras que vio nacer el sector en 1983. Mientras observa hacia el horizonte de tejados que descienden hacia Zipaquirá, reitera su única petición para el gobierno entrante es que no haya retrocesos en las políticas sociales que alivian la vejez y la pobreza, y que se enfrente la inseguridad que en los últimos cuatro años fue ganando terreno en las esquinas de su cuadra.

El presidente Gustavo Petro visitó Zipaquirá para entregar aulas modulares e infraestructura educativa en la Institución Educativa Municipal San Juan Bautista de La Salle | Crédito: Presidencia
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