
La resurrección de Laureano Gómez
Monumento en homenaje a Laureano Gómez en el norte de Bogotá. Foto: Armando Neira - CAMBIO
Franquista, orador, ultracatólico y anticomunista: Laureano Gómez marcó para siempre la historia política de Colombia. Su apellido vuelve al poder: varios de sus descendientes forman parte del círculo de confianza del presidente Abelardo de la Espriella.
Por: Armando Neira
Hace unos días, Abelardo de la Espriella empezó su discurso de posesión como presidente de la República agradeciendo a “Nuestro Señor Jesucristo”. Un rasgo religioso que fue esencial en la vida de Laureano Gómez, cuyos herederos hoy forman parte del círculo de confianza del mandatario.
En 1911, cuando apenas tenía 22 años, Gómez, entonces representante a la Cámara, presentó su primer proyecto de ley: un homenaje legislativo al hijo de Dios.
No era una iniciativa menor. En aquella Colombia los campanarios marcaban buena parte del ritmo de la vida cotidiana y desde los púlpitos los sacerdotes orientaban a sus feligreses sobre el camino político que debían seguir. Los jerarcas de la Iglesia señalaban por cuál candidato votar.
Ese fue el punto de partida de un joven que perteneció a la llamada Generación del Centenario, que irrumpió en la vida pública hacia 1910 y que desplazó progresivamente a los políticos formados en la Guerra de los Mil Días y la Regeneración.
Aunque compartió escenario con figuras liberales como Eduardo Santos y Alfonso López Pumarejo, muy pronto dejó claro que su proyecto político iba en otra dirección.
Más de un siglo después, una parte de aquel ideario conservador encontró una nueva expresión. El Gobierno de De la Espriella designó en posiciones claves a los herederos de una figura tan controvertida como decisiva en la historia del país: en el ministerio de Hacienda nombró a Miguel Gómez, nieto de Laureano, y en la jefatura de Despacho designó a Nicolás Gómez Arenas, bisnieto del mismo. Como si esto fuera poco, Enrique Gómez Mártínez, nieto de Laureano, y líder del partido Salvación Nacional, que le dio el respaldo político a De la Espriella, es uno de los senadores más influyentes de la actualidad.
“El gran caudillo de Colombia”, llamó a Laureano el exministro y periodista Alberto Casas Santamaría. No obstante, para los viejos liberales, Laureano era una especie de demonio.
Hoy, los descendientes suyos que hacen parte del Gobierno le hablan al oído al presidente quien, además, reivindica el ideario de esa estirpe. Por ello, durante su discurso de posesión, De la Espriella citó en varias ocasiones a Álvaro Gómez Hurtado, hijo de Laureano, la figura central de la segunda generación de esa familia.
El peso de un apellido
Gómez Hurtado fue uno de los tres copresidentes de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, junto con Horacio Serpa y Antonio Navarro Wolff, y fue candidato presidencial en tres ocasiones. Entre las razones de sus derrotas, los expertos suelen señalar una dificultad que lo acompañó durante toda su vida política: nunca logró desprenderse del peso de lo que había representado su padre. “Ha sido un tema monocorde: con Laureano o contra él”, decía el historiador, ideólogo del conservatismo, Alberto Dangond Uribe.

Álvaro Gómez, quien participó de cerca junto a su padre en la actividad política, terminó siendo víctima de la violencia y fue secuestrado por el M-19, que lo mantuvo cautivo 53 días. Después, el 2 de noviembre de 1995, murió asesinado a tiros en Bogotá al salir de la Universidad Sergio Arboleda, de la que fue cofundador y profesor. Hace unos días, la Jurisdicción Especial para la Paz, después de revisar nuevas pruebas, ratificó la versión entregada por antiguos jefes del secretariado de las Farc sobre su responsabilidad en el crimen.
Para muchos, con Gómez Hurtado murió el último representante de una generación de políticos ilustrados, cultos, argumentativos y buenos conservadores, hombres a los que, en una expresión coloquial, les cabía el país en la cabeza. Hay otra coincidencia: la misma Universidad Sergio Arboleda donde Gómez Hurtado enseñó, y la cual ayudó a fundar, es el alma mater de Abelardo de la Espriella.
Y ahora, con su llegada al solio de Bolívar, el apellido Gómez vuelve a aparecer en el círculo más estrecho del poder, y tiene responsabilidades enormes: Miguel Gómez Martínez, el ministro de Hacienda, quien es economista del Instituto de Estudios Políticos de París, Sciences Po, no solo debe solucionar el déficit fiscal, sino también asumir la financiación de la reconstrucción del país luego del sismo que lo estremeció esta semana. “Me posesiono y a los 40 minutos hubo un terremoto”, dijo sobre el desafío que tiene por delante él, quien además fue profesor de De la Espriella en 'la Sergio'.

Por su parte, su hermano, Enrique Gómez Martínez, quien fue jefe de debate de la campaña presidencial de De la Espriella, lidera el movimiento de Salvación Nacional que, a pesar de que cuenta apenas con cinco congresistas, tiene un peso considerable en el Gobierno. “Mi familia ha pagado un costo brutal por defender los ideales conservadores”, dijo a propósito de las luchas que han librado sus miembros, las cuales suman más de un siglo.
Y Nicolás Gómez, hijo de Enrique, quien es politólogo y comunicador y en 2020 hizo parte de la Unidad de Trabajo Legislativo de la senadora María Fernanda Cabal, será tal vez uno de los hombres más cercanos al presidente, una especie de sombra que puede llegar hasta manejarle la vida. Y por sus primeras declaraciones, parece que el lenguaje que va a utilizar terminará pareciéndose al de su bisabuelo. Tras el triunfo en las urnas, afirmó, por ejemplo: “Queda claro que con la elección de Abelardo de la Espriella salvamos a Colombia de ser un 'narcoestado'”. Y agregó: “Petro, su Gobierno y partido deben ser investigados por traición a la patria. Pusieron el Estado al servicio del Clan del Golfo y el narcoterrorismo”.
El poder de la Casa Gómez
Desde distintos sectores se habla del regreso de la llamada 'dinastía Gómez' y del resurgimiento del laureanismo. La oposición ha encontrado en esa presencia familiar un motivo de crítica: De la Espriella prometió gobernar con un equipo de 'los nunca' y ahora —dicen sus contradictores— no solo ocurre lo contrario, sino que una de las familias más influyentes del conservatismo encabeza el poder.
Para entender el significado de este regreso hay que retroceder un siglo. Hay que volver a Laureano Gómez, al hombre que atravesó cuatro momentos decisivos: el joven conservador que mantenía una entrañable amistad con liberales; el político que viajó a Europa y observó de cerca el ascenso del nacionalsocialismo y el fascismo; el dirigente que regresó a Colombia para ejercer una oposición feroz; el presidente cuyo gobierno terminó abruptamente con un golpe de Estado; y, finalmente, el líder conservador que, en Benidorm, España, firmó con el liberal Alberto Lleras Camargo el llamado Frente Nacional, mediante el cual se pactó, durante 16 años, la alternación de liberales y conservadores en el poder, y se puso fin a la atroz violencia que vivió el país a fines de los años 40 y comienzos de los 50.

Los padres de Laureano Gómez Castro eran prósperos comerciantes de Ocaña que se trasladaron a Bogotá. Este nació en la capital el 20 de febrero de 1889. Estudió en el colegio San Bartolomé, donde los jesuitas lo reconocieron como uno de los jóvenes más inteligentes y disciplinados. Respiraba política, literatura y periodismo. A los 20 años fundó su primer periódico, La Unidad.
Era tan precoz como arrojado. Desde sus páginas combatió al Gobierno de Rafael Reyes y después la Unión Republicana de Carlos E. Restrepo, una coalición de liberales y conservadores con la cual Laureano no estaba de acuerdo.
Su visión política estaba profundamente marcada por el pensamiento más radical del conservatismo. Para él, el liberalismo representaba el mal.
En 1911 llegó a la Cámara de Representantes. Tenía apenas 22 años y ya poseía una capacidad extraordinaria para la defensa de los valores más tradicionales. Fue entonces cuando presentó aquel proyecto de ley para rendir homenaje a Jesucristo. La iniciativa no tenía utilidad práctica. Pero políticamente significaba otra cosa. Ponía a los liberales —minoría en el Congreso— ante un dilema difícil: votar en contra podía ser presentado por Gómez como una forma de alinearse con el Basilisco, criatura mitológica con “cabeza comunista y cuerpo liberal”, decía.
En ese momento no hizo una ley para trazar una política pública. Pero ayudó a construir algo que a Gómez le resultaría mucho más importante: una reputación. Así escaló como uno de los grandes oradores y uno de los hombres más temidos de los debates parlamentarios.
La palabra manda
Era una época en la que los ciudadanos acudían a las barras de las corporaciones públicas para escuchar a los líderes políticos. No existían la televisión, ni las redes sociales ni los dispositivos con los que hoy, un dirigente, lleva su mensaje directamente. La palabra era el poder.
Por eso, muchos de quienes aspiraban a convertirse en cuadros de los partidos estudiaban Derecho. Gómez, en cambio, se graduó en Ingeniería Civil en la Universidad Nacional de Colombia. El historiador James D. Henderson, autor de Los años de Laureano Gómez, 1889-1965 y Las ideas de Laureano Gómez, lo definió como uno de los líderes políticos más influyentes y, al mismo tiempo, más incomprendidos del siglo XX en Colombia.

Henderson no lo presenta únicamente como un caudillo radical. También lo ubica en el centro de algunos de los procesos de modernización del país. Entre ellos destaca su paso por el ministerio de Obras Públicas, entre 1925 y 1926, durante el Gobierno de Pedro Nel Ospina.
Colombia atravesaba entonces una transformación acelerada. El país había recibido 25 millones de dólares de Estados Unidos como indemnización por la separación de Panamá, contemplada en el tratado Urrutia-Thomson, que Gómez había rechazado por considerar indigno. Pero, por cosas del destino, como ministro de Obras, tuvo la suerte de poder ejecutar tan jugoso presupuesto.
Gómez aprovechó ese momento para impulsar grandes proyectos de infraestructura. Era, al mismo tiempo, ejecutor y orador. Una combinación que hizo que las bases conservadoras lo siguieran con auténtica devoción.
Pero él quería más. Deseaba seguir preparándose intelectualmente y se marchó a Europa. Allí observó de cerca la aparición de los movimientos políticos que cambiarían el siglo. Vio a Stalin, Hitler y Mussolini. Se mostró distante de los tres. En cambio, expresó simpatía por Gandhi, como lo dejó escrito en su ensayo El cuadrilátero.
Su afinidad ideológica estaba en otro lugar: en la visión nacional-católica de la España de Francisco Franco y en el Estado Novo portugués de António de Oliveira Salazar, pues lo atraían sus componentes corporativistas.
Tiempos de radicalización
Así, Laureano Gómez quedó asociado por décadas al autoritarismo y al franquismo. Durante su estancia en Europa, eso sí, presenció el germen del ascenso del nazismo y del fascismo. Él los rechazó. Los veía como expresiones de la modernidad, precisamente aquello contra lo que reaccionaba su pensamiento conservador, tradicionalista y católico.
En 1916 se había casado con María Hurtado Cajiao. La pareja se instaló con sus hijos en San Juan de Luz, en la frontera entre Francia y España. Tuvieron cinco descendientes: Cecilia, Álvaro, Rafael, María y Enrique Gómez Hurtado.
Vivían con las comodidades propias de una familia de la alta burguesía latinoamericana. Y para completar, disfrutaba de las mieles del poder. En 1930, durante el primer gobierno liberal de Enrique Olaya Herrera, Gómez fue nombrado embajador en Alemania. Regresó a Colombia en 1932, un año antes de que Hitler llegara a la Cancillería.

El conservatismo lo recibió con alborozo. El partido necesitaba recuperar un liderazgo propio después de años de colaboración subordinada con los gobiernos liberales. Gómez estaba listo para regresar al combate. El 1° de febrero de 1936 fundó El Siglo, periódico que se convertiría en su principal instrumento político. Eran tiempos en los que la retórica incendiaria encontraba audiencia y aplausos.
Gómez se radicalizó. Sus adversarios comenzaron a identificarlo como uno de los hombres que encendieron la llama de 'La Violencia' en Colombia. Retrataba a la oposición “como una aberración de la naturaleza, y ello cerraba cualquier posibilidad de cohabitación democrática. A un rival político se le controvierte, a un monstruo se le extermina”, escribió en El País Guillermo Pérez Flórez.
Su lenguaje era deliberadamente apocalíptico. Señalaba al Partido Liberal como una amenaza que debía ser combatida sin tregua ni piedad. Deslegitimaba a los gobiernos liberales mediante denuncias morales extremas. Defendía un orden católico tradicional de raíz neotomista y rechazaba la laicidad del Estado. Cualquier acuerdo con los liberales podía convertirse, para él, en una traición doctrinal.
Por eso fue señalado de alentar la persecución a comunidades liberales durante los años cuarenta y cincuenta. Su verbo radical, su rechazo a la democracia pluralista y su papel en la polarización que impulsó 'La Violencia', lo convirtieron en una figura temida.
“El Hombre Tempestad”
Le pusieron nombres que parecían salidos de una novela: "El Monstruo”. “El hombre tempestad a quien solo se puede amar u odiar”, dijo de él el poeta Guillermo Valencia. Todos describían, de una manera u otra, la potencia de su palabra. Palabras que tenían consecuencias porque sus seguidores entendían que los liberales no debería existir.
Desde El Siglo escribía titulares de fuego. En una carta de Eduardo Santos a su cuñado Alfonso Villegas Restrepo, dijo: “Debo confesarte sin ambages que no creo que exista en los redactores de ese periódico ni sinceridad, ni buena fe, ni deseo de servir nada distinto de sus pasiones y de sus odios. Conozco hace más de 30 años a Laureano Gómez y sé que es un mal hombre”.
Con el periódico como arma política, Gómez lanzó denuncias para deslegitimar al liberalismo. Una de ellas sostenía que los liberales manejaban cientos de miles de cédulas electorales fraudulentas y que gracias a ellas habían ganado las elecciones.
La retórica llegó a uno de sus puntos más extremos el 15 de septiembre de 1940. Ese día, durante un discurso en el Senado transmitido por radio, pronunció una frase que quedaría incrustada en la memoria política del país: “¡Llegaremos hasta la acción intrépida y el atentado personal (…) y haremos invivible la República!”.
En realidad, la expresión ya había aparecido en un texto suyo de 1933. Con el tiempo, sería señalada como una de las frases que contribuyeron a radicalizar el clima político que desembocaría en la violencia bipartidista y que dejó 300.000 muertos.

El mismo tono acompañó los años previos a su llegada a la Presidencia. La historiadora Olga L. González, en su libro El presidente que no fue: la historia silenciada de Gabriel Turbay, documenta las coincidencias que, durante aquellos años, hubo entre Gómez y Jorge Eliécer Gaitán.
Según su reconstrucción, Gómez utilizó El Siglo para ofrecer una cobertura favorable a Gaitán con el propósito de sabotear al candidato liberal oficialista, Gabriel Turbay, y profundizar la división interna del Partido Liberal. La fractura fue decisiva. El conservador Mariano Ospina Pérez ganó las elecciones y aquel resultado allanó posteriormente el camino para que Laureano Gómez llegara a la Presidencia el 7 de agosto de 1950.
Un verbo incendiario
Laureano no tuvo contrincantes en las elecciones porque el liberalismo no participó al argumentar falta de garantías. Eran tiempos en los que el país sufría los azotes de 'La Violencia' en donde los protagonistas eran el temido León María Lozano, apodado 'El Cóndor Valle'; Teófilo Rojas, 'Sangrenegra', Efraín González, 'El Siete Colores', y Jacinto Cruz Usma, 'Sangreazul'. Mientras en las ciudades las peleas se libraban con el verbo incendiario, en los campos se imponía el 'corte de franela'.
Los liberales acusaban a Laureano Gómez de apoyar a los 'chulavitas', un violento grupo armado protegido por la Policía, que actuaba a sangre fría. Por ello, muchos campesinos liberales, para defenderse de sus ataques, que acostumbraban a realizar en las noches, se refugiaban monte adentro. Entonces, poco a poco, fueron conformando las guerrillas liberales, que después mutaron hacia lo que fueron las FARC, especialmente estimuladas por los bombardeos realizados por el Gobierno del conservador Guillermo León Valencia, abuelo de la hoy excandidata del Centro Democrático, Paloma Valencia, contra las llamadas, por Álvaro Gómez Hurtado, Repúblicas Independientes de Marquetalia, El Pato y Guayabero.
Aun cuando Laureano fue aplaudido por su gestión en el Ministerio de Obras, su Presidencia fue lánguida. En 1951, graves problemas de salud lo obligaron a apartarse temporalmente del ejercicio directo del mandato. El poder quedó entonces en manos del designado Roberto Urdaneta Arbeláez.
Mientras tanto, la violencia política siguió creciendo. El 6 de septiembre de 1952, una turba conservadora atacó e incendió las sedes de los diarios El Tiempo y El Espectador y las casas del expresidente Alfonso López Pumarejo, situada en la calle 24 con carrera quinta, y la del dirigente liberal Carlos Lleras Restrepo, localizada en la calle 70 A abajo de la carrera séptima, ambas en Bogotá. Eran tiempos en los que la capital se concentraba al lado de los cerros y se extendía hasta el Parque Nacional. Entonces, ante el reclamo airado de los jefes liberales al Gobierno por no haber protegido sus casas y las sedes de los dos periódicos, el presidente Urdaneta manifestó que no se había enterado de lo sucedido porque se encontraba en su casa de campo en Funza, y Laureano, por su parte, se eximió de responsabilidad con el argumento de que estaba enfermo.
Un año después, el poder de Gómez se desplomó. El 13 de junio de 1953, el general Gustavo Rojas Pinilla lo derrocó mediante un golpe de Estado estimulado por los dirigentes liberales y por un sector del partido conservador que discrepaba de Laureano. No obstante, el senador Enrique Gómez afirmó: (El golpe) “no dado por el poder militar, dado por el establecimiento que se roba y se robaba el país en aquel entonces”.
Laureano Gómez se marchó al exilio. Otro exiliado por 'La Violencia', Jorge Zalamea, escribió El gran Burundún-Burundá ha muerto y su continuación, La metamorfosis de Su Excelencia, sátiras sobre el desmesurado poder autocrático de un hombre que, como pocos, dejó su huella en la historia del país.
Laureano, a quien paradójicamente sus nietos recuerdan como un abuelo querendón, murió en Bogotá, a los 76 años, el 13 de julio de 1965.
En el norte de la capital, cerca de la carrera 30, hay una estatua suya. Los transeúntes pasan sin interés frente a ese monumento. Las palomas revolotean alrededor. Pocos se detienen a preguntarse quién fue aquel hombre cuyo apellido hoy ha vuelto al poder mientras se escucha el eco del cierre del discurso del presidente De la Espriella: “¡Firmes por la patria, que viva Cristo Rey!”
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