
Orden, Dios y mano dura: así comienza el gobierno de De la Espriella
Abelardo de la Espriella, presidente de la República de Colombia. Foto: Presidencia.
El nuevo presidente le cerró la puerta a los diálogos con los grupos armados, prometió mano dura contra el narcotráfico y abrió paso a la aspersión aérea. En el terreno económico anunció la eliminación del impuesto del patrimonio, la bienvenida al fracking, mientras puso la fe religiosa en el centro de su proyecto político.
Por: Armando Neira
El presidente Abelardo de la Espriella quiso que su posesión fuera mucho más que un acto protocolario. La ceremonia estuvo concebida como un espectáculo, pero también como la puesta en escena de la ruptura que pretende marcar su gobierno frente al del ahora exmandatario Gustavo Petro. Religión, Fuerzas Armadas, mano dura, eliminación del impuesto del patrimonio y una reivindicación de los valores tradicionales fueron los elementos centrales de una jornada que dejó ver el rumbo que quiere imprimirle al país.
Es posible que De la Espriella haya querido que el acto de su posesión como mandatario número 43 en la historia de Colombia tuviera una espectacularidad similar a la de las grandes producciones televisivas: su llegada a la Arena de la Universidad Santiago de Cali, entre logos de la Patria Milagro; la puesta en escena para el juramento ante el presidente del Congreso, el senador del Centro Democrático Honorio Henríquez; su traslado en helicóptero al Batallón Pichincha mientras varios líderes religiosos oraban para la audiencia; y luego su discurso, con pantallas gigantes con las banderas de Colombia y frente a la tropa, formaron parte de un guion inusual.
Pero la puesta en escena tuvo algunas fisuras. Los mandatarios internacionales presentes —entre ellos los presidentes Javier Milei, de Argentina, y José Antonio Kast, de Chile, sus pares ideológicos— siguieron buena parte del acto a través de una pantalla. Y los colombianos pudieron ver un discurso en el que, cuando el mandatario hacía énfasis y pausaba esperando el aplauso, imperaba el silencio: el público estaba en el auditorio y era natural que no respondiera a una imagen proyectada.
La ceremonia, además, empezó casi una hora tarde, por lo que el reconocimiento de las tropas se hizo ya entrada la noche, cuando la iluminación era escasa.
Hubo otro elemento que llamó especialmente la atención. Mientras el mandatario era trasladado, los asistentes fueron testigos de una seguidilla de pastores y líderes religiosos y de la interpretación de Aleluya por la cantante Maía, en un hecho inédito para una ceremonia presidencial. El momento, presentado como un “diálogo interreligioso”, incluyó también las palabras de un rabino, un sacerdote y otros líderes religiosos, junto a una réplica de la Virgen de Fátima ubicada junto al escenario, y en la quedó gravitando el eco de un ¡viva Israel!

La presencia de la religión no fue, sin embargo, un elemento decorativo. Quedó claro que De la Espriella se apoyará en su fe religiosa —en un drástico cambio de fe, pues hasta hace cinco años se declaraba públicamente ateo, aunque luego argumentó su conversión a raíz de la dolorosa pérdida de una tía que lo ayudó a crecer— y en las Fuerzas Armadas para ejercer su mandato. Sus primeras palabras fueron para Jesucristo, a quien agradeció por sostener a la nación a lo largo de una historia marcada por la violencia. Y terminó con una frase que sintetiza buena parte del tono de su discurso: “Firmes por la Patria, que viva Cristo Rey”.
El regreso de la mano dura
Sobre esa base anunció desde el primer día la imposición de mano dura. En contraposición con el mandatario saliente, que buscó la reconciliación a través de lo que llamó la paz total, De la Espriella fue tajante: “La opción del diálogo está completamente agotada. El Estado históricamente fue suficientemente noble; el Estado bajo el régimen que ha terminado fue suficientemente cómplice”.
“La reconciliación no se edifica sobre el olvido, ni sobre la absolución ilegítima de la violencia. En Colombia ningún crimen atroz volverá a ser tratado con guantes de seda por parte del Estado colombiano”, afirmó.
El mensaje supone un giro evidente frente a la política del orden público del gobierno anterior. Pero también plantea una pregunta sobre la relación que tendrá el nuevo Gobierno con la Fuerza Pública y los límites que impone el Estado de derecho.

Durante mandatos anteriores, como el de Julio César Turbay Ayala, hubo múltiples denuncias por atropellos de miembros de las Fuerzas Armadas en su lucha contra la insurgencia, especialmente contra la guerrilla del M-19. En esa época se decía que nadie podía contener a los militares cuando se desbordaban. Colombia ha cambiado mucho desde entonces y hoy existen controles institucionales y civiles para evitar una situación similar. Sin embargo, De la Espriella lanzó un guiño en esa dirección: “Protegeré a militares y policías”, dijo.
Su posición frente a la JEP también evidencia esa ruptura. Durante la campaña mostró su rechazo a la jurisdicción y llegó a considerar que debería desaparecer. Todos los presidentes de las altas cortes fueron invitados a la posesión, menos el magistrado Alejandro Ramelli. Un símbolo de lo que significa para el nuevo mandatario.
Ya como presidente, sin embargo, matizó su postura: “Respetaré el orden jurídico vigente, sin que ello signifique renunciar al deber de revisar con rigor la naturaleza y los efectos de una jurisdicción que nació desconociendo la voluntad popular”. Y agregó: “Una nación que durante décadas ha padecido los rigores del terrorismo no puede aceptar, bajo ninguna circunstancia, que la justicia se transforme en un mecanismo de indulgencia”.
Ahí aparece uno de los dilemas que acompañarán al nuevo gobierno: la voluntad política de aplicar una política de seguridad mucho más contundente tendrá que convivir con los límites jurídicos e institucionales que el propio presidente reconoce.
Glifosato, narcotráfico y fracking
Ese mismo dilema aparece en dos de sus anuncios más concretos: la lucha contra los cultivos ilícitos y la explotación de hidrocarburos.
De la Espriella dijo que retomará la aspersión aérea mediante herbicidas y bioherbicidas de última generación. Afirmó que esta estrategia “no causa daño a la salud humana”, “no contraviene el mandato de la honorable Corte Constitucional” y “no afecta de ninguna manera el medio ambiente”.
El mensaje tenía un doble destinatario: los grupos criminales que hoy controlan buena parte de las 300.000 hectáreas sembradas con hoja de coca en el país y la delegación de Estados Unidos que, encabezada por directores de agencias de seguridad como la DEA, la CIA y la Fiscalía, quiere resultados concretos en la lucha contra el narcotráfico.
“Uno de mis primeros actos de gobierno será suscribir el Escudo de las Américas”, dijo al anunciar la adhesión a esta iniciativa impulsada por Estados Unidos para combatir el crimen organizado y, en especial, las organizaciones de narcotráfico.

En el terreno económico, el presidente Abelardo de la Espriella confirmó la eliminación del impuesto del patrimonio, una de sus propuestas de campaña: “El impuesto del patrimonio será eliminado. Debemos de dejar de castigar a los que generan empleo”, aseguró. Foto: CAMBIO.
Es previsible, por tanto, que la presencia militar en zonas de cultivos —especialmente en Nariño, Cauca, Putumayo y el Catatumbo— sea mayor y con más decisión de combate. Pero esa fuerza pública tendrá que actuar con apego estricto a la ley.
También aquí existen límites que el Gobierno tendrá que sortear. En Colombia es obligatorio adelantar un proceso formal de consulta previa con las comunidades étnicas —indígenas, afrocolombianas, raizales y palenqueras— antes de realizar actividades de exploración o explotación de recursos naturales en sus territorios.
El vicepresidente José Manuel Restrepo ya ha dicho que hay que buscar mecanismos más ágiles para empezar a explorar los recursos naturales que generen riqueza.
De manera que, tanto en la política de seguridad como en la agenda energética, el nuevo Gobierno parte de una premisa clara: hacer más. La dificultad estará en cómo hacerlo dentro de las reglas institucionales que limitan el ejercicio del poder.
También en el terreno económico anunció una reforma tributaria señaló: “Mi gobierno presentará una reacomodación estructural del sistema tributario para simplificarlo”.
Y confirmó la eliminación del impuesto del patrimonio, una de sus propuestas de campaña: “El impuesto del patrimonio será eliminado. Debemos de dejar de castigar a los que generan empleo”.
La ruptura política
En sus relaciones con el Congreso, el nuevo presidente prometió que el vínculo con el Legislativo estará guiado por la transparencia. “El diálogo será institucional, bajo el escrutinio permanente de los colombianos”, dijo.
Y añadió: “En la Patria Milagro nadie será perseguido por pensar distinto ni privilegiado por respaldar al Gobierno nacional. Las mayorías tendrán derecho a gobernar y las minorías, derecho a controvertir con garantías”.
Es una declaración que suena bien como intención, pero que contrasta con el hecho de que el propio mandatario vetó la presencia de dos expresidentes en su acto de posesión: Ernesto Samper y el Nobel de Paz Juan Manuel Santos.

También fue significativo el manejo de la figura de Gustavo Petro. De la Espriella nunca lo mencionó por su nombre, aunque lo señaló como causante de varios de los problemas que padece hoy el país. Así, por ejemplo, la corrupción e incluso dijo que llevaría las pruebas no solo ante las autoridades locales, sino también ante instancias extranjeras.
En cambio, resaltó las figuras del expresidente Álvaro Uribe y del expresidente de la Asamblea Nacional Constituyente Álvaro Gómez Hurtado, secuestrado en su momento por el M-19. Se trata de dos representantes de la derecha, cuya herencia él ahora exhibe.
Y recordó al joven senador y aspirante presidencial del Centro Democrático: “Rindo un sentido homenaje a la memoria de Miguel Uribe Turbay, asesinado por los interlocutores del régimen que, gracias a Dios, hoy termina. Gracias, en el cielo. Colombia nunca te va a olvidar”, dijo. Minutos antes, en la toma de juramento y cuando el presidente del Congreso lo mencionó, el aplauso fue inmenso.
El mensaje fue claro: el nuevo Gobierno no solo quiere diferenciarse de Petro en las políticas públicas. También pretende reivindicar otras referencias históricas y políticas y construir, desde ellas, una nueva narrativa sobre el país.
La batalla cultural
Por eso, su énfasis en la llamada batalla cultural. De la Espriella dejó claro que Colombia acaba de dar un giro de 180 grados en la conducción del Estado y que una de sus primeras disputas será precisamente la de los valores. Es una de las ideas centrales de la derecha frente a lo que considera una distorsión de los principios tradicionales impulsada por el progresismo.
Varios miembros del gabinete serán protagonistas de esa tarea: los ministros de Educación, Viviane Morales; de Relaciones Exteriores, Omar Bula; y de Cultura, Paola Holguín, lo han dicho: apuntan a “contar la historia como ha sido”.
La batalla, según el presidente, busca “recuperar el valor de la familia, el mérito, la disciplina, el amor por la patria, la creencia en Dios y la responsabilidad individual”. “Colombia volverá a reconocerse en sus mejores tradiciones”, dijo. Su Patria Milagro, añadió, solo podrá edificarse “sobre una sociedad que se respete a sí misma”.
Y remató: “La batalla cultural es devolverle a Colombia la confianza en sus principios y valores fundacionales. La fortaleza de la familia es la fortaleza de Colombia. Que eso nadie lo tenga en duda”.
La sesión legislativa había comenzado hacia las 2:40 de la tarde, con el llamado a lista obligatorio para cualquier reunión del Congreso. El mandatario llegó sobre las 4:15 y a las 4:30 tomó juramento y asumió la jefatura del Estado. Salió de prisa hacia el Batallón Pichincha, mientras algunos invitados quedaban un tanto perplejos, entre ellos el presidente de la FIFA, Gianni Infantino.
Fue, en conclusión, una jornada que confirmó el gusto de De la Espriella por la espectacularidad, como ya lo había mostrado en campaña cuando se presentó en el Movistar Arena, pero que dejó algo más importante que una puesta en escena. El nuevo presidente presentó el marco ideológico desde el cual pretende gobernar: orden y autoridad en materia de seguridad; religión y valores tradicionales en el terreno cultural; y una mayor disposición a explotar los recursos naturales y a combatir el narcotráfico en el ámbito económico y de seguridad.
El desafío será convertir ese discurso en política de Estado sin desconocer los límites institucionales que el propio Gobierno tendrá que enfrentar.
De la Espriella llegó al poder prometiendo una ruptura. Su primer día dejó claro que esa ruptura no será únicamente con Petro: también será una disputa por la idea de país que Colombia quiere ser.
Lea los comentarios









