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El presidente de la República, Abelardo de la Espriella, y el vocero de la Presidencia, Miller Soto. Fotos: Presidencia y redes sociales.
Poder

De la Espriella impone un Gobierno de una sola voz

El presidente de la República, Abelardo de la Espriella, y el vocero de la Presidencia, Miller Soto. Fotos: Presidencia y redes sociales.

La salida del director del DANE por dar una rueda de prensa expuso la obsesión del presidente por controlar cada mensaje oficial. La fórmula que le permitió dominar la conversación durante la campaña produce ahora un efecto paradójico: mientras él concentra la comunicación, sus ministros desaparecen y la gestión del Estado queda fuera de foco.

Por: Armando Neira

Ricardo Valencia Ramírez duró 26 días como director del DANE. Una de las razones de su salida, según la Presidencia, fue haber hablado públicamente sin autorización.

El prólogo de su fugaz paso por el cargo se escribió el 31 de agosto, cuando Valencia ofreció su primera rueda de prensa al frente de la entidad. Presentó los datos de empleo de julio: una tasa de desempleo de 8,1 por ciento, la más baja para ese mes desde 2001. También dijo que, por ahora, no había encontrado anomalías en los indicadores heredados de la administración de Gustavo Petro.

La Presidencia cuestionó que respaldara esas cifras sin haber realizado antes auditorías rigurosas. Pero había otro problema: Valencia había hablado sin pasar por la Casa de Nariño.

El Gobierno confirmó su salida este lunes y señaló, entre otros motivos, el incumplimiento de la Directiva Presidencial 01, que establece que las declaraciones públicas de los funcionarios del Ejecutivo deben contar con autorización previa.

Días antes, la Presidencia había cancelado a última hora una rueda de prensa en la que el DANE explicaría los datos de inflación de agosto. Valencia respondió con un video para divulgar los resultados. Tampoco fue autorizado. En su reemplazo fue designado el economista Juan Manuel Alvarado Nivia.

El caso podría parecer un episodio más de disciplina burocrática. No lo es. Resume una decisión política de mayor alcance: el Gobierno de Abelardo de la Espriella quiere que la comunicación oficial pase por un solo filtro. Y ese filtro es la Presidencia.

La cronología que incomoda

Hay, además, una dificultad en el argumento oficial. La Directiva Presidencial 01 fue firmada el 3 de septiembre de 2026. La rueda de prensa por la que Valencia quedó bajo cuestionamiento ocurrió el 31 de agosto. La norma que estableció el nuevo régimen de comunicación presidencial llegó después de aquella rueda de prensa.

 

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El saliente director del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), Ricardo Valencia Ramírez, durante la rueda de prensa del pasado 31 de agosto, que, según la Presidencia, le costó el cargo. Foto: Cristian Bayona - Colprensa.

Tres exdirectores del DANE, entre ellos Juan Daniel Oviedo, cuestionaron además que una entidad estadística pueda someterse a la misma lógica de vocería que un ministerio. La Ley 2335 protege al DANE frente a interferencias políticas en la divulgación de sus cifras.

No es un asunto menor. Cuando un ministro habla, habla en nombre del Gobierno. Cuando un director del DANE explica una cifra, está divulgando información estadística que debería responder a criterios técnicos. Si incluso las cifras necesitan autorización para ser explicadas, el problema deja de ser de comunicación y pasa a ser de confianza institucional.

Valencia no fue, por lo demás, el primer funcionario de alto nivel en abandonar el Gobierno durante su primer mes. Antes de él había salido Viviane Morales del Ministerio de Educación por un delicado problema personal. No hubo más explicaciones.

Un país que pregunta

La apuesta por una voz única también rompe con una costumbre profundamente colombiana: la de escuchar a los funcionarios responder preguntas. Durante décadas, la radio fue una extensión del Gobierno. Ministros y altos funcionarios aparecían cada mañana en entrevistas, explicaban decisiones, defendían políticas y recibían preguntas incómodas.

Ese formato se consolidó en los años ochenta con programas como 6:00 a. m. – 9:00 a. m., de Caracol Radio, creado y dirigido por Yamid Amat. La entrevista radial convirtió al funcionario en un personaje cotidiano. El ciudadano no necesitaba esperar una alocución presidencial para saber qué estaba pasando en salud, educación, economía o seguridad. Podía escuchar directamente al responsable de cada sector.

Con De la Espriella, esa relación se está modificando. El presidente ocupa buena parte de la conversación política con sus propias intervenciones, en especial en las redes sociales, y una alocución dominical en la que anuncia decisiones, fija posiciones y marca agenda. Entre una intervención presidencial y otra, la presencia pública de sus ministros es mucho menor.  El Gobierno habla. Pero cada vez más, habla a través del presidente.

Un vocero para todos

Desde el 1° de septiembre, la interlocución oficial con la ciudadanía recae en Miller Soto Solano, designado meses antes, junto con la periodista Carolina Gómez Sánchez, como vocero del Gobierno entrante.

 

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La saliente ministra de Educación, Viviane Morales, y el presidente Abelardo de la Espriella, en una imagen publicada en sus redes sociales durante la campaña. Ella renunció argumentando un delicado problema personal.

En teoría, la estructura era clara: Gómez manejaría la relación con los medios; Soto explicaría las decisiones del Ejecutivo y respondería a las inquietudes de la opinión pública. Sin embargo, de un momento a otro se informó que Gómez no iría más.

En redes, la oposición aprovechó para cobrarle sus mensajes provocadores y si baja experiencia para torear semejante toro. El problema no está en sus hojas de vida. Está en lo que esa estructura reemplaza.

Un ministro de Salud debería poder explicar las medidas que está tomando para enfrentar la crisis de la salud. El director del DANE debería poder explicar una cifra. El ministro de Educación debería responder por la política educativa y qué se hará para que en la próxima medición los jóvenes no se rajen en las pruebas Pisa. Son los funcionarios que tienen la información y la responsabilidad.

Si todos necesitan autorización para hablar, esa relación empieza a invertirse: los funcionarios gobiernan, pero el presidente comunica. Y una democracia no solo necesita que el poder comunique. Necesita que el poder responda.

Una estrategia, dos problemas

La concentración de la vocería enfrenta dos problemas. El primero es democrático. Menos entrevistas significan menos preguntas. Menos preguntas significan menos posibilidades de contrastar datos, descubrir contradicciones y someter las decisiones oficiales al escrutinio público.

Una pregunta incómoda no es un problema de comunicación. Es una función del periodismo. El segundo problema es para el propio Gobierno. Un Ejecutivo que decide centralmente qué temas comunicar corre el riesgo de confundir control del mensaje con control de la agenda.

La salud, por ejemplo, no deja de ser un problema porque el ministro no hable. El desempleo no desaparece porque el director del DANE no dé entrevistas. El desabastecimiento de agua no deja de existir porque no aparezca en una alocución presidencial. El silencio no resuelve los problemas. Solo hace que otros ocupen el espacio. De hecho, la semana anterior la noticia política fueron los primeros pasos del centro y la izquierda para las elecciones de 2027. 

La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) advierte sobre ese riesgo. La organización pidió al Gobierno convertir en garantías reales su compromiso con la prensa y señaló que la Directiva Presidencial 01 “no puede convertirse en un criterio de autorización” para decidir con quién hablan los funcionarios.

También advirtió que las primeras versiones de la directriz permitían interpretar que el Gobierno podía privilegiar a medios o periodistas “amigos”.

El caso del DANE lleva la discusión un paso más allá. Si la entrega de cifras técnicas queda sometida a una lógica de disciplina comunicacional, la pregunta ya no es quién tiene permiso para hablar. Es quién decide qué puede saber el país.

Las críticas al modelo empiezan a escucharse desde todas las orillas. Este martes, Sofía Araújo Mejía, la nueva panelista del programa Mañanas Blu, mostró su desacuerdo frente al caso del director del DANE.

Araújo Mejía es hija de Sergio Araújo y sobrina de María Consuelo 'Conchi' Araújo, actual embajadora de Colombia en Estados Unidos. Ambos son amigos personales de De la Espriella y afines a su proyecto político.

Una fórmula diseñada para ganar

Concentrar la vocería no es una novedad. Muchos gobiernos lo hacen. La diferencia está en el grado de centralización y en el contexto. La agenda pública ya no se construye únicamente en los medios tradicionales; las conversaciones que nacen en redes sociales terminan llegando a los medios y modificando sus prioridades.

Para una campaña electoral, esa lógica es poderosa. De la Espriella lo demostró. Utilizó Inteligencia Artificial, identificó preocupaciones como seguridad, energía y salud y convirtió el “tigre” y el lema “firmes con la patria” en una identidad reconocible. La campaña tenía una ventaja que el Gobierno ya no tiene: podía reducir todos los problemas a un mensaje. Gobernar es otra cosa.

Un gobierno no puede elegir cuáles de los problemas del país existen. Tiene que responder por todos. Alí las fallas del modelo: el cierre de los espacios de contrapregunta y la concentración de la agenda en los asuntos que la Presidencia decide destacar. El riesgo es evidente. Lo que no aparece en la comunicación oficial puede desaparecer de la conversación política, aunque continúe afectando a millones de personas.

Ni siquiera Trump

La comparación con Donald Trump resulta inevitable. Ambos construyeron una comunicación política altamente personalizada y ambos entendieron el poder de las redes y de los medios afines. Pero hay una diferencia importante.

Trump concede buena parte de sus entrevistas a cadenas y pódcasts cercanos políticamente, pero sigue enfrentándose a periodistas críticos. El presidente responde preguntas en escenarios informales: los jardines de la Casa Blanca, el pie del avión presidencial o los pasillos. CNN, ABC o NBC pueden recibir una respuesta hostil. Pero tienen la oportunidad de preguntar.

En Colombia, el modelo parece más cerrado. No hay un ritmo comparable de interlocución cotidiana con la prensa ni un espacio habitual en el que los ministros deban defender públicamente sus decisiones. El resultado puede ser paradójico: más control sobre el mensaje, pero menos capacidad para ocupar la conversación.

 

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente de la República de Colombia, Abelardo de la Espriella. Fotos: Reuters y Presidencia.

La Presidencia puede decidir cuándo habla. No puede decidir de qué habla el país. Cuando los ministros no ocupan los espacios disponibles y la Presidencia no logra ocuparlos todos, otros actores entran. Y a veces entran los problemas.

La prueba que viene

El verdadero examen está por llegar. Los debates sobre Inteligencia Artificial han ocupado en las últimas horas los titulares internacionales y Colombia tendrá que definir qué posición adopta frente a una transformación que afectará la educación, el empleo, la seguridad, la industria y la administración pública.

En teoría, una de las encargadas de explicar esa posición será Claudia Benavides Salazar, ministra de Ciencia, Tecnología e Innovación. Pero hay una pregunta anterior: ¿cuántos colombianos saben quién es? Ahí está la paradoja.

De la Espriella llegó al poder demostrando que sabía cómo hacerse escuchar. Ahora está construyendo un Gobierno en el que los ministros hablan menos, los funcionarios técnicos necesitan autorización y la voz presidencial ocupa casi todo el espacio disponible.

Puede que De la Espriella haya encontrado la manera de controlar la voz del Gobierno. El problema es que, al hacerlo, corre el riesgo de dejar al Gobierno sin voz propia.

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