
‘Cambié las muñecas para acostumbrarme a cargar armas’: los testimonios de los niños reclutados por las extintas Farc
Cinco exintegrantes del antiguo secretariado de las Farc reconocieron ante la JEP su responsabilidad por el reclutamiento de miles de niños y adolescentes, así como por los tratos crueles y las violencias que sufrieron en sus filas. A propósito de este hecho, CAMBIO recuerda algunos testimonios recopilados por la Comisión de la Verdad que revelan cómo operó el sistema de engaño, control y violencia contra menores de edad dentro de esa guerrilla.
Por: Gabriela Casanova
En los últimos días, cinco exmiembros del antiguo secretariado de las Farc reconocieron su responsabilidad y pidieron perdón ante la JEP por el reclutamiento de miles de niños y adolescentes a sus filas y por los tratos crueles, homicidios y violencias sexuales y reproductivas que sufrieron. Además, manifestaron su disposición a adelantar encuentros restaurativos con las víctimas y a promover acciones concretas orientadas a la no repetición de estas violencias.
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Se trata de Rodrigo Londoño, Pastor Alape, Milton de Jesús Toncel, Jaime Parra y Julián Gallo, imputados como máximos responsables en el Caso 07, que reúne a más de 11.000 víctimas acreditadas. Sin embargo, según las autoridades, son más: un total de 18.677 niños, niñas y adolescentes reclutados entre 1971 y 2016.
#Atención | Exmiembros del último secretariado de las extintas Farc-EP hacen manifestaciones de perdón, de arrepentimiento y de reconocimiento de responsabilidad por graves crímenes relacionados con el reclutamiento de niñas y niños, investigados en el #Caso07.
— Jurisdicción Especial para la Paz (@JEP_Colombia) March 2, 2026
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A propósito de este pronunciamiento, en CAMBIO recordamos los testimonios de algunas de las personas que fueron reclutadas por las Farc cuando eran menores de edad. Las historias quedaron consignadas en el informe final de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.
“Me dijeron que iba a tener una vida mejor”
Según el informe de la Comisión de la Verdad, las Farc hacían falsas promesas para motivar a los niños a entrar a sus filas, como mejorar sus condiciones de vida y las de su familia: “Teníamos muy poquitos ingresos, y entonces me hicieron esa propuesta: si ingresaba, mi mamá iba a tener beneficios económicos. Al ver que la familia está sufriendo, pues uno cede. Cualquiera, ¿no?”, dijo Robinson, reclutado cuando era adolescente por las Farc en Mesetas, Meta, en los 90.
También, según los testimonios de la Comisión de la Verdaf, les mintieron con promesas de estudio, formación y trabajo. Les aseguraban que podían “probar” y que, si no les gustaba, podían abandonar el grupo armado cuando quisieran. Sin embargo, todo hacía parte del gran engaño detrás del reclutamiento.
“Me dijeron que iba a tener una vida mejor. Que si no nos gustaba, nos tenían ocho días y nos sacaban. Pero no, llegando allá eran diferentes las cosas”, dijo Paula, reclutada a los 12 años por el Frente 40 de las Farc, también en Mesetas, Meta, en los 90.

“A nosotros nos dijeron que íbamos para un campamento y que nos regresaban al otro día. Cuando llegamos, había más menores de edad. En total 35 entre hombres y mujeres. Nos empezaron a dar cursos, a meter la psicología de que si nos volábamos ellos sabían dónde vivía la familia, que no respondían, que ahí era hasta el final, que era por tiempo indefinido”, dijo Luzmila, reclutada a los 13 años por el Frente 38 de las Farc, en San Eduardo, en Boyacá, en un campamento que se suponía era temporal.
También, las Farc utilizaban la manipulación emocional en las adolescentes reclutadas. Ese fue el caso de Blanca, reclutada para el Bloque Oriental de las Farc, quien cuenta que su vinculación a los 16 años ingresó a las filas por una relación sentimental.
“Yo fui la única mujer que arrancó y fue porque él dijo: “Me voy si ella se va”. Yo quería estar con él y me la puso así. Yo dije: “Si él se va, me muero”. Así estaba en ese momento. Pensé que si le decía “no nos vayamos”, en algún momento se iba a ir. Siempre pensé eso, pero no fue un tema de convencida de la lucha armada. (Para reclutar) había varias estrategias, la que más se usa es esa del enamoramiento. Eso pasa sobre todo con las mujeres civiles, se enamoran muy fácil de los guerrilleros y se van convencidas de que van a ser pareja allá”, relató.
“¡Eso no es ni para un niño, ni para un joven, ni para nadie!”
La vida de estos niños cambió completamente cuando ingresaron al grupo armado. Según el informe de la Comisión de la Verdad, el entrenamiento de los guerrilleros implicaba someterse a rutinas intensas de ejercicio para adquirir capacidades y resistencia, aprender a manejar armas e instruirse sobre su mantenimiento y cuidado, conocer la estrategia de combate, obedecer y saber tomar decisiones en el campo de batalla. Así, los niños tuvieron que forzarse a “dejar de serlo”.
“Tienes que empezar a cambiar tus muñecas por un palo para que te acostumbres a cargar un arma. Dejar el rol de niña para cumplir como mujer de un guerrillero, para levantarse a las cuatro, tres, una, dos de la mañana a prestar guardia, a trotar, a formar, obedecer, manejo de armas, aprender a lanzar granadas, a caminar en la oscuridad, dentro del pantano, a cargar un equipo. ¡Eso no es ni para un niño, ni para un joven, ni para nadie!”, dijo Esperanza, reclutada a los 12 años, en Puerto Concordia.
En las Farc no había distinción por edad o sexo en la formación militar y tampoco importaba si tenían la condición física o no para resistir los entrenamientos, lo que causó el sufrimiento de muchos niños. Había otras actividades, como cursos de radiocomunicaciones, computación, idiomas y alfabetización, que eran estratégicas para el grupo. Sin embargo, la violencia era una constante. Estos niños tuvieron que crecer entre campamentos, combates, retenes, ataques a la infraestructura y el uso de explosivos.
Manuela, que fue entrenada para ser explosivista, habló de la vez que fue incapaz de detonar una bomba: “Yo estaba de guardia y teníamos unas bombas instaladas para cuando estuviera el Ejército. Pero ese día, en esa turbo, iba una niña. No pude explotar la bomba. Me pegué de mi niñez, de todo lo que tenía que vivir y no había podido, y no pude”. Tras ese hecho, ella decidió salirse de la guerrilla.
Y no solo era el desgaste físico, había muchas cosas más que causaban angustia y dolor. En particular, las niñas y adolescentes tuvieron que soportar abortos, acoso, violación sexual y tortura. Uno de esos casos es el de Esperanza, forzada a un procedimiento médico en el que le introdujeron, sin su consentimiento, un dispositivo intrauterino con solo 12 años.
“Algo que recuerdo con mucho desagrado es que te pongan un dispositivo a las malas, sin tú haber tenido contacto sexual, eso es una violación. Para mí eso fue una tortura, sentí que desgarraba mis vísceras. Duramos un mes mientras nos recuperamos, porque para algunas fue más doloroso que para otras. De tanto haberlo relatado, ya no me da tan duro, pero al comienzo para mí era muy lastimoso hablarlo. Ingresar siendo niña a la organización te vuelve como una presa para los chulos. Se ve muy a menudo que los hombres te tocan sin tú querer. Es degradante, es una violación”, dijo.
“Nadie me da empleo por tener el estigma de guerrillera”
Según el informe, muchos de los niños reclutados pensaron en fugarse, exponiéndose a que los recapturaran y fueran sancionados o asesinados. También las comunidades y familiares podían intervenir para rescatarlos y se presentaban en campamentos o ejercían presión para lograr su entrega. Por ejemplo, las comunidades indígenas del Cauca con ayuda de organismos internacionales, lograron recuperar a varias personas menores de dieciocho años reclutadas por las Farc. Otros lograron desmovilizarse gracias al Acuerdo de Paz entre esta guerrilla y el Gobierno, firmado en 2016.
Sin embargo, años después de desmovilizarse, estas personas hoy enfrentan estigmatización. En el caso de Esperanza, pasaron nueve años antes de que regresara a Puerto Concordia, pero cuando finalmente volvió, no tuvo un buen recibimiento.

“En el municipio no me dan empleo por ser desvinculada, solamente hubo un alcalde que me dio la oportunidad de trabajar en el hogar geriátrico como enfermera. De resto, nadie me da empleo por tener el estigma de guerrillera, aunque no fue porque yo quise irme sino que me tocó, me llevaron. Entonces, es difícil conseguir trabajo como desvinculado, la gente dice: “Ustedes son guerrilleros, ustedes son desvinculados, mínimo matan y mínimo roban”. Siempre me etiquetan por ser guerrillera”, contó.
También, Arturo, reclutado a los 16 años, habló sobre las barreras que enfrentó para reintegrarse a la vida civil: “Hay gente que no le habla ni se le acerca a uno, de pronto porque se imaginan cosas que pasaron. Es duro, pero es la vida que me tocó vivir. Siempre uno se siente señalado, lo que provoca desilusión al ver que uno hizo y a la vez no hizo nada”.
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