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Álvaro García nota
Elecciones Colombia 2026

Las cosas por las que no votaría. Por Álvaro García

Álvaro García, periodista, ejecutivo de medios y diplomático

CAMBIO reclutó a grandes firmas colombianas de diversas posturas políticas para analizar qué está en juego hoy en estas elecciones. Así respondió Álvaro García:

El domingo de elecciones suele presentarse como una jornada de entusiasmo cívico, lo que llaman La Fiesta de la Democracia. Pero en realidad votar no siempre es un acto de entusiasmo. Es más bien un ejercicio de discernimiento, a veces incómodo. En democracia rara vez elegimos lo ideal y en ciertos momentos tratamos de evitar lo peor y tomar el mejor camino para todos.

Por eso, antes de pensar por quién votar, a veces conviene plantearse una pregunta más simple: por qué cosas definitivamente no deberíamos votar.

Yo, por ejemplo, no votaría por quienes prometen soluciones instantáneas a problemas estructurales. Los países no funcionan como un interruptor que alguien puede encender o apagar con una orden. Cuando un político asegura que resolverá en pocos meses lo que lleva décadas construyéndose o deteriorándose,  está actuando como un mago de feria, no como alguien solidario y leal con los votantes. Aquí entran los que ofrecen continuar con lo que ofrecen los vendedores de humo.

No votaría por quien convierte el resentimiento en programa político. El resentimiento genera emociones peligrosas y simplifica la realidad en una narrativa cómoda de culpables y víctimas, de banderas de guerra a muerte. Así se puede motivar violencia, muchas veces asesina, y ni hablar de construir instituciones duraderas.

No votaría por quienes desprecian las reglas cuando le resultan incómodas. Las instituciones democráticas pueden ser susceptibles de mejorar, pero son el único mecanismo que evita que la política y el Estado se sometan a la voluntad del poder de turno. Ojo con quienes las tienen en la mira.

No votaría por los que creen que gobernar es destruir lo que funciona solo porque lo ven como parte de una ideología distinta. Las sociedades avanzan acumulando experiencias y corrigiendo. Desmontar políticas públicas eficaces simplemente por ideas políticas, no es reformista: es una pataleta torpe y sin sentido que termina afectando al ciudadano de a pie.

No votaría por quienes abandonan la seguridad del Estado en nombre de consignas bien intencionadas. La paz no se decreta; se construye con autoridad legítima y con instituciones que funcionen. Cuando una política de seguridad termina multiplicando la presencia territorial de los grupos armados, ampliando su influencia sobre comunidades enteras y permitiendo la expansión del narcotráfico —visible incluso en el aumento de las hectáreas de coca y de la producción mundial de cocaína— el resultado no es la paz, sino el regreso reforzado de viejas formas de desestabilización democrática, que se habían superado.

Tampoco votaría por quienes ponen en duda el mismo sistema democrático que les permitió llegar al poder. La democracia implica aceptar reglas del juego incluso cuando no favorecen a quien gobierna. Cuando un líder  y sus seguidores empiezan a mirar con sospecha las instituciones electorales, los contrapesos o los procedimientos que los llevaron al poder, el problema deja de ser político y empieza a ser institucional. Es un gran peligro. Ojo.

No votaría por quienes culpan siempre al pasado y nunca asumen el presente. El pasado remoto y reciente explica muchas cosas, pero no pueden convertirse en una excusa perpetua para eludir las responsabilidades de hoy.

No votaría por quienes confunden la política con el espectáculo. Gobernar no es actuar. Cuando un país enfrenta dificultades económicas o fiscales, lo mínimo que se espera de sus gobernantes y de quienes los siguen, es una jerarquía clara de prioridades. Quienes apoyan ese tipo de decisiones, defienden una peligrosa frivolidad en la forma de entender el poder.

Tampoco votaría por quienes le apuestan a la popularidad en vez de a los resultados. Las encuestas muchas veces miden estados de ánimo, no necesariamente realidades ni logros concretos. Para decidir bien, importante contrastar el relato contra los resultados.

La democracia nunca ha sido un sistema perfecto. Pero tiene una virtud sencilla: nos permite corregir el rumbo.

Quizá no siempre sepamos con absoluta claridad cuál es la mejor opción. Pero casi siempre podemos reconocer ciertas actitudes, ciertos estilos de poder, ciertas formas de hacer política que ya han demostrado ser profundamente dañinas.

Y si el voto es, en esencia, un acto de responsabilidad individual frente al futuro colectivo, a veces la forma más sensata de ejercerlo empieza por una pregunta elemental: ¿qué tipo de política quiero rechazar con mi voto de hoy?

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