
El equilibrio imposible de Paloma: seducir al centro sin soltar a la derecha dura
Paloma Valencia, candidata a la Presidencia. Fotoilustración: Kimberly Vega - CAMBIO.
En la cerrada disputa con Abelardo de la Espriella por pasar a la segunda vuelta, la candidata radicaliza su discurso y dice que Álvaro Uribe sería su ministro de Defensa. Su propia fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo, le dice que no, y ella responde de inmediato: “Aquí mando yo”. ¿Se puede tenerlo todo?
Por: Armando Neira
En la angustiosa carrera hacia la primera vuelta, los candidatos a la Presidencia lanzan ideas que, en ocasiones, terminan estrellándose contra una realidad que trae de inmediato a la memoria hechos que eclipsan el mensaje buscado. O, peor aún, producen el efecto contrario.
Eso fue lo que le ocurrió a la candidata Paloma Valencia, quien, en su intención de poner el tema de la seguridad como eje central de la campaña, anunció que, en caso de ganar las elecciones, su ministro de Defensa sería el expresidente Álvaro Uribe Vélez. La cosa no salió bien.
Uribe fue elegido presidente de Colombia en dos ocasiones consecutivas –ambas en primera vuelta–, precisamente con la bandera de derrotar a las Farc. Sin embargo, en ese propósito su gobierno quedó dolorosamente marcado por el asesinato de 6.402 jóvenes humildes a manos de miembros del Ejército, quienes los presentaban como bajas en combate.
“Los falsos positivos son una herida muy fuerte en el país, y subestimarlos es no entender a ese votante de centro, para quien son un símbolo”, dice el analista Andrés Segura. “Aunque son dos temas distintos y de consecuencias diferentes, eso es mucho más importante para el votante promedio que la calificación de Moody’s o de S&P”, señala el experto a modo de ejemplo.
La propuesta de la candidata coincidió, además, con un nuevo informe de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), que confirmó que la cifra es aún mayor: 7.837 víctimas de ejecuciones extrajudiciales.
Volver al pasado
La razón es la ampliación del periodo de revisión de casos, que pasó de abarcar los años 2002-2008 a incluir ahora el lapso entre 1990 y 2016. Es decir, un periodo que cubre los gobiernos de César Gaviria, Ernesto Samper, Andrés Pastrana y Juan Manuel Santos.
Sin embargo, en el debate público de hoy el foco no está en esos gobiernos, sino en Uribe, quien sigue siendo un actor central en el escenario electoral como mentor de la campaña de Valencia.

Eso lo sabe Iván Cepeda, quien reaccionó de inmediato: “7.837 falsos positivos. ¿Y cuándo será juzgado por crímenes de lesa humanidad Álvaro Uribe Vélez, candidato a ministro de Defensa?”.
El episodio no se limita a la confrontación verbal entre dos aspirantes presidenciales, sino que deja al descubierto el equilibrio que hasta ahora Paloma no ha podido dejar bien atado: seducir al centro sin soltar a la derecha dura.
La idea de nombrar a Uribe como ministro de Defensa no fue un lapsus ni una ocurrencia. Fue una señal calculada hacia el electorado de derecha, que Abelardo de la Espriella le disputa voto a voto. El problema es que ese mismo guiño que retiene a esa base aleja al centro que Valencia necesita para ganar tanto en primera como en una eventual segunda vuelta. Ese es el dilema que hoy define su campaña y que el choque con Oviedo dejó en evidencia.
Para Oviedo, el país necesita mirar hacia nuevas alternativas de liderazgo. “Me parece que no es el mensaje y se lo dije anoche, pero hay que respetarla. Sabemos que somos distintos y yo no la voy a cambiar”, dijo el exdirector del Dane.
Ante la posición de su fórmula vicepresidencial, Valencia subió el tono y respondió: “La presidenta soy yo. La que va a nombrar a los ministros soy yo, y que se acostumbre el país”.
“Vamos a tener ministros uribistas, ministros de centro y ministros que sean buenos, porque lo que necesitamos es resolver los problemas de los colombianos”, argumentó.
“Aquí mando yo”
Aunque trató de matizar –“Digo una cosa y se molesta el centro, digo otra y se molesta la derecha. En este país tiene que caber todo el mundo, y esa es la gracia de esta alianza”–, el eco de “aquí mando yo” le quita autoridad a Oviedo y, de paso, les dice a quienes votaron por él que, por más vanguardistas que sean, se hará lo que ella quiere.
Eso, en un país tan machista, tiene un significado enorme, pues transmite la idea de que una mujer sí puede tomar decisiones y que está preparada para el cargo. No obstante, es probable que los electores de centro no estén haciendo esa lectura, sino que más bien rechacen la posibilidad de retroceder en la historia y volver a entregarle el poder a Uribe.
Valencia quiso ser argumentativa y defendió la trayectoria del exmandatario, al señalar que su experiencia en seguridad es clave frente a la crisis que atraviesan varias regiones del país como se ha visto en los últimos días en el suroccidente del país.
“El que sea bueno como Uribe en materia de seguridad, ojalá se anime a ser mi ministro. Yo seré la comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y, al lado del presidente Uribe, podemos hacer grandes cosas por Colombia. Ojalá haya también ministros de centro, expertos en educación, y gente de izquierda con compromiso social”, afirmó.

Sin embargo, el episodio deja abierta una pregunta de fondo: ¿esta estrategia suma o resta votos? Si una propuesta similar la hiciera De la Espriella, probablemente sería coherente con su discurso de confrontación directa contra la izquierda. En su caso, ese tipo de mensajes refuerza su identidad política. En cambio, en Paloma genera tensiones como las que ahora se evidencian, al punto de que entre analistas se comenta si Oviedo podría renunciar.
Mirar al centro desde la derecha
La contradicción es evidente: mientras intenta proyectarse como una candidata capaz de aglutinar sectores de centro, se apoya en una figura que simboliza uno de los mayores polos de la política nacional.
Esa incoherencia suele generar rechazo en los electores. Cuando el discurso y las decisiones no coinciden, la consecuencia natural es la desconfianza.
De hecho, tanto Petro como Uribe son, al mismo tiempo, las figuras que más adhesiones y más rechazos generan en el país. Son los principales polos de la polarización. Intentar construir una candidatura de centro alrededor de uno de esos extremos resulta, por definición, problemático.
“Muy difícil eso de tratar de convencer al llamado centro político de votar por una alternativa que quiere a Uribe de ministro de Defensa, y lo anuncia por los mismos días en que nos enteramos del aumento en las cifras de ejecuciones extrajudiciales, la mayoría de las cuales tuvieron lugar en su gobierno”, afirmó la analista Sandra Borda. “La gente se puede comer un sapo, pero tal vez no un hipopótamo”, ironizó.
Aunque Paloma ha hecho un esfuerzo por posicionarse en otros temas –especialmente económicos, de infraestructura y regionales–, decisiones como esta terminan devolviendo el foco a Uribe.
Y ahí radica otra tensión: Valencia no es únicamente la candidata del Centro Democrático. Es la ganadora de una consulta en la que participaron otras corrientes, como el Nuevo Liberalismo, Oxígeno Verde y La Fuerza de las Regiones.
Juego a dos bandas
En ese contexto, su desafío es aún mayor: mantener cohesionada a la derecha sin perder el apoyo del centro. En su intento por asegurar lo primero, corre el riesgo de sacrificar lo segundo.
El único camino viable que tenía la campaña de Paloma era jugar en dos bandas: no perder votos en la derecha (ojalá capturar más) y avanzar hacia el centro. Jugar en dos frentes siempre es difícil; por eso, el mensaje debe ser de suma.

Oviedo hasta ahora había sido clave por la narrativa posterior a las elecciones de marzo que permitió poner el reflector sobre la fórmula. Sin su elección, habría sido muy difícil captar la atención. Y, además, era quien abiertamente había tendido puentes con votantes desencantados del petrismo.
Ya pasó un mes y está ocurriendo lo normal: Oviedo pasa a un segundo plano, como suele suceder con los candidatos a la Vicepresidencia. Le ocurrió a Francia Márquez en 2022: su relevancia disminuyó en mayo, a pesar del impulso que logró en marzo.
Hoy la pelea es con Abelardo. Pero él se mantiene relativamente sólido: sube poco y baja poco. Es entendible la estrategia de disputarle ese electorado apelando al uribismo, pero no está dando resultado.
¿Qué pasa si Valencia gana esa disputa? La consecuencia es que, de cara a una segunda vuelta, ese votante de centro que se alejó al subir el tono del uribismo será más difícil de recuperar.
El desafío para Paloma es enorme. Es un hecho que ella ganó con autoridad al obtener 3.236.286 votos, pero también es cierto que su candidatura tuvo impulso mayúsculo al sumar cerca de 6 millones del total de la Gran Consulta, incluidos los 1.255.510 de Oviedo. Sin ellos, Valencia no estaría en la posición competitiva en la que se encuentra hoy.
De su habilidad para seducir al centro sin soltar a la derecha dura está un futuro que para ella puede ser promisorio. De lo contrario, existe el riesgo de quedarse sin el pan y sin el queso.
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