
Sumas y restas de dos años de guerra en el Medio Oriente
Federico Vélez PhD, profesor de historia y relaciones internacionales en la American Univeristy of Kuwait, escribe para Cambio sobre el conflicto entre Israel y Hamas, hace un recuento de los hechos en los últimos años y analiza la situación política.
Por: Federico Vélez
En la mañana del sábado 7 de octubre de 2023, cientos de milicianos de Hamás asaltaron en masa una barrera militar que se tenía por inexpugnable y en pocas horas sumieron en el terror el sur de Israel. Al finalizar el día, el enfrentamiento se había trasladado con una fuerza desproporcionada al otro lado de la frontera, a la franja de Gaza. Aquella mañana, el conflicto palestino tomaba un nuevo rumbo, reconfigurando a su paso el equilibrio de poder en todo el Medio Oriente.
Había una urgencia manifiesta en la ofensiva acometida por Hamás. El problema palestino persistía sin una solución definitiva, y parecía desdibujarse de la agenda internacional y regional. No le faltaba razón al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, cuando semanas antes presentaba los recientes tratados de paz con los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán – los llamados Acuerdos de Abraham— como prueba de que la solución al problema palestino no era ya más una precondición para la paz con Israel. El primer ministro presentaba como inminente un próximo acuerdo con Arabia Saudita, el epicentro político y económico del mundo árabe y musulmán. De lograrse, la paz entre Israel y los países árabes marcaría el futuro de la región en el siglo XXI. Los gobiernos palestinos - el de Hamás en Gaza, y el de la Autoridad Palestina en Ramallah- parecían haber perdido toda capacidad de agencia política, y peso diplomático. Netanyahu les presentaba una disyuntiva: aceptar la paz en los términos de la nueva realidad política, o la marginalización histórica.
Desde Gaza, en algún lugar del entramado de más de 700 kilómetros de túneles subterráneos donde también se encontraban 240 rehenes capturados en Israel, Yahya Sinwar, el líder militar de Hamás, y cerebro de la operación, podía estar seguro de los réditos políticos de su audaz asalto. De inmediato, tanto la agresión, como la respuesta militar israelí, devolvieron al conflicto palestino su preeminencia política a nivel regional e internacional. Como en los años sesenta, durante el cénit del nacionalismo árabe, Hamás inspiraba a una lucha panarabista por la liberación de Palestina.
En todas las capitales árabes, de Rabat a Bagdad, se escuchaba el mismo clamor, con su potencial revolucionario. En Jordania, país en paz con Israel desde 1994, decenas de miles de personas, arropadas en el keffiyeh palestino, proclamaban al unísono su voluntad de sacrificar sus vidas en la liberación de Jerusalén “sacrificaremos nuestra alma y nuestra sangre por ti, [mezquita de] al-Aqsa,” mientras ponían en aviso al gobierno del Rey Abdullah proclamando su lealtad política: “Dicen que Hamás es terrorista, pues aquí en Jordania todos pertenecemos a Hamás.”

Sinwar y sus lugartenientes transformaban la destrucción de Gaza en una fuente de legitimidad y capital político. Mesiánicamente imperturbables ante el sufrimiento indescriptible de la población civil sobre un territorio arrasado, sabían que cuanto más durara la guerra, mientras más desproporcionada y brutal fuera la respuesta militar y el consecuente padecimiento de decenas de miles de víctimas inocentes, más alto sería el precio que pagaba Israel. Ninguna otra guerra reciente en la región había convocado la solidaridad internacional de manera tan profunda. Ni la guerra en Yemen desatada tras la invasión de una coalición liderada por Arabia Saudita en 2014 –catalogada por las Naciones Unidas como una de las peores catástrofes humanitarias en la historia – ni el más de medio millón de víctimas brutalmente asesinadas por el régimen sirio de Bashar al-Assad desde 2011, había logrado tanto repudio.
La desmesura de la respuesta israelí terminó por minar la legitimidad moral del país; un castigo autoinfligido que Hamás podía cobrar como parte de su victoria política. El rechazo generalizado a Israel se concretaba en la ruptura de relaciones comerciales y diplomáticas de antiguos aliados, en la acusación de genocidio presentada por Suráfrica ante la Corte Internacional de Justicia, en las protestas masivas en las calles y los campus universitarios en Europa Occidental y los Estados Unidos, en las flotillas humanitarias en el mediterráneo, y en los boicots culturales y deportivos contra el país.
Hamás había buscado convertir el ataque del 7 de octubre en el punto de partida de una conflagración mayor por el control geoestratégico del Medio Oriente. La incursión de aquel día apostaba por generar un levantamiento universal de los pueblos árabes, y por el acompañamiento militar de sus aliados en la región con el fin de crear varios frentes de batalla que extenuaran las fuerzas de Israel hasta su derrota final. Hamás hacía parte de una coalición de ejércitos y gobiernos—el ejército de Hezbolla en el Líbano, el gobierno de Bashar al-Assad en Siria y de los Húthies en Yemen, junto con las milicias chiitas de Iraq— financiada económica y apoyada militarmente por Teherán desde los años ochenta. Este, ‘eje de la Resistencia’ como se hacía llamar, apoyaba a la república islámica a avanzar sus intereses geoestratégicos en la región, y de paso le servía de protección ante un eventual ataque de sus enemigos regionales, Israel y las monarquías del Golfo, auspiciados por los Estados Unidos.
En apoyo a Hamás, desde el Líbano, Hezbollah —el partido de dios—, se encargó de abrir otro frente atacando con misiles el norte de Israel. La temida milicia chiita era el pilar del ‘eje de la resistencia’ con sus más de cuarenta mil hombres, décadas de experiencia en combate, y el respaldo de un poderoso armamento suministrado por Irán entre el que se encontraba un arsenal de doscientos mil misiles. Sus bombardeos constantes al norte de Israel desplazaron en los primeros meses más de sesenta mil personas de sus viviendas. Hezbollah invitaba a Israel a caer en la trampa de otra invasión al Líbano, y en medio de una guerra de guerrillas, asestarle otra ‘victoria divina,’ como errada y eufemísticamente llamaron a la campaña militar del 2006.
Israel derrotó a Hezbolla de manera espectacular, y con una rapidez contundente. La milicia que había prometido no cesar en sus ataques a Israel hasta que no se pusiera fin a la guerra en Gaza, veía impotente la humillación de la explosión a control remoto de explosivos colocados en los buscapersonas de sus miembros, seguida por el asesinato de su líder Hassan Nasrallah, la ocupación militar del sur del Líbano, y la decapitación de la cúpula militar tras intensos bombardeos de la aviación israelita. Impotentes ante la derrota, Irán y Hezbollah aceptaron un cese al fuego impuesto por Israel a finales de noviembre de 2024.
En diciembre, el régimen de Bashar al-Assad—privado del apoyo militar y político de Hezbollah e Irán colapsó en menos de una semana ante un golpe de mano propiciado por una milicia rebelde atrincherada en el norte del país. Con el colapso en Siria, Irán perdía un aliado estratégico, un corredor esencial con Hezbollah, otro potencial frente de batalla contra Israel. Hamás se convertía en el responsable indirecto del minado de manera irreversible de la influencia regional iraní.
El régimen iraní fue quien pagó el precio más alto de esta aventura militar en la que fue embarcado aquel día de octubre. Irán se convirtió en el nuevo objetivo militar israelí y, de nuevo, Israel se anotó una victoria militar sin precedentes. Durante doce intensos días en junio de 2025, Israel asesinó a sus principales científicos nucleares, altos generales de su Guardia Revolucionaria, y destruyó buena parte de su sistema antibalístico. Indefensa ante los ataques aéreos, tres de sus centrales nucleares —Fordow, Natanz e Isfahan— construidas tras millonarias inversiones y costosas sanciones diplomáticas y económicas, fueron también atacadas por la fuerza aérea israelí y posteriormente por bombarderos estratégicos B-2 estadounidenses. El régimen iraní, desde el triunfo de la revolución en 1979, esperanza y promesa del islam político se tambaleaba ante la innegable derrota. Un Armagedón anticlimático que mostró al régimen iraní como un gigante de pies de barro.
Hamás había llevado a la coalición de aliados a la guerra, y la contundente derrota había cambiado la correlación de fuerzas en el Medio Oriente. Irán, Hezbollah, y el gobierno de Bashar al-Assad en Siria habían colapsado ante la superioridad militar israelí; paradójicamente, solo los Houthíes en Yemen, y Hamás en Gaza, continuaban con alguna capacidad de lucha, aunque incapaces de presentar un desafío existencial para Israel.
La espectacular victoria militar no oculta las grietas internas, ni el costo político, moral, y estratégico que han tenido estos dos años de guerra para Israel. Su sociedad continúa sin poder resolver el dilema de qué hacer con los territorios palestinos de Cisjordania y Gaza capturados en la guerra de los seis días de 1967. Una disyuntiva que va desde incorporar los territorios y su población al Estado de Israel garantizando los derechos civiles y políticos a sus nuevos habitantes, arriesgando de esta manera perder la identidad judía del país; o por el contrario continuar con la tendencia actual de anexar los territorios dejando a la población local en un limbo legal y un apartheid geográfico, que desdibuja el carácter de democracia liberal. Otros apuntan por aceptar la independencia de un Estado Palestino, pero hay poco interés en Israel de pensar en esta idea. Mientras tanto, grupos cada vez menos marginales políticamente abogan por simple y radicalmente expulsar a toda la población de Cisjordania y Gaza exhibiendo sus títulos bíblicos sobre la tierra.
La deriva autoritaria emprendida en los últimos años ha dividido al país entre quienes todavía luchan por conservar viva la única democracia liberal del Medio Oriente, un centro de librepensadores e innovadores en tecnologías de punta, y quienes están dispuestos a desmontar sus instituciones paso a paso con la complicidad del radicalismo mesiánico de la ultra derecha. Israel se encuentra aislado en el mundo, y el antisemitismo va en ascenso, como lo demuestra el reciente atentado en Inglaterra durante la conmemoración del Yom Kippur, va en ascenso, pero la sociedad no logra encontrar su rumbo político.
Sus enemigos, derrotados, han sobrevivido la debacle y esto en sí mismo puede ser su gran, —y único—, éxito. Hezbollah se reagrupa; Irán parece comenzar a reorganizarse esta vez bajo la bandera del nacionalismo persa; mientras que poco o nada se sabe del estado actual de sus plantas nucleares, ni de su uranio enriquecido, ni puede nadie ahora reversar el conocimiento científico adquirido en estas décadas. Hamás, en particular, ha sido imposible de erradicar militarmente, y es inconcebible pensar que no serán parte jamás de un futuro diálogo entre los diferentes grupos palestinos. El marco de paz presentado por el presidente Trump a principios de octubre, ha sido aceptado por las partes, pero la discusión de sus detalles y su posterior implementación está llena de peligros.
Todo son por ahora victorias y derrotas temporales: sumas y restas parciales de un conflicto que todavía continúa.
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