
La balanza indiscreta y el espejismo del último sultán: Turquía
Turquía parece un modelo a seguir. Equilibra a Estados Unidos, Rusia y China como nadie. Pero detrás de esa habilidad hay varios cuestionamientos y advertencias para Colombia.
Mientras en Oriente brama la guerra, en Occidente se agita la convulsión reaccionaria. En el justo medio, Turquía emerge como el fiel de una indiscreta balanza global. No sólo es que el Bósforo divida geográficamente a Asia de Europa, sino que, por un lado, en el país otomano es donde Estados Unidos tiene varias de sus más importantes bases militares; y, por el otro, Ankara logró estrechar su relación energética con Rusia a un altísimo nivel no sólo con sus transacciones de gas y petróleo, sino por medio de la construcción de su primera central nuclear financiada por la Corporación Estatal de Energía Nuclear rusa, Rosatom. Con la China de Xi Jinping se ha llegado a consolidar la Iniciativa de la Franja y la Ruta, una nueva Ruta de la Seda que reforzaría la importancia estratégica a nivel geopolítico de Pekín.
Podría afirmarse que este país euroasiático, que ha sido candidato oficial para entrar a la Unión Europea (UE) desde 1999, es el único de la OTAN que tiene una línea directa y funcional tanto con el Kremlin como con Tiananmén. Todo ello la ha convertido en un mediador natural de las históricas tensiones de Estados Unidos con Irán y otros países orientales. Por estos días, ya en guerra abierta, Pakistán parece desplazarla como mediador bajo el liderazgo militar del sobrio mariscal de campo, Asim Munir.
Esa diplomacia de ‘no alineación activa’ es a la que muchos países intentan apelar en este mundo convulso. Uno de ellos es Colombia. Pero cuidado porque el envoltorio en el que viene esa posición cubre también un régimen que puede percibirse como un sultanato contemporáneo. El régimen político turco ha transitado de una secularización nacionalista a una islamización del poder. No es casualidad que el actual hombre fuerte de Turquía provenga de la entraña del Refah Partisi, un partido político islamista que fue prohibido por su Tribunal Constitucional en 1997. De ahí devino en el Partido de la Virtud y ahora se consolida en el poder como Partido de la Justicia y el Desarrollo.
Ahora bien, su líder, Recep Tayyip Erdoğan, presidente de Turquía desde hace más de diez años, logró convertir el sueño islamista por el poder en una apuesta tan personal como autoritaria. Erdogan controla omniscientemente las instituciones turcas mimetizándose y combinando el nacionalismo del héroe fundador de la República, Mustafá Kemal, mejor conocido como Atatürk y el sentimiento espiritual nacional del islamismo, practicado por casi toda la población. Así como en todo el territorio se oyen los llamados a la oración, conocidos como adhan y cantados por los muecines desde las mezquitas, en no pocos negocios privados y calles públicas se ve la imponente imagen del ‘padre de los turcos’.
El espejo ante el que nos reflejamos permite observar a las iglesias cristianas inmiscuyéndose en la política colombiana, el apoyo de sectores conservadores religiosos a algunas campañas es evidente. A nivel económico, en la Turquía de los últimos años el incremento denodado de las tasas de interés, que nos recuerda a nuestro Banco de la República, ha intentado mantener a raya una galopante inflación. De hecho, ante esos incrementos que irritaban a Erdogan, tanto como ahora lo hacen en Colombia a Petro, el turco decidió tomar el control del emisor y en 2018 el Banco Central de Turquía perdió de facto su independencia. En Colombia, la Constitución de 1991 blinda al BanRep. Con todo, el jefe natural del Pacto Histórico coquetea con esa heterodoxia económica consistente en la alquimia utópica de subir el mínimo, que en ocasiones poco contribuye al fortalecimiento de la moneda local y la capacidad de consumo y endeudamiento de la ciudadanía. En apenas diez años, el Gobierno de Erdogan ha incrementado el salario mínimo en un 2.000 por ciento acumulado, esto lejos de aumentar el poder adquisitivo ha encarecido la vida y, tanto en Turquía como en Colombia, las divisas pasan de ser un activo refugio a buena alternativa para el ahorro.
Lo que no puede ser es que Colombia siga la deriva turca en la que su democracia dejó de ser un feliz derviche danzante y se convirtió en un viejo verde aletargado incapaz de disimular su tiranía. Una muestra clara de la opresión se presentó el viernes pasado durante la celebración del 1° de mayo (Día Internacional de la/os Trabajadora/es): los alrededores de la Plaza Taksim de Estambul vieron un exagerado despliegue policial con cortes en cada esquina que hacían imposible acceder hasta el monumento a la República, símbolo de la clase obrera en recuerdo a la masacre del 77.
Este año se reportaron cientos de detenidos y los sindicatos no pudieron marchar con soltura. Los turistas difícilmente podían acceder a sus propios hoteles. Fue, además, la primera marcha tras la detención de Ekrem İmamoğlu, popular alcalde de Estambul y líder de la oposición de centroizquierda (CHP), lo que enrarecía aún más el ambiente.
Otro reflejo en el espejo que pareciera lanzar una advertencia es el ensanchamiento hipertrófico del Estado. Para Erdogan, este es un pilar de su estrategia de control total de su ‘Nueva Turquía’ que supone un aumento decidido del gasto público, como sucede ahora en Colombia. Para ambos mandatarios pareciera que el déficit fiscal es una cuestión secundaria respecto de la deuda social, sin pensar más allá de las próximas elecciones. Sin embargo, en Turquía ese aumento del gasto y del tamaño estatal se presenta en forma de megaproyectos e inversión en el sector defensa. En Colombia se ve, entre otras cosas, en sus contratistas. Sólo en enero de este año, ante la inminencia de la Ley de Garantías, el Gobierno suscribió más de 500.000 contratos bajo la modalidad de contratación directa. La nómina paralela sin derechos laborales consolidados incluso aumenta en el Ministerio de Trabajo en un 285 por ciento y en el de Cultura un 1.985 por ciento, según denunció José David Castellanos del Nuevo Liberalismo. Lo cierto es que estos puestos pueden comprometer más de 7 billones de pesos: casi la mitad de una reforma tributaria.
Desde luego, un país que integra el G-20 puede ser un modelo a seguir, pero bajo el elegante fez y las románticas telenovelas turcas puede encubrirse una indiscreta deriva autoritaria y una economía tan derruida como el imperio otomano por la tensionante heterodoxia económica. Colombia puede ser parte de la balanza en la geopolítica mundial y puede consolidar su vía al desarrollo económico como Turquía, pero, también, puede desmarcarse al intentar profundizar su democracia. Un primer gesto de esa voluntad sería la celebración urgente de un debate público con moderadores entre los principales aspirantes a la presidencia. A modo sintomático, Erdogan se ausentó de ellos durante la última elección presidencial y ya vemos la actual salud democrática de ese país.
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