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Maduro y Trump
Donald Trump, presidente de Estados Unidos, y Nicolás Maduro
Internacional

Así será la ofensiva de Trump en Venezuela

Ramón Jimeno revela la estrategia que busca provocar el colapso del gobierno de Nicolás Maduro para instaurar un gobierno afín a Washington. La operación contempla fases de presión militar, sabotaje y guerra psicológica que podrían desembocar en una transición forzada. Más allá del impacto en Caracas, la ofensiva tendría efectos geopolíticos profundos en la región, especialmente para Colombia y el gobierno de Gustavo Petro.

Por: Ramón Jimeno

Lograr el colapso del gobierno Maduro para establecer uno amigo de Washington es el objetivo de la administración Trump. Recuperar el acceso a la mayor reserva petrolera del mundo y acabar con la influencia de China, Rusia, Irán y Cuba en Venezuela son las motivaciones. Al interior de la administración republicana se debate el cuándo más que el cómo. Marco Rubio -Secretario de Estado y Asesor Nacional de Seguridad- ha impuesto su visión frente a quienes promovían las negociaciones. Pero tienen una dificultad por resolver: si tumban o sacan a Maduro, deben consolidar un régimen estable, capaz de gobernar Venezuela.

La consideración principal de Trump, hacer negocios con los recursos de Venezuela para sus empresarios amigos, necesita un gobierno que garantice estabilidad y que dome a las huestes chavistas que sobrevivirían al cambio, y se convertirían en oposición.  

La implosión como la gran estrategia

Rubio y sus aliados impulsan la implosión del gobierno Maduro que contempla varias fases. Empezó con la exhibición de poderío militar, el acoso aéreo y naval, las provocaciones con sobrevuelos, la destrucción de lanchas y el asesinato de sus tripulantes. Incluye la guerra sicológica con amenaza de acciones terrestres y operaciones clandestinas de la CIA, que de todas formas están en proceso de preparación. La degradación de Maduro a jefe de cartel (y de paso de Petro, su principal aliado en la región después de Cuba) ayuda a preparar el terreno diplomático internacional y el de la opinión pública norteamericana para su retiro forzoso.

Rubio espera que con ese primer paso en marcha, Maduro y su equipo acepten que tienen que abandonar el poder. Si esto ocurre, sería a través de mediadores como Brasil y algún organismo internacional, en el que se establezca quiénes salen, a dónde y con qué garantías. Posiblemente mantendrían alguna presencia en el gobierno que les permita proteger a sus cuadros. Si Maduro y sus altos mandos tomen vuelo al exilio, empieza el problema de constituir el gobierno que, a pesar de ser de ser títere de Washington , no lo parezca y reciba el adecuado reconocimiento internacional.  

Fases de agresión

Sin embargo, de no funcionar ese empujón y si Maduro se envalentona y se resiste a ceder, empieza una fase más agresiva. Maduro no se quedaría por terquedad, sino porque después de veintisiete años de esfuerzo por consolidar un régimen similar al cubano, perdería a sus aliados desde China hasta Rusia. Tiene que hacer hasta el último esfuerzo por sobrevivir, pero seguramente en el terreno político no en el militar.

Venezuela tiene un aparataje militar construido en estos años con el apoyo de Rusia. Maduro sabe que no alcanza para contener a los norteamericanos, pero si es una fuerza disuasiva. A Estados Unidos le toca organizar operaciones de precisión para prevenir bajas con altos costos políticos y de gobernabilidad para Trump.

Solo el 18% de los norteamericanos apoya una intervención militar y el 50% la rechaza. Las experiencias de Estados Unidos tumbando gobiernos para capturar recursos, en especial petróleo, son muchas, pero gozan de inmensa impopularidad en ese país. Han sido costosas: la de Irak sumó trillones de dólares y 200 mil bajas, pero intervenir y bloquear sigue siendo la política exterior preferida de los gobiernos norteamericanos.

En la fase II, con Maduro aferrado al poder, a Rubio le correspondería convencer a Trump de autorizar el siguiente paso. La idea, dicen los expertos, es realizar ataques limitados a la infraestructura militar. Acciones que les muestren a los altos mandos venezolanos y al círculo civil de Maduro, que su sistema defensivo ha quedado inutilizado. Las unidades militares que cuidan a Maduro también serían un objetivo y de pronto llegarían a ocupar campos petroleros como los administrados por Chevron, para asfixiarlos económicamente, o los que fueron confiscados por Chávez y obligados a vender.

Las fuerzas militares bolivarianas sin posibilidad de asustar con sus defensas, volverían la crisis política y diplomática, no militar. Tras esos golpes, los mediadores insistirían en la negociación de las condiciones de salida del régimen. Si aún se resistiera Maduro con un cierto apoyo diplomático, el señor Rubio iniciaría la tercera fase, que consiste en lanzar operativos militares usando fuerzas especiales para capturar a Maduro y a los integrantes de su cúpula. Si fracasa la captura, la opción es el asesinato. En este caso, las consecuencias mayores serían geopolíticas.  

El costo de asustar

La movilización del 20% de la capacidad naval de Estados Unidos al Caribe está ligada a buscar la implosión del gobierno, antes que a usar su capacidad destructora. El NYT sintetiza el arsenal moviliado: el solo Ford, el barco mas nuevo y poderoso de la flota naval de USA -que llegará en 10 días al Caribe- cuenta con una tripulación de 5.000 marineros,  con 75 aeronaves de ataque, vigilancia y apoyo, incluyendo cazas F/A-18. Además, hay 10.000 militares en el Caribe, la mitad a bordo de buques de guerra y la otra mitad en bases de Puerto Rico. “El Pentágono también envió bombarderos B-52 y B-1 desdes sus bases en Luisiana y Texas a realizar misiones frente a las costas de Venezuela. Los B-52 pueden transportar docenas de bombas guiadas de precisión, y los B-1 pueden transportar hasta 75.000 libras de municiones guiadas y no guiadas, la mayor carga útil no nuclear de cualquier aeronave en el arsenal de la Fuerza Aérea de Estados Unidos”. Y para que no queden dudas, está el 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales de élite del Ejército, con extensas operaciones antiterroristas con helicópteros en Afganistán, Irak y Siria y que ya hizo ejercicios de entrenamiento frente a la costa venezolana. La intimidación armada es una señal seria y clara para el equipo de Maduro.

El objetivo, a pesar de lo costoso, es, en primera instancia, provocar disensos, divisiones o traiciones. Esperan que aparezcan diferencias internas ante la amenaza, y que el deseo de proteger lo logrado en esos años de poder, abra la puerta a las divisiones. Rubio aspira a que surjan los oficiales dispuestos a promover la salida del jefe, su renuncia o su retiro y finalmente su exilio.  

En la división está el futuro sin acción militar

La idea de dividir el mando se basa en la presunción de que los chavistas se pueden corromper. Se quieren enfocar primero en conseguir una base de apoyo entre oficiales jóvenes. Son los que tienen más que ganar en el futuro y menos que defender del pasado. Les envían mensajes concretos para que tomen la alternativa que les ofrecen. La pérdida del status, de sus bienes, el exilio, el riesgo de juicios o de prisión, y dejar en el aire a sus familias, son motivos para invitarlos a que ayuden al desalojo de Miraflores. Además, los necesitarán en la transición para sostener al nuevo gobierno, si llega.

Los altos mandos son más difíciles de voltear. Su formación ideológica, tras más de 20 años de doctrina de la revolución bolivariana, sobre las sólidas bases de la experiencia cubana, hace más difícil quebrar su lealtad. Estos son los que requieren una dosis mayor de fuerza para que sea creíble la amenaza de que el fin del gobierno es inevitable, y busquen la menos mala de las alternativas. Si los van a derrocar, negociar a tiempo permite salvar el sombrero. Eso piensa el equipo de Rubio, confiando en que llegará el momento del “sálvese quien pueda” y entonces lograrán acuerdos con los jóvenes oficiales y algunos veteranos resentidos, o, ambiciosos.

La destrucción de lanchas y el asesinato de sus tripulantes, sin juicio y sin pruebas, con misiles de alta gama de un costo elevadísimo, diseñados para verdaderos objetivos militares, indica el tamaño del susto. Los ataques a las lanchas rápidas dejan claro que Trump seguirá con su política de no respetar norma alguna, ni las reglas internas que regulan los ataques en el extranjero, ni las del derecho internacional firmadas con la ONU.  

Una justificación sin sentido legal

Esta semana Rubio presentó al Congreso la justificación jurídica de sus primeros ataques y de los siguientes si son necesarios. Es un documento de 40 páginas con una sustentación débil. La base es que Maduro no es un jefe de estado sino el jefe de un cartel de drogas y por lo tanto no atacarían a un gobierno de otro país, sino a una organización criminal que amenaza a los ciudadanos de Estados Unidos. Este escenario no requiere autorización del Congreso para un ataque.

Las acciones militares que los expertos prevén incluyen ataques a las instalaciones militares. Necesitan que Maduro sepa que no hay quien lo proteja. Los aviones Sukhoi y los tanques requieren combustible, pistas, radares, comunicaciones. Venezuela tiene cerca de 5.000 misiles tierra-aire de origen ruso, un sistema de defensa frente a incursiones aéreas relativamente sofisticado, más el sistema de radares. Requieren energía para que funcionen. De manera que ataques y saboteos contra las fuentes de energía, junto con el bloqueo de vías, puertos y aeropuertos, afectan la cadena logística y acaban la línea de defensa sicológica del gobernante.

Si Venezuela derribara aviones de Estados Unidos, Trump sería castigado por la opinión pública y el establecimiento. Pero si la neutralización es equivalente a la que logró Israel en Irán, entonces las puertas a una transición se abrirían de par en par y el presidente republicano podría cantar victoria como tanto le gusta. Los mandos ultra leales al régimen, al perder su fuerza militar, deberían enfrentarse a la realidad de negociar la transición.  

El empujón final

La última fase que contemplan los analistas está compuesta por operativos de las fuerzas especiales: incursiones para capturar o asesinar a Maduro. Mostrarlo con traje naranja, esposado de pies y manos, bajando de un avión en una base militar de Florida, como lo tiene simulado el senador Bernie Moreno en la carpeta que publica Cambio. Sería un triunfo publicitario.

Trump, durante su primer gobierno, ordenó la ejecución del general Soleimani, el comandante de inteligencia y seguridad de Irán. Un misil disparado desde un dron acabó con su vida, con información suministrada por su círculo de seguridad, descontento. El argumento era que el general planeaba ataques contra intereses norteamericanos y su muerte era necesaria para evitarlos. Trump considera que ha sido uno de sus grandes éxitos.

En el caso de Maduro, se trata de dar de baja al jefe de un cartel que envenena a los norteamericanos, y que envía criminales y enfermos mentales que libera de las cárceles, como lo han declarado varias veces.

El papel de María Corina Machado y de la oposición a Maduro es un misterio, y genera expectativa. El nuevo gobierno los necesita, pero a la vez es un factor que impide la transición. ¿Cuándo Rubio los dejará aparecer en escena?  Hace poco, ella confirmó que comparte los argumentos de Rubio. Acusó a Maduro de ser “el cabecilla de una estructura narcoterrorista que le ha declarado la guerra al pueblo venezolano y a las naciones democráticas de la región…” y dijo que “Maduro empezó esta guerra, y el presidente Trump va a terminarla” sin caer en cuenta que delegarle al Tío Sam el poder de escoger o remover gobernantes es poco democrático, como lo es reproducir el cuento de Maduro es un jefe narco como excusa para acciones militares.  

El mapamundi gira

La posibilidad de una acción militar masiva de Estados Unidos es baja, mientras que las acciones de intimidación, saboteo y bloqueo hasta provocar la salida de Maduro seguirán. Trump prefiere una victoria política y diplomática más que una acción militar con riesgos. También existe un riesgo geopolítico, no menor, que Trump contempla. China puede dar el paso de recuperar Taiwán y Rusia el de asegurar el territorio de Ucrania que desea. Ambas acciones estarían amparadas en su respectivo poderío militar, al igual que sería -de darse- la toma del gobierno venezolano por parte de Estados Unidos. Es una situación que deben pre negociar las potencias para que un triunfo en su patio trasero no se convierta en un desposicionamiento geopolítico.

Colombia, por su parte, tiende a salir afectada. En términos de seguridad, el cambio de régimen tiene implicaciones en la frontera, en especial en las zonas donde operan el ELN y las disidencias de las Farc, consideradas bandas criminales por USA. No podrían seguir usando el territorio venezolano como retaguardia ni Maduro como primer anillo de contención. Tampoco podrían lucrarse con las rutas del narcotráfico por este sector.

El riesgo de una agresión terrestre o aérea por parte de fuerzas norteamericanas no es menor. En este caso, el ELN tendría que volver a otras regiones de Colombia a realizar sus operaciones armadas, agravando el problema de seguridad.

En el terreno político, las operaciones en marcha tienen efectos contra el gobierno Petro. Si Maduro es un target, Petro está a poco de lograrlo también. Los apoyos que le ha dado a Maduro son dicientes. Petro tendrá que oponerse y protestar, tratará de construir un frente latinoamericano contra la intervención, y de promover una transición negociada. Pero Estados Unidos ya no confía en él, ni lo considera como un actor que sirva a sus propósitos. La tendencia es que aumente el aislamiento y que los electores colombianos reciban un mensaje: reelegir a la izquierda tendrá un costo alto.

En cuanto a la calidad de vida en la frontera, podría haber una nueva ola de migración, pero esta vez estaría conformada por cuadros chavistas que buscarían refugio bajo el gobierno de Petro, como Uribe se los dio a los enemigos de Chávez tras el fallido golpe militar. Las cadenas de suministro de alimentos y de otros bienes también se podrían alterar en el lado colombiano, y se debería producir una alta demanda de alimentos y otros bienes que escasearían en Venezuela si se interrumpen los flujos por los puertos.

El destino de tantos venezolanos adentro y afuera de su país, va a cambiar. Y los efectos, en Colombia, serían en su mayoría negativos.

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