
El poder absoluto y la tentación nuclear: una mirada desde la psiquiatría y las neurociencias
El médico psiquiatra José Posada-Villa analiza la posibilidad de que una psiquis como la del presidente Donald Trump, con rasgos narcisistas, paranoides y psicopáticos, desencadene la guerra nuclear.
Por: Jose A Posada Villa
En el mundo de 2026, la amenaza nuclear vuelve a ocupar titulares. El frágil alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, los ataques de Israel en el Líbano y la retórica de líderes que concentran poder absoluto, nos recuerdan que la posibilidad de un conflicto atómico no es un fantasma del pasado, sino una inquietud presente. La pregunta que surge es inevitable: ¿qué probabilidades existen, desde la psiquiatría y la neurociencia, de que un líder con rasgos narcisistas, paranoides o psicopáticos pueda llegar a lanzar una bomba nuclear?
La psiquiatría clínica describe el trastorno narcisista de la personalidad como una combinación de grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía (APA, DSM-5, 2013). En política, estos rasgos se traducen en discursos donde el líder se presenta como salvador único, capaz de resolver crisis globales con un gesto de autoridad. El poder absoluto refuerza esta dinámica: investigaciones en neurociencia social han mostrado que el ejercicio prolongado de la autoridad puede alterar los circuitos dopaminérgicos, reduciendo la sensibilidad al riesgo y aumentando la búsqueda de gratificación inmediata (Keltner et al., 2003). Dicho de otro modo, el poder tiende a reforzar la convicción de superioridad y la percepción de invulnerabilidad.
En el terreno nuclear, el narcisismo puede convertirse en un riesgo. Un líder convencido de su genialidad podría ver el uso de un arma atómica como una demostración de poder, un acto destinado a inmortalizar su nombre en la historia. La tentación de “hacer lo nunca hecho” es una constante en perfiles narcisistas, y el arsenal nuclear ofrece el escenario perfecto para esa teatralidad.
La paranoia política, por su parte, se manifiesta en la convicción de estar rodeado de conspiraciones y traiciones. Freeman y Garety (2000) describen la paranoia como un patrón de creencias persecutorias que lleva a interpretar los actos de otros como amenazas. En política, esto se traduce en líderes que sospechan de senadores, generales o incluso aliados internacionales, de modo que reaccionan de manera desproporcionada y aplican la lógica del ataque preventivo: “mejor eliminar antes de ser eliminado”. En el contexto nuclear, la paranoia incrementa el riesgo de decisiones precipitadas. La historia ofrece ejemplos claros: durante la crisis de los misiles en Cuba (1962), la desconfianza mutua llevó al mundo al borde de la guerra nuclear. Solo la prudencia de algunos actores y la existencia de canales diplomáticos evitaron la catástrofe.
El modelo de Hare sobre la psicopatía identifica rasgos como impulsividad, manipulación y ausencia de culpa (Hare, 1999). En política, esto se traduce en líderes que ordenan represiones, bombardeos o sanciones sin mostrar empatía por las víctimas. La psicopatía, entendida como déficit en la respuesta emocional ante el dolor ajeno, explica la facilidad con la que se recurre a la violencia extrema. Aplicada al escenario nuclear, la psicopatía elimina el freno moral que disuade a la mayoría de los líderes. Mientras un gobernante empático se detendría ante la magnitud del sufrimiento que causaría una bomba atómica, un psicópata podría verla como una herramienta legítima de poder, indiferente a las consecuencias humanas.
Sin embargo, la psiquiatría advierte que la conducta individual no puede analizarse en aislamiento. El riesgo de un ataque nuclear depende tanto de los rasgos del líder como de los controles institucionales que lo rodean. En la mayoría de los países con arsenal atómico existen protocolos estrictos, cadenas de mando y sistemas de verificación diseñados para impedir decisiones impulsivas. Cuando las instituciones son sólidas, los rasgos narcisistas, paranoides o psicopáticos del líder encuentran un límite. Pero cuando el poder se concentra en una sola persona y los contrapesos se debilitan, las predisposiciones psicológicas se amplifican. La historia demuestra que los sistemas autoritarios son más vulnerables a decisiones extremas, precisamente porque carecen de mecanismos de contención.
Otro factor que reduce el riesgo es la diplomacia global. Alianzas, sanciones y negociaciones actúan como frenos externos, de manera que obligan a los líderes a considerar las consecuencias internacionales de sus actos. Sin embargo, la presión internacional no siempre es suficiente. En escenarios de aislamiento, donde el gobernante se siente acorralado, la tentación de recurrir a la opción nuclear puede aumentar. El reciente alto el fuego entre Estados Unidos e Irán es un ejemplo de cómo la diplomacia puede contener la paranoia y la agresividad. Pero los ataques de Israel en el Líbano, con cientos de muertos, muestran que la violencia sigue siendo una herramienta política normalizada. En este contexto, la posibilidad de que un líder con rasgos peligrosos recurra al arsenal nuclear no puede descartarse.
La psiquiatría no puede ofrecer una cifra exacta sobre la probabilidad de un ataque nuclear. Lo que sí puede afirmar es que ciertos rasgos de personalidad incrementan el riesgo de decisiones destructivas. El narcisismo alimenta la tentación de demostrar poder. La paranoia impulsa ataques preventivos. La psicopatía elimina la empatía que disuade la violencia extrema. La combinación de estos rasgos, sumada al poder absoluto y a la ausencia de límites institucionales, crea un escenario de alto riesgo. No se trata de predecir un porcentaje, sino de reconocer que la estructura psicológica de algunos líderes aumenta la vulnerabilidad del sistema internacional.
En este sentido, el poder absoluto puede entenderse como un catalizador de predisposiciones individuales. En líderes con rasgos narcisistas, paranoides y psicopáticos, la ausencia de límites institucionales amplifica la grandiosidad, la sospecha y la indiferencia ante el sufrimiento. El riesgo nuclear no depende únicamente de la tecnología disponible, sino de la mente que controla el botón. La lección es clara: la defensa contra la tragedia no está en esperar líderes virtuosos, sino en construir instituciones sólidas que limiten el poder y eviten que la paranoia y el narcisismo se conviertan en políticas de Estado.
El mundo de 2026 nos recuerda que el poder absoluto no solo transforma la mente de los líderes, sino que también pone en riesgo la estabilidad global. La crisis de los misiles en Cuba y la doctrina de disuasión de la Guerra Fría son recordatorios históricos de lo cerca que hemos estado del abismo. La pregunta es si hemos aprendido lo suficiente para no repetirlo. La psiquiatría y la neurociencia ofrecen claves para comprender cómo los rasgos individuales pueden influir en decisiones extremas, pero la verdadera protección reside en los sistemas políticos y diplomáticos que limitan la arbitrariedad del poder. En última instancia, la seguridad nuclear depende tanto de la salud mental de los líderes como de la fortaleza de las instituciones que los rodean.
- José Posada es médico psiquiatra, Director del Observatorio de Salud Mental
- Positiva ICSN Clínica Montserrat Hospital Universitario
Fuentes
American Psychiatric Association. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 5th Edition (DSM-5). Washington, DC: APA, 2013.
Campbell, W. K., & Miller, J. D. (Eds.). The Handbook of Narcissism and Narcissistic Personality Disorder. Wiley, 2011.
Freeman, D., & Garety, P. A. (2000). Paranoia: The Psychology of Persecutory Delusions. Psychology Press.
Hare, R. D. (1999). Without Conscience: The Disturbing World of the Psychopaths Among Us. Guilford Press.
Keltner, D., Gruenfeld, D. H., & Anderson, C. (2003). Power, approach, and inhibition. Psychological Review, 110(2), 265–284. https://doi.org/10.1037/0033-295X.110.2.265.
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