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Catalina  Valencia
Puntos de vista

El alma de los lugares olvidados nunca se fue

Hay lugares que no terminan cuando una se va de ellos. Aracataca es uno. Después de estos días de Festival Macondo me traje imágenes que todavía siguen caminando conmigo: los niños mirando cine bajo las estrellas, las conversaciones debajo de los árboles, las puertas abiertas de las casas, la música atravesando el pueblo, los jóvenes haciendo posible cada encuentro y una comunidad reconociéndose alrededor de una historia que hace mucho tiempo le pertenece al mundo, pero que conserva allí su raíz. Entre todas esas imágenes me traje también una pregunta que parece sencilla y, sin embargo, toca una de las grandes contradicciones de Colombia: ¿qué significa realmente hacer cultura en un territorio? No organizar un evento, instalar una tarima o llenar una agenda. Hacer cultura significa crear las condiciones para que el arte suceda, permanezca, circule y transforme.

Colombia es un país de una riqueza cultural extraordinaria. Tenemos músicas capaces de contar geografías enteras, cocinas que guardan siglos de memoria, fiestas, danzas, lenguas, artesanías, relatos, saberes indígenas y afrodescendientes y una literatura que ha llevado nuestra imaginación por el mundo. Sin embargo, buena parte de esa riqueza nace precisamente en lugares donde producir, circular y sostener procesos culturales sigue siendo difícil. En los territorios, aquello que en una gran ciudad puede resolverse rápidamente exige desplazamientos, transporte de equipos, infraestructura, alojamiento, técnicos, recursos y alianzas. Allí aparece una paradoja que como país deberíamos mirar con mayor atención: hacer cultura donde puede producir transformaciones más profundas suele exigir mayores esfuerzos y contar con menos recursos.

Aracataca convierte esa paradoja en una imagen casi perfecta. Desde un pequeño municipio del Magdalena salió uno de los universos literarios más poderosos del siglo XX. De esas calles, de los relatos familiares, de los trenes, las lluvias, los amores, las guerras, los muertos que seguían conversando con los vivos y la memoria de la zona bananera surgió buena parte de la materia con la que Gabriel García Márquez construyó Macondo. El mundo llegó a conocer Aracataca a través de la literatura. Quizá ahora nos corresponda hacer el viaje contrario: devolverle el mundo a Aracataca. Pero devolverle el mundo no significa llevarle cultura, porque la cultura ya está allí: en sus patios, sus cocinas, sus músicos, sus mayores, sus jóvenes, en las fotografías de Leo Matiz y en esa extraordinaria capacidad caribeña de convertir la vida cotidiana en relato.

Tal vez por eso necesitamos revisar incluso el lenguaje con el que hemos pensado durante décadas la descentralización cultural. Hablamos de “llevar cultura a los territorios”, como si la cultura habitara en las grandes ciudades y tuviera que empacarse y distribuirse por el resto del país. Los territorios no están vacíos esperando que llegue la cultura; están llenos de ella. Lo que muchas veces falta son las condiciones para que esa riqueza pueda desarrollarse, circular y dialogar con el mundo: infraestructura, escenarios, recursos, formación, continuidad, circuitos para los artistas y alianzas públicas y privadas capaces de sostener procesos más allá de un evento. El desafío no es llevar cultura, sino reconocerla, conectarla y darle posibilidades de futuro.

El mundo llegó a conocer Aracataca a través de la literatura. Quizá ahora nos corresponda hacer el viaje contrario: devolverle el mundo a Aracataca. | Foto: Colprensa

Hay una contradicción que debemos enfrentar. Sabemos que la cultura produce riqueza. La economía cultural y creativa colombiana generó cerca de 47,8 billones de pesos de valor agregado en 2025 y más de 820.000 puestos de trabajo equivalentes a los de tiempo completo. La cultura, entonces, no es el adorno ni el postre del desarrollo: es desarrollo. Sin embargo, todavía resulta difícil conseguir que una parte importante del sector privado entienda la inversión cultural en los territorios como una apuesta estratégica y no únicamente como patrocinio, filantropía o visibilidad de marca. Necesitamos avanzar hacia una verdadera responsabilidad cultural de las empresas con los territorios en los que operan y de los que también obtienen valor.

Porque cuando ocurre un festival no trabaja solamente el artista que vemos sobre el escenario. Trabaja quien conduce el vehículo que lo lleva, quien prepara la comida, quien ofrece una habitación, quien instala el sonido, quien fotografía, diseña, produce, vende, cocina o abre las puertas de su casa. Alrededor de la cultura se activa una economía local, pero ocurre también algo mucho más difícil de medir: un territorio empieza a mirarse de otra manera. Una niña que escucha a un escritor y descubre que también puede contar historias, un joven que entiende que detrás de un concierto existen decenas de oficios posibles o una cocinera que reconoce que la receta heredada de su abuela también es patrimonio, quizás nunca aparezcan en una estadística económica. Sin embargo, allí también se está construyendo desarrollo, porque una sociedad no solamente progresa aumentando sus ingresos: también progresa ampliando aquello que sus ciudadanos creen posible.

Aracataca, de donde acabo de llegar porque allí se celebró el Festival Macondo, me dejó pensando también en otra expresión que quienes trabajamos en cultura utilizamos permanentemente: “formación de públicos”. Quizá deberíamos detenernos un poco frente a esas palabras. Las cifras de consumo cultural siguen mostrando grandes desafíos de acceso a conciertos, teatro, danza, exposiciones y otras expresiones artísticas, y entre las razones aparecen barreras muy concretas: falta de recursos, distancia de los escenarios, ausencia de programación o desconocimiento de la oferta. Entonces, antes de preguntarnos por qué la gente no llega a la cultura, deberíamos preguntarnos cuántas veces la cultura ha tenido realmente la posibilidad de llegar hasta la gente. No podemos preguntarnos por qué alguien no va al teatro si nunca hubo teatro cerca de su casa, ni lamentarnos porque un joven no visite exposiciones si las exposiciones nunca lo visitaron a él.

Pero incluso esa idea necesita ir un poco más lejos. Formar públicos no puede ser enseñarles a otros a consumir cultura. Es crear las condiciones para el encuentro y permitir que ese encuentro tenga continuidad. Un libro puede encender una pregunta; una película abrir una ventana; un concierto revelar una vocación; y una conversación cambiar la manera en que alguien entiende el lugar donde nació. Por eso un festival no debería medirse únicamente por el número de asistentes, sino también por lo que permanece cuando termina: qué conversación comenzó, qué niño quiso escribir, qué joven preguntó cómo aprender fotografía, qué músico encontró a otro músico, qué comunidad volvió a mirar algo cotidiano y descubrió allí un patrimonio. Tal vez no se trate solamente de formar públicos, sino de formar ciudadanos culturales: personas que sepan que tienen derecho no solo a acceder a la cultura, sino también a crearla, narrarla, preservarla y transformarla.

Ahí encuentro el verdadero sentido de hacer un festival como Macondo. No queremos construir una tarima que durante unos días convierta a Aracataca en escenario. Aracataca ya es el escenario. Lo que necesitamos es crear las condiciones para que las historias que nacen allí puedan encontrarse con otras historias del mundo. Porque Macondo nunca fue solamente un lugar: fue una manera de mirar. Una pequeña geografía del Caribe colombiano demostró que desde un territorio aparentemente periférico era posible hacer preguntas universales sobre la familia, el poder, la memoria, la guerra, el amor y la soledad. Tal vez la periferia dependa, al final, del lugar desde donde decidimos dibujar el mapa.

Esa reflexión cobra una dimensión todavía mayor cuando Colombia se acerca a conmemorar los cien años del nacimiento de Gabriel García Márquez. La pregunta no debería ser únicamente cómo vamos a celebrar la vida de Gabo. Deberíamos atrevernos a formular otra: ¿qué vamos a hacer para que otros niños y niñas nacidos en lugares como Aracataca tengan la posibilidad de imaginar un mundo y contarlo? Esa sería quizás la celebración más poderosa: no solamente recordar al hombre que salió de Aracataca y conquistó el mundo con sus palabras, sino construir las condiciones para que muchos otros puedan crear desde sus propios territorios.

Por eso creo que el gran desafío cultural de Colombia no consiste únicamente en descentralizar la cultura. Tenemos que cambiar el mapa y reconocer nuevas centralidades. Entender que Aracataca puede ser centro; que el Pacífico, la Amazonía, el Caribe, una vereda, un resguardo, una biblioteca pequeña o una plaza, también pueden ser lugares desde donde Colombia se piensa y se reinventa. Quizás entonces dejemos de preguntarnos cómo devolverles el alma del arte a los lugares olvidados, porque el arte nunca los olvidó. Ha vivido allí todo este tiempo: en una canción, una receta, una fotografía, una historia contada debajo de un árbol, una niña que todavía no sabe que será artista. El alma nunca se fue. Lo que necesitamos como país es aprender a reconocerla, cuidarla y darle espacio para crecer. Y quizás entonces descubramos que, mientras creíamos estar llevando cultura a los territorios, eran los territorios los que llevaban mucho tiempo intentando devolvérsela al país.

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